Una palabra dada 999999 #3
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—Eso ha sido cruel.

—Un poco.

—Me lo merezco.

—Un poco.

Volvió a sentarse.

Durante varios minutos no dijeron nada. El frigorífico arrancó y después se detuvo, y en algún lugar de fuera pasó un coche por la calle casi vacía. Erwin miró las fotografías de la caja sin darles la vuelta.

—¿Vas a dormir? —preguntó ella.

—No creo.

—Entonces al menos no te vayas ahora. Has dicho a las ocho.

—Sí.

—Dúchate, come algo y llama a la escuela a una hora en la que la gente no dé por hecho que ha muerto alguien.

Erwin la miró.

—Técnicamente, eso es lo que yo también he supuesto.

—¿Que había muerto alguien?

—Él.

Su mujer se ciñó la bata.

—¿Y cuando has oído que estaba vivo?

Erwin bajó otra vez la vista hacia la pantalla apagada.

—Me he alegrado.

—Ya lo he visto.

No había reproche en su voz, y por eso resultó más difícil oírlo.

A las seis menos diez, Erwin ya estaba en la escuela de conducción.

El edificio se alzaba en el borde de una zona industrial, junto a una pista por la que, durante la semana, se turnaban vehículos de emergencias, coches de empresa y automóviles preparados para cursos avanzados.

La oficina principal olía a café de máquina y a caucho, y una de las paredes estaba cubierta de fotografías de grupos de alumnos, jóvenes pilotos de competición y varios conductores profesionales que todavía lo llamaban antes de las carreras cuando necesitaban hablar de cualquier cosa menos de conducir.

Erwin encendió las luces y permaneció un momento en medio de la sala.

Allí las cosas funcionaban con horarios.

Las reservas tenían nombres, los coches tenían hojas de mantenimiento, los instructores tenían días libres y la gente acudía allí para aprender a evitar un accidente, no para sobrevivir a una emboscada.

Erwin había pasado años construyendo aquel lugar precisamente porque le gustaba poder utilizar sus antiguas habilidades sin dejar a nadie tirado en una cuneta.

Sobre su escritorio lo esperaban tres carpetas.

La primera correspondía al grupo de las nueve y media.

La abrió, leyó dos líneas y la cerró.

A las seis y veinte llamó a Philippe.

El instructor respondió después de muchos tonos.

—Si la pista está ardiendo, llama a los bomberos.

—No está ardiendo.

—Entonces te has equivocado de hora.

—Necesito que te encargues del grupo de las nueve y media.

—¿Por qué?

Erwin miró por la ventana los coches alineados en el patio.

—Tengo un problema personal.

—¿Qué clase de problema?

—Personal.

—Erwin, cuando tú dices «personal», parece que hayas matado a alguien.

—No he matado a nadie.

—Me alegra saberlo. ¿Puedo volver a dormir?

—¿Puedes encargarte del grupo?

Al otro lado se oyó un suspiro.

—Sí, pero se suponía que yo estaba con el grupo de las dos.

—Los cambiaremos.

—¿Adónde?

Erwin se detuvo.

No había pensado en eso.

—Espera.

Abrió el horario en el ordenador, movió dos ventanas, descubrió que uno de los coches con los que contaba estaba reservado para mantenimiento y soltó una maldición.

Philippe se rio al teléfono.

—¿El viejo ha hecho el plan sin comprobar los coches?

—Cállate.

—Voy a apuntar la fecha.

Erwin pasó el grupo de la tarde a otro instructor y encontró una solución que no le gustaba, pero funcionaba.

—Hecho.

—¿Cuánto tiempo vas a estar fuera?

Erwin miró la bolsa que había dejado junto a la puerta.

—No lo sé.

—¿Un día?

—Probablemente.

—¿Eso significa un día para la gente normal o un día para ti?

—Philippe.

—Lo pregunto por el horario.

Erwin se frotó la frente.

—Si no he vuelto esta noche, llamaré.

—De acuerdo. ¿Es grave?

Erwin miró las fotografías de la pared.

—Todavía no lo sé.

Después de darle las gracias, colgó y permaneció en la oficina el tiempo suficiente para darse cuenta de que podría haber delegado todo desde casa y de que había ido allí porque quería ver el lugar antes de marcharse.

A las siete menos cuarto recogió la bolsa.

El viejo dispositivo estaba en el bolsillo interior, aunque Christian no le había dicho que lo llevara.

En el aparcamiento pasó junto a tres coches de la escuela y se detuvo frente al suyo.

Lo miró, luego dio media vuelta y eligió uno de los coches corrientes de la empresa: un modelo anodino con casi ochenta mil kilómetros y un arañazo en la puerta derecha que alguien llevaba dos meses prometiendo reparar.

Dejó la bolsa atrás.

Su teléfono personal vibró.

Un mensaje de su mujer.

«Llámame cuando llegues.»

Erwin respondió que lo haría y, antes de enviar el mensaje, borró «Te lo prometo».

Arrancó el motor e introdujo la dirección de Lyon en el navegador.

Mientras salía del patio de la escuela, la luz del sol empezaba a iluminar los tejados de los almacenes y el primer empleado acababa de cruzar la verja y le hizo un gesto con la mano. Erwin respondió automáticamente.

A los pocos cientos de metros, la voz del navegador le indicó que girara a la derecha.

Erwin giró a la izquierda.

Maldijo, esperó a que recalculara la ruta y sonrió para sí, porque Christian lo había llamado después de dieciocho años y Erwin había conseguido equivocarse de dirección en los primeros tres minutos.