Una palabra dada CORINA
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CORINA

Christian volvió a leer la matrícula en la hoja que Erwin había dejado junto al teclado. Antes de introducirla en la hoja de cálculo improvisada del ordenador nuevo del búnker, la combinación le resultó familiar.

Los dedos se le quedaron suspendidos sobre el teclado.

Christian apartó la hoja.

En una esquina, Erwin había escrito a bolígrafo: VEHÍCULO UTILIZADO OCASIONALMENTE — POSIBLE CAMBIO.

La palabra «ocasionalmente» estaba subrayada.

Se acordó de la maleta.

Corina la había comprado en Florencia, aunque no la necesitaban y, que él recordara, ni siquiera habían ido a Florencia por nada que justificara comprar una maleta.

Tenía treinta y nueve años entonces y estaba lo bastante seguro de cómo funcionaba el mundo para creer que podía separar las cosas importantes de las que no merecían atención.

Corina nunca había estado de acuerdo con aquella clasificación.

—No puedes tener tres camisas negras y fingir que eso cuenta como equipaje —le había dicho.

Christian estaba de pie junto a la cama, con el teléfono encajado entre el hombro y la oreja, intentando cerrar una bolsa cuya cremallera funcionaba perfectamente siempre que no metiera también el expediente que se empeñaba en llevar.

—También tengo una blanca.

Corina había salido del baño con el pelo mojado, una camiseta de él y ninguna señal de que pensara ayudarlo.

—Eso lo cambia todo.

Al mismo tiempo, escuchaba a un hombre en Belgrado explicarle un problema con dos vehículos retenidos en la frontera y veía a Corina intentar rasgar con las uñas el envoltorio de un cepillo de dientes.

—No —había dicho Christian al teléfono—. Si los papeles están en regla, no pagues nada.

Corina levantó la vista.

—Estaba hablando por teléfono.

—Ya me he dado cuenta.

—No contigo.

—De eso también me he dado cuenta.

El hombre de Belgrado siguió explicándose y Christian se sentó en el borde de la cama, cogió un bolígrafo y escribió dos nombres en el reverso de una factura del hotel.

En la habitación hacía demasiado calor. El aire acondicionado no funcionaba, por la ventana abierta entraba el ruido de la calle y de algún lugar del piso de abajo llegaba olor a ajo friéndose. Corina seguía intentando abrir el envoltorio.

Sin interrumpir la conversación, Christian le tendió la navaja que llevaba en el bolsillo.

Ella lo miró.

—Claro que llevas un cuchillo.

Christian tapó el micrófono.

—Es una navaja.

—Ah, bien. Qué tranquilizador.

—¿La necesitas o no?

Corina la cogió.

Dos minutos después, cuando terminó la llamada, Christian se dio cuenta de que ella ya no estaba en la habitación.

La encontró en el balcón, sentada en una de las dos sillas metálicas, con los pies apoyados en la barandilla y el cepillo de dientes todavía dentro del envoltorio.

—No lo has abierto.

—Me he rendido.

—Te he dado la navaja.

—Lo sé. La he dejado ahí.

La había dejado sobre la mesita.

Christian miró el paquete y luego a ella.

—Entonces, ¿por qué…?

—Christian, me da igual el cepillo de dientes.

Christian salió al balcón.

—¿Qué ha pasado?

—Nada.

—Entonces, ¿por qué estás enfadada?

—Porque crees que, si identificas el problema en los primeros veinte segundos, ya has resuelto la mitad.

—Suele ayudar.

—Ahora no.

Se sentó en la otra silla, que crujió bajo su peso.

Corina miró hacia la calle.

—¿Cuántos días nos quedamos?

—Tres.

—Dijiste cuatro.

—Dije tres o cuatro.

—Dijiste cuatro.

Christian intentó acordarse.

—Puede ser.

—Dijiste cuatro porque te pregunté si podía reservar el restaurante para el jueves y me dijiste que sí.

—Podemos ir el miércoles.

—No estoy hablando del restaurante.

—Entonces no lo entiendo.

Corina lo miró y su expresión cambió lo justo para que él supiera que aquella respuesta había sido equivocada, aunque todavía no entendiera por qué.

—Exacto.

—Corina…

—Déjalo.

—No me digas que lo deje si no quieres que lo deje.

Ella bajó los pies de la barandilla.

—Quiero cuatro días en los que no haya alguien cambiándote los planes. No cuatro días en los que me traes contigo y yo me quedo sentada en un hotel hasta que terminas de resolver algo en otro país.

—Yo no estoy en otro país.

—El hombre con el que hablabas sí.

—Eso es distinto.

—Para ti.

Christian se echó hacia atrás; el metal de la silla se le clavó de forma desagradable entre los omóplatos.

—No puedo pararlo todo.

—No te he pedido que lo hagas.

—Entonces, ¿qué me estás pidiendo?

Corina abrió la boca y volvió a cerrarla.

—No lo sé. Ese es el problema. Si pudiera darte una lista, seguramente lo tendrías resuelto mañana antes del mediodía.

A Christian se le escapó una sonrisa.

—Seguramente antes del mediodía no.

Corina intentó seguir enfadada y no lo consiguió.

—Eres insoportable.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Si lo supieras, harías algo al respecto.

—Lo estoy haciendo.

—¿Qué?

Christian cogió el cepillo, abrió el envoltorio con la navaja y se lo tendió.

Corina miró el cepillo y luego a él.

—¿Ves? Eso. Exactamente eso.

