Una palabra dada 999999
46%

999999

Alargó la mano sin encender la lámpara, golpeó el vaso de agua y consiguió sujetarlo antes de que cayera, aunque la mitad del contenido se derramó sobre el libro que había dejado junto a la cama. Maldijo entre dientes, encontró el teléfono y miró la pantalla con un ojo abierto.

No había sido el teléfono lo que había vibrado.

Se quedó inmóvil.

Su mujer se volvió hacia el otro lado y tiró del edredón. Cualquier otra noche, Erwin habría protestado automáticamente porque le dejaba media pierna al descubierto, pero esta vez se levantó despacio y escuchó.

La vibración volvió a sonar.

Venía del armario.

No de su teléfono personal ni del de la escuela, que solía dejar cargando en la cocina, sino de detrás de la ropa colgada de la barra superior, donde guardaba una caja metálica que llevaba casi dos años sin abrir.

La última vez había sido cuando movieron los muebles del dormitorio para redecorar y quiso asegurarse de que la batería del aparato que había dentro no se hubiese hinchado.

Recordaba haberse dicho entonces que debería tirar todo aquello.

No lo había hecho.

Erwin salió de la cama. El frío del parqué hizo que buscara las zapatillas a tientas con un pie. No las encontró y caminó descalzo hasta el armario. Abrió la puerta con cuidado, apartó dos camisas y una chaqueta y bajó la caja del estante.

La vibración cesó.

—¿Erwin?

La voz de su mujer lo sobresaltó más de lo que habría admitido.

—Vuelve a dormir.

—¿Qué haces?

—Nada. Me ha… espera, vuelve a dormir. Estoy comprobando una cosa.

—¿A las tres de la mañana?

—Sí.

—Entonces no es nada.

No se le ocurrió ninguna respuesta que no alargara la conversación, así que se llevó la caja fuera del dormitorio.

Cerró la puerta tras él.

La casa estaba a oscuras salvo por la luz azul del horno en la cocina y una pequeña lámpara que mantenían encendida en el pasillo desde que, un año antes, Erwin había bajado las escaleras a oscuras y se había saltado el último peldaño.

No se había caído mal, pero le dolió la rodilla durante dos semanas y las bromas sobre conductores y escaleras le llegaron de todas partes.

A los cincuenta y seis todavía podía enseñar a un alumno a controlar un coche al límite de adherencia, pero su cuerpo había empezado a pasarle facturas por cosas que a los treinta consideraba gratuitas.

Dejó la caja sobre la mesa de la cocina.

Dentro había unos cuantos documentos viejos, dos fotografías boca abajo, un cargador que ya no se podía comprar en una tienda corriente y un aparato negro, más grueso que un teléfono moderno y sin logotipo de fabricante.

La pantalla estaba encendida.

Erwin no la tocó enseguida.

En el centro aparecían seis cifras.

Se sentó.

La silla raspó brevemente las baldosas. Erwin agarró el borde de la mesa y la levantó un poco para que no volviera a arrastrarse.

Sus ojos regresaron a la pantalla.

Novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve.

No era un número de teléfono, ni lo habían elegido porque sonara bien. En el antiguo sistema, la mayoría de la gente tenía identificadores corrientes, y quienes no debían conocerlos, no los conocían. Este había sido distinto precisamente porque era imposible confundirlo con cualquier otra cosa.

Christian.

Erwin pulsó el botón lateral y volvió a comprobar el mensaje, aunque no había nada que comprobar.

Debajo aparecía una solicitud de conexión.

Durante casi dieciocho años el aparato no había mostrado nada.

Al principio lo cargaba todos los meses.

Después, cada dos o tres meses; luego, solo cuando se acordaba.

Últimamente lo conservaba sobre todo porque tirarlo le parecía una decisión más grande que seguir guardándolo.

El sistema se había diseñado para una sola eventualidad con dos posibles variantes, y Erwin recordaba exactamente cómo lo había expresado el hombre que le entregó el aparato.

Si aparece el número, Christian ha vuelto o ya no puede volver.

En aquel momento Erwin había preguntado qué demonios significaba la segunda parte.

El hombre que le había entregado el dispositivo lo observó durante varios segundos antes de responder.

—Que está muerto, Erwin.

Ahora se cubrió la boca con una mano.

Su primera reacción no fue esperanza.

Eso lo enfureció, aunque no había nadie con quien discutirlo.

Miró el reloj de la pared y luego hacia el pasillo, como si la hora pudiera ofrecerle una explicación.

Si Christian estaba vivo, ¿por qué a las tres y media de la mañana?

Si estaba muerto, ¿quién estaba activando el sistema y por qué después de casi dos décadas?

¿Quedaba alguien más que lo supiera? ¿Seguía funcionando siquiera como lo habían diseñado?

Erwin cogió el aparato y aceptó la solicitud de conexión.

Dos símbolos cambiaron en la pantalla, se quedaron congelados y después apareció un error.

—Vamos. Ahora no.

Volvió a pulsar.

Nada.

Se subió las gafas de lectura a la frente y volvió a bajárselas. El tamaño del texto no era el problema. Desenchufó el cable, lo conectó de nuevo, mantuvo pulsado el botón y reinició el dispositivo.

A su espalda se abrió la puerta.

Su mujer estaba al final del pasillo, con la bata sobre el camisón y el pelo recogido de cualquier manera hacia un lado.

—¿Qué ha pasado?

—Todavía nada.

Ella miró la caja de la mesa.

—¿Qué es eso?

Erwin se frotó la nuca.

—Algo antiguo.

—Ya veo que no es nuevo.

—No me refería a eso.

