PIERRE #2
Lucas miró el cigarrillo entre sus dedos.
—Hace unos días no sabías quién era.
—Ahora sí.
—¿Y?
—Y la información que he recibido es antigua.
Lucas sonrió sin humor.
—¿Eso has decidido?
—Desapareció durante dieciocho años. Su gente tiene otras vidas, su organización ya no existe y algunos de los contactos que tenía están muertos o retirados. Una reputación no es un ejército.
El razonamiento era sólido.
Precisamente por eso no tranquilizó a Lucas.
—Atrapaste a uno de sus hombres.
Hubo una breve pausa.
—¿Cómo lo sabes?
—Da igual.
—A mí no.
—Entonces tienes un problema adicional. ¿Está vivo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no necesitaba un cadáver.
Lucas apagó el cigarrillo.
—¿Qué te dijo?
—Muy poco.
—¿Eso qué significa?
—Significa muy poco, Lucas. No conviertas cada pregunta en un interrogatorio.
—Tú empezaste.
Arben soltó el aire al teléfono.
—El hombre vigiló uno de nuestros lugares. Lo vimos antes de que él se diera cuenta de que lo habíamos visto. Eso es todo.
—Y le rompisteis un brazo.
—Yo no.
—Ah, bien. Seguro que ahora se siente mucho mejor.
—¿Has llamado para hacer bromas?
—Me has llamado tú.
Arben se tomó su tiempo para responder.
Lucas se levantó y entró en la cocina. El hombre que había dormido en el sofá había abierto el frigorífico y bebía agua directamente de la botella.
Lucas le indicó que utilizara un vaso. El hombre lo ignoró.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Lucas.
—No interfieras.
—No estoy interfiriendo.
—Tu gente busca información.
—La información no es interferencia.
—Puede convertirse en ella.
Lucas se apoyó en la encimera.
—Arben, te contraté para resolver un problema. El problema era Patrick. Patrick sigue vivo, atacaste un monasterio, Christian Laurent ha vuelto después de dieciocho años y ahora tu gente cambia de emplazamiento en mitad de la noche. Permíteme un poco de curiosidad.
—La situación está bajo control.
Lucas miró la botella de la que el hombre seguía bebiendo.
—Claro.
—Si tienes algo que decir, dilo.
Casi lo hizo.
La pregunta llegó a sus labios: ¿Qué le prometiste a Laurent?
No la pronunció.
En su lugar preguntó:
—¿Es auténtico el documento de Tesla?
Arben tardó un momento en responder.
—Sí.
—¿Bonito?
—¿Qué?
—El documento. ¿Vale la pena?
—Sí.
—¿Por qué preguntas?
—Curiosidad.
—No te creo.
—No tienes por qué.
Arben dijo algo en albanés a alguien que estaba junto a él y volvió a la conversación.
—Vamos a terminar con esto.
—Eso espero.
—Lucas.
—¿Sí?
—Deja de buscar información sobre mi gente.
Lucas miró por la puerta abierta hacia la terraza, donde el melocotón abandonado ya había atraído a dos avispas.
—Hablaré con mi gente.
No era una promesa, y ambos lo sabían.
Arben colgó.
Lucas mantuvo el teléfono junto al oído un momento más y luego lo dejó sobre la encimera.
—¿Piensas beberte toda el agua así? —preguntó.
El hombre miró la botella.
—Soy el único que bebe de ella.
—No lo eres.
—¿Quién más?
Lucas abrió el armario y sacó un vaso.
—Yo.
—Nunca te he visto.
—Eso no significa que no lo haga.
El hombre le tendió la botella.
—¿Quieres?
Lucas lo miró y, por primera vez aquella mañana, se rio.
—Ahora no.
Salió de la cocina con el café, ya frío.
Pierre le había hecho aquella advertencia años después, cuando Lucas ya tenía hombres propios y suficiente dinero para creer que ya no necesitaba lecciones.
Había sido durante una cena en Marsella, en un restaurante donde Pierre comía desde hacía veinte años y del que se quejaba siempre diciendo que ya no era lo que había sido.
Lucas acababa de resolver una disputa con un hombre del norte y explicaba orgulloso que había aceptado un acuerdo solo para ganar tiempo.
Pierre dejó el tenedor.
—¿Le diste la mano?
—Sí.
—¿Dijiste que aceptabas?
—Sí.
—Y no aceptas.
—No en esos términos.
—Entonces ¿por qué dijiste que sí?
Lucas recordaba haberse encogido de hombros.
—Necesitaba tres días.
Pierre lo miró durante tanto tiempo que Lucas acabó irritándose.
—¿Qué?
—Nada.
—Entonces no me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si tuviera doce años.
—A los doce tenías más sentido común.
Lucas se había reído.
Pierre no.
—Escúchame. Con algunas personas puedes hacer eso. Con otras no.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes, porque acabas de contarme muy orgulloso que has hecho exactamente eso.
—Ese hombre no puede hacerme nada.
—No hablo de él.
Pierre levantó la copa de vino, la olió y volvió a dejarla sin beber.
—Si alguna vez llegas a un acuerdo con Laurent, tienes dos opciones. Di que no desde el principio, o di que sí y haz lo que dijiste que harías.
Lucas había sonreído.
—¿Christian?
—Laurent.
—Ya ni siquiera está por aquí.
—Da igual.
—Desapareció.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué hablamos de él?
Pierre reanudó la comida.
—Porque tienes la mala costumbre de creer que las reglas solo existen mientras puedes ver al hombre que las hace cumplir.
Lucas recordaba haber preguntado qué ocurriría si el propio Christian rompiera un acuerdo.
Pierre masticó antes de responder.
—No lo sé.
—¿Nunca ha pasado?
—Conmigo no.
—¿Nunca?
—No.
Lucas insistió, sobre todo para molestarlo.
—¿Y si ocurre?
Pierre se encogió de hombros.
—Entonces fui un idiota por confiar en él.
Eso había sido todo.
Ninguna leyenda. Ninguna historia sobre hombres desaparecidos, cadáveres o ciudades reducidas a cenizas. Pierre no hablaba así y, cuando otros lo hacían, normalmente los consideraba mentirosos.
La verdad era más corriente.
Si Laurent decía que habría una consecuencia, la había.
A veces era económica; otras significaba perder protección, acceso a personas o contratos.
En casos graves, la violencia formaba parte de ello.
Lucas lo sabía. Había oído a Pierre hablar de suficientes situaciones como para no idealizar el pasado.
Christian Laurent no había sido un juez, y mucho menos un santo.
Había sido un hombre al que pagaban para hacer previsibles ciertas reglas en un mundo donde las reglas cambiaban según quién tuviera el arma más grande aquel día.
Y la previsibilidad descansaba sobre una cosa muy sencilla.
No hacía amenazas vacías.
Lucas volvió al teléfono y abrió la conversación con Arben.
El dedo quedó suspendido sobre la pantalla.
Podía escribir una sola pregunta.
¿Le diste tu palabra?
Borró el mensaje antes de enviarlo.
No lo sabía.
Tal vez Arben no había prometido nada. Tal vez Christian le había entregado el documento a cambio de una formulación lo bastante estrecha para que el ataque al monasterio no la violara técnicamente. Arben era un profesional y no necesitaba lecciones de un francés escondido en Túnez.
Y menos aún del hombre que lo había contratado.
Lucas dejó el teléfono sobre la mesa.