Una palabra dada EL CAMINO A LYON
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EL CAMINO A LYON

Patrick siguió observando el perfil de su hermano hasta que Christian se dio cuenta.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Me estás mirando.

—Tengo derecho.

Christian desvió los ojos hacia el retrovisor lateral y luego volvió a fijarlos en la carretera que descendía entre las colinas, estrecha y parcheada en algunos tramos, con la vegetación creciendo casi hasta el borde del asfalto.

—Mira también detrás de nosotros, si no tienes nada mejor que hacer.

Patrick volvió la cabeza.

La carretera seguía vacía.

Durante casi media hora no habían visto nada que se pareciera a los vehículos de los hombres de Arben, pero Patrick no lograba decidir si aquello lo tranquilizaba o lo inquietaba aún más.

Si esos hombres los habían perdido, disponían de unas horas.

Si no, que no aparecieran en el retrovisor solo significaba que sabían seguir a alguien sin dejarse ver.

El Renault tampoco ayudaba.

La furgoneta del monasterio estaba pensada para cajas de vino, sacos, herramientas, monjes y la compra semanal, no para dos hermanos que huían de unos hombres que habían llegado armados a un monasterio.

Por encima de los cien kilómetros por hora, una leve vibración se transmitía al volante y, cada vez que la carretera ascendía, el motor manifestaba su disgusto antes de que la aguja del velocímetro empezara a bajar.

Patrick bajó otra vez los ojos al salpicadero.

—Puedes ir más rápido.

—Puedo.

Esperó.

Christian no hizo nada.

—¿Y?

—¿Y qué?

—Ve más rápido.

—Voy nueve kilómetros por encima del límite.

Patrick se volvió hacia él.

—Christian, unos hombres armados acaban de entrar en tu monasterio, nos están buscando y seguramente tienen la matrícula.

—La tienen seguro.

—Gracias. Eso ayuda muchísimo.

—De nada.

—No te estaba dando las gracias.

—Ya lo sé.

Patrick se frotó la cara con ambas manos.

Llevaba dos noches sin dormir bien, se había dado una ducha fría que seguía recordando como una forma de agresión religiosa y había comido tan poco que empezaba a dolerle el estómago.

La camisa blanca que Christian le había dado le quedaba razonablemente bien de hombros, pero los pantalones le venían algo holgados y sus propios zapatos —lo único que conservaba de la ropa con la que había llegado— hacían que el conjunto pareciera el uniforme de un camarero despedido a mitad de turno.

El teléfono de Christian vibró en el soporte improvisado junto al salpicadero.

Patrick se volvió hacia él.

—¿El monasterio?

—No.

En la pantalla había aparecido un número que Patrick no reconocía.

Christian dejó que sonara.

—¿No vas a contestar?

—No.

—¿Quién es?

—No lo sé.

—Entonces quizá deberías averiguarlo.

—O quizá no.

El teléfono dejó de sonar.

Patrick miró de nuevo hacia atrás.

—Has mejorado muchísimo conversando en estos dieciocho años.

—Gracias.

—Tampoco eran gracias.

—Eso no lo sabía.

Patrick soltó una risa breve y cansada, y luego miró las fotografías que seguían abiertas en el teléfono de su hermano: sangre en la nuca de un monje, vino derramado por el suelo de la bodega y una franja de piedra desnuda bajo el fresco que aquellos hombres habían golpeado con una palanca.

Pasó un dedo por el borde del teléfono.

—Deberías dejarme en algún sitio.

Christian no reaccionó.

—¿Me has oído?

—Sí.

—¿Y?

—¿Dónde?

Patrick abrió la boca y volvió a cerrarla.

—No lo sé. En un pueblo. Un hotel. Una estación. Donde sea.

—¿Para hacer qué?

—Para que dejen de ir detrás de ti.

Christian cambió de marcha antes de una curva.

—Ya lo han hecho.

—Precisamente por eso lo digo.

—No. Lo que dices es que, si te dejo en una estación, lo que ocurrió en el monasterio dejará de haber ocurrido.

—Yo no he dicho eso.

—Entonces no entiendo qué resuelve la estación.

Patrick sintió llegar la irritación antes de poder decidir si iba dirigida contra Christian o contra sí mismo.

—Resuelve que tú dejes de estar a mi lado.

—Ese no es el problema principal.

—Para mí es bastante principal.

Christian no dijo nada.

Patrick esperó y, cuando quedó claro que no iba a obtener nada, dio unos golpecitos con los dedos en el teléfono.

—Bien. Perfecto. Lo hacemos a tu manera.

—De momento.

—No, llevamos haciéndolo a tu manera desde que llegué. Dúchate. Cámbiate. Siéntate. Habla. No llames a Arben. No, ahora sí llamamos a Arben. Quédate aquí. Nos vamos ya. Mira detrás. Es como volver a tener catorce años.

Christian le lanzó una mirada de reojo.

—A los catorce no hacías tanto caso.

—Ahora tampoco te hago caso.

—Te duchaste.

Patrick se quedó mirándolo y luego rompió a reír, sin poder parar enseguida.

—Vete al infierno.

—No creo que funcione así.

—Sabes perfectamente lo que quiero decir.

—Sí.

Unos kilómetros más adelante, la carretera se ensanchó y el tráfico empezó a reaparecer: primero coches aislados a grandes intervalos, después camiones y vehículos comerciales que los obligaron a adoptar un ritmo más previsible.

Christian solo adelantaba cuando tenía espacio de sobra, ponía el intermitente cada vez y regresaba a su carril con una corrección que irritaba a Patrick más de lo que debería.

La tercera vez que se negó a adelantar a un camión lento, Patrick no pudo más.

