Una palabra dada NO LO LLAMES #2
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NO LO LLAMES #2

—Christian, te conozco. O, bien, al parecer conozco al hombre que eras, porque hoy he aprendido que debemos utilizar la terminología correcta. Se te ha ocurrido algo.

—Quizá.

—¿Qué?

—Todavía no sé si es una buena idea.

—Tampoco sabía que fueras capaz de decir eso.

Christian le dirigió una mirada inexpresiva.

—¿Has venido aquí para que te ayude o para hacer observaciones sobre mi personalidad?

—Puedo hacer las dos cosas.

—Ya me he dado cuenta.

La campana sonó en el patio, no la llamada larga a la oración, sino unos pocos golpes que marcaban una de las transiciones del día, y Christian volvió instintivamente la cabeza hacia la ventana. Patrick lo vio calcular la hora antes de mirar el reloj.

—Tengo que irme diez minutos.

—¿Adónde?

—A la bodega.

Patrick se quedó mirándolo.

—Estamos hablando del hombre que quiere matarme.

—Lo sé.

—Y tienes que ir a la bodega.

—Sí. La bomba de trasiego daba problemas esta mañana y, si la han desmontado, quiero saber qué han encontrado antes de que pidan ninguna otra cosa.

Patrick se quedó con la boca ligeramente abierta.

—A veces no sé si te convertiste en un hombre mejor o simplemente en uno muchísimo más irritante.

Christian se levantó.

—Puedes venir.

—Evidentemente voy contigo. No pienso quedarme solo en una celda mientras tú vas a hablar de bombas.

El patio le pareció más luminoso a Patrick después de la habitación estrecha, y durante los primeros segundos tuvo que parpadear varias veces.

Varios monjes se movían entre los edificios con una naturalidad que hacía que él se sintiera aún más fuera de lugar con los pantalones negros y la camisa blanca prestados.

Uno lo saludó, Patrick respondió automáticamente y solo cuando el hombre ya había seguido su camino se dio cuenta de que Christian ni siquiera había mirado atrás para comprobar si lo seguía.

En la bodega el aire se volvió fresco y húmedo, con olor a piedra, metal y vino, y Patrick se detuvo un instante en la entrada.

Nunca había estado allí, pero el lugar no se parecía en nada a la imagen romántica que se había formado de la producción monástica de vino.

Depósitos de acero inoxidable, mangueras, bombas y libros de registro lo convertían en un espacio de trabajo real, y un monje con las mangas remangadas estaba junto a un motor desmontado sosteniendo una pieza sucia en la palma.

—Era esto —le dijo a Christian antes de que pudiera preguntar—. La junta está estropeada.

Christian cogió la pieza, la examinó y se la devolvió.

—¿Tenemos una?

—De este tamaño, no.

—¿Cuánto tardará?

—Si la pido ahora, mañana. Quizá pasado.

—¿Coste?

El hombre se encogió de hombros.

—Veinte, treinta.

Christian sostuvo su mirada.

—¿Cuál de los dos?

—Maurice, es una junta.

—Sé lo que es.

Patrick se volvió ligeramente para ocultar la sonrisa.

El monje suspiró.

—Lo comprobaré antes de pedirla.

—Gracias.

—¿Y si cuesta treinta y uno?

—Entonces me dices treinta y uno.

—A veces echo de menos los días en que no te encargabas del dinero.

—Yo también.

El hombre se rio y volvió hacia la bomba, mientras Patrick permanecía allí un momento.

Lo que más lo sorprendía aquel día no era la amenaza, las preguntas ni siquiera que Christian lo hubiese obligado a ducharse, sino la risa despreocupada del monje después de contradecirlo abiertamente.

En el mundo de Patrick, la gente podía bromear con el jefe, pero siempre había una medida, una cautela oculta tras la familiaridad.

Allí, el hombre le había dado la espalda a Christian antes incluso de que terminara la conversación.

Al salir, Patrick preguntó:

—¿Todos te hablan así?

—¿Así cómo?

—Como si no te tuvieran miedo.

Christian se detuvo junto a uno de los depósitos y lo miró.

—¿Por qué iban a tenerlo?

Patrick estuvo a punto de responder y luego renunció.

—Nada.

El teléfono de Christian vibró en el bolsillo del hábito.

Lo sacó, miró la pantalla y respondió, y Patrick lo oyó hablar de los compradores que habían abandonado el monasterio antes y de una nueva reunión que quizá pudieran organizar para la semana siguiente.

La conversación duró menos de dos minutos, pero cuando colgó su expresión había cambiado.

—¿El contrato? —preguntó Patrick.

—Quizá.

—Eso suena mal.

—Suena a «quizá».

—En los negocios, «quizá» después de abandonar a alguien en mitad de una negociación significa mal.

Christian guardó el teléfono.

—No los eché.

—Abandonaste una negociación de novecientos mil euros para bajar a verme.

—Sí.

Patrick lo siguió hacia la puerta.

—Y ahora quizá pierdas el contrato.

—Sí.

—No me lo dijiste.

—Sabías que estaba en una reunión.

—No sabía la cantidad.

Christian salió al patio antes de responder.

—Ahora sí.

Patrick lo alcanzó bajo la arcada y lo agarró del brazo; el gesto ocurrió antes de que tuviera tiempo de preguntarse si aún tenía derecho a hacerlo. Christian se detuvo y miró primero la mano y después su rostro.

—¿Novecientos mil?

—Aproximadamente.

—¿Y te levantaste de la mesa por mí?

—Patrick, no empieces.

—No estoy empezando nada. Intento entenderlo.

Christian liberó el brazo sin emplear fuerza.

—Entonces entiéndelo después. Ahora tenemos otro problema.

Regresaron a la celda, donde el frío se había instalado de nuevo durante su ausencia, y Christian cerró la ventana antes de sentarse. Cogió la factura marcada, le dio la vuelta y escribió dos palabras en el reverso que Patrick no alcanzó a ver.

—¿Tienes algún número con el que podamos contactar con Arben?

—No directamente.

—¿Puedes conseguir uno?

Patrick vaciló.

—Probablemente.

—¿Sin preguntárselo a alguien que vaya a decirle inmediatamente que estás preguntando por él?

—Eso es más complicado.

—Entonces todavía no lo hagas.

Patrick apoyó los codos en la mesa.

—Sigues queriendo contactar con él.

—Sí.

—Después de todo lo que te he contado.

—Precisamente por lo que me has contado.

—Christian, no puedes comprarlo.

—No quiero comprarlo.

—Lucas le está pagando lo suficiente para matarme. Si le ofreces más dinero, Lucas puede ofrecerle más también, o Arben puede coger tu dinero y seguir adelante con el contrato, porque la gente no funciona según tus reglas solo porque tú creas que debería hacerlo.

Christian lo observó un momento.

—Tienes razón.

Patrick parpadeó.

—¿Qué?

—Sobre el dinero. Tienes razón.

—Ah.