Una palabra dada LA PIEDRA #2
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LA PIEDRA #2

El monje que estaba en el suelo se llevó una mano a la nuca y la miró. Tenía sangre en los dedos.

—Eso no es bueno —murmuró.

—No —dijo el mecánico, que había llegado hasta la puerta—. No lo es.

El hombre de la camisa gris se puso en pie.

—Traed al médico.

—Vamos a llamar a una ambulancia —dijo el cocinero.

—Haced lo que tengáis que hacer.

—Qué generoso.

El hombre clavó los ojos en él.

—No hemos venido por vosotros.

—Ya me he dado cuenta.

Un teléfono vibró en el bolsillo del hombre. Se alejó unos pasos y respondió, hablando en una lengua extranjera. Escuchó más de lo que habló y después se volvió hacia los demás.

—¿Nada?

—No están aquí —dijo uno de ellos.

—¿El sótano?

—Revisado.

—¿El edificio norte?

—Casi terminado.

—¿La capilla?

Uno de los hombres negó con la cabeza.

El mecánico levantó la vista.

—No.

El hombre de la camisa gris lo oyó.

—¿Qué?

—No entren en la capilla.

—¿Por qué?

El mecánico lo contempló como si la pregunta fuera absurda.

—Porque es una capilla.

El hombre no pareció impresionado.

—¿Patrick Laurent puede entrar en una capilla?

—Patrick se ha marchado.

—Eso dices tú.

—Eso también lo sabe usted.

Por primera vez, el hombre vaciló. Apenas, pero lo suficiente para que el mecánico comprendiera que no buscaban a un hombre escondido debajo de una mesa. Buscaban algo que les indicara adónde había ido.

—No necesitan entrar ahí —continuó.

—Tal vez.

—Nada de tal vez. Sabe que no está aquí.

—No sé adónde ha ido.

—Nosotros tampoco.

El hombre sostuvo su mirada y después hizo un gesto a los suyos para que continuaran.

La capilla lateral era una de las pocas partes del complejo que Maurice se había negado a reabrir por completo a los visitantes después de la restauración.

El fresco de la pared norte se había recuperado por etapas, centímetro a centímetro, bajo capas de humo, humedad y antiguas intervenciones, y los andamios solo se habían retirado un año antes.

Los hombres entraron sin entender nada de aquello.

Revisaron los bancos, la pequeña sacristía y los armarios; después, uno de ellos probó una estrecha puerta de madera situada a un lado.

Estaba cerrada con llave.

—La llave.

Nadie respondió.

—La llave —repitió.

Uno de los hermanos dijo que la puerta daba a un almacén.

—Entonces ábrala.

—Maurice tiene la llave.

Era una mentira pésima. El mecánico la oyó al momento y vio que el hombre de la camisa gris también la había detectado.

—¿Dónde está la llave?

El hermano apretó los labios.

—No lo sé.

Uno de los hombres de Arben sacó una pequeña palanca de su bolsa.

El mecánico dio un paso adelante.

El cocinero volvió a sujetarlo.

—No.

El primer intento no abrió la puerta.

El segundo arrancó un trozo del marco.

Al tercero, la madera cedió de golpe y el hombre que hacía fuerza con la palanca perdió el equilibrio y chocó con el hombro contra la pared. El extremo metálico de la herramienta resbaló sobre el yeso restaurado y abrió una línea irregular a través del borde del fresco.

Nadie dijo nada.

Un polvo fino descendió hasta el suelo.

El mecánico sintió que la mano del cocinero se apartaba de su manga.

El hombre de la camisa gris miró la pared y luego al que sostenía la palanca.

—¿Qué has hecho?

—Se me ha escapado.

—Ya veo que se te ha escapado.

—La puerta…

—Déjalo.

—Pero no hemos revisado…

—Déjalo.

El hermano que había mentido sobre la llave se llevó las dos manos a la boca.

No lloraba, pero respiraba con fuerza, y el mecánico sabía por qué.

Había sido uno de los que habían pasado meses junto a los restauradores, moviendo andamios, controlando la humedad y cubriendo la zona cada vez que el tejado amenazaba con dejar pasar el agua.

—Fuera —dijo.

El hombre de la camisa gris se volvió.

—¿Qué?

—Salgan de aquí.

La voz del hermano temblaba.

—Por favor. Ya han registrado. Aquí no hay nadie. Váyanse.

Uno de los hombres armados avanzó hacia él, pero el jefe levantó una mano.

—Estamos terminando.

—Ya han terminado.

—Eso no lo decides tú.

—No. Pero ya han terminado.

El mecánico pensó que el hombre iba a golpearlo. No lo hizo. El de la camisa gris miró el fresco, sacó el teléfono y se alejó.

Cuando regresó, el registro se detuvo.

No del todo ni enseguida. Los hombres revisaron otras dos habitaciones, fotografiaron varios documentos que habían encontrado en el despacho de Maurice y se llevaron una hoja con la matrícula del Renault, aunque probablemente ya la tenían.

Uno encontró el mapa regional que utilizaban para los repartos y lo extendió sobre una mesa.

—¿Por dónde se fueron?

Nadie respondió.

—¿Oeste? ¿Norte?

El mecánico mantenía el brazo pegado al cuerpo.

—No los vi salir.

