LAURENT
No debería haberlo llevado encima.
Lo sabía, y aun así le irritaba haberlo hecho.
El papel descansaba ahora dentro de la carpeta cerrada, apartado de la luz directa, después de que la noche anterior hubiera pasado casi cuarenta minutos comprobando detalles que ya había comprobado.
La procedencia era sólida, la firma había sido examinada, el material correspondía a la época y el hombre al que había consultado le había dicho —con esa cautela irritante de los expertos que no están dispuestos a garantizar nada sin tener el objeto entre las manos— que no veía ningún motivo serio para pensar que el documento fuera falso.
Arben tampoco.
Eso no le había impedido volver a abrirlo antes de acostarse.
A las siete y veintiuna, uno de los teléfonos había vibrado con un mensaje de un hombre que debía confirmar un coche y no lo había hecho. Dos minutos después llamaron a la puerta.
Arben miró la cámara del pasillo, vio al hombre y abrió.
—¿Qué haces aquí?
El hombre se subió las gafas de sol a la frente, aunque fuera apenas había terminado de amanecer.
—Buenos días a ti también.
Andaba por los sesenta, quizá más cerca de los setenta de lo que le gustaba admitir, con el pelo blanco demasiado corto a los lados y un cuerpo que se había ensanchado durante la última década sin llegar todavía a estar gordo.
Llevaba pantalones grises, camisa azul y una chaqueta ligera que olía a tabaco viejo pese a que había dejado de fumar años atrás.
Arben lo conocía desde hacía suficiente tiempo para saber que no se presentaba en un hotel a las siete de la mañana por cortesía.
—Entra.
El hombre pasó a su lado, miró la bandeja del desayuno y cogió una tostada sin preguntar.
—¿No has comido?
—Sí.
—Entonces déjala.
—Si no la querías, no haberla pedido.
Arben cerró la puerta.
—¿Qué ha pasado?
El hombre terminó de masticar antes de responder.
—Ayer preguntaste por Laurent.
Arben se detuvo junto a la mesa.
—Pregunté por Christian Laurent.
—Sí. Así funcionan los nombres.
—¿Y?
El hombre sacó una silla sin esperar invitación y se sentó. Luego miró la tostada como si acabara de descubrir que no era lo bastante buena para haber merecido la pena robarla.
—Y creo que deberías haber preguntado antes de mandar gente a ese monasterio.
Arben siguió de pie.
—¿Por qué?
—Porque, si es el mismo Laurent, tienes un problema.
—Ya tengo problemas. Sé más concreto.
El hombre se limpió los dedos con una servilleta.
—Christian Laurent. Francés. Se movió por los Balcanes, África, Oriente Próximo y unos cuantos sitios donde la gente se llamaba a sí misma empresa de seguridad porque sonaba mejor que lo que hacía en realidad.
Oficialmente no era militar, al menos cuando yo lo conocí.
Tenía hombres, contratos, transporte, información.
Solucionaba problemas para gente que no quería que la vieran cerca de ellos.
Arben se sirvió café.
—Eso describe a la mitad de los hombres que conocías en los noventa.
—No. La mitad de los hombres que conocía decía que hacía eso. Laurent lo hacía de verdad.
Arben probó el café y comprobó que estaba casi frío.
—¿Lo conocías?
—Lo vi dos veces. Hablé con él una, quizá diez minutos.
—Entonces no lo conocías.
—Vale. No lo conocía. Pierre Martin sí.
El nombre hizo que Arben dejara la taza.
—¿Pierre?
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo estaba allí.
El hombre se levantó, cogió la cafetera, se sirvió una taza y torció el gesto al primer sorbo.
—Esto está horrible.
—Sigue.
—Martin tuvo un problema con unos tipos que creyeron que podían cambiar las condiciones de un trato después de recibir la mercancía.
No recuerdo exactamente quiénes eran y no voy a inventármelo ahora para impresionarte.
Laurent llegó, se sentaron en una habitación durante una hora más o menos y, cuando salieron, el problema se había acabado.
—¿Cómo?
—No lo sé.
—¿Los mató?
El hombre lo miró.
—¿Ves? Eso es lo que hacéis vosotros cuando oís una historia antigua. Si a un hombre lo respetaban, entonces tuvo que matar a alguien dentro de la habitación y salir con la camisa llena de sangre.
—No he dicho eso.
—Es casi exactamente lo que has preguntado.
Arben sacó su silla y se sentó.
—¿Qué hizo?
—No lo sé. Ya te lo he dicho. Solo sé que Pierre aceptó lo que decidió, y los otros también.
—Pierre no aceptaba las decisiones de los demás.
—Exacto.
Durante unos instantes, el hombre calentó las manos alrededor de la taza, aunque la habitación no estaba fría.
Arben miró la carpeta sobre la mesa y la acercó al portátil.
—¿Cuándo fue eso?
—En el noventa y nueve, quizá en dos mil. No me preguntes el mes.
—¿Y después?
—¿Después de qué?
—¿Qué fue de él?
—Desapareció.
—La gente no desaparece.
—Desaparece muy bien si nadie busca en el sitio adecuado.
Arben se recostó.
—Dieciocho años.
—Más o menos.
—Y ahora es monje.
El hombre lo observó.
—Eso no lo encontré.
—Yo lo vi.
—¿En el monasterio?
—Antes.
Arben no describió el encuentro con detalle y no dijo nada del documento. No había motivo, y el hecho de que el hombre ya estuviera mirando hacia la carpeta junto al portátil hizo que la colocara encima de otros papeles.
—¿Qué aspecto tenía? —preguntó el hombre.
