Una palabra dada EL VIÑEDO #2
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EL VIÑEDO #2

Seis hermanos y dos temporeros trabajaban en el viñedo.

Uno de los hermanos llamó a Maurice en cuanto lo vio y señaló varias plantas al final de una hilera.

Maurice se agachó, examinó las hojas y luego hablaron del tratamiento aplicado dos días antes y de una zona donde el suelo retenía demasiado poca humedad.

Patrick se quedó atrás.

Al principio Maurice supuso que estaba cansado o que las botas le molestaban. Al cabo de unos minutos se dio cuenta de que Patrick observaba a la gente.

No el viñedo.

A la gente.

Un hermano joven se acercó con una pregunta sobre el tractor, otro le dijo a Maurice que el hombre con el tobillo lesionado había intentado trabajar de nuevo aquella mañana, y uno de los temporeros lo detuvo por un problema con unas horas anotadas incorrectamente en su hoja de trabajo.

Maurice escuchó a todos, no lo solucionó todo y, ante una de las preguntas, admitió que no lo sabía y mandó al hombre a hablar con el responsable de la maquinaria.

Cuando se quedaron solos entre dos hileras, Patrick dijo:

—Es extraño.

Maurice comprobó una atadura floja.

—¿Qué?

—Ellos.

—¿Quiénes?

—La gente.

Maurice levantó la vista.

—¿Qué pasa con ellos?

Patrick buscó las palabras durante un instante.

—No te tienen miedo.

Maurice se incorporó.

—¿Por qué iban a tenerlo?

—No digo que deban tenerlo. Solo digo que… no sé. Te llevan la contraria.

—A veces.

—Ese mecánico casi ha discutido contigo por la furgoneta.

—Discute conmigo a menudo.

—Y se lo permites.

Maurice echó a andar hacia la siguiente hilera.

—No necesita mi permiso para discutir.

Patrick lo alcanzó.

—Sabes a qué me refiero.

Maurice lo sabía, pero tardó un momento en responder.

Patrick arrancó una hoja seca, la retorció entre los dedos y la tiró.

—Antes, cuando entrabas en un sitio, la gente miraba para ver quién entraba detrás de ti.

Maurice siguió caminando.

—No todo el mundo.

—Los suficientes.

—Eso no significa que fuera bueno.

—No he dicho que fuera bueno.

—Lo has dicho como si faltara algo.

Patrick se detuvo.

—No. Espera. No quería decir eso.

Maurice se volvió hacia él.

Patrick se frotó la nuca.

—Intento entender cómo pasaste de aquello a esto y, sí, sé que han pasado dieciocho años, sé que no te despertaste una mañana y decidiste cultivar uvas. Es solo que me perdí todo lo que hubo en medio.

Maurice miró hacia el final del viñedo, donde uno de los hermanos levantaba un rollo de alambre.

—Y yo me perdí tu vida.

—No de la misma manera.

—No sé si podemos medirlo.

Patrick le lanzó una mirada irritada.

—¿Ves? Eso es lo que haces. Yo digo algo y tú lo conviertes en un problema de medición.

—Porque no sé qué quieres que diga.

La respuesta lo detuvo.

Maurice bajó los ojos hacia sus manos, sucias de hojas y tierra.

—No lo sé —repitió—. Llegaste ayer. En dieciocho años no hemos hablado salvo tres veces por teléfono y ahora me preguntas cómo he llegado hasta aquí. No tengo una respuesta que quepa entre dos hileras de vides.

Patrick cambió el peso de un pie al otro.

—Vale.

—Vale.

—Y estas botas me están matando.

Maurice sostuvo su mirada.

—Eso sí puedo arreglarlo.

Patrick soltó una breve carcajada.

—Claro. Eso sí puedes arreglarlo.

A la hora de comer se sentaron con los demás. Patrick quedó entre el mecánico y uno de los monjes más jóvenes, algo que Maurice sospechó que el cocinero había hecho deliberadamente, bien por curiosidad, bien porque Patrick no le caía lo bastante bien como para darle un sitio tranquilo.

A los pocos minutos Patrick ya estaba hablando.