Era verdad. Había estado en la puerta, pero estaba mirando hacia el patio cuando el Renault tomó el camino lateral.

El hombre miró al cocinero.

—¿Usted?

—Estaba en la cocina.

—¿Los demás?

Uno de los hermanos se encogió de hombros.

—Maurice nos dijo que entráramos.

—¿Y nadie sabe adónde iba?

—Si hubiera querido que lo supiéramos, nos lo habría dicho.

Las palabras salieron más duras de lo que pretendía. El hombre de la camisa gris le sostuvo la mirada, dobló el mapa y lo dejó sobre la mesa.

—Bien.

Su marcha resultó casi más difícil de entender que su llegada. No pidieron disculpas ni amenazaron con volver. Los hombres se reagruparon, comprobaron entre ellos las cámaras y los vehículos y después subieron. El hombre de la camisa gris fue el último en marcharse.

Se detuvo junto al mecánico.

—Deberías hacerte mirar ese hombro.

El mecánico lo contempló con incredulidad.

—Gracias.

El hombre aceptó la ironía sin reaccionar.

—Esto no debía ocurrir.

El mecánico miró hacia la capilla.

—¿Qué parte?

El hombre no respondió.

Subió al coche y se marchó.

Solo cuando el último vehículo desapareció tras la curva el patio volvió a ponerse en movimiento.

Alguien llamó a una ambulancia, otra persona trajo hielo para el hombro del mecánico y el cocinero empezó a contar a la gente en voz alta, equivocándose dos veces porque los mismos hermanos no dejaban de ir de un sitio a otro.

—Quedaos quietos, dejad de moveros, que no puedo…

Se detuvo y empezó de nuevo.

Dos de los heridos necesitaban valoración médica.

El monje que se había golpeado la cabeza estaba consciente y respondía correctamente, pero tenía náuseas.

El hombre mayor que se había golpeado contra la mesa no podía apoyar el peso sobre una pierna.

Al principio, el mecánico se negó a que lo añadieran a la lista.

—El hombro se mueve.

—También se te mueve la boca —dijo el cocinero—. Y eso no significa que funcione como es debido.

—Déjame en paz.

—Siéntate.

—Tengo que ver el taller.

—El taller no va a irse a ninguna parte.

El mecánico miró hacia la puerta.

—No he dicho que vaya a hacerlo.

En la bodega, los daños resultaron peores de lo que habían parecido al principio.

La tubería golpeada podía repararse, pero habían arrancado un cuadro de control al mirar detrás y habían forzado dos válvulas.

Peor aún, un recipiente más pequeño había recibido un golpe lo bastante fuerte para que uno de sus acoplamientos empezara a fallar lentamente, y el vino había comenzado a derramarse por el suelo antes de que nadie se diera cuenta.

Los hermanos intentaron salvar lo que pudieron.

El mecánico consiguió llegar hasta allí pese a las órdenes del cocinero y se detuvo en la puerta, sujetándose el brazo.

—¿Cuánto?

—No lo sabemos.

—Parad la bomba.

—Está parada.

—Entonces ¿por qué sigue saliendo?

—Porque el acoplamiento está roto.

El mecánico soltó una maldición.

Nadie se lo reprochó.

El número de teléfono de Maurice estaba escrito en una hoja clavada junto al registro de producción. El cocinero llamó una vez y no obtuvo respuesta. Lo intentó de nuevo unos minutos después.

Esta vez Maurice contestó.

—¿Sí?

El cocinero abrió la boca y descubrió que no sabía por dónde empezar.

—Se han ido.

Al otro lado se oía el motor del Renault.

—¿Quiénes?

—Esos hombres. Se han ido.

—¿Hay heridos?

El cocinero miró al monje sentado en el suelo con una toalla apretada contra la nuca.

—Sí.

Una pausa.

—¿Cuántos?

—Tres, creo. No, dos que necesitan… el hombro del mecánico, pero él dice que no tiene nada, así que probablemente sí lo tenga. La ambulancia está de camino.

Maurice no respondió enseguida.

—¿Quién está peor?

—El hermano de la bodega se golpeó la cabeza. Está despierto. Habla. Ha tenido náuseas.

—¿Y los demás?

—Uno se golpeó la cadera. El mecánico… ya te lo he dicho.

—Sí.

El cocinero miró a su alrededor.

—Maurice, han destrozado el lugar.

De nuevo, solo el motor.

—¿Qué han dañado?

—El despacho, el taller, la bodega. Han roto puertas. Han… el fresco.

El sonido del motor al otro extremo cambió ligeramente.

—¿Qué fresco?

—El de la capilla lateral.

—¿Hasta qué punto?

—No lo sé. Lo golpearon con una palanca. El borde, creo, pero cayó yeso y… no lo sé, Maurice. No sé lo suficiente de esto.

El silencio se alargó.

—Haz fotografías —dijo Maurice al fin—. De todo, antes de mover cualquier cosa que no deba moverse. Pero primero las personas. ¿Qué está perdiendo en la bodega?

El cocinero parpadeó.

—Vino.

—¿De qué depósito?

Se lo preguntó a alguien, obtuvo el número y lo repitió.

Maurice le indicó qué válvula debía comprobar y se corrigió a mitad de la instrucción.

—No. Espera. No lo toques si han arrancado el cuadro. Corta solo la alimentación principal y espera. El mecánico sabe cómo hacerlo.