Una palabra dada NO LO LLAMES
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NO LO LLAMES

Patrick necesitó unos segundos para comprender que su hermano no pretendía contradecirlo ni darle dramatismo a la frase.

Christian ya había bajado los ojos hacia la hoja que tenían entre ambos y empujaba con la punta del lápiz una de las flechas dibujadas durante el relato, como si la distancia entre el hombre que había sido y el que ahora estaba allí pudiera señalarse en algún punto entre el nombre de Lucas y el de Arben Kola.

—No empieces con eso —dijo Patrick—. Ahora no, por favor, porque llevo medio día conduciendo un coche que se va hacia la derecha, no he dormido bien en casi una semana y estoy bastante seguro de que hay gente intentando matarme.

Si quieres hablar de tu transformación espiritual, del sentido de la vida o del hecho de que lleves sandalias en abril, podemos hacerlo después de asegurarnos de que voy a vivir lo suficiente para ver mayo.

Christian alzó los ojos.

—No llevo sandalias fuera cuando hace frío.

Patrick miró sus pies.

—¿Eso es lo que has elegido de todo lo que acabo de decir?

—Has dicho varias cosas.

—Sí, Christian. Ese era exactamente el punto.

Su hermano dejó el lápiz y acercó al borde de la mesa la factura en la que había dibujado el esquema.

La tarde había avanzado y media habitación estaba ya en sombra.

Por la estrecha ventana llegaban los sonidos del patio: una rueda metálica sobre la piedra, dos voces bajo la arcada y, más lejos, golpes irregulares procedentes del taller.

Patrick se sorprendió escuchándolos, no porque le importaran, sino porque aquella normalidad lo irritaba.

Fuera, la gente movía cajas, reparaba una furgoneta y probablemente discutía sobre la cena, mientras él seguía sentado en una celda fría, explicándole al hermano al que no había visto en dieciocho años que un albanés pagado por Lucas Martin lo estaba cazando.

Christian se frotó la zona lumbar y se levantó.

—Tengo que hablar con él.

Patrick creyó haber oído mal.

—¿Con quién?

—Con Arben.

—No.

Christian cogió la taza vacía y se dirigió hacia la puerta.

—¿Quieres café?

—Christian.

—Aquí ya no tengo más.

—He dicho que no.

Su hermano se detuvo con la mano sobre el picaporte y se volvió lo suficiente para mirarlo.

—Te he oído.

—Entonces ¿por qué tienes cara de hombre que acaba de decidir hacer exactamente lo que yo he dicho que no hagas?

—Porque no decides tú si hablo con él.

Patrick se levantó tan deprisa que la silla golpeó la pared detrás de él, y el ruido lo hizo estremecerse. La volvió a colocar con una mano y soltó una maldición entre dientes, más por su propia reacción que por la silla.

—Bien. Correcto. Por supuesto. Maravilloso. No decido yo, salvo que ese hombre tiene un contrato sobre mi cabeza y, si lo llamas y le dices quién eres, existe una posibilidad muy real de que le des algo que ahora mismo no tiene.

—¿Qué?

—A ti.

Christian permaneció junto a la puerta.

—No sabe dónde estoy.

—Exactamente.

—Y seguirá sin saberlo si lo llamo.

—Eso no lo sabes.

—Tú tampoco.

Patrick abrió la boca, la cerró y lo miró durante un momento, intentando decidir si en algún instante de los últimos dieciocho años había echado de menos aquella obstinación.

No.

—Los teléfonos no funcionan como cuando desapareciste —dijo—.

No puedes levantar un auricular, llamar a alguien y suponer que el resto del mundo se queda fuera de la conversación.

No sé qué tiene Arben, a quién paga, con quién trabaja, qué puede averiguar a partir de una llamada y, antes de que me digas que tú tampoco lo sabes, eso es exactamente lo que intento explicarte. No lo sabemos.

Christian volvió a la mesa, pero no se sentó.

—De acuerdo.

Patrick esperó.

—¿De acuerdo qué?

—Todavía no lo llamaré.

—La parte de «todavía» no me tranquiliza en absoluto.

—No intento tranquilizarte.

—Eso está bastante claro.

Christian apartó la silla y se sentó, después volvió a coger el lápiz. Patrick permaneció de pie un poco más, con la desagradable sensación de haber ganado una discusión que su hermano nunca había considerado que estuvieran teniendo, y luego se sentó también.

—Dime qué sabes de Arben.

—Acabo de hacerlo.

—Me has dicho quién le paga y por qué te busca. No me has dicho quién es.

Patrick se pasó las dos manos por la cara.

La piel le escocía después de la ducha fría y la camisa blanca que Christian le había dado le quedaba algo holgada en los hombros y demasiado corta de mangas.

Los puños dejaban las muñecas al descubierto.

Estuvo a punto de decirle que su ropa era ridícula solo para aplazar la respuesta.

—Albanés, alrededor de cincuenta años, quizá más joven, no sé exactamente. Trabaja con gente de los Balcanes, pero no solo con ellos. Seguridad, cobros, protección, intervenciones… la clase de cosas que llamas de una manera cuando quieres una factura y de otra cuando no.

Christian anotó algo.

—¿Cuántas personas?

—No lo sé.

—¿Diez? ¿Cien?

—Más cerca de cien que de diez si cuentas a todos los que puede reunir, probablemente, pero no va a mandar a cien personas detrás de mí. Christian, no tengo su organigrama.

