TRES MESAS
Arben había llegado al pueblo casi tres cuartos de hora antes de la hora acordada y, después de recorrer dos veces en coche la calle principal, había empezado a arrepentirse de la elección del lugar, aunque no había sido cosa suya.
Era uno de esos sitios donde un desconocido no despertaba necesariamente sospechas, pero se hacía notar sin necesidad de llamar la atención: una panadería con la puerta abierta, una farmacia, una iglesia, dos calles que descendían entre casas antiguas y un café con una terraza tan pequeña que las mesas ocupaban casi toda la acera.
Había exactamente tres.
Una estaba bajo una sombrilla descolorida, otra junto a la pared y la tercera la habían arrimado a la barandilla baja que separaba la terraza de la calle.
Arben eligió la del medio, no porque fuera el mejor sitio, sino porque desde allí podía ver la entrada del café, la calle y parte de la pequeña plaza de enfrente sin tener que estar volviendo la cabeza.
Uno de sus hombres llamó pocos minutos después de que se sentara.
—He revisado la parte de atrás.
Arben esperó y luego preguntó:
—¿Y?
—Nada.
—¿Qué has revisado?
Hubo una breve pausa al otro lado, lo bastante larga para irritarlo.
—El patio trasero, la salida de la cocina, el callejón que sube hacia las casas. Hay un garaje, pero está cerrado. También he recorrido la calle paralela.
—¿Cámaras?
—Una en la farmacia y creo que otra en el banco.
—¿Crees?
—Hay una cámara, pero no veo el ángulo.
—Pues averigua el ángulo. No me digas lo que crees.
—De acuerdo.
Arben colgó antes de que el hombre pudiera responder de nuevo.
No le gustaba la palabra nada cuando se usaba en un informe.
Nada podía significar que se había revisado el lugar y no había ningún problema, o que el hombre encargado de revisarlo no había sabido ver el problema, y a veces la diferencia entre ambas posibilidades se descubría demasiado tarde.
El camarero salió con un paño echado sobre un hombro y dejó delante de él un café que Arben todavía no había pedido.
—Espresso, ¿sí?
Arben miró la taza.
—¿Lo he pedido?
—No. Pensé…
El hombre se interrumpió, probablemente porque la expresión del cliente le había dejado claro que la suposición no había sido bien recibida.
—Si no lo quiere, me lo llevo.
Arben empujó la taza un poco hacia él y luego cambió de idea.
—Déjalo.
—Por supuesto.
—Y agua.
—¿Sin gas?
—Con gas.
El camarero se marchó y Arben probó el café. Estaba demasiado caliente y era más amargo de lo que le gustaba, pero se lo bebió de todos modos.
En las fotografías que le habían enviado la noche anterior, Christian Laurent parecía distinto de una imagen a otra.
En una parecía mayor, en otra más corpulento y, en una foto tomada probablemente desde lejos en el patio del monasterio, habría podido confundirse con cualquiera de los otros hombres que trabajaban allí.
Arben había mirado las imágenes varias veces y no había encontrado nada que justificara la cautela de Patrick al pronunciar el nombre de su hermano.
El nombre tampoco le había dicho nada.
Lo había comprobado.
Había varios Christian Laurent, suficientes para que la búsqueda arrojara profesores, administradores, un médico jubilado, dos empresarios y un muerto en Bélgica.
El hombre del monasterio aparecía pocas veces y tarde, en documentos administrativos sin importancia, y antes de eso casi nada.
No era imposible. Un hombre podía vivir sin dejar rastro digital, sobre todo si había pasado los últimos dieciocho años en una comunidad religiosa. Aun así, aquel vacío le molestaba.
A las diez y cuarto, Christian aún no había llegado.
Arben miró la hora y dejó el teléfono sobre la mesa.
A las diez y dieciocho lo vio.
Venía de la plaza de la iglesia, donde un pequeño aparcamiento quedaba medio oculto por unos plátanos.
No llevaba ropa monástica. Vestía pantalones oscuros, camisa gris y zapatos sencillos, y llevaba una carpeta rígida en la mano izquierda.
Caminaba sin prisa, con los hombros ligeramente encorvados hacia delante, y al bajar del bordillo esquivó una mancha de aceite en el asfalto y estuvo a punto de chocar con un chico que salía de la panadería con una bolsa de papel.
Se detuvo para dejarlo pasar.
Arben miró el reloj.
Christian llegó a la mesa.
—¿Señor Kola?
—Llega tarde.
Christian consultó el reloj.
—Sí. Lo siento.
—Ocho minutos.
—No encontré el aparcamiento.
Arben desvió la vista hacia la plaza y después hacia él.
—No encontró el aparcamiento.
—Me pasé la entrada.
Durante unos instantes Arben no supo qué decir. Había esperado una excusa más elaborada, quizá incluso un retraso deliberado, una de esas pequeñas demostraciones que la gente utilizaba antes de una negociación para establecer quién esperaba a quién.
—Siéntese.
Christian apartó la silla y se sentó. No escogió la que le ofrecía la mejor vista de la calle, observación que Arben hizo casi automáticamente antes de decirse que quizá aquel hombre no tenía ningún motivo para pensar en la calle.
El camarero apareció de nuevo.
—¿Para usted?
—Agua, por favor.
—¿Con gas? ¿Sin gas?
Christian lo pensó un momento.
—Del grifo, si puede ser.
El camarero alzó ligeramente las cejas.
