Una palabra dada EL ERROR DE CHRISTIAN
66%

EL ERROR DE CHRISTIAN

Erwin supo que el hombre no había regresado cuando el café de Patrick se había enfriado tanto que ni siquiera Patrick seguía fingiendo que estaba bueno.

Habían pasado casi dos horas desde que Christian decidió rehacer el plan, y el búnker había adquirido el aspecto de una habitación en la que demasiada gente había intentado trabajar sin dormir.

Sobre la mesa principal se habían ido acumulando vasos y papeles, junto con dos teléfonos cargándose en un alargador que empezaba a calentarse de forma sospechosa cerca del enchufe y un plato de galletas que nadie admitía haber traído.

Patrick se había quitado los zapatos y trabajaba en calcetines, alegando que le dolían los pies, mientras Christian había movido tres veces los mismos dos marcadores sobre el mapa sin parecer consciente de que lo hacía.

Erwin sí se había dado cuenta.

El teléfono vibró junto a su codo y, al ver el nombre, contestó antes del segundo tono.

—Sí.

La voz al otro lado habló deprisa. Erwin se levantó, golpeó la silla con la rodilla y la sujetó antes de que cayera.

—Más despacio. No te oigo cuando hablas así.

Christian alzó la vista del mapa.

Erwin se volvió un poco, aunque el gesto no ofrecía intimidad alguna en una habitación de aquel tamaño.

—¿Cuándo?

Escuchó.

—¿Y el teléfono?

Otra pausa.

—De acuerdo. No, no vayas detrás de él. ¿Me has oído? Quédate ahí y espera.

Colgó.

Patrick sacó los pies de debajo de la mesa.

—¿Qué?

Erwin tardó un momento en responder.

Christian ya estaba de pie.

—¿El hombre del sur?

—No ha vuelto.

—Tenía que haber vuelto hace hora y media.

—Ya sé cuándo tenía que volver.

—¿El teléfono?

—Apagado.

Christian extendió la mano.

—Dame el número del hombre que ha llamado.

Erwin no le dio el teléfono.

—No.

Patrick miró de uno a otro.

Christian mantuvo la mano extendida un segundo más y luego la bajó.

—¿Por qué?

—Porque a ese hombre ya le he dicho que se quede donde está, y si lo llamas ahora no vas a averiguar nada más.

—Puede que haya visto algo que no te haya contado.

—Entonces volveré a llamarlo yo.

—Erwin.

—Christian.

Ninguno había levantado la voz, pero Erwin oyó en su propia respuesta una irritación que no procedía únicamente de las últimas dos horas.

Patrick se levantó y se puso los zapatos sin atárselos.

—¿Quién es el hombre?

Erwin se volvió hacia él.

—Uno de los míos.

—¿De la escuela?

—No.

—¿Lo conozco?

—No.

Patrick asintió y luego se detuvo.

—Espera. ¿Uno de los tuyos de ahora o uno de los suyos de entonces?

Erwin lo miró.

—¿Qué diferencia hay?

—Para mí, bastante.

Christian volvió la atención a la mesa.

—Se llama Marc. Trabajó con nosotros.

—¿Con vosotros cuándo?

—Hasta 2007.

Patrick miró a Erwin.

—¿Y ahora?

—Ahora repara sistemas eléctricos industriales y tiene dos nietos —dijo Erwin—. ¿Quieres también su currículum?

Patrick levantó las manos.

—Intentaba entenderlo.

Erwin se arrepintió del tono casi de inmediato, lo que no hizo sino irritarlo más.

Marc no debería haber estado allí.

Cuando Christian le había preguntado dos días antes quién podía comprobar discretamente unas cuantas direcciones sin llamar la atención, Erwin había dado su nombre casi sin pensarlo.

Conocía al hombre desde hacía treinta años; Marc llevaba mucho tiempo fuera del trabajo de seguridad, y precisamente por eso le había parecido adecuado.