—No te lo he pedido.

—Tienes una manera de hacer preguntas que me hace sentir como si hubiera venido sin estudiar a un examen sobre mi propia ejecución.

Christian levantó ligeramente el lápiz.

—Has venido sin estudiar.

Patrick lo miró y soltó una risa breve, sin alegría.

—Te he echado muchísimo de menos.

—Lo sé.

—Era sarcasmo.

—Eso también lo sé.

Patrick se recostó.

—Arben es un profesional. Eso importa. No es un idiota que Lucas encontró en un bar y pagó con un sobre.

La gente recurre a él cuando quiere que desaparezca un problema y no quiere ocuparse de los detalles.

Tiene dinero, contactos y, por lo que sé, paga bien a su gente.

No lo veo muy a menudo en casinos. No le gustan los sitios donde todo el mundo observa a todo el mundo y, cuando entra, apenas bebe.

A veces ni siquiera entra. Envía a alguien.

—¿Familia?

—No lo sé.

—¿Hijos?

—No lo sé.

—¿Dónde vive?

—Christian…

—Si no lo sabes, di que no lo sabes.

—No sé dónde vive.

Christian lo escribió sin hacer ningún comentario.

A Patrick le irritaba menos la pregunta que el hecho de no tener respuesta.

En su mundo, la falta de información podía disimularse con seguridad, una frase bien formulada o desviando la conversación hacia algo que conocía mejor.

Con su hermano, aquel truco no había funcionado ni siquiera cuando tenían veinte años.

—¿Qué le gusta? —preguntó Christian.

—Cobrar.

—Eso es trabajo.

—A algunas personas les gusta su trabajo.

—¿A él?

Patrick lo pensó.

—Creo que sí.

—Entonces dime por qué.

—No sé por qué. Porque se le da bien, probablemente. Porque la gente le da dinero. Porque puede hacerlo.

Christian volvió a escribir.

—¿Qué compra?

—Servicios, personas, coches, información. Lo mismo que todos.

—Para él.

—No soy su contable.

—Patrick.

El tono apenas había cambiado, pero algo en la forma de pronunciar su nombre hizo que Patrick levantara la vista.

En otro tiempo había conocido a Christian lo bastante bien como para distinguir entre su paciencia y el instante en que empezaba a agotársele, y que aún pudiera reconocer la diferencia después de tantos años lo irritó casi tanto como las preguntas.

—Bien. Espera. Lo intento. Tiene propiedades, supongo, pero eso no ayuda.

Coches, seguro. Relojes, no creo, o al menos nunca lo he visto llevar nada ostentoso.

No viste mal, pero tampoco parece el tipo de hombre que pasa tres horas eligiendo una chaqueta.

Le gusta tener cosas que los demás no tienen.

Christian dejó de escribir.

—¿Qué cosas?

—No sé. Objetos raros, cosas antiguas. Colecciona.

—¿Qué?

Patrick deslizó los dedos por el borde de la mesa, y un recuerdo al que nunca había dado importancia regresó con suficiente claridad como para que casi pudiera ver la habitación donde había tenido lugar aquella conversación.

—Tesla.

—¿Los coches?

—Nikola Tesla.

Christian no apartó la mirada.

—Sé quién era Nikola Tesla.

—No estaba seguro. Tienes un ordenador de la época en que Internet hacía ruidos al conectarse.

—El ordenador de aquí tiene cuatro años.

—Era una broma.

—Entonces no era muy buena.

Patrick lo ignoró.

—Arben está obsesionado con Tesla. No en plan «leí una biografía y me pareció interesante».

De la clase de obsesión que empieza a resultar un poco extraña después de los primeros diez minutos.

Tiene documentos, libros, fotografías, reproducciones, objetos que afirma que pertenecieron a personas que conocieron a Tesla.

Vi parte de la colección hace unos años.

—¿Dónde?

—En una propiedad que utilizaba entonces. No sé si todavía es suya y no, antes de que preguntes, no recuerdo la dirección exacta. Era cerca de Ginebra, en el lado francés, creo. O quizá ya estábamos en Suiza. Había tenido dos reuniones aquel día y no conducía yo.

Christian no lo corrigió, cosa que Patrick consideró un avance.

—¿Por qué te la enseñó?

—Porque cometí el error de preguntar por una fotografía.

—¿Qué fotografía?

—Tesla junto a un transformador o algo así.

No importa. Lo importante es que Arben empezó a hablar y no paró.

Explicó que supuestamente su familia tenía alguna relación con la de Tesla; no directamente, algo a través de una rama, el primo de un abuelo o…

sinceramente, al cabo de un rato dejé de seguir la genealogía.

—¿Es verdad?

—No tengo ni idea. Le dije que sonaba fascinante.

—No lo parece.

—Por eso tú llevas dieciocho años viviendo en un monasterio y yo tenía casinos. Cuando un hombre capaz de gastar dinero te cuenta que su bisabuela era prima de un genio, no le dices que su árbol genealógico parece dibujado después de tres copas.

Christian sostuvo el lápiz entre los dedos sin escribir.

Patrick advirtió el cambio.

—¿Qué?

—Nada.

—Sí, algo.

—Estoy pensando.

—¿En qué?

Christian se tomó un momento antes de responder, y Patrick se inclinó hacia delante.