Ella llegó hasta la entrada de la cocina, pero no se acercó a la mesa.

—¿Es del trabajo?

Erwin abrió la boca y se detuvo.

—Del trabajo de antes.

La expresión de ella cambió apenas lo suficiente para que él lamentara en el acto haber contestado tan deprisa.

—Creía que ya no existía ningún «trabajo de antes».

—No sé si existe.

—Erwin.

—De verdad que no lo sé.

El aparato volvió a vibrar.

Los dos lo miraron.

Su mujer no podía saber qué significaba el número, pero la forma en que Erwin apartó la silla y volvió a sentarse bastó para que no repitiera la pregunta.

—¿Quién es?

Erwin se humedeció los labios.

—Todavía no lo sé.

—Pero crees que sí.

—Sí.

—¿Quién?

Miró la pantalla.

—Un hombre del que durante mucho tiempo pensé que algún día me llamaría. Luego empecé a pensar que nunca lo haría.

—Eso no me dice quién es.

—Lo sé.

Ella esperó.

Erwin volvió a aceptar la conexión.

Esta vez el dispositivo respondió.

Por el altavoz llegó ruido electrónico, seguido de varios segundos de estática tenue. Erwin se lo llevó al oído.

—¿Diga?

Nada.

—¿Diga?

Entonces oyó a alguien respirar y una voz a la que dieciocho años habían cambiado menos de lo que deberían.

—¿Erwin?

Erwin cerró los ojos.

No dijo nada.

—Erwin, ¿me oyes?

Se pasó el aparato de una oreja a la otra, aunque oía perfectamente.

—Sí.

La voz le salió ronca. Se aclaró la garganta.

—Sí, te oigo.

Hubo una pausa.

—Soy Christian.

Erwin se echó a reír.

No porque tuviera gracia ni porque no lo creyera. Fue una risa breve, casi desagradable, seguida de una maldición que no consiguió contener.

—Sé quién eres.

Christian guardó silencio.

Erwin se levantó de la mesa, dio dos pasos hacia la ventana y se volvió, sin saber por qué se había puesto en pie.

—Tú… espera. ¿Eres tú de verdad?

—Sí.

—No, ya sé que has dicho que sí. Quiero… Christian, ¿cómo demonios se supone que voy a saber que eres tú?

—No lo sé.

Eso lo detuvo.

Christian continuó un instante después.

—Pregúntame lo que quieras para comprobarlo.

Erwin miró a su mujer, que seguía junto a la puerta.

—En el 99, cerca de Mostar, cuando perdimos el coche, ¿qué me dijiste?

La pausa al otro lado duró más de lo que esperaba.

—No me acuerdo.

Erwin estuvo a punto de volver a reírse.

—¿En serio?

—Recuerdo el coche. No recuerdo lo que te dije.

—Dijiste que si volvía a elegir yo la ruta, iríamos andando hasta París.

—Suena a algo que yo diría.

—Eso no ayuda.

—Entonces pregunta otra cosa.

Erwin se frotó la frente.

Tenía docenas de recuerdos, pero ahora que intentaba elegir uno que nadie más pudiera conocer, todos le parecían demasiado triviales o demasiado importantes para decirlos con su mujer al lado.

—Argelia. El hotel de Orán. ¿Qué hiciste después de que rompiera el retrovisor del coche de la embajada?

—Rompiste dos.

Erwin abrió la boca.

—Uno.

—Dos. El primero ya estaba rajado, pero tú terminaste de cargártelo al entrar en el patio.

—No fue culpa mía.

—Eso mismo dijiste entonces.

Erwin volvió a sentarse.

—Cabrón.

Al otro lado llegó algo que pudo ser una exhalación o el principio de una risa.

—Eres tú —dijo Erwin.

—Sí.

—Estás vivo.

—Sí.

—Dieciocho años.

Christian no respondió.

Erwin se pasó una mano por los ojos. Cuando volvió a hablar, lo hizo más alto de lo que pretendía.

—¿Dieciocho años y eso es todo lo que tienes? ¿«Sí»?

—No. Pero ahora mismo no sé qué decir.

—Podrías haber empezado con una llamada hace diez años.

—Sí.

—O cinco.

—Sí.

—O… déjalo.

Erwin volvió a ponerse en pie. No soportaba la silla, ni la cocina, ni la luz azul del horno, ni que su mujer lo observara sin saber si debía quedarse o marcharse.

—¿Dónde has estado?

—En un monasterio.

Erwin se quedó quieto.

—¿Qué?

—En un monasterio.

—¿Qué hacías allí?

—Vivir.

—No, esa parte la he entendido. Quiero decir… ¿qué hacías?

—Soy monje.

Erwin apartó el aparato del oído y se quedó mirándolo.

—¿Qué has dicho?

—Soy monje.

Su mujer arqueó las cejas.

Erwin hizo un gesto inútil con una mano, como si eso pudiera impedir que ella oyera una conversación que tenía lugar a dos metros.

—Christian Laurent.

—Sí.

—Un monje.

—Sí.

—Con… con monasterio, hábitos y todo eso.

—No sé qué significa «todo eso».

—No me fastidies ahora.

—No lo intento.

Erwin se dejó caer en la silla, mirando la mesa.

—Dios.

Christian no comentó nada.

—No, espera. Probablemente ahora tengas una relación profesional con Él. Perdón.

Esta vez oyó con claridad una risa breve.

Erwin sintió que algo se le tensaba en el pecho y volvió a enfadarse porque la reacción había llegado antes de que pudiera decidir qué quería sentir.

—Te he echado de menos —dijo.

Las palabras salieron demasiado deprisa.