Una palabra dada PIERRE
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PIERRE

Lucas se enteró de que el hombre había acabado en el hospital por un mensaje de cuatro líneas enviado a las seis y veintitrés de la mañana, mientras estaba descalzo en la terraza de la villa intentando comerse un melocotón demasiado maduro.

La noche había sido cálida y la mañana apenas había traído otra cosa que una luz blanca que ya empezaba a elevarse sobre la bahía.

Más allá del muro de la propiedad podía ver algunos tejados, una franja de mar y los mástiles de los barcos del puerto, pero Lucas había dejado de mirarlos después de los primeros días.

La villa había sido elegida precisamente por su discreción: lo bastante cara para que los vecinos no fueran curiosos, lo bastante apartada para detectar un coche desconocido antes de que llegara a la verja y, en teoría, lo bastante cómoda para no parecer un escondite.

Tenía tres dormitorios, dos baños, una piscina que nadie utilizaba y una cocina cuyo frigorífico estaba lleno de comida comprada por gente que no sabía qué le gustaba.

Lucas había descubierto que podía vivir sorprendentemente bien durante mucho tiempo a base de café, fruta y bocadillos, aunque en Francia habría montado una escena si alguien le hubiera servido el café que ahora bebía sin protestar.

Volvió a leer el mensaje.

Habían encontrado a un francés herido cerca de uno de los lugares utilizados por los hombres de Arben.

El hombre tenía antiguos vínculos con Christian Laurent.

No estaba muerto. La actividad en otros dos emplazamientos había sido suspendida y una de las empresas que había suministrado vehículos durante las últimas semanas había empezado a hacer preguntas.

Lucas dejó el teléfono sobre la mesa y mordió el melocotón. El zumo le corrió por los dedos.

—Mierda.

Cogió una servilleta, se limpió la mano y llamó al hombre que le había enviado la información. No contestó. Lo intentó otra vez, dejó el teléfono y entró en la casa.

—Eh.

El hombre abrió los ojos.

—¿Qué?

—¿Por qué duermes aquí?

Levantó un poco la cabeza, todavía desorientado.

—Me quedé dormido.

—Eso ya lo veo.

—Entonces ¿por qué preguntas?

Lucas lo miró fijamente.

—Déjalo.

Entró en la cocina, dejó el melocotón junto al fregadero y preparó otro café. La máquina tenía demasiados botones y, aunque alguien le había explicado dos veces cómo utilizarla, Lucas pulsaba uno distinto cada mañana. El café salió corto y casi negro.

El teléfono sonó mientras añadía azúcar.

—¿Sí?

—Me has llamado.

—Hace cinco minutos.

—Estaba dormido.

—Todo el mundo está dormido. Es una epidemia.

El hombre al otro lado no se rio.

—¿Qué quieres saber?

Lucas cogió la taza y volvió a la terraza.

—Todo lo que no pusiste en el mensaje.

—No tengo mucho.

—Pues cuéntame lo poco que tienes.

El hombre repitió la información y añadió que el francés herido se llamaba Marc y que todavía no habían conseguido averiguar quién lo había enviado.

Los hombres de Arben lo habían visto cerca de uno de los emplazamientos, lo habían interceptado y lo habían interrogado, pero la decisión de dejarlo con vida no había sido accidental.

—¿Decisión de Arben? —preguntó Lucas.

—Por lo que he averiguado, sí.

—¿Él dio la orden?

—No lo sé.

—Entonces no digas que fue decisión suya.

—No lo he dicho.

Lucas encendió un cigarrillo, aunque tres meses antes había intentado dejarlo y había aguantado casi dos semanas.

—¿Qué dijo el hombre?

—¿Marc?

—No, el Papa de Roma. Sí, Marc.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Quiero decir que yo no estaba allí, Lucas.

El tono lo irritó. El hombre tenía razón.

—Bien. ¿Las empresas?

—Una ha suspendido el trabajo con ellos. La otra exige pago por adelantado y documentación adicional.

—¿Por qué?

—No sé si está relacionado.

—Desde hace dos días nadie sabe si nada está relacionado. Empieza a cansarme.

—A mí también.

Lucas dio una calada y miró hacia el mar.

—¿Dónde está Arben?

—No lo sé exactamente.

—¿Hablas con él?

—No directamente.

—¿Por qué?

—Porque no trabajo para él.

Lucas apretó los labios.

—Bien. Si averiguas algo sobre Laurent, llámame.

—¿Qué clase de cosa?

—Cualquier cosa.

—Eso es mucho.

—Entonces filtra. Para eso te pago.

Colgó antes de que el hombre pudiera responder y se quedó con el teléfono en la mano.

Laurent.

Durante los últimos días el nombre había empezado a aparecer con demasiada frecuencia, y Lucas descubrió que le gustaba menos cada vez.

Cuando había pedido a Arben que resolviera el problema de Patrick, Christian no formaba parte del cálculo.

El hermano mayor había desaparecido casi dos décadas antes, había entrado en un monasterio y, hasta unas semanas atrás, Lucas lo consideraba más próximo a un muerto que a un adversario.

Dieciocho años eran demasiado tiempo para parecer una simple pausa.

Ahora, sin embargo, un antiguo colaborador estaba en el hospital, los emplazamientos de Arben se estaban vaciando, los proveedores se volvían cautelosos y personas que una semana antes contestaban al teléfono encontraban de pronto motivos para no involucrarse.