Un hombre de sesenta y un años en una furgoneta de electricista podía quedarse cerca de una zona industrial sin parecer que esperaba a alguien.

Marc había ido porque Erwin se lo había pedido.

No por Christian.

Al menos, eso era lo que Erwin se había dicho.

—¿Qué tenía que hacer exactamente? —preguntó Patrick.

Christian respondió antes que Erwin.

—Comprobar si un vehículo entraba en la dirección y marcharse.

—¿Qué vehículo?

Erwin señaló la fotografía de la mesa.

Patrick la cogió.

—¿Este?

—Sí.

—¿Y si no aparecía?

—Tenía que irse al cabo de cuarenta minutos.

Patrick miró la hora.

—Pero lo llamasteis para que volviera.

—Lo intentamos —dijo Erwin.

Christian alzó la vista.

—¿Qué quieres decir con que lo intentasteis?

Ahí estaba.

Erwin sabía desde la llamada que acabarían llegando a ese punto.

—Cuando lo llamé después de que me dijeras que lo hiciera volver, no contestó.

Christian se quedó inmóvil.

—No me lo dijiste.

—No inmediatamente.

—¿Por qué?

—Porque Marc tiene la costumbre de no contestar cuando conduce y porque su última posición lo situaba a menos de diez minutos del lugar. Supuse que daría la vuelta y nos llamaría.

Patrick volvió a sentarse.

—Así que tenemos dos suposiciones.

Erwin lo miró.

—Eso no ayuda.

—No he dicho que ayudara.

Christian cogió la fotografía y la dejó sobre el mapa.

—¿Última posición?

Erwin se la dio.

Christian empezó a rebuscar entre los papeles, no encontró lo que buscaba y los apartó con más brusquedad de la necesaria.

—¿Tenemos a alguien cerca?

—No voy a mandar a nadie hasta que sepamos qué ha pasado.

—No he dicho que los mandaras.

—Ibas a hacerlo.

Christian levantó la vista.

Erwin lo conocía lo bastante bien para reconocer el momento en que una conversación podía tomar uno de dos caminos. Veinte años atrás, los demás solían escoger por él el camino más fácil y se callaban.

Erwin ya no tenía treinta y ocho años.

—Dilo —dijo Christian.

—¿Qué?

—Tienes algo que decir. Dilo.

Patrick se levantó.

—Voy a…

—Quédate —dijo Erwin.

Patrick se detuvo.

—¿Por qué?

—Porque después vamos a preguntarte qué sabes de la gente de Arben y no quiero tener que buscarte por toda la casa.

—Iba al baño.

Erwin cerró los ojos un instante.

—Ve al baño.

—Gracias.

Patrick desapareció por el pasillo.

Christian sacó una silla y se sentó.

—Ahora dilo.

Erwin siguió de pie.

—Diste por hecho que Arben utiliza esos lugares como los habría utilizado un hombre hace veinte años.

—No.

—Sí.

—Di por hecho que necesita logística.

—No es la misma frase, y lo sabes.

Christian no respondió.

Erwin se acercó al mapa y puso un dedo sobre el almacén abandonado.

—Viste tres direcciones, vehículos que se repetían, gente entrando y saliendo, y a partir de ahí construiste una estructura fija. Almacén, punto intermedio, alojamiento. Tenía sentido.

—Sigue teniéndolo.

—Claro que sí. Salvo que ahora la gente no tiene por qué quedarse allí para utilizar el sitio.

Christian lo miró.

—Explícate.

—Todavía no puedo. Eso es lo que intento decirte.

No sé qué hicieron, pero sí sé que partiste de la idea de que, si apartamos a un hombre de un punto o hacemos que crea que el punto está comprometido, la información se mueve por rutas que entendemos.

A través de personas, teléfonos, coches, reuniones.

Ahora pueden cambiar diez teléfonos en un día, mover coches mediante empresas que ni siquiera saben a quién se los están entregando, ver desde lejos quién se acerca a un edificio sin tener a un hombre en la ventana.