Contó una historia sobre un hotel de Mónaco, eliminando con habilidad el motivo por el que había estado allí, y a mitad de la comida el mecánico le explicaba por qué la Renault Trafic no era «una chatarra», expresión que Patrick había tenido la imprudencia de utilizar.

—Tiene doscientos ochenta mil kilómetros —dijo Patrick.

—¿Y?

—Que a esa distancia un coche empieza a redactar el testamento.

—El motor está bien.

—La puerta derecha solo se abre si se lo pides por favor.

—Hay que levantarla un poco.

—Exacto. Se lo pides por favor.

Varios hermanos se rieron.

Maurice comió sin intervenir, observando cómo Patrick cambiaba de tono casi sin esfuerzo según la persona con la que hablaba.

No intentaba dominar la mesa ni impresionar a nadie de manera evidente, pero en menos de una hora ya sabía quién llevaba el taller, quién hacía el vino, quién había sido profesor antes de entrar en el monasterio y quién no soportaba el ajo.

Al terminar, el cocinero dejó un plato delante de él.

—Llévalo.

Patrick alzó los ojos hacia él.

—¿Adónde?

—A la cocina.

—Ah. Claro.

Se levantó.

—Y lávalo.

Patrick se volvió.

—Esto ya es personal.

El cocinero recogió su propio plato.

—Aquí cada uno lava su plato.

Patrick miró a Maurice.

—Lo sabías.

—Sí.

—Y no me lo has dicho.

—No has preguntado.

Patrick cogió el plato.

—Empiezo a entender por qué te adaptaste tan bien aquí.

Después de comer, Maurice lo mandó a su habitación y le pidió que no saliera hasta que él hubiera revisado los alrededores.

Patrick tardó en protestar, y Maurice lo miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Patrick.

—Has dicho «revisar los alrededores».

—Sí.

—¿Por qué?

Maurice vaciló.

Podría haberle dicho que era una precaución normal, pero no lo era. En dieciocho años nunca había revisado los alrededores del monasterio como si fueran un perímetro.

—Porque no sé si me han seguido.

Patrick dejó de sonreír.

—¿Has visto a alguien?

—No lo suficiente.

—¿Qué significa eso?

—Que he mirado demasiado los espejos y no sé si he visto algo o si quería verlo.

Patrick se quedó inmóvil.

—Christian, tendrías que habérmelo dicho al entrar por la verja.

—Puede.

—No «puede». Tendrías que habérmelo dicho.

Maurice aceptó el reproche sin responder.

Patrick se pasó una mano por el pelo.

—Y luego dices que yo improviso.

—No es lo mismo.

—No, lo tuyo es más silencioso, así que parece más inteligente.

Maurice decidió no decir lo que estaba a punto de decir.

—De acuerdo.

—¿De acuerdo qué?

—Tienes razón. Tendría que habértelo dicho.

Patrick pareció casi molesto por no tener que continuar la discusión.

—Bien. Entonces voy contigo.

—No.

—Joder, Christian.

—Has tenido razón una vez. No abuses.

Patrick se quedó mirándolo un instante.

—¿Eso ha sido deliberado de verdad?

Maurice se encaminó hacia la puerta.

—Quédate aquí.

La inspección no reveló nada. La carretera principal estaba casi vacía y, desde la parte más alta del viñedo, podía ver varios cientos de metros entre los árboles sin distinguir vehículos aparcados ni personas que no tuvieran motivo para estar allí.

Un pequeño camión de reparto pasó por la carretera lateral, seguido de un coche en el que viajaba una pareja de ancianos que Maurice reconoció del pueblo.

Después de casi una hora empezó a pensar que Patrick había tenido razón en otra cosa: quizá su propia cautela se había convertido en una forma de miedo a la que intentaba llamar de otro modo.

Volvió al trabajo.

La tarde transcurrió entre la bodega, el despacho y el viñedo, y durante varias horas la presión de los últimos días retrocedió lo suficiente como para confundirse con cansancio.

Patrick pudo salir de su habitación, aunque Maurice le pidió que permaneciera dentro del recinto.

Más tarde lo encontró en el taller, sujetando una linterna para el mecánico e insistiendo en que no había tocado nada, pese a la grasa que tenía en el pulgar.