Una palabra dada LOS QUE SE QUEDARON #3
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LOS QUE SE QUEDARON #3

—Sé dónde está la cocina.

—Nunca habías estado aquí.

Erwin se detuvo junto a las escaleras.

—La vi al entrar.

Patrick empezó a reírse.

Christian miró de uno a otro.

—¿Qué?

—Nada —dijeron ambos.

Erwin subió.

Patrick se quedó junto a la mesa, mirando la hoja de nombres.

—No sé si me gusta.

—¿Qué?

—La rapidez con la que están volviendo.

Christian levantó la vista.

—Uno se ha negado.

—Lo sé. Precisamente por eso me inquietan los otros.

—¿Por qué?

Patrick se sentó en la silla que Erwin había dejado.

—Porque la gente no dice que sí después de dieciocho años solo por lealtad.

Dice que sí por culpa, deuda, nostalgia, rabia, aburrimiento, problemas en casa, por querer volver a sentirse como la persona que era.

Puede que alguno venga porque echa de menos precisamente aquello de lo que tú intentas alejarte.

Christian mantuvo los ojos en él.

—Puede.

—¿Y si viene por eso?

—Entonces no lo utilizamos.

Patrick sonrió sin humor.

—¿Crees que te lo dirá?

Christian bajó la mirada hacia los nombres de la hoja.

—No.

—Exacto.

Arriba oyeron a Erwin abrir un armario y luego otro.

—¿Dónde guardáis el azúcar? —gritó.

Patrick alzó la voz.

—No lo sabemos. La casa es de Christian.

—Eso no ayuda nada.

Christian se puso en pie.

—Probablemente esté junto al café.

Erwin apareció en lo alto de la escalera.

—He encontrado el café. Estoy preguntando por el azúcar.

—Entonces no lo sé.

—Por fin.

Christian se detuvo.

—¿Qué?

—Nada. Sube.

Patrick lo siguió.

A mitad de las escaleras, el teléfono de Christian vibró.

Se detuvo y lo sacó.

Patrick vio enseguida que era un mensaje del monasterio.

Christian lo abrió.

Lo leyó una vez y luego otra.

—¿Qué pasa? —preguntó Patrick.

Christian tardó un momento en responder.

Erwin bajó dos escalones.

—¿Christian?

Su hermano levantó ligeramente el teléfono, como si necesitara comprobar otra vez lo que acababa de leer.

—El hermano que se golpeó la cabeza se queda ingresado.

Patrick sintió que se le encogía el estómago.

—¿Por qué?

—Han encontrado algo en las pruebas. No… aquí no está claro. Quieren mantenerlo en observación y hacerle más pruebas.

—¿Es grave?

Christian levantó la vista.

—No lo sé.

Erwin bajó otro escalón.

—Llama.

Christian ya estaba marcando.

La conversación duró varios minutos. Patrick solo oyó la mitad de las respuestas, pero bastó para comprender que los médicos no hablaban de un peligro inmediato ni tampoco de un alta rápida.

Christian pidió el nombre del hospital, la planta y un número al que pudiera llamar más tarde; después preguntó si alguien del monasterio se había quedado con el hermano hospitalizado.

Cuando colgó, permaneció en el escalón.

—Está estable —dijo—. Lo van a dejar ingresado.

Patrick asintió.

—De acuerdo.

Christian no se movió.

Erwin lo observaba desde arriba.

—No es culpa tuya.

Christian levantó la mirada hacia él.

—No digas eso.

Erwin guardó silencio.

—Todavía no sabes qué parte es culpa mía.

—Sé que no fuiste tú quien lo empujó.

—Erwin.

—De acuerdo.

Christian volvió a bajar al búnker.

Patrick lo siguió.

—¿Adónde vas?

—Abajo.

—Ya lo veo. ¿Por qué?

Christian llegó a la mesa y acercó la hoja de nombres.

—Hacemos más llamadas.

Erwin permaneció junto a las escaleras.

—Dijiste esta tarde.

—Para el que viene.

—Christian.

—Tenemos más gente.

Erwin le sostuvo la mirada y luego bajó.

—Sí, la tenemos. Pero si empiezas a llamar a todo el mundo porque un monje está en el hospital, no estás organizando. Estás reaccionando.

Christian sostuvo la hoja en la mano.

Patrick no intervino.

—Tienes razón —dijo Christian.

Erwin casi pareció decepcionado de no tener que discutir.

—Bien.

Christian dejó la hoja, pero no se sentó.

—Entonces empezamos con lo que tenemos. Tú, yo y Patrick. Hasta que lleguen los demás, quiero que sepamos exactamente qué nos falta, no llamar a gente solo para llenar una habitación.

Erwin acercó la silla a la mesa.

—Eso sí lo recuerdo.

Patrick se sentó al otro lado.

—Yo no.

Christian cogió un lápiz que encontró junto al terminal, lo probó en el borde del papel y descubrió que la mina se rompía una y otra vez. Lo afiló con una pequeña cuchilla del cajón y se manchó los dedos de grafito.

—Entonces lo verás.

Christian giró la hoja por la cara en blanco y dibujó tres columnas desiguales. La primera quedó demasiado estrecha; la tachó y empezó de nuevo.

—¿Qué sabemos de Arben? —dijo.

Patrick se inclinó sobre la mesa.

Erwin cogió su café.

Por encima de ellos, la casa permanecía en silencio, mientras más allá de sus paredes la ciudad ya había comenzado la mañana, con coches, colegios, repartos y personas que no sabían nada de la habitación situada bajo la bodega.

Sobre la vieja mesa descansaban un terminal que ya no debería funcionar, tres teléfonos —dos de ellos casi inútiles— y una hoja de papel en la que Christian había escrito el primer nombre.

Luego lo tachó.

—No empezamos por las personas —dijo.

Erwin alzó los ojos hacia él.

—Entonces, ¿por dónde empezamos?

Christian volvió a darle la vuelta a la hoja.

—Por el problema.

Patrick acercó la silla.