PIERRE #3
Cinco minutos después volvió a cogerlo y llamó a otro número.
—¿Sí? —respondió una voz adormilada.
—Quiero que compruebes una cosa.
—¿Ahora?
—No, en Navidad.
—Lucas, aquí son las seis y pico.
—Sé qué hora es.
—Creo que no.
Lucas miró la pantalla y se dio cuenta de que ni siquiera sabía la diferencia horaria exacta con el lugar donde estaba aquel hombre.
—Bien. Cuando te levantes.
—Ya estoy despierto.
—Entonces deja de quejarte.
La voz suspiró.
—¿Qué tengo que comprobar?
Lucas le dio los nombres de dos empresas que sabía que trabajaban con la gente de Arben.
—Quiero saber si siguen trabajando con él y por qué ha cambiado algo.
—¿Legalmente?
—Sí.
—¿Legalmente de verdad o legalmente como lo dices tú?
Lucas se frotó la mejilla.
—No entres donde no tengas permiso. Llama a gente. Haz preguntas. Utiliza lo que ya tenemos.
—Eso puedo hacerlo.
—Y otra cosa. Cualquier movimiento relacionado con Christian Laurent.
—¿El hombre del monasterio?
Lucas se detuvo.
—¿Cómo sabes eso?
—Ayer preguntaste por él.
—Pregunté si lo conocías.
—Sí, y después yo también pregunté por ahí.
—¿A quién?
—A un hombre.
—¿Qué hombre?
—Un hombre mayor, Lucas. No lo saques de la cama por nuestras tonterías.
—¿Qué dijo?
Un bostezo atravesó el teléfono.
—Que si Laurent vuelve a estar activo, no quiere saber nada.
—¿Eso es todo?
—También dijo que lo más probable es que Laurent no esté activo y que la gente habla demasiado.
—¿Y tú qué piensas?
—Que quiero café.
Lucas terminó la llamada después de decirle que lo llamara más tarde.
Permaneció en la terraza hasta que el sol subió lo suficiente para que la mesa dejara de estar a la sombra.
En el puerto, los barcos habían empezado a moverse, y de algún lugar cercano llegaba el sonido de una aspiradora.
Uno de sus hombres salió con una toalla al hombro y preguntó si quería que fuera a comprar.
—No.
—No quedan cigarrillos.
Lucas miró el paquete casi vacío.
—Entonces sí.
—¿Qué marca?
Se la dijo.
El hombre se marchó.
Lucas abrió otra vez la conversación con Arben, pero no escribió nada.
No era responsabilidad suya advertirlo. Arben tenía información, hombres, experiencia y había cobrado muy bien precisamente porque Lucas no quería gestionar cada detalle de la operación.
Si ahora empezaba a explicarle quién había sido Christian Laurent y cómo pensaba Pierre Martin veinte años atrás, parecería un viejo contando historias sobre las guerras de otros.
Además, la advertencia podía provocar exactamente el efecto equivocado.
Un Arben asustado era más difícil de controlar.
Un Arben ofendido por la insinuación de que Lucas no confiaba en él podía tomar decisiones todavía más agresivas.
También existía la posibilidad, que Lucas prefería no examinar demasiado, de que los dos hombres llegaran a un acuerdo en el que él se convirtiera en el problema común.
Patrick seguía vivo.
Patrick sabía demasiado.
Christian era su hermano.
Aquello seguía siendo el centro de todo.
El teléfono vibró con un mensaje del hombre al que había mandado por cigarrillos.
NO TIENEN TU MARCA. ¿GAULOISES O MARLBORO?
Lucas miró el mensaje, irritado de una forma completamente desproporcionada a su importancia.
MARLBORO.
Envió la respuesta y volvió a abrir la conversación con Arben.
Escribió:
¿QUÉ LE PROMETISTE A LAURENT?
El dedo quedó suspendido sobre el botón de enviar.
Pierre lo habría pulsado.
O quizá no.
Lucas no lo sabía, y el hecho de que después de tantos años todavía intentara a veces adivinar qué habría hecho su tío lo irritaba casi tanto como el nombre que seguía reapareciendo en todos los informes.
Borró el mensaje.
Entró en la casa, dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa de la cocina y encontró el melocotón abandonado junto al fregadero. Solo le había dado un mordisco y la pulpa alrededor de la marca de sus dientes ya empezaba a oscurecerse.
Lo tiró.
El teléfono volvió a sonar. Era el hombre de Francia.
Lucas contestó.
—Dime.
—Una de las empresas lo ha parado todo.
—¿Por qué?
—Oficialmente, riesgo contractual.
—¿Y extraoficialmente?
—Alguien habló ayer con el propietario.
Lucas se apoyó en el fregadero.
—¿Quién?
—No lo sabe. O no quiere decirlo. Pero después de esa conversación decidió que el dinero de Arben ya no compensaba los problemas.
—¿Laurent?
—No he dicho eso.
—Yo he preguntado.
—No lo sé.
Lucas miró por la ventana hacia la verja.
—¿La otra empresa?
—Sigue trabajando, pero solo con lo que ya estaba reservado. Nada nuevo.
—¿También después de una llamada?
—Al parecer.
—¿De la misma persona?
—No lo sé.
Lucas se apretó la frente con los dedos.
—Bien. Sigue.
—Lucas.
—¿Qué?
—Si quieres mi opinión…
—No.
—Entonces no te la daré.
—Perfecto.
—Perfecto.
El hombre colgó.
Lucas mantuvo el teléfono en la mano un momento más, volvió a la terraza y se quedó mirando el mar.
Pierre había pagado a Christian Laurent por protección, por arbitraje y, a veces, simplemente por el hecho de que un acuerdo tuviera que seguir siendo un acuerdo después de que la gente se levantara de la mesa.
Lucas encendió el último cigarrillo del paquete.
No advirtió a Arben.