Una palabra dada LA OFERTA
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Maurice se despertó antes de la campana de la mañana, después de un sueño entrecortado en el que no había conseguido permanecer dormido más de una o dos horas seguidas.

Se quedó tumbado boca arriba sin abrir los ojos, escuchando el edificio todavía silencioso e intentando decidir si lo había despertado algún ruido o simplemente la mente, que había seguido trabajando después de que el cuerpo se rindiera.

En la silla junto a la mesa estaba el hábito que había llevado el día anterior y, debajo, doblada en cuatro, la factura en la que había escrito el nombre de Arben y las cosas que Patrick sabía de él.

Maurice no necesitaba volver a leerla, porque recordaba casi todo, incluidas las partes que Patrick había expuesto con más seguridad de la que justificaba la información, pero en el reverso de la hoja había dos palabras que lo habían mantenido despierto más tiempo que la propia amenaza.

Tesla.

Grenoble.

La segunda no era la ubicación del documento, sino el nombre de una estructura jurídica que había utilizado mucho antes de llegar al monasterio y que, si no le fallaba la memoria, había recibido varios activos tras la liquidación de una empresa.

Hacía años que no pensaba en ella, y tampoco estaba seguro de que siguiera existiendo de la misma forma, porque el desmantelamiento de su antigua vida había sido metódico, pero no perfecto.

Algunas cosas se habían vendido, otras se habían transferido, otras se habían conservado porque resolverlas habría costado más de lo que valían y unas pocas simplemente habían quedado a la espera de una decisión que Christian Laurent nunca tomó.

Se levantó cuando empezó a sonar la campana, se lavó la cara con agua fría y se vistió, y para cuando llegó a la iglesia consiguió apartar el problema lo suficiente como para seguir las oraciones sin recitar mentalmente números de teléfono que no había utilizado en casi dos décadas.

Sin embargo, no podía olvidar que Patrick dormía a menos de treinta metros.

Después de las oraciones lo encontró en la cocina, sentado en un extremo de la mesa con una taza grande delante y el pelo todavía revuelto.

La camisa prestada le sentaba tan mal como el día anterior, y uno de los hermanos había puesto ante él pan, mantequilla y un cuenco con algo que Patrick examinaba con desconfianza.

—¿Qué es esto?

—Mermelada de ciruela —dijo Maurice.

—Me refería a si la hacéis aquí.

—No.

Patrick la probó y asintió con aprobación.

—Bien.

Maurice apartó una silla.

—¿Por qué es bueno?

—Porque durante un momento pensé que también hacíais mermelada y empiezo a sentirme mal por no haberme dado cuenta nunca de que habías construido un imperio agrícola al amparo de la Iglesia.

El hermano que cortaba pan en la otra mesa se rio, y Maurice se sirvió café.

—No estamos encubiertos.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que estuviera encubierto.

Maurice bebió antes de responder y luego empujó hacia él la cesta del pan.

—Come.

—Ya he empezado.

—Te has comido una cucharada de mermelada.

Patrick arrancó un trozo de pan.

—Me gusta que después de dieciocho años hayas conservado exactamente el mismo tono que utilizabas para decirme que cogiera una chaqueta cuando mamá decidió que ya era lo bastante mayor para elegir por mí mismo.

—Normalmente te olvidabas de la chaqueta.

—Tenía catorce años.

—A los veinte también te la olvidabas.

Patrick untó mantequilla en el pan sin responder.

Maurice terminó la mitad del café antes de decir:

—Creo que puedo acceder al documento.

La mano de Patrick se detuvo con el cuchillo sobre el plato.

—¿«Crees» como anoche o «crees» después de haber comprobado algo?

—He comprobado lo que podía desde aquí. La estructura que lo poseía sigue apareciendo en mis registros y las tasas de administración se pagaron automáticamente durante mucho tiempo. No sé si el objeto sigue allí.

—¿Cuánto tiempo?

—El documento más reciente que tengo aquí es de hace seis años.

Patrick dejó el cuchillo.

—Seis años no es precisamente ayer.

—No.

—¿Y después?

—No lo sé.

Patrick lo estudió unos segundos y después cogió la taza.

—Bien. Al menos eso sí ha cambiado. Dices «no lo sé» mucho más a menudo que el Christian que recuerdo.

Maurice bajó la vista hacia el café.

—Quizá entonces también debería haberlo dicho más.

Patrick no encontró respuesta, y el hermano de la otra mesa se volvió con una bandeja. La conversación quedó interrumpida antes de convertirse en algo para lo que ninguno de los dos parecía preparado.

Después del desayuno, Maurice fue al despacho y sacó del armario metálico un expediente que llevaba años sin abrir.

No contenía secretos espectaculares, solo copias de documentos, correspondencia antigua, varios números de referencia y los datos de una empresa de gestión de activos que había sobrevivido a cambios de propietario y, al parecer, al paso del tiempo.

El primer número que probó ya no existía, el segundo lo llevó a una centralita automática y, después de casi diez minutos y dos transferencias, consiguió hablar con una mujer que le explicó educadamente que no podía comentar nada sin verificar su identidad.