Empezó a reírse antes de terminar la frase, y Christian también se rio, aunque no estaba del todo seguro de qué había hecho tan bien.

También recordaba haber dormido casi siete horas seguidas aquella noche.

Por entonces rara vez dormía tanto. No por pesadillas ni porque estuviera constantemente en peligro, como algunos de sus hombres convertirían más tarde aquellos años en historias más dramáticas de lo que habían sido.

Dormía mal porque sonaba el teléfono, porque a los husos horarios les daba igual su descanso y porque se había entrenado para despertarse cuando alguien abría una puerta en un lugar desconocido.

Junto a Corina, aquel reflejo fue desapareciendo poco a poco.

No al principio.

La primera vez que ella se levantó de noche para beber agua, Christian despertó antes de que llegara a la puerta.

—¿Adónde vas?

A Corina casi se le cayó el vaso.

—Al baño. Dios.

—Perdón.

—¿Estabas dormido?

—Sí.

—Pues duerme.

La segunda vez no dijo nada, pero abrió los ojos.

Al cabo de unos meses dejó de despertarse.

Una mañana ella lo encontró en la cocina preparando café y dijo:

—Anoche rompí un vaso.

Christian se volvió hacia ella.

—¿Dónde?

—En la cocina.

—No te oí.

—Lo sé.

Parecía satisfecha.

—¿Te cortaste?

—¿Eso es lo que has sacado de todo esto?

—Rompiste un vaso.

—No me corté.

—Entonces bien.

Corina se acercó y le quitó la taza de la mano.

—Este café es mío.

—Acabo de hacerlo.

—Lo sé.

—Para mí.

—Harás otro.

Christian la vio caminar hacia la mesa.

—¿Por qué?

—Porque rompí un vaso y no me oíste.

En el búnker, el ventilador se detuvo de golpe.

Christian parpadeó y miró el monitor.

La hoja de cálculo con los vehículos de Arben seguía en la pantalla, con el cursor latiendo en la celda vacía donde debía introducir la matrícula.

No tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado.

Probablemente menos de un minuto.

Tecleó la combinación y guardó el archivo.

Desde la habitación contigua, Patrick dijo algo demasiado deprisa para que Christian entendiera las palabras, y Erwin se rio.

Christian cogió la hoja siguiente, pero arriba figuraba una dirección que tenía que comprobar con uno de los hombres que habían ido a la ciudad, y el hombre no había contestado a la última llamada.

Dejó la hoja a un lado.

Hacía años que Corina no volvía así a su cabeza.

No porque la hubiera olvidado.

Olvidarla habría sido más sencillo.

Con el tiempo, sin embargo, había aprendido a no seguir un recuerdo más allá de donde llegaba por sí solo.

Ahora no funcionaba.

En el piso que habían compartido en Lyon había una habitación que Corina llamaba el despacho, aunque Christian al principio la había utilizado para guardar dos armarios metálicos, un fax y cajas de documentos.

Ella había vaciado la mitad sin preguntarle, había movido el fax y había puesto una mesa pequeña junto a la ventana.

—¿Qué estás haciendo?

—Liberándote la vida.

—¿Dónde están los expedientes?

—En el armario.

—Estaban ordenados.

—Siguen ordenados. Los he movido veinte centímetros.

—¿Por qué?

—Para que cupiera la mesa.

—¿Y por qué tiene que caber la mesa?

Corina se puso las manos en las caderas.

—Christian, a veces me asombra que tengas gente que te escuche voluntariamente.

—Les pagan.

—Eso explica muchas cosas.

La mesa se quedó.

Unas semanas después aparecieron encima dos catálogos de casas.

Christian los vio una noche al volver de una reunión, pero no dijo nada hasta que Corina lo encontró hojeando uno.

—No son para nosotros —le dijo.

—Entonces, ¿para quién son?

—Para mí.

—Vives conmigo.

—De momento.

Él levantó la vista tan deprisa que Corina se echó a reír.

—Mira eso. Puedo asustarte.

—No me has asustado.

—Tienes cara de hombre que acaba de perder un helicóptero.

—Nunca he perdido un helicóptero.

—Claro que no.

Christian dejó el catálogo.

—¿Qué significa «de momento»?

Corina se sirvió un vaso de agua.

—Significa que este piso no puede ser el plan para los próximos veinte años.

—No lo es.

—Bien. Entonces tenemos el mismo problema.

—No sabía que tuviéramos un problema.

—Ahora ya lo sabes.

La conversación duró casi una hora y fue una de las pocas negociaciones de la vida de Christian en las que nunca consiguió establecer exactamente qué se estaba negociando.

Corina quería una casa, pero no inmediatamente.

Quería hijos, pero no «mañana por la mañana», como le dijo después de que él empezara a calcular el calendario de los meses siguientes.

Quería que dejara la organización, pero no le había pedido que abandonara a la gente que dependía de él.

Quería una fecha.

Eso fue lo que por fin entendió.

Quería un punto a partir del cual su vida ya no estuviera construida alrededor del siguiente contrato, la siguiente crisis o el siguiente hombre que llamara a las tres de la mañana.

Christian se levantó y fue hasta la ventana.

—Dos años.

Corina siguió sentada a la mesa.

—¿Qué?

—Dame dos años.

—Christian, no estoy comprando un coche.

—Lo sé.

—Pues no lo parece.

Él se volvió.

—Tengo contratos que duran más de un año. Tengo gente. Algunas cosas se pueden delegar, otras hay que cerrarlas. Si desaparezco sin más, dejo problemas detrás.

—No te he pedido que desaparezcas.

—Entonces dos años.