—Me estás tomando el pelo.

—No.

—Vamos a setenta.

—El camión va a setenta.

—Exacto.

—Hay línea continua.

Patrick se inclinó hacia delante para ver mejor la carretera.

—Durante doscientos metros.

—Entonces dentro de doscientos metros dejará de haberla.

—De verdad estás haciendo esto.

Christian giró ligeramente la cabeza.

—¿El qué?

—Respetar el código de circulación mientras huimos de unos asesinos.

—No estamos huyendo de unos asesinos.

—Ah, estupendo. Me quedo mucho más tranquilo.

—Nos dirigimos a un lugar seguro y no sabemos si nos siguen. Si pongo esta furgoneta a ciento cuarenta cuando no debería ir a ciento cuarenta, atraigo a la policía, me arriesgo a tener un accidente y gasto más combustible.

Patrick no apartó los ojos de él.

—¿Te habías preparado esa respuesta?

—No.

—Sonaba preparada.

—Quizá la pregunta era previsible.

La línea pasó a ser discontinua. Christian puso el intermitente, esperó a que pasara un coche en sentido contrario y adelantó al camión.

Patrick se recostó en el asiento.

—¿Ves? Se puede hacer.

—Sí.

—No ha muerto nadie.

—Esa era la idea.

El teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era el monasterio.

Christian contestó al primer tono, mientras Patrick se volvía hacia la ventanilla, intentando no escuchar y oyendo cada palabra.

Al hermano de la bodega lo habían llevado al hospital para hacerle pruebas; al anciano que se había lastimado la cadera también iban a examinarlo; y el mecánico por fin había aceptado que lo revisaran después de que, según el hombre al teléfono, alguien lo amenazara con esconderle las llaves del taller.

Christian preguntó por la bodega, después por la instalación eléctrica, el depósito dañado y las fotografías tomadas antes de mover nada. Su voz no cambió cuando llegaron a la capilla.

—No toquéis el fresco hasta que llegue el restaurador.

Escuchó.

—Ya sé que hay que protegerlo. No pongáis nada sobre la superficie. Acordonad la zona y dejadlo como está.

Otra pausa.

—Sí. Llamaré.

Colgó y mantuvo la mano sobre la palanca de cambios sin cambiar de marcha.

Patrick miró al frente.

—¿Cómo está el que se golpeó la cabeza?

—Quieren hacerle pruebas. De momento está estable.

—Bien.

Christian no dijo nada.

Unos minutos después, Patrick preguntó:

—¿Adónde vamos?

—A Lyon.

—Eso ya lo sé. ¿Adónde en Lyon?

Christian vaciló el tiempo suficiente para que Patrick lo notara.

—A una casa.

—¿De quién?

—Mía.

Patrick se volvió tan deprisa que el cinturón de seguridad lo frenó.

—¿Qué?

—Una casa.

—He oído lo de la casa. ¿Tienes una casa en Lyon?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

Christian lo pensó.

—Desde hace mucho.

—Muy preciso.

—No recuerdo el año.

—¿Compraste una casa y no recuerdas el año?

—No me pareció lo bastante importante como para memorizarlo.

Patrick siguió mirándolo.

—¿La conservaste?

—Al parecer.

—¿Qué quieres decir con «al parecer»?

—No he vuelto allí.

—¿Desde cuándo?

Christian se humedeció los labios antes de responder.

—Desde que me fui.

Patrick tardó en contestar.

—Dieciocho años.

—Casi.

—Tienes una casa que no has visto en dieciocho años.

—Sí.

—Y vamos allí porque es un lugar seguro.

—Sí.

—Christian, por favor, dime que hay una parte de la explicación que te has saltado porque te hiciste monje y ahora disfrutas del misterio.

—No disfruto del misterio.

—Entonces explícate.

Christian condujo un poco más antes de responder.

—La casa era una de las salidas de emergencia.

Patrick no dijo nada al principio. Recordó cosas que llevaba años sin relacionar entre sí: pisos en los que Christian no vivía, coches que no estaban a su nombre, personas que tenían llaves sin saber exactamente qué abrían y una época en la que su hermano podía abandonar una ciudad sin equipaje y llegar a otro país donde lo esperaban ropa, dinero y documentos.

—Conservaste una salida de emergencia.

—La casa siguió ahí.

—Eso no es lo que te he preguntado.

—Más o menos sí.

—No, Christian. Si renunciaste a todo, ¿por qué la conservaste?

Christian cambió la posición de la mano en el volante, buscando una postura más cómoda. Llevaba horas conduciendo y Patrick se dio cuenta de que, de vez en cuando, estiraba los dedos de la mano derecha como si le molestaran las articulaciones.

—No sé si «conservarla» es la forma correcta de decirlo.

—¿Sigue siendo tuya?

—Supongo que sí.

—¿Alguien sigue pagando por ella?

—Sí.

—Entonces la conservaste.

Christian no discutió.

Patrick esperó.

—¿Por qué?

—Al principio, porque no sabía si me quedaría en el monasterio.

Aquello lo sorprendió lo suficiente para no interrumpirlo.

—¿Cuánto duró ese «al principio»?

—No lo sé. Un año. Quizá dos.

—¿Y después?

Christian pasó la lengua por el interior de la mejilla.

—Después debería haber cerrado todo aquello.

—Pero no lo hiciste.

—No.

—¿Por qué?

—Algunos pagos eran automáticos. Las estructuras que gestionaban las propiedades ya existían y…

Se detuvo.

Patrick lo miró.

—¿Y?

—No. Esa es la explicación administrativa. No es la respuesta.

Solo se oía el motor.