Una palabra dada LAURENT #2
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LAURENT #2

Arben dejó el móvil sobre la mesa y se quedó mirándolo el tiempo suficiente para que uno de los hombres de la habitación preguntara:

—¿Quieres que lo encuentre?

—No.

—Puedo mandar a alguien.

—He dicho que no.

El hombre, casi veinte años más joven y lo bastante corpulento para que la camiseta negra se le tensara sobre los hombros, asintió sin parecer convencido.

Arben se levantó y se sirvió agua.

—Si un hombre ya no quiere trabajar con nosotros, no vamos a su casa a convencerlo.

—¿Desde cuándo?

Arben se volvió.

La pregunta no había sido desafiante, solo demasiado sincera.

—Desde hoy.

El hombre se frotó la barbilla.

—¿Por el monje?

Arben dejó la botella.

—¿Quién te ha hablado del monje?

—Yo estuve en el monasterio.

Arben lo recordó. El hombre se había quedado en el segundo coche, a la entrada, y no había entrado en los edificios.

—Entonces sabes que él no estaba allí.

—Lo sé.

—Así que no es por un monje.

—Vale.

—Y no digas «vale» si no te parece bien.

El hombre lo miró un instante.

—No sé qué quieres que diga.

Arben estuvo a punto de mandarlo fuera, pero decidió no hacerlo.

—Nada. Ve a averiguar lo del coche.

Se quedó solo con la mitad del desayuno sin tocar. Los huevos se habían enfriado, las tostadas que quedaban se habían endurecido y el café no servía para nada. Llamó a recepción para que retiraran la bandeja y pidió otro desayuno; antes de que la mujer pudiera colgar, cambió de idea.

—No, déjelo. Solo café.

A las diez y veinticinco tenía información suficiente para que no le gustara la forma que estaba tomando aquello, pero no la suficiente para afirmar que Laurent estuviera haciendo nada.

Un hombre no contestaba.

Un coche había desaparecido.

Un contacto se había echado atrás.

Otro, que les conseguía habitualmente lugares para reuniones y almacenes temporales, aseguraba que no tenía nada disponible durante las dos semanas siguientes, aunque el día anterior había ofrecido tres opciones.

Nada de aquello era un ataque.

Nada demostraba que hubiera coordinación.

Precisamente eso era lo que le molestaba.

Arben reunió a sus hombres principales en la habitación poco después de las once. No eran muchos, y así lo quería. Demasiada gente en una conversación solía producir más versiones de la misma información que información nueva.

—Cambiamos de ubicación —dijo.

Uno de los hombres miró alrededor.

—¿De hotel?

—No solo de hotel. Los coches que hemos usado estos últimos tres días quedan fuera. Los hombres que fueron al monasterio dejan de usar los mismos teléfonos. No vayáis a casa si podéis evitarlo y no contactéis con nadie con quien no sea necesario contactar.

—¿La policía?

—No lo sé.

—¿Lucas?

—No.

—Entonces ¿quién?

Arben se apoyó en el borde de la mesa.

—Si lo supiera, no estaríamos teniendo esta conversación.

Otro hombre, que hasta entonces había permanecido callado, preguntó:

—¿Laurent?

Arben lo miró.

El nombre ya había empezado a circular entre ellos.

—Puede.

—Creía que era monje.

—Lo es.

—¿Entonces?

Arben notó que la irritación subía demasiado deprisa y dejó que se disipara antes de responder.

—Entonces nada. No vamos a inventarnos historias porque tres hombres no contesten al teléfono y alguien nos haya negado un favor.

—Son cuatro cosas.

—Gracias.

—Solo decía…

—Sé lo que decías.

Se incorporó y señaló los teléfonos sobre la mesa.

—Comprobad qué es real. No quiero rumores sobre Laurent, no quiero historias de gente que lo vio en un bar en 1998 y no quiero que nadie decida que cada problema que tengamos hoy es cosa suya. Si tenemos un problema, quiero verlo antes de ponerle nombre.

Los hombres salieron con tareas concretas y Arben volvió a quedarse solo.

A mediodía recibió la primera fotografía útil del pasado.

Era de mala calidad, escaneada de una copia que a su vez había sido fotografiada.

Christian Laurent aparecía junto a tres hombres en un lugar que Arben no reconocía, casi veinte años más joven que el hombre de la terraza.

No llevaba uniforme. Vestía un traje claro y miraba hacia otro lado cuando hicieron la foto, como si la persona que apretaba el disparador no le interesara.

Arben amplió la imagen.

Era lo mismo que le había molestado del hombre al que había conocido.

Debajo de la fotografía había dos páginas de información, una mezcla de registros mercantiles, nombres de empresas desaparecidas y relatos imposibles de verificar.

Varios cientos de empleados permanentes en su momento de mayor actividad.

Contratos de seguridad. Protección de cargamentos.

Consultoría. Operaciones en regiones inestables.