—Puede ser.
Cuando se marchó, Arben señaló con un gesto la carpeta que Christian tenía sobre las rodillas.
—¿Lo ha traído?
—Sí.
—Quiero verlo.
Christian dejó la carpeta sobre la mesa, pero no la abrió.
—Primero quiero hablar de Patrick.
Arben se recostó en la silla.
—Para eso estamos aquí.
—Quiero que esto quede muy claro.
—¿El qué?
—Si llegamos a un acuerdo, el contrato sobre él termina. Su gente deja de buscarlo, deja de seguirlo y no intenta entregárselo a nadie más.
Arben lo observó un instante.
—Todavía no he visto lo que ofrece.
—Por eso he dicho si llegamos a un acuerdo.
El camarero llegó con el agua y un vaso, los dejó junto a Christian y preguntó si querían comer. Arben rechazó la oferta antes de que terminara la pregunta, mientras Christian miraba la pizarra junto a la puerta, donde estaban escritos los tres platos del día.
—No, gracias.
—La cocina cierra a las dos y media.
—No creo que sigamos aquí tanto tiempo.
—Nunca se sabe.
El hombre se marchó y Arben lo observó un momento, irritado sin ningún motivo serio.
—El documento —dijo.
Christian abrió la carpeta.
La funda transparente que sacó no contenía nada espectacular. El papel del interior estaba amarillento, y el dibujo técnico iba aparte, protegido entre dos hojas más rígidas. Christian los dejó sobre la mesa y después sacó copias de los documentos de procedencia.
Arben se puso las gafas.
No le gustaba llevarlas delante de gente que no conocía, aunque no había ninguna buena razón para ello. Desde hacía casi dos años no podía leer cómodamente la letra pequeña sin ellas, y la obstinación no había cambiado nada.
—¿Puedo cogerlo?
—Sí.
Arben levantó la funda y la acercó a la luz.
Las primeras fotografías le habían interesado, pero las fotografías podían ocultar casi cualquier cosa.
Ahora podía ver el papel, la tinta, los bordes y pequeñas marcas que en una pantalla no se apreciaban bien.
No era experto, y sabía lo suficiente de coleccionistas como para no fingir que lo era solo porque poseía unos cuantos objetos caros.
—¿De dónde lo sacó?
Christian hizo una pausa antes de responder.
—Fue un regalo.
—¿De quién?
—De un cliente.
—¿Qué clase de cliente?
—Un hombre con el que trabajé.
Arben lo observó por encima de las gafas.
—¿Hace esto a menudo?
—¿El qué?
—Responder sin responder.
—A veces.
—¿Cliente de qué?
—No tiene nada que ver con la autenticidad.
—Quizá tenga algo que ver con la procedencia.
Christian miró los papeles sobre la mesa y luego empujó uno de los certificados hacia él.
—La procedencia que necesita está ahí.
Arben no insistió.
Todavía no.
Fotografió el documento desde dos ángulos y envió las imágenes a un hombre de Bruselas con el que había hablado aquella mañana. Después estaba fotografiando la firma cuando Christian lo detuvo.
—El documento completo no.
—Hay que verificarlo.
—Puede fotografiar los detalles.
—Puede que mi experto necesite verlo entero.
—Entonces lo verá si llegamos a un acuerdo.
Arben dejó el teléfono.
—Si llegamos a un acuerdo, el documento ya será mío.
—Sí.
—Así que quiere que acepte antes de una verificación completa.
—No. Quiero que verifique lo suficiente para decidir si le interesa. La autentificación completa viene después.
—¿Y si es falso?
Christian le sostuvo la mirada.
—Entonces tiene un problema conmigo.
Arben esperó varios segundos.
—¿Qué clase de problema?
—No lo sé. Depende de lo que decida.
—No parece muy preocupado.
—Lo estoy.
La respuesta llegó sin el cambio de tono que Arben había esperado. No estaba seguro de si el hombre se burlaba de él.
—No se nota.
Christian hizo girar el vaso entre los dedos.
—No sé qué hacer con esa información.
Arben sonrió sin querer.
—Patrick habla más.
Christian le sostuvo la mirada.
—Sí.
Solo después de pronunciar el nombre se dio cuenta Arben de que había llevado la conversación a un terreno al que no pretendía entrar.
—¿Lo conoce bien? —preguntó Christian.
—Lo suficiente.
—¿Ha hablado con él?
—No recientemente.
—¿Cuándo?
—No estamos aquí para eso.
Christian mantuvo los ojos puestos en él, pero no repitió la pregunta.
Arben se quitó las gafas y las dejó junto al teléfono.
—Su hermano no es inocente.
—No he dicho que lo sea.
—¿Sabe lo que hizo?
—Sé una parte.
—Una parte.
—Sí.
—¿Y la parte que no sabe?
Christian se humedeció los labios antes de responder.
—Probablemente me caerá peor cuando la oiga.
Arben soltó una breve carcajada.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quiere que diga?
—No lo sé. Ha venido a regalar algo muy valioso por un hombre del que admite no saberlo todo.
Christian miró hacia la plaza, donde una mujer intentaba meter dos bolsas de la compra y un paquete de agua en el maletero de un coche demasiado pequeño.
—Es mi hermano.
—Eso no lo hace inocente.
—No.
—Entonces quizá se merezca la situación en la que está.
Christian alzó de nuevo los ojos hacia él.
—Quizá.