Una palabra dada BAJO LA CASA #3
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BAJO LA CASA #3

—O sea, que tu búnker secreto tiene cámaras muertas, teléfonos con las baterías agotadas, comida caducada y una ventilación de la que no podemos fiarnos.

—Sí.

—Me siento mucho más seguro.

Christian dobló la hoja.

—La puerta funciona.

—Maravilloso.

—El pozo parece funcionar.

—El agua salió marrón.

—Durante unos segundos.

—No voy a beberla.

—Yo tampoco.

Patrick lo siguió de vuelta a la sala principal.

El ordenador seguía encendido. En el monitor había abierta una ventana que Patrick no había visto antes, con información de conexiones y varios registros con fechas recientes.

Se detuvo.

—¿Qué es eso?

Christian se sentó.

—Pagos.

—¿De qué?

—Todavía lo estoy comprobando.

Patrick se acercó.

Las fechas no eran antiguas. Algunas tenían menos de un mes.

—¿Quién paga?

—Una estructura que se suponía que había sido cerrada.

—¿Se suponía?

Christian abrió otra ventana.

—Cuando me fui, di instrucciones para liquidarlo todo. Sueldos, indemnizaciones, contratos, propiedades. Algunas cosas requerían plazos más largos.

—Dieciocho años no es un plazo más largo. Es una vida.

—Lo sé.

Patrick se inclinó hacia el monitor.

—Entonces, ¿quién lo mantuvo en funcionamiento?

Christian no respondió.

Patrick veía que su hermano no fingía. No lo sabía.

Christian abrió otros dos registros, comparó las fechas y se frotó los ojos.

—Quizá sean pagos automáticos de un fondo que no se cerró correctamente.

—Quizá.

—O la gestión de la propiedad se separó del resto y no lo recuerdo.

—Christian.

—¿Qué?

—No me des respuestas solo porque no te gusta no tener una.

Christian mantuvo la mano sobre el ratón.

—De acuerdo.

Patrick acercó una silla y se sentó a su lado.

—Lo averiguaremos mañana.

—Sí.

—Después de dormir.

Christian miró el reloj del ordenador, que llevaba casi siete años y varios meses de retraso.

—Sí.

—Y después de comer algo fabricado en este siglo.

—Sí, Patrick.

—Bien.

Patrick se recostó y miró alrededor. Bajo las luces fluorescentes, todo parecía menos amenazador que al entrar y mucho más triste.

Eran los restos de un sistema levantado por un hombre que en otro tiempo se había preparado para sobrevivir a cosas que Patrick todavía no comprendía del todo y que después se había marchado, dejando atrás camas, agua, armas, cables, contraseñas y máquinas que habían seguido esperando a un dueño que nunca regresó.

Christian cerró una a una las ventanas de la pantalla.

Patrick se levantó.

—Sube.

—Voy en un minuto.

—No. Vienes ahora.

Christian lo miró.

—Patrick…

—No, espera. Escúchame. Son casi las dos de la madrugada, has conducido por media Francia, te duele la espalda y has necesitado tres intentos para recordar una contraseña que probablemente hace veinte años podías escribir borracho y con los ojos vendados.

Si te quedas aquí abajo otras dos horas, vas a empezar a tomar malas decisiones y luego me dirás que son buenas porque las has tomado tú.

Christian abrió la boca.

Patrick levantó un dedo.

—Y antes de que me expliques que no bebes, era una forma de hablar.

Christian miró el monitor y luego a él.

—Tengo que comprobar una cosa más.

—Mañana.

—Tardaré cinco minutos.

Patrick suspiró.

—Ya tengo experiencia con tus cinco minutos.

Christian estuvo a punto de responder, pero se rindió.

Apagó el monitor.

—De acuerdo.

Patrick dejó que fuera él primero hacia las escaleras.

A sus espaldas, el ventilador siguió empujando aire por los viejos conductos mientras tres cámaras analógicas vigilaban una casa en la que nadie había vivido desde hacía casi dieciocho años.

El ordenador permaneció encendido, con la torre vibrando débilmente bajo la mesa y un LED verde parpadeando a un ritmo irregular.

Christian apagó la luz del pasillo, pero no cerró la puerta metálica.

Patrick se dio cuenta.

—¿La dejas abierta?

Christian miró atrás.

—Esta noche, sí.

—¿Por qué?

Christian apoyó una mano en la barandilla y empezó a subir.

—Porque todavía no sé si se abre desde dentro cuando se va la luz.

Patrick lo siguió.

—¿Ves? Ese es exactamente el tipo de información que me gusta tener antes de dormir bajo tierra.

—Dormiremos arriba.

—Mejor todavía.

Llegaron a la bodega y dejaron la estantería solo a medio colocar; los dos estaban demasiado cansados para volver a mover todas las cajas. Patrick cogió dos. Christian levantó una y volvió a dejarla cuando la espalda lo obligó a detenerse.

Patrick no dijo nada y cogió también la caja de Christian.

Christian lo miró.

—Puedo llevarla.

—Lo sé.

—Entonces déjala.

—No.

—Patrick.

—Tienes casi sesenta años.

—Tengo cincuenta y ocho.

—Exacto. Casi.

Christian lo siguió hacia las escaleras.

—Tú tienes cincuenta y cuatro.

Patrick se volvió con las dos cajas en brazos.

—Pero me conservo bien.

—Claro.

—Empiezas a repetirte.

—Estoy cansado.

Patrick sonrió y siguió subiendo.

Por encima de ellos sonó el timbre.

Los dos hombres se detuvieron.

Patrick miró hacia el techo y luego a Christian.

Christian consultó el reloj.

Patrick recordó el pedido y soltó el aire.

—La comida.

Christian tardó un momento en moverse.

—Sí.

Patrick lo miró.

—Has pensado que eran ellos.

—Se me ha pasado por la cabeza.

—A mí también.

Permanecieron otro segundo en las escaleras, dos hombres cansados con cajas polvorientas en los brazos, escuchando el segundo timbrazo.

Entonces Patrick siguió subiendo.

—Pago yo.

La voz de Christian llegó desde detrás.

—Ya has pagado con la aplicación.

Patrick se detuvo.

—¿Cómo lo sabes?

—Has dicho que lo pediste con el teléfono.

—Eso no significa que haya pagado.

—Normalmente funciona así.

Patrick se volvió hacia él.

—Mira quién se ha incorporado al mundo moderno.

Christian lo adelantó y abrió la puerta de la cocina.

—Ve a por la comida, Patrick.