Una palabra dada LA OFERTA #3
27%

LA OFERTA #3

—Yo tampoco a usted.

—Entonces ¿por qué me hace perder el tiempo?

Patrick se pasó un dedo por los labios, advirtiéndole en silencio que no se precipitara.

—Tiene un contrato sobre Patrick Laurent.

Arben dejó pasar un momento antes de responder.

—¿Quién es usted para él?

—Su hermano.

—¿Y?

Maurice miró a Patrick, que se encogió ligeramente de hombros.

El nombre no significaba nada.

—Quiero que abandone el contrato.

Arben soltó una risa breve, sin hostilidad.

—Entonces hable con el hombre que lo hizo.

—Estoy hablando con el hombre que lo está ejecutando.

—No hablo de mis contratos con la familia del objetivo.

—Tengo algo que le interesa.

—Ha dicho Tesla.

—Sí.

El tono de Arben solo cambió lo suficiente para que desapareciera la prisa.

—¿Qué tiene?

Maurice abrió la carpeta.

—Una carta y un dibujo técnico. Documentos originales, con procedencia.

—¿Año?

Maurice lo comprobó.

—Mil novecientos…

Patrick le hizo inmediatamente una señal para que se detuviera.

Maurice calló.

Arben se dio cuenta.

—Continúe.

—No por teléfono.

—Entonces ¿para qué me ha llamado?

Era una buena pregunta, y Maurice no tenía una respuesta elegante.

—Para proponer un intercambio.

—No compro historias.

—Y yo no vendo el documento.

Se oyó un ruido al otro lado, y después Arben dijo algo en un idioma que Maurice no entendió. Cuando volvió, su voz era más baja.

—Envíeme fotografías.

Patrick negó con la cabeza de inmediato.

—No del documento entero —dijo Maurice.

—Entonces no me interesa.

—De acuerdo.

Patrick lo miró horrorizado.

—Espere —dijo Arben antes de que Maurice pudiera colgar—. ¿Qué quiere exactamente?

Maurice movió la silla porque la espalda empezaba a dolerle otra vez.

—Patrick Laurent vive. El contrato sobre él termina y su gente deja de buscarlo.

—Por un trozo de papel.

—Por el documento.

—Si es auténtico.

—Si es auténtico.

Arben guardó silencio un instante.

—Quiero verlo.

—Podemos organizar una reunión.

Patrick hizo un gesto violento con una mano y después escribió en una hoja: HOY NO. NINGÚN LUGAR AHORA.

Maurice asintió de manera casi imperceptible.

—Volveré a llamarlo mañana y acordaremos el lugar.

—No. El lugar lo elijo yo.

Maurice miró a Patrick, que negó con la cabeza.

—Entonces todavía no tenemos una reunión.

Arben emitió un sonido que podía ser una risa o irritación.

—Está muy tranquilo para ser un hombre cuyo hermano tiene problemas.

Maurice miró la carpeta abierta y después el rostro agotado de Patrick.

—No estoy tranquilo.

Patrick dejó de moverse.

Al otro lado, Arben dejó pasar unos segundos.

—Mañana a las diez —dijo al fin—. Me llama. Si el documento es lo que dice, hablaremos.

—De acuerdo.

—Y, Laurent…

Maurice esperó.

—Si intenta venderme una reproducción, la próxima conversación será más corta.

—No intento venderle nada.

Arben colgó.

Patrick miró el teléfono un momento más, después lo cogió de la mesa y comprobó que la conexión se hubiera cortado de verdad.

—No sabía quién eras.

—No.

—Ni siquiera el apellido.

—Lo has oído.

Patrick se levantó y empezó a recoger las hojas en las que había escrito durante la llamada.

—Sé lo que he oído. Es solo que… es extraño.

Maurice volvió a guardar el documento en su funda protectora.

—Han pasado dieciocho años.

—Para ti.

Maurice sostuvo su mirada.

Patrick hizo ademán de continuar, pero cambió de idea y señaló la carpeta.

—¿De verdad vas a darle eso?

—Si acepta las condiciones.

—¿Y si vale una fortuna?

—No sé cuánto vale.

—Podemos averiguarlo.

—No hace falta.

Patrick dejó sus papeles sobre la mesa.

—A veces me duele físicamente oírte hablar de dinero.

—Ayer dijiste que no podemos comprarlo.

—Sí, pero eso no significa que debamos entrar en una negociación sin saber qué estamos poniendo sobre la mesa. Hay una diferencia entre darle a un hombre algo raro y darle, no sé, medio museo.

Maurice volvió a mirar la carpeta.

—Entonces averígualo.

Patrick tardó un segundo en reaccionar.

—¿Yo?

—Has dicho que necesitábamos hacerlo.

—Sí, pero esperaba discutir contigo otros diez minutos.

—Estoy cansado.

Patrick sonrió por primera vez en todo el día sin que pareciera utilizar la sonrisa para ocultar otra cosa.

—Eso explica muchas cosas.

La campana de la cena sonó desde el patio, y Maurice miró el reloj antes de recordar que todavía no había resuelto el asunto del proveedor de la bomba ni había respondido al contable que lo había llamado dos veces durante el trayecto.

Cogió el teléfono.

—¿Qué haces? —preguntó Patrick.

—Llamar a la bodega.

Patrick recogió sus papeles.

—Por supuesto que vas a llamar a la bodega.

Maurice llegó a la puerta antes que él.

—La junta cuesta veintiocho euros.

—Christian, si muero en los próximos días, por favor, no dejes que esa sea la última información que me des.

Maurice abrió la puerta.

—Entonces intenta no morir antes de mañana.

Patrick se quedó un poco rezagado.

—¿Ves? Esa casi ha sido una buena frase.

Maurice salió al pasillo sin responder, y Patrick lo siguió, todavía hablando de que una junta de veintiocho euros no justificaba interrumpir una negociación sobre la vida de un hombre.