Arben pensó en la terraza de tres mesas, en la ropa sencilla, el pelo gris y aquella manera casi irritante de Laurent de no intentar parecer otra cosa que un hombre de más de cincuenta años que había venido a hacer un intercambio.
—Viejo.
—¿Sesenta?
—Por ahí.
—¿Delgado?
—Normal.
—¿Armado?
—No que yo viera.
El hombre hizo un ruido que podía significar cualquier cosa.
—¿Qué?
—Nada.
—Entonces no hagas ruidos.
—Intento imaginármelo.
—No necesitas imaginación. Necesitas información.
Arben abrió el portátil y giró la pantalla hacia él.
Habían empezado a buscar el nombre la noche anterior, pero los resultados eran fragmentarios y, en su mayoría, inútiles: empresas disueltas, antiguos registros mercantiles, un nombre en un pleito archivado, referencias indirectas en documentos que no decían lo suficiente.
No aparecía por ninguna parte la biografía espectacular que parecían prometer las historias del hombre, y aquella ausencia tranquilizaba a Arben más de lo que habría admitido.
—Esto es lo que tenemos.
El hombre se inclinó hacia la pantalla.
—A hombres así no los encuentras en internet.
—En internet encuentras a todo el mundo.
—Entonces ¿por qué me llamaste?
—No te llamé.
El hombre sonrió.
—Claro.
El teléfono de Arben volvió a vibrar.
El mismo hombre.
Arben contestó.
—Sí.
Escuchó y se levantó de la mesa.
—¿Cuándo?
Fue hasta la ventana, aunque lo que le estaban contando no tenía nada que ver con la calle de abajo.
—No. No vuelvas allí. Si no contesta, no contesta. Compruébalo de otra manera y llámame.
Colgó.
El hombre sentado a la mesa lo observaba.
—¿Algún problema?
—Uno de mis hombres no contesta.
—¿Desde hace cuánto?
—Dos horas.
—A lo mejor está dormido.
—No debería estarlo.
Arben envió dos mensajes y volvió al portátil.
—¿Pierre le pagaba?
—¿A Laurent?
—Sí.
—A veces.
—¿Por qué?
—Protección. Arbitraje. Hombres. No conozco los contratos de Pierre y no era su contable.
—¿Le tenía miedo?
El hombre lo pensó.
—No de la forma que tú quieres decir.
—¿Hay más de una?
—Por supuesto.
—Explícate.
—No puedo. Pierre no se comportaba a su lado como si tuviera miedo. Se comportaba como si, cuando Laurent decía que algo había terminado, no tuviera sentido perder otras dos horas discutiéndolo.
Arben pasó un dedo por el borde del portátil.
—Reputación.
—Sí.
—Antigua.
—Muy antigua.
El hombre se encogió de hombros.
—Yo también soy muy viejo. Y aun así querías escucharme.
—Has venido por tu cuenta.
—Y aun así sigues escuchándome.
Arben sonrió sin ganas.
—Acábate la tostada y vete.
—Ni siquiera estaba buena.
—Entonces elegiste mal.
—Pasa.
Antes de marcharse, el hombre se detuvo con la mano en el picaporte.
—Arben.
—¿Qué?
—¿Qué le hiciste?
Arben lo miró.
—¿A quién?
—A Laurent.
—Nada.
—Entonces ¿por qué preguntas por él?
Arben miró hacia la carpeta de la mesa.
—Tuvimos un malentendido.
El hombre se quedó un momento en el umbral.
—¿Con él?
—Con su hermano.
—¿Patrick?
Arben no respondió, y el hombre entendió lo suficiente.
—Pierre hablaba a veces de hermanos.
—Pierre está muerto.
—Lo sé.
—Y Laurent pasó dieciocho años en un monasterio.
—Ahora también sé eso.
Arben abrió más la puerta.
—Entonces ya estamos al día.
Aquello tampoco tenía por qué cambiar el mundo de Arben.
Volvió a la mesa y llamó al primer hombre.
—¿Dónde está el equipo de Lyon?
La respuesta llegó después de una vacilación.
—¿Cuál?
Arben se quedó quieto.
—El que dejamos allí.
—Todavía hay dos coches en la zona.
—He preguntado por el equipo.
—Sí. Están… espera.
Arben esperó. Oyó una puerta al fondo, unas voces y después pasos.
—Cuatro confirmados —dijo el hombre.
—Tenían que ser seis.
—Uno no contesta.
—Ese ya lo sé. ¿Y el sexto?
Una pausa.
—Pensaba que estaba con el primer coche.
—No te he preguntado qué pensabas.
—Lo comprobaré.
—Ahora.
Colgó antes de que el hombre pudiera prometerlo.
El sexto hombre contestó once minutos después. Había cambiado de teléfono tras dejar caer el suyo en un fregadero y no lo había comunicado de inmediato porque estaba convencido de que el número de reserva figuraba en el sistema. No figuraba.
Arben escuchó, le soltó una maldición una vez y le ordenó que enviara el número nuevo. Después de colgar, casi se sintió ridículo por el alivio que le producía una explicación tan corriente.
El otro hombre seguía sin contestar.
A las ocho y cuarenta, el coche que utilizaba uno de sus conductores ya no estaba donde lo habían dejado.
A las nueve menos diez, un contacto que les proporcionaba información sobre vehículos en la zona de Lyon le dijo que ya no podía comprobar una matrícula que dos días antes había consultado sin dificultad. No explicó por qué. Solo dijo que ya no hacía ese tipo de cosas y colgó.
Arben volvió a llamarlo.
El hombre rechazó la llamada.
A la tercera, el teléfono estaba apagado.