Una palabra dada ANDRÉ SIMON #3
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ANDRÉ SIMON #3

—¿Es lo único que importa?

Christian mantuvo la mano en la puerta.

—No.

Patrick esperó.

—Pero es lo que podemos hacer ahora.

Volvieron a la mesa.

André no intentó disculparse de nuevo, cosa que Patrick casi agradeció. En lugar de eso sacó el teléfono, abrió una fotografía y lo dejó entre ellos.

—Este hombre vino al casino dos días antes de la operación. Después de que Lucas se marchara.

Patrick reconoció la cara.

No sabía cómo se llamaba, pero lo había visto dos veces con gente que trabajaba para Arben.

André pasó a la imagen siguiente.

—Y este coche estaba en el aparcamiento trasero la noche en que desapareciste.

Christian se inclinó.

—¿De dónde sacaste las fotografías?

—De las cámaras del casino.

Patrick lo miró.

—¿Guardaste copias?

—Después de darme cuenta de que Lucas también podía deshacerse de mí cuando hubiera terminado contigo.

—Muy leal.

André encajó el comentario.

—No pretendo haberlo sido.

Tenía otras cuatro imágenes, dos matrículas, el nombre de un conductor al que Patrick conocía y la dirección de una empresa de transporte que Lucas había utilizado de vez en cuando años atrás.

No era un mapa de la gente de Arben ni una prueba que resolviera nada, pero sí el primer vínculo concreto entre lo que Patrick sabía de Lucas y las personas que buscaban ahora.

Christian tomó notas, deteniendo de vez en cuando a André para pedir una fecha o distinguir entre lo que había visto y lo que suponía.

En un momento dado André dijo:

—Sé que ese hombre era de Kola.

Christian levantó la vista.

—¿Lo sabes o lo crees?

—Patrick acaba de decírmelo.

—Patrick ha dicho que lo vio con gente de Kola.

—Es lo mismo.

—No.

—Lo bastante parecido, entonces.

Christian lo miró.

—«Lo bastante parecido» no nos sirve.

—Bien. No sabemos que trabaje para Arben. Sabemos que se relaciona con su gente. ¿Contento?

—No especialmente.

André miró de un hermano al otro.

—¿Antes también era así?

Patrick contestó primero.

—Peor.

Christian siguió escribiendo.

Al final Patrick preguntó:

—¿Dónde está tu hijo?

André vaciló.

—Con mi hermana, cerca de Grenoble.

—¿Lucas lo sabe?

—No lo creo.

Christian levantó la vista de inmediato.

—Entonces no des eso por hecho.

André palideció un poco.

—¿Qué hago?

Patrick miró a su hermano.

Veinte años atrás, Christian seguramente habría respondido antes de que terminara la pregunta. Ahora se pasó el pulgar por el borde del papel y parecía cansado.

—Todavía no lo sé —dijo—. No lo llames desde aquí y no le digas que se marche hasta que sepamos si alguien lo está vigilando. Erwin puede comprobar qué opciones tenemos.

André asintió.

—Gracias.

Patrick descubrió al instante que no soportaba esas palabras.

—No le des las gracias.

André se volvió hacia él.

—Patrick…

—No. Hiciste lo que hiciste por tu hijo, vale. Lo entiendo. No sé si yo habría hecho algo distinto. Quizá sí, quizá no, pero no me pidas ahora que te haga sentir mejor porque tenías una buena razón.

—No te lo estoy pidiendo.

—Entonces estamos de acuerdo.

André cogió la chaqueta del respaldo de la silla.

—Si puedo arreglar algo…

Patrick soltó una sola carcajada.

—No digas eso. No sabes lo que cuesta.

André se quedó un momento de pie con la chaqueta en las manos y luego se la puso.

Christian se levantó.

—Erwin se pondrá en contacto contigo.

—¿Y hasta entonces?

—Vete a casa. Haz lo que haces normalmente. No intentes averiguar quién te sigue, no llames a gente que creas que podría ayudarnos y no cambies nada de repente.

André asintió.

—Christian —dijo Patrick.

Su hermano se detuvo.

—¿Qué?

Patrick miró a André y luego a él.

—¿Y si lo llama Lucas?

Christian pensó antes de responder.

—Contesta.

André pareció sorprendido.

—¿Y qué le digo?

—No lo sé. Lo que te pediría normalmente.

—¿Y si pregunta por Patrick?

Christian abrió la boca y volvió a cerrarla.

—Dile que no sabes dónde está.

Patrick alzó las cejas.

—Lo cual, técnicamente, es verdad.

Christian lo miró.

—Sí.

—Empiezo a reconocerte.

—No te acostumbres.

André se marchó primero.

A través de la ventana lo vieron cruzar el aparcamiento, buscar las llaves en los bolsillos y detenerse junto al Peugeot antes de encontrarlas en la chaqueta. No parecía un hombre al que acabaran de absolver, y no lo habían absuelto.

Patrick observó hasta que el coche se incorporó al tráfico.

—Todavía no lo he perdonado.

Christian dobló la hoja con los números de matrícula.

—No te he pedido que lo hagas.

—¿Tú lo has perdonado?

Christian se guardó el papel en el bolsillo.

—Vamos. Erwin está esperando.

Patrick no se movió.

—Christian.

Su hermano se detuvo junto a la mesa.

—¿Qué?

—¿Lo has perdonado?

Esta vez el silencio duró varios segundos, pero Patrick ya no sabía distinguir si Christian no quería responder o si sencillamente no tenía respuesta.

—No lo sé —dijo al fin.

Patrick lo miró.

Christian cogió la cuenta, comprobó el importe y dejó el dinero junto a la taza.

—Pero no tengo que decidirlo hoy.

Luego salió, y Patrick se quedó atrás un instante, justo el tiempo suficiente para darse cuenta de que su hermano también había pagado el café de André.