—Sé lo que es una cámara.

—No, Christian. Sabes lo que era una cámara.

Patrick volvió secándose las manos en los pantalones.

—No quedan toallas de papel.

Ninguno respondió.

Patrick se detuvo.

—¿He entrado en mal momento?

—Sí —dijo Erwin.

—Vale.

Aun así, se sentó.

Christian lo ignoró.

—Marc sabía comprobar si lo seguían.

—Marc sabía comprobar si lo seguía un coche o una persona, y yo lo mandé porque estaba pensando igual que tú.

Erwin sacó una silla y se sentó frente a él.

—Esa es la parte que me enfada. No es solo tu error.

—No he preguntado de quién era.

—Pues te lo estoy diciendo.

Su teléfono volvió a vibrar.

Los tres lo miraron.

Erwin contestó.

—Sí.

Esta vez no dijo nada durante casi un minuto.

Christian se levantó.

Patrick terminó por atarse un cordón y luego se olvidó del otro.

—¿Qué hospital? —preguntó Erwin.

Christian se detuvo.

Erwin cogió un bolígrafo.

—Repítelo.

Escribió el nombre en el margen de una hoja.

—¿Quién lo llevó?

Escuchó.

—De acuerdo. No. No vayas allí todavía. Ya te diré.

Colgó y se quedó con el bolígrafo en la mano.

Patrick fue el primero en preguntar.

—¿Está vivo?

—Sí.

Erwin dejó el bolígrafo.

—Está en el hospital. Un conductor lo encontró cerca de una salida de servicio, a unos kilómetros del lugar. Tiene un brazo roto, probablemente dos costillas y una herida en la cabeza. Estaba consciente cuando lo recogieron.

Christian cogió el abrigo del respaldo de la silla.

—¿Dónde?

Erwin se lo dijo.

—Vamos.

—No.

Christian lo miró.

—Erwin.

—Si lo dejaron vivo, hay dos posibilidades. O no tuvieron tiempo o querían que llegáramos hasta él.

Patrick se inclinó hacia la mesa.

—Tres.

Erwin volvió la cabeza.

—¿Qué?

—Hay al menos tres. Puede que no quisieran matarlo.

—Le rompieron un brazo.

—Ya lo sé, pero eso no significa automáticamente que quisieran verlo muerto.

Una oleada de ira recorrió a Erwin con tal rapidez que apenas consiguió frenarla antes de responder.

Patrick lo vio.

—No he dicho que no sea nada.

—Entonces no digas estupideces.

—No es una estupidez. Arben atacó el monasterio para encontrarme, pero desde entonces ha averiguado quién es Christian y sabe que alguien está tocando su red.

Si mata a tu hombre, te está diciendo que no va a negociar.

Si le da una paliza y lo deja en un sitio donde puedan encontrarlo, te está diciendo otra cosa.

—¿Qué?

Patrick vaciló.

—Todavía no lo sé.

Erwin estuvo a punto de reírse, pero no había nada gracioso en aquello.

—Muy útil.

—He dicho que no lo sé. ¿Quieres que me lo invente?

Christian volvió a dejar el abrigo en la silla.

—Patrick tiene razón en una cosa. No vamos al hospital.

Erwin lo miró fijamente.

—¿Eso es lo que has sacado de todo esto?

—Eso es lo que hay que decidir ahora.

—Marc está allí por nosotros.

—Lo sé.

—Por mí.

Christian tardó un momento en responder.

—Y por mí.

Erwin se levantó tan deprisa que la silla golpeó la pared.

—No me hagas eso.

Patrick guardó silencio.

Christian siguió sentado.

—¿Qué?

—No te adjudiques la mitad de la culpa solo para cerrar la discusión. Esto no es 2003 y yo no soy uno de los hombres que esperan a que les digas qué parte de la mierda les corresponde.