Vínculos con estructuras gubernamentales y con personas a las que los informes llamaban, con cautela, «actores no estatales».

Arben lo leyó todo, volvió al principio y descartó mentalmente lo que no podía sostenerse.

Quedaba suficiente.

Llamó al hombre que le había enviado el material.

—¿Pierre Martin?

—Sí.

—¿Qué relación?

—No tengo documentos. Solo dos fuentes que dicen que Martin le pagaba periódicamente.

—¿Por qué?

—Protección y arbitraje.

Las mismas palabras.

—¿Algo más?

—Una de las fuentes dice que Pierre no tomaba decisiones importantes en determinadas disputas sin averiguar antes cuál era la postura de Laurent.

Arben volvió a estudiar la fotografía.

—Pierre no pedía permiso.

—Yo no he dicho permiso.

—Has dicho casi lo mismo.

—No, Arben. Esa es exactamente la diferencia.

Arben colgó antes de que pudieran empezar una discusión semántica.

Aquella tarde, el hombre desaparecido apareció en un hospital de las afueras de Lyon con dos costillas fracturadas, una brecha en el cuero cabelludo y sin teléfono.

No sabía quién lo había atacado. Le habían golpeado por detrás en un aparcamiento y solo recordaba haberse despertado junto al coche antes de que un transeúnte llamara a una ambulancia.

Arben recibió la noticia sentado en el borde de la cama de la nueva habitación que habían tomado en otro hotel.

—¿Le preguntaron algo?

—Dice que no.

—¿Le quitaron la cartera?

—No.

—¿El reloj?

—No.

—¿El teléfono?

—Sí.

Arben cerró los ojos un instante.

—Sacadlo del hospital cuando los médicos digan que puede irse. Antes no.

—¿Y después?

—Lo mandamos a casa.

—¿A casa?

—Pero si…

—Tiene dos costillas rotas. ¿Qué quieres que haga?

El hombre al teléfono no respondió.

Arben colgó y se quedó con el móvil en la palma de la mano.

Aun así, Arben había cambiado de hotel.

Había cambiado de coches.

Había retirado a dos hombres.

Y ya no trataba nada como una coincidencia hasta haberlo comprobado dos veces.

Hacia el atardecer, cuando la habitación se había vaciado y la luz exterior teñía de amarillo los edificios de enfrente, abrió la carpeta.

Sacó con cuidado el documento de Tesla y lo dejó sobre la mesa.

Lo había mirado tantas veces que conocía casi todas sus imperfecciones, y la satisfacción de poseerlo no había desaparecido. Ahora eso le irritaba, porque el objeto no había cambiado, pero la historia que lo rodeaba sí.

Laurent había ido solo.

No había pedido dinero.

No había pedido favores futuros.

No había amenazado.

Había pedido una sola cosa.

Patrick vive.

Arben recordaba las palabras exactas porque él mismo había corregido la formulación en aquel momento, insistiendo en los límites del acuerdo, y Laurent lo había dejado hablar hasta que llegaron a las palabras que ambos aceptaron.

También recordaba lo que había hecho después.

La vigilancia.

El monasterio.

Los hombres enviados allí.

Para Arben, el contrato con Lucas y el acuerdo con Laurent todavía podían mantenerse técnicamente separados, si los empujaba lo bastante lejos en direcciones distintas.

No había matado a Patrick. Ni siquiera lo había encontrado.

Sus hombres habían ido a buscar información, y lo sucedido en el monasterio no había sido la orden que él dio, no en la forma en que se había ejecutado.

Podía argumentar todo aquello.

El problema era que ya no sabía ante quién tendría que defender esos argumentos.

El teléfono vibró sobre la mesa.

Arben no lo miró de inmediato.

En el papel antiguo, la tinta tenía ese color que le da el tiempo, el que ningún buen falsificador intenta reproducir con demasiada perfección.

Cogió el teléfono.

Un mensaje de uno de sus hombres contenía solo dos líneas.

Otro contacto en Lyon se había negado a trabajar con ellos.

Sin explicación.

Arben leyó el mensaje, dejó el teléfono junto al documento y apoyó los dedos en el borde de la mesa durante varios segundos.

Después hizo una llamada.

—Parad hasta mañana por la mañana todo lo que estemos haciendo en Lyon.

Hubo una pausa al otro lado.

—¿Todo?

—Todo lo que no sea necesario, sí.

—¿Por Laurent?

Arben contempló el documento.

—Porque todavía no sabemos qué está pasando.

—¿Y si es él?

Arben acercó la carpeta.

—Entonces averiguaremos qué quiere.

Después de colgar, empezó a guardar el documento, pero se detuvo antes de cerrar la carpeta.

Ya sabía lo que quería Laurent.

Por primera vez desde que lo había conocido, el problema ya no era averiguar quién había sido Christian Laurent.

Era decidir si el hombre que le había entregado el documento creía que Arben Kola había dado su palabra y la había roto.