Maurice le facilitó la información solicitada.

La mujer guardó silencio.

—Señor Laurent, esta cuenta es muy antigua.

Oír aquel nombre en la voz de una desconocida lo inquietó más de lo que esperaba.

—Lo sé.

—Tengo que comprobar algunas cosas, porque la persona de contacto que figura en el sistema no se ha actualizado desde hace… un momento.

Oyó el tecleo.

—Diecisiete años.

—Sí.

—No puedo resolver esto por teléfono.

—¿Qué puede resolver?

—Puedo confirmar que la relación contractual sigue vigente y que custodiamos activos asociados a la cuenta, pero no puedo confirmar el inventario antes de la autenticación.

—¿Hay pagos pendientes?

La mujer pareció sorprendida por la pregunta.

—No puedo darle el saldo hasta que…

—No el saldo. Solo quiero saber si el servicio está suspendido por impago.

—No, no está suspendido.

Maurice hizo girar el lápiz entre los dedos.

—Entonces ¿quién paga?

—Señor Laurent, eso entra precisamente dentro de la información que no puedo…

—Sí. Tiene razón.

La mujer le explicó el procedimiento para solicitar acceso, y Maurice anotó únicamente lo que necesitaba sin intentar forzar una excepción que ella no tenía ningún motivo para conceder. Cuando colgó, Patrick estaba de pie en la puerta.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—Lo suficiente para descubrir que el gran Christian Laurent puede ser derrotado por una mujer de administración que le pide papeleo.

—Estaba haciendo su trabajo.

—Lo sé. Por eso me ha caído bien.

Maurice dejó el teléfono.

—Es posible que el documento siga allí.

—Otra vez «es posible».

—Es lo que tenemos.

Patrick entró y cerró la puerta.

—¿Tienes que salir?

—Sí.

—Voy contigo.

—No.

—Anoche acordamos que no me dejarías fuera de la conversación.

—De la conversación, no del monasterio.

—Esa es tu interpretación.

—Sí.

Patrick sacó una silla y se sentó, visiblemente dispuesto a negociar.

—Christian, si la gente de Arben ya ha encontrado rastros que conducen hasta mí, que yo esté sentado aquí no hace que este lugar sea más seguro, y si tú vas solo a buscar algo que necesitamos para la negociación y te pasa algo…

La frase quedó en el aire.

Maurice esperó.

—¿Qué?

—Nada. La cuestión es que dos personas son más útiles que una.

—No siempre.

—Eso ni siquiera es un argumento.

—Es suficiente.

Patrick empujó la silla unos centímetros hacia atrás.

—Prometiste que me dejarías participar.

—En la conversación con Arben.

—Qué oportunamente preciso te vuelves cuando se trata de tu promesa.

Maurice alzó los ojos.

Patrick sostuvo su mirada un instante, luego se frotó los ojos y suspiró.

—Bien, quizá eso haya sido un poco rastrero.

—Un poco.

—No lo retiro del todo.

Maurice guardó los papeles en una carpeta fina.

—Si salimos los dos, alguien que te busque tiene dos objetivos en el mismo coche. Si te quedas aquí, sigue sin saber dónde estás.

—Estás suponiendo.

—Sí.

—Y ayer me criticabas cuando yo suponía cosas.

—Te preguntaba qué sabías.

Patrick lo miró irritado y después se levantó.

—Empiezo a entender por qué la gente religiosa necesita tanto el perdón.

Maurice salió antes del mediodía en uno de los coches del monasterio, no en la Renault Trafic que tenía que quedarse para los suministros, y el trayecto duró más de lo que le habría gustado.

Su destino no era Grenoble, como Patrick había supuesto al ver la palabra en la factura, sino una localidad más cercana donde la empresa de custodia había trasladado años atrás su archivo y los activos de sus clientes antiguos.

El edificio estaba en una zona comercial corriente, entre una asesoría y una tienda de material médico, y su absoluta falta de misterio le recordó lo diferente que parecía el pasado una vez reducido a contratos, llaves y personas que tenían que localizar un expediente.

La verificación de identidad llevó casi una hora porque uno de los documentos antiguos contenía una dirección que ya no existía bajo la misma forma administrativa, y el empleado que lo atendía, un hombre con gafas de montura fina y una camisa demasiado ajustada en el cuello, se disculpó dos veces sin conseguir que nada avanzara más deprisa.

—Comprenderá que tenemos que ser cuidadosos.

—Sí.

—No solemos encontrarnos con situaciones en las que el titular de una cuenta regresa después de diecisiete años.

—Yo tampoco.

El hombre levantó la vista, sin saber muy bien si había sido una broma.

—Claro.

Maurice rellenó otro formulario.

Cuando por fin llegaron al inventario, descubrió que su memoria solo había acertado a medias.

Había dos cajas de documentos y un estuche separado, pero las descripciones eran tan generales que no podía saber si la pieza de Tesla se encontraba entre ellos.

Solicitó acceso a la caja que contenía correspondencia y documentos en papel, y el hombre desapareció durante casi veinte minutos.