Una palabra dada LA PIEDRA #3
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LA PIEDRA #3

—Maurice, el mecánico apenas puede mover el brazo.

—Entonces el mecánico no. Déjalo en paz.

En el Renault, Patrick estaba sentado con el teléfono en la mano, observando a Christian conducir. No había oído todo lo que el hombre del monasterio había dicho, pero sí lo suficiente: ambulancia, heridos, bodega, fresco.

Christian mantenía las dos manos sobre el volante.

—¿Qué gravedad tiene? —preguntó Patrick.

Maurice no respondió hasta que terminó la llamada.

—Todavía no lo sé.

—Hay gente herida.

—Sí.

—¿Grave?

—Uno se golpeó la cabeza. Está consciente. Otro se hizo daño en la cadera. El mecánico se lesionó el hombro.

Patrick volvió la vista hacia el parabrisas.

—Joder.

Maurice cambió de marcha y el Renault se esforzó al subir una larga pendiente. Durante varios cientos de metros ninguno de los dos habló.

Patrick había esperado ira. Había visto a Christian enfadado antes, hacía mucho tiempo, y recordaba lo suficiente para saber que no era de los hombres que tiraban cosas o levantaban la voz.

Pero el hombre que tenía al lado tampoco se parecía a aquel recuerdo.

Estaba demasiado inmóvil y, al mismo tiempo, hacía demasiadas cosas pequeñas: comprobar el espejo, la velocidad, el indicador de combustible, la carretera por delante.

—¿También han dañado la bodega? —preguntó Patrick.

—Sí.

—El contrato del vino…

La mandíbula de Maurice se tensó.

—No lo sé.

—No quería decir…

—Lo sé.

—No, quiero decir que no estaba pensando en el dinero antes que en la gente.

—Patrick.

—Vale.

Condujeron unos minutos más.

El teléfono volvió a sonar.

Maurice puso el altavoz sin detenerse.

Era el mecánico.

—No está roto.

Maurice miró el teléfono.

—¿Qué?

—El hombro. No está roto.

—¿Te ha visto el médico?

—Todavía no.

—Entonces no lo sabes.

—Puedo moverlo.

—¿Y?

—Y si estuviera roto…

—No. No voy a discutir esto contigo ahora.

Patrick volvió la cabeza hacia la ventanilla y, por primera vez desde que se habían marchado, estuvo a punto de sonreír.

El mecánico continuó.

—Han roto el acoplamiento del veintisiete y el cuadro de la pared sur. Creo que puedo aislar el circuito.

—No vas a hacer nada hasta que alguien te examine.

—Maurice…

—No.

—Estamos perdiendo vino.

—Estamos perdiendo vino.

El mecánico se quedó en silencio.

Maurice apretó los dedos alrededor del volante.

—Las personas van antes que el vino.

—Lo sé.

—Entonces siéntate.

—No me gusta cuando hablas así.

Maurice parpadeó.

—¿Así cómo?

—Como si ya no hubiera nada que discutir.

Patrick lo miró.

Maurice no tenía respuesta.

—Lo siento.

El mecánico sonó sorprendido.

—Vale.

—Pero siéntate.

—Eso no es una disculpa.

—No. Eso sigue siendo una orden.

Al otro lado se oyó un suspiro.

—Eres imposible.

—Lo sé. Llámame después de que te vea el médico.

Colgó.

Patrick siguió mirándolo.

—¿Qué?

—Nada.

—Entonces mira la carretera.

—Tú conduces.

Maurice volvió los ojos hacia él.

Patrick se quedó callado.

Diez minutos después llegó un mensaje con fotografías.

Maurice no las abrió.

—Míralas tú.

Patrick cogió el teléfono.

La primera imagen era del despacho. Habían sacado los cajones, los papeles cubrían el suelo y una estantería había caído sobre la mesa del ordenador.

La segunda mostraba el taller.

Ante la tercera, Patrick no dijo nada.

El fresco ocupaba casi todo el encuadre. La línea trazada por la palanca descendía por el borde de la pintura y, debajo, la piedra quedaba al descubierto donde el yeso restaurado se había desprendido.

—Christian.

Maurice no miró.

—Lo veré después.

Patrick pasó a la siguiente fotografía, en la que el vino se extendía por el suelo de la bodega entre mangueras y cristales rotos.

—Han hecho esto por mi culpa.

Maurice expulsó el aire por la nariz.

—Lo han hecho porque han decidido hacerlo.

—Si yo no hubiera venido…

—Viniste porque intentaban matarte.

—Lo sé, pero…

—Ahora no.

Patrick dejó el teléfono sobre la rodilla.

—Vale.

Maurice condujo un poco más y después dijo:

—Me equivoqué.

Patrick volvió la cabeza.

—¿Sobre qué?

—Arben.

—Confiaste en su palabra.

—Sí.

—Christian, probablemente el hombre interpretó…

—No.

Patrick se detuvo.

Maurice recolocó las manos sobre el volante.

—No quiero inventarle una explicación. Se la preguntaré cuando lo vea.

La forma en que pronunció aquellas últimas palabras provocó en Patrick una sensación que no había tenido en muchos años y que, hasta ese momento, no sabía si aún sería capaz de reconocer.

—¿Qué vas a hacer?

Maurice mantuvo los ojos en la carretera.

—Todavía no lo sé.

—No te creo.

—Pues no me creas.

Patrick esperó, pero su hermano no añadió nada.

—Christian.

—Tenemos que llegar a un sitio donde no pueda encontrarte enseguida.

—¿Y después?

Maurice guardó silencio tanto tiempo que Patrick pensó que no iba a responder.

—Después tengo que detener esto antes de que maten a alguien.

Sus manos permanecieron en el volante exactamente donde estaban.

Patrick contempló el perfil de su hermano y, por primera vez desde que había llegado al monasterio, dejó de ver únicamente al hombre al que había perdido durante dieciocho años.

Reconoció al hombre de antes.