Nada de aquello era decisivo.

Precisamente eso era lo que le molestaba.

Pierre habría odiado aquella situación.

El pensamiento apareció sin que lo buscara, quizá por el apellido Laurent, quizá porque Lucas había dormido mal. Las primeras horas de la mañana traían a veces recuerdos que la luz del día solía mantener a raya.

Su tío llevaba seis años muerto, y durante los dos últimos había estado tan enfermo que la gente había empezado a hablar delante de él como si ya no estuviera allí. Pierre se había dado cuenta y los había dejado hacerlo. Lucas le preguntó una vez por qué.

—Porque así me entero de cosas.

—¿No te cabrea?

—Sí.

—Pues díselo.

Pierre se acomodó la manta sobre las rodillas.

—Si se lo digo, dejarán de hacerlo.

Era el tipo de respuesta que había irritado a Lucas cuando tenía veinte años y que había llegado a comprender mucho después.

La primera vez que vio a Christian Laurent tenía diecisiete años.

O dieciocho.

Lucas ya no estaba seguro, y le molestaba que la memoria hubiera conservado detalles inútiles mientras el año mismo había desaparecido.

Recordaba la chaqueta de Pierre, una mancha de humedad en el techo del restaurante, un camarero con una cicatriz en la mejilla y que él llevaba unos zapatos nuevos que le apretaban el talón.

Vio a Laurent y se sintió decepcionado.

Esperaba a un hombre enorme, quizá con guardaespaldas, quizá con esa mirada que la gente ensayaba cuando quería parecer peligrosa. Christian llegó con un solo hombre, lo dejó en la barra y se sentó frente a Pierre sin comprobar visiblemente la sala.

Tenía poco más de treinta años.

Pierre lo presentó sin ceremonias.

—Christian, mi sobrino, Lucas.

Laurent le tendió la mano.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Eso fue todo.

Lucas permaneció en la mesa porque Pierre quería que aprendiera, aunque a esa edad Lucas quería participar, no aprender.

La disputa afectaba a dos grupos que habían utilizado a la misma gente para el transporte y habían terminado robándose mercancía mutuamente. Un hombre había recibido un disparo, otro había desaparecido y no se encontraba una gran suma de dinero. Lucas esperaba amenazas.

Christian pidió facturas.

—¿Facturas? —preguntó Lucas.

Pierre le lanzó una mirada.

—Déjalo.

—Solo pregunto.

Christian lo miró.

—Yo también.

Después pidió nombres, horas, matrículas y quién había sido responsable de cada entrega. No habló de honor, territorio ni respeto. Sus preguntas eran tan corrientes que Lucas empezó a pensar que Pierre había exagerado la importancia del hombre.

Al cabo de casi una hora, Christian puso un dedo sobre una de las hojas.

—Aquí.

Pierre se inclinó.

—¿Qué?

—Tu hombre dice que recibió la mercancía a las dos y diez. El otro dice que su vehículo salió a la una y cincuenta y cinco.

—¿Y?

Lucas recordaba que la pregunta había sido suya.

Christian levantó la vista.

—Hay veintiocho minutos entre los dos puntos.

—Quizá condujo deprisa.

—Quizá.

No insistió. Le pidió a Pierre que lo comprobara.

Dos días después supieron que el hombre había mentido.

Lucas ya no recordaba qué le había ocurrido. Probablemente nada bueno, pero su memoria mezclaba demasiados nombres y demasiadas historias de aquellos años.

Sí recordaba lo que le dijo a Pierre después de la reunión.

—¿Por esto le pagas?

Pierre encendió un puro y lo miró como si la pregunta no mereciera respuesta.

—¿Cuánto le das?

—No es asunto tuyo.

—¿Mucho?

—Lo suficiente.

—¿Por qué? ¿Por leer unas hojas?

Pierre expulsó el humo.

—No le pago por leer papeles.

—Entonces ¿por qué?

—Para no tener que disparar a diez hombres cuando dos empiezan a discutir.

A los diecisiete o dieciocho años, Lucas había considerado ridícula la explicación. A los treinta empezó a entender el coste de una guerra. A los cuarenta lo entendía todavía mejor.

Christian no había sido el jefe de Pierre. Pierre jamás habría aceptado eso, y Lucas se lo había oído decir suficientes veces.

Le pagaba.

A veces por proteger un cargamento o una persona; otras, por una negociación en la que la mera presencia de la organización de Laurent hacía que la gente hablara antes de empezar a disparar.

En otras situaciones, el pago compraba una especie de garantía que Lucas no había entendido al principio: si dos partes aceptaban un acuerdo arbitrado por Christian, romperlo dejaba de ser únicamente un problema de la otra parte.

También se convertía en un problema de Laurent.

Y entonces las cosas se volvían caras.

El teléfono vibró.

Lucas volvió a la mesa de la terraza y vio el nombre de Arben.

Dejó que sonara dos veces antes de contestar.

—Buenos días.

—Para ti, quizá.

La voz de Arben sonaba cansada, pero controlada.

—También me alegra oírte.

—¿Has hablado con alguien en Lyon?

—Hablo con mucha gente.

—Eso no es lo que he preguntado.

—Entonces pregunta mejor.

Arben guardó silencio un instante.

—Tu gente está haciendo preguntas sobre mi operación.

—Mi gente intenta averiguar por qué el contrato que te estoy pagando se ha convertido en una guerra con un monje.

—Christian Laurent no es un monje.