Una palabra dada BAJO LA CASA #2
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BAJO LA CASA #2

—Tienes un sótano debajo de la bodega.

—Sí.

—Y no te pareció digno de mención en el coche.

Christian empezó a bajar.

—No preguntaste.

—Te odio un poco cuando dices eso.

La escalera terminaba en un corto pasillo de hormigón.

El aire era más frío y tenía el olor cerrado de un lugar que no había recibido suficiente ventilación, aunque no estaba viciado.

Cuando Christian pulsó un interruptor, un ventilador arrancó en algún punto de las paredes, primero con un traqueteo irregular y luego estabilizándose en un ritmo constante.

Las luces se fueron encendiendo una tras otra y Patrick vio la sala principal.

Sin proponérselo, había esperado algo impresionante.

En cambio encontró un espacio construido para ser útil y que había envejecido sin dignidad: armarios metálicos, mesas robustas, cables gruesos, dos monitores de tubo, paneles de interruptores, estanterías llenas de equipos y un ordenador viejo cuya carcasa beige se había amarilleado.

En una pared había seis pequeñas pantallas para cámaras de vigilancia.

Christian encendió el sistema.

Dos pantallas permanecieron negras. Una se llenó de estática. Las otras tres mostraron imágenes borrosas en blanco y negro del patio, la verja y parte de la calle.

Patrick se acercó.

—¿Eso es en directo?

—Sí.

—Parece una grabación de 1984.

Christian accionó varios interruptores.

—Cámaras analógicas.

—Sé lo que son. Tengo casi cincuenta y cinco años, no doce.

Otra pantalla se apagó.

Christian le dio un ligero golpecito con un dedo. Nada.

—Esa ha muerto.

—¿Lo has deducido tú solo?

Christian lo miró.

—Estás cansado.

—Estoy enterrado debajo de la casa de mi hermano, en un búnker cuya existencia desconocía. Déjame ser desagradable un rato.

Christian no discutió.

Empezó a revisar la sala con la paciencia de un hombre que no daba por hecho que las cosas siguieran funcionando solo porque las había dejado funcionando dieciocho años antes.

Abrió un panel de ventilación, comprobó los indicadores de un sistema eléctrico y pasó después a una sala técnica donde un generador ocupaba casi la mitad del espacio.

Patrick lo siguió hasta la puerta.

—¿Funciona?

—No lo sé.

—Me alegra que hayas empezado a usar esa respuesta.

Christian comprobó una etiqueta de mantenimiento.

—Le hicieron una revisión hace dos años.

—¿Quién?

—La empresa que administra la casa, probablemente a través de un subcontratista.

—¿Y esa gente no se pregunta por qué hay un generador industrial debajo de la bodega?

Christian se encogió de hombros.

—Les pagan por mantener lo que figura en el contrato.

—Tienes mucha fe en la discreción de las facturas.

—La tenía.

Patrick reparó en el tiempo verbal, pero no dijo nada.

La siguiente habitación contenía un depósito de agua y el equipo de un pozo. Christian abrió un grifo sobre un fregadero metálico. El agua salió marrón durante varios segundos y luego se aclaró.

—No la bebas —dijo Patrick.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

—Hay que analizarla.

—Mejor todavía.

El búnker tenía dos dormitorios pequeños, cada uno con dos camas estrechas, taquillas metálicas y ropa de cama sellada en plástico. Patrick entró en el primero, apoyó la palma sobre el colchón y levantó una fina nube de polvo del armazón.

—Romántico.

—No pretendía serlo.

—Evidentemente.

En una taquilla encontró ropa empaquetada, en su mayor parte de un estilo demasiado anticuado para llevarla ahora sin llamar la atención. Sacó una chaqueta.

—¿Tú llevabas esto?

Christian miró desde la puerta.

—Creo que no.

—Es de tu talla.

—Quizá fuera para otra persona.

Patrick la sostuvo en alto.

—Eso espero.

Más adelante encontraron suministros de emergencia, botiquines, mantas, linternas, pilas y cajas de alimentos en conserva. Algunos habían caducado hacía más de una década.

Christian cogió una ración en un envoltorio grueso y leyó la etiqueta.

—Puede que esto todavía esté bien.

Patrick se volvió despacio.

—No.

—El envase está intacto.

—No.

—Algunas cosas así duran mucho más allá de…

—Christian, si piensas salvarme de Arben para luego matarme con comida fabricada antes de que Sarkozy fuera siquiera presidente, prefiero que me lo digas ahora.

Christian dio la vuelta al paquete.

—Estaban bien la última vez que lo comprobé.

Patrick lo miró fijamente.

—La última vez que lo comprobaste ninguno de los dos tenía canas.

Christian volvió a dejar la ración.

—Entonces pediremos algo.

—La mejor decisión que has tomado en todo el día.

—No reparten aquí abajo.

—Subiré hasta la puerta. Estoy dispuesto a hacer ese sacrificio.

Patrick siguió examinando las estanterías, todavía divertido, hasta que abrió un armario metálico más pesado y vio las armas.

El humor desapareció.

No estaban expuestas ni colocadas para causar efecto. Descansaban en soportes junto a cajas selladas y otros equipos que Patrick reconocía lo bastante bien como para no necesitar explicación.

Christian se acercó a su lado.

Ninguno habló.

—También conservaste esto —dijo Patrick.

—Sí.

—¿Por qué?

Christian miró dentro del armario.

—Porque se quedó aquí.

—Eso no es una respuesta.

—Es la respuesta que tengo.

Patrick cerró el armario.

—Podrías haber hecho que se las llevaran.

—Sí.

—Podrías haber vaciado este sitio.

—Sí.

—Podrías haber vendido la casa.

Christian apoyó una mano en la mesa metálica que tenía detrás; el cansancio del día se hacía más visible bajo la fría luz fluorescente.

—Sí.

Patrick esperó algo más, pero no llegó.

—De acuerdo.

Christian lo miró.

—¿Qué?

—Nada. Solo… de acuerdo.

—No está bien.

—Ya lo sé. Pero no me queda energía para obligarte a responder preguntas cuando o no sabes la respuesta o sí la sabes y no me va a gustar.

Christian se pasó una mano por la cara.

—Tampoco sé cuál de las dos cosas es.

Patrick volvió a creerle, y eso lo irritó más de lo que lo habría hecho una mentira.

Regresó a la sala principal.

Sobre una mesa había tres teléfonos por satélite antiguos, radios y un aparato que Patrick no reconoció al principio. Christian cogió el primer teléfono, lo encendió y esperó. La pantalla brilló débilmente y luego murió.

—¿Muerto?

—La batería.

El segundo se encendió, pero mostró un error. El tercero permaneció activo el tiempo suficiente para que Christian entrara en el menú.

—No confíes en eso —dijo Patrick.

—No voy a confiar en nada de aquí hasta que lo haya comprobado.

—Eso suena más saludable.

Christian se sentó delante del ordenador.

Patrick miró la torre.

—No.

—¿Qué?

—Dime que esta no es la infraestructura secreta que va a salvarnos.

Christian pulsó el botón de encendido.

El ventilador del ordenador arrancó con un ruido preocupante.

—Era suficiente.

—¿Cuándo?

—Cuando lo instalaron.

—Christian, eso es un Pentium 4.

—Lo sé.

Patrick se inclinó hacia él.

—¿De verdad lo sabes?

—Lo compré yo.

—Eso no responde a la pregunta.

El ordenador arrancó tan despacio que Patrick tuvo tiempo de ir al dormitorio, volver y descubrir que aún seguía con ello.

—Arben podría morir de viejo antes de que esta cosa entre en el sistema.

—Cállate un minuto.

—¿El silencio ayuda a que arranque?

Christian no respondió.

Por fin, el sistema llegó a una pantalla de inicio de sesión. Christian escribió una contraseña, recibió un mensaje de error y se detuvo.

Patrick se sentó en el borde de la otra mesa.

—La has olvidado.

—Puede.

—Estoy disfrutando muchísimo de esta noche.

Christian lo intentó otra vez.

Error.

La tercera vez no empezó a escribir enseguida. Permaneció ante la pantalla, se quitó las gafas que había usado para leer las etiquetas pequeñas y las limpió con el borde de la camisa.

Patrick reparó en el gesto y no dijo nada.

Christian introdujo otra contraseña.

La pantalla cambió.

—Ajá.

—No hagas comentarios.

—No he hecho ninguno.

—Has dicho «ajá».

—Es un sonido.

Christian entró en el sistema y empezó a comprobar conexiones. Algunos servicios ya no existían, otros devolvían errores y varias ventanas que abrió parecían sorprenderlo por el mero hecho de responder.

Patrick se colocó a su lado.

—¿Qué sigue funcionando?

—Todavía no lo sé.

—¿Qué se supone que debería funcionar?

Christian vaciló.

—Comunicaciones. Algunas cuentas. Conexiones con servicios externos.

—¿Qué clase de servicios?

—De pago.

—Muy claro.

—Patrick, llevo demasiado tiempo despierto para explicarte la arquitectura de un sistema que no veo desde hace dieciocho años.

—Por fin hablas como una persona normal.

Christian lo miró.

—Ve a pedir comida.

Patrick sacó el teléfono.

—Encantado.

Casi no había cobertura.

Levantó el móvil.

—No tengo internet.

—Arriba.

—Ya lo sé, Christian.

—Entonces, ¿por qué me lo dices?

Patrick lo miró y empezó a reírse. El agotamiento, el polvo, el ordenador prehistórico y el hecho de que su hermano lo estuviera mandando a buscar comida desde un búnker secreto construido bajo una casa que casi había olvidado que poseía le cayeron encima de golpe.

Christian lo observó.

—¿Qué te pasa?

Patrick intentó responder y volvió a reírse.

—Nada. Dios, nada. Voy a buscar comida.

—Llévate la llave.

Patrick llegó a las escaleras y se volvió.

—¿Qué llave?

Christian lo miró.

Patrick volvió a estallar en carcajadas.

Esta vez Christian también sonrió.

No mucho, pero lo suficiente.

Patrick subió a la cocina, donde el teléfono recuperó la cobertura. Encontró un restaurante que todavía repartía, pidió demasiada comida y, cuando la aplicación le preguntó cuántos juegos de cubiertos quería, seleccionó dos sin pensarlo.

Después miró la calle por la ventana.

No vio nada sospechoso, pero permaneció allí casi un minuto.

Cuando volvió a bajar, Christian ya no estaba frente al ordenador. Patrick lo encontró en la sala técnica con una linterna en la boca y una vieja hoja de papel en la mano, intentando leer las especificaciones de un aparato.

—La comida llegará en cuarenta minutos.

Christian se quitó la linterna de la boca.

—Bien.

—¿Qué haces?

—Intento averiguar si el sistema de ventilación puede funcionar de manera continua.

—¿Y?

—Yo no lo dejaría sin vigilancia.

Patrick miró los conductos que recorrían el techo.