Una palabra dada JUEVES, 23 DE ABRIL #3
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JUEVES, 23 DE ABRIL #3

No pánico, todavía no, sino el miedo preciso de un hombre que comprende que su problema es mayor que la ira que puede permitirse.

—Túnez —le dijo al capitán.

El hombre se volvió.

—¿Ahora?

—No, la semana que viene, después de que nos detengan. Claro que ahora.

Solo cuando la costa se convirtió en una línea menos definida Lucas sacó otro teléfono y buscó un número que no utilizaba para los negocios habituales.

Arben Kola respondió al cuarto tono.

—Lucas.

—Tengo un problema.

—Todo el que me llama tiene uno.

Lucas se frotó la frente.

—Quiero que desaparezca un hombre.

—¿Quién?

—Patrick Laurent.

Arben no reaccionó al nombre.

—¿Dónde está?

—En Francia. Te enviaré lo que tenemos.

—¿Qué ha hecho?

Lucas miró el agua en la estela del yate.

—Me vendió a la policía.

—¿Estás seguro?

La pregunta lo irritó, quizá porque él mismo se la había hecho demasiadas veces durante las últimas horas.

—Ahora sí.

Arben pidió la información necesaria, habló de las condiciones sin prisa y no preguntó quién era el hermano de Patrick, quién había sido Pierre Martin ni si se suponía que el apellido Laurent significaba algo.

Para él era un contrato, y Lucas, que en otras circunstancias habría apreciado aquella falta de teatro, sintió por primera vez aquella mañana que las cosas podían volver a ser sencillas.

Salvo que para Patrick ya no lo eran.

Durante los dos primeros días después de la operación, Morel lo trasladó entre dos lugares que ella llamaba seguros sin conseguir convencerlo de que lo fueran.

Patrick aceptó el primer traslado, discutió por el segundo y se marchó después de advertir a un hombre que había aparecido dos veces cerca del mismo edificio.

Morel sostuvo que podía ser una coincidencia; Patrick respondió que prefería no morir por respeto a la estadística.

Después alguien siguió su coche.

En otra ocasión, un hombre al que no conocía intentó averiguar a través de un empleado dónde dormía.

Su teléfono personal empezó a recibir llamadas silenciosas y un piso que apenas utilizaba apareció revuelto sin que faltara ninguno de los objetos caros.

Patrick comprendió entonces que aquello ya no iba de que Lucas intentara averiguar la verdad.

La verdad ya estaba establecida.

En la celda del monasterio, la luz casi había alcanzado el borde de la ventana cuando Patrick terminó de contar la historia.

Christian ya no escribía, y la factura en la que había anotado el nombre de André Simon permanecía sobre la mesa entre ellos, cubierta de flechas, nombres y preguntas para las que todavía faltaban algunas respuestas.

—Arben Kola —dijo Christian.

Patrick asintió.

—Sí.

—¿Estás seguro de que dirige a la gente que te busca?

—Tan seguro como puedo estarlo sin pedirle identificación a uno de ellos. Morel oyó el nombre por otra fuente, yo ya lo conocía y después reconocí a dos hombres relacionados con él. Si quieres un porcentaje, no lo tengo.

—No quiero un porcentaje.

—Bien, porque empiezo a quedarme sin porcentajes.

Christian se puso en pie, estiró la espalda con una mueca que intentó ocultar y cogió la taza de la mesa solo para descubrir que estaba vacía.

Para Patrick, el Christian Laurent que recordaba desapareció durante un segundo; delante de él había un hombre próximo a los sesenta que llevaba demasiado tiempo sentado en una silla mala.

—¿Cuándo fue el último intento? —preguntó Christian.

—Ayer.

—¿Qué pasó?

—Cambié de coche, pagué en efectivo, dormí en un lugar que ninguno de los míos conocía y esta mañana salí hacia aquí. Compré el Peugeot porque nadie que me conozca imaginaría que compraría voluntariamente algo así.

—Es un buen coche.

Patrick sostuvo su mirada.

—Christian, la puerta del conductor solo se abre si la levantas mientras tiras del tirador.

—Entonces no es un coche muy bueno.

Patrick se rio, y la risa terminó pronto porque ya no tenía energía suficiente para mantenerla.

Christian volvió a sentarse.

—¿Por qué viniste a verme?

Patrick lo contempló, incrédulo.

—Acabo de pasarme tres horas explicando por qué.

—Has explicado de quién huyes. Te pregunto por qué viniste a mí.

La respuesta que Patrick había preparado desde que cruzó las puertas del monasterio pareció menos sólida al tener que decirla en voz alta que cuando estaba en el coche.

Miró el hábito de su hermano, la habitación austera, la factura vuelta del revés sobre la que Christian había construido un mapa a partir de la información de Patrick y las manos que ya no eran las que recordaba, aunque la manera de sujetar el lápiz sí le resultaba familiar.

—Porque Morel no puede protegerme —dijo—. Porque Lucas no va a parar solo porque la policía se haya llevado a su gente, y porque Arben no es la clase de hombre al que pueda comprar después de que ya haya aceptado el contrato. He probado lo que sé hacer y… no funciona.

Christian esperó, y la irritación de Patrick aumentó; sabía que había algo más.

—Y porque sé quién eres.

Su hermano bajó los ojos hacia la hoja que había entre ambos, mantuvo un dedo sobre el borