LOS QUE SE QUEDARON
A las ocho y doce, Patrick vio que el hombre del coche gris se detenía por segunda vez en la misma calle y empezó a pensar que quizá no fuera a quien estaban esperando.
La primera vez había pasado despacio frente a la casa, con ambas manos en el volante, mirando los números de las verjas, y luego había desaparecido al final de la calle.
Ahora regresaba en sentido contrario, se detuvo dos casas más abajo y permaneció allí casi medio minuto mientras Patrick, detrás de la cortina del piso de arriba, intentaba decidir si un profesional que venía a ayudar a Christian podía parecer tanto un hombre que se había equivocado de dirección.
—Creo que ya está aquí —dijo.
Christian estaba en la habitación contigua, donde había extendido sobre la cama el contenido de una caja del búnker e intentaba determinar qué documentos seguían sirviendo para algo.
No había dormido más de tres horas. Se había puesto unos pantalones viejos encontrados en un armario y una camisa gris que le apretaba un poco el cuello, mientras el hábito monástico descansaba doblado sobre el respaldo de una silla.
—¿Quién?
Patrick se apartó de la ventana.
—Si esperamos a más gente, deberías decírmelo.
Christian dejó el papel que tenía en la mano.
—Erwin.
—Entonces sí, probablemente sea Erwin, si Erwin conduce un coche gris y acaba de pasarse la casa dos veces.
Christian se acercó a la ventana, pero Patrick solo se apartó lo suficiente para que pudiera mirar por la cortina.
El coche había vuelto a ponerse en marcha y avanzaba lentamente hacia la verja.
—Es él.
Patrick miró a su hermano.
No ocurrió nada espectacular. Christian no se irguió de pronto ni adoptó esa expresión que Patrick había visto a veces en la gente cuando el pasado entraba en una habitación antes que ellos. Se quedó junto a la ventana un segundo más de lo necesario.
—¿Está muy cambiado? —preguntó Patrick.
—Han pasado dieciocho años.
—Eso no responde a la pregunta.
—Entonces sí.
Bajaron.
Cuando llegaron a la planta baja, el coche ya había entrado en el patio. Erwin lo había dejado de espaldas a la verja. Patrick se fijó en ello sin saber si era un hábito profesional, un viejo reflejo o la simple preferencia de un hombre que dirigía una escuela de conducción.
El hombre salió y se quedó junto a la puerta.
Patrick calculó que tendría cincuenta y tantos, quizá alguno más.
Seguía siendo robusto, aunque se había ensanchado de cintura; llevaba el pelo corto, casi blanco en las sienes, gafas de montura fina y una chaqueta azul marino que no ocultaba que se había vestido con prisas.
En el asiento trasero había una bolsa pequeña que, de momento, dejó allí.
Christian abrió la puerta principal.
Erwin lo vio.
Se quedó inmóvil y luego cerró la puerta del coche sin apartar los ojos de él.
—Dios.
Christian bajó los dos escalones.
—Hola, Erwin.
—No.
Christian se detuvo.
Erwin avanzó hacia él, despacio al principio; después recorrió los últimos metros con mayor rapidez y lo abrazó con tanta fuerza que Christian tuvo que dar un paso atrás para no perder el equilibrio.
Patrick apartó la mirada.
—Cabrón —dijo Erwin, con la cara contra el hombro de Christian—. Cabrón.
Christian tardó un instante en levantar los brazos y abrazarlo.
—Sí.
—Como vuelvas a decir «sí», te pego.
—De acuerdo.
Erwin lo apartó hasta tenerlo a la distancia de los brazos y lo examinó, todavía con las manos sobre sus hombros.
—Has envejecido.
Christian alzó la vista hacia él.
—Tú también.
—Yo lo hice de la manera normal. Tú desapareciste y has vuelto convertido en monje.
Patrick carraspeó.
Erwin se volvió y lo vio en la puerta.
Durante unos instantes lo estudió con una atención que no tenía nada de la cortesía de un primer encuentro. Patrick le sostuvo la mirada y luego levantó ligeramente una mano.
—Patrick.
—Ya lo sé.
—Bien. Ahorramos tiempo.
Erwin volvió a mirar a Christian.
—Se parece más a ti de lo que recordaba.
—Yo no me parezco a él —dijo Patrick.
—Eso es exactamente lo que decía él hace veinte años.
—No creo que nos viéramos más de dos veces.
—Fue suficiente.
Patrick sonrió sin estar seguro de que aquel hombre le cayera bien.
Christian señaló la casa.
—Entra.
Erwin se volvió hacia el coche.
—Voy a coger la bolsa.
—¿Qué llevas dentro? —preguntó Christian.
Erwin se detuvo con la mano en la puerta.
—Ropa. Un cepillo de dientes. Medicación para el colesterol. Cosas muy peligrosas.
Christian lo observó un instante más.
—De acuerdo.
—Me dijiste que no trajera nada.
—Sí.
—Y no he traído nada.
Erwin sacó la bolsa, cerró el coche y se dirigió a la casa.
—También he traído el dispositivo.
Christian se detuvo.
—¿Por qué?
—Porque me llamaste por él después de dieciocho años y me pareció mala idea dejarlo en un cajón.
—Probablemente ya no sirva para nada.
—Entonces cargaré con él aunque no sirva. No pesa.
En la cocina, Patrick había preparado café con un paquete que encontró en un armario y descubrió que la cafetera funcionaba mejor que casi todo el equipo del búnker. Sirvió tres tazas y Erwin cogió la suya antes de que nadie pudiera ofrecerle azúcar.
—¿Has dormido? —le preguntó a Christian.
—Un poco.
—¿Cuánto?
—Tres horas.
Erwin miró a Patrick.
—¿Tres horas significa tres?
—Aproximadamente.
—Dos horas y cuarenta —dijo Patrick.
Christian se volvió hacia él.
—No hacía falta que lo cronometraras.
—No lo hice. Te oí bajar.
Erwin bebió un poco de café.
—Bien. Así que no todo ha cambiado.
Christian apartó una silla y se sentó. El gesto parecía corriente, pero Patrick advirtió que Erwin lo observaba con una atención extraña, como si buscara algo reconocible en cada movimiento.
—El monasterio —dijo Erwin—. ¿Qué pasó?
Christian no empezó por Patrick.
Primero le habló de los hombres que habían entrado en el patio, de los hermanos heridos, del taller, de la bodega y de la capilla.
Lo contó sin adornos y se interrumpió dos veces para comprobar información que había recibido esa mañana en el teléfono.
El monje que se había golpeado la cabeza seguía ingresado en observación, sin lesiones que pusieran en peligro su vida.
Al que se había lastimado la cadera le habían dado el alta.
El mecánico tenía una luxación y le habían ordenado mantener el brazo inmovilizado, instrucción que, a juzgar por los mensajes del monasterio, estaba interpretando con bastante libertad.
—¿Y quiénes son? —preguntó Erwin.
—Los hombres de Arben Kola.
Erwin esperó.
—¿Debería conocer ese nombre?
—No.
—Bien. Me siento menos viejo.
Patrick se apoyó en la encimera.
—Albanés. Tiene gente en Francia, Bélgica, el norte de Italia, probablemente también en los Balcanes, aunque no sé cuánto es suyo y cuánto funciona por contrato. Seguridad, recuperaciones, protección… cosas que se convierten en otra cosa cuando el cliente paga lo suficiente.
Erwin lo miró.
—¿Y el cliente?
—Lucas Martin.
El nombre provocó la reacción que el de Arben no había provocado.
Erwin dejó la taza.
—¿Pierre?
—El sobrino —dijo Christian.
—Sé quién es Lucas. Preguntaba si Pierre sigue vivo.
—No —dijo Patrick—. Murió hace siete años.
Durante un momento Erwin contempló el café.
—No lo sabía.
Christian no dijo nada.
—¿Tú sí?
—Sí.
—Claro.
Christian explicó entonces lo suficiente de la situación de Patrick para que Erwin entendiera por qué Lucas quería verlo muerto. No entró en los detalles de la operación Morel salvo cuando eran necesarios, y no mencionó el documento de Tesla hasta llegar a la reunión con Arben.
Erwin lo interrumpió.
—Espera. ¿Nikola Tesla?
—Sí.
—¿Nikola Tesla, el de la electricidad?
Patrick se frotó la frente.
—No empieces.
—No estoy empezando nada. Intento entender por qué un albanés que quiere muerto a Patrick recibe de Christian un documento de Tesla.
—Porque lo quería.
—¿Y por qué tenías tú un documento de Tesla?
Christian lo pensó.
—Esa historia es más larga.
Erwin sostuvo su mirada.
—Has tenido dieciocho años para preparar la respuesta.
—No pensé que me lo preguntarías.
—Claro que no.
Patrick ocultó la sonrisa en la taza.
Cuando Christian llegó al acuerdo de la terraza, Erwin dejó de interrumpir. Escuchó las palabras exactas que Arben había aceptado y preguntó dos veces si sus hombres debían abandonar explícitamente también la búsqueda.
—Explícitamente —dijo Christian.
—Y después os siguieron.
—Sí.
—Y no te diste cuenta.
Christian mantuvo los dedos alrededor de la taza.
—No.
Erwin no intentó suavizarlo.
—Bien.
Patrick lo miró.
—¿Bien?
—Sí. Significa que podemos partir de la realidad, no de lo que creemos de nosotros mismos.
Christian alzó la mirada.
Erwin se quitó las gafas y las limpió con el borde de la camiseta.
—No te estoy insultando. Yo me equivoqué de camino tres minutos después de salir hacia aquí.
—¿Te perdiste? —preguntó Christian.
—Eso no importa.
—¿Fuiste a tu escuela antes de venir?
Erwin volvió a ponerse las gafas.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tenía que cambiar una clase, un instructor y dos coches.
Patrick sonrió.
—Eso lo tranquilizará.
Erwin lo ignoró.
—Christian, ya no soy el hombre que dejaste hace dieciocho años. Dirijo una escuela. Tengo empleados. Tengo una mujer que sabe que estoy aquí y que me matará de una manera muy civilizada si desaparezco tres días sin llamar.
—No quiero que desaparezcas.
—Todavía no sé qué quieres.
Christian miró hacia la ventana y luego volvió a él.
—Quiero detenerlos.
Erwin esperó el resto.
—¿Eso es todo?
—No.
Christian apartó ligeramente la taza.
—Quiero saber cuántos son, dónde están, cómo operan y qué recursos tienen aquí. Quiero asegurarme de que no puedan seguir persiguiendo a Patrick ni volver al monasterio.
—¿Y Arben?
—Quiero hablar con él.
Patrick dejó la taza con más fuerza de la que pretendía.
—¿Otra vez?
—Sí.
—La primera conversación salió de maravilla.
Christian se volvió hacia él.
—Lo sé.
—No lo parece.
—Patrick.
—No, espera. El hombre te dio su palabra y luego mandó un equipo a un monasterio. Tres personas acabaron necesitando atención médica y tú quieres otra conversación.
—Hoy no.
—Ah, entonces perfecto.
Erwin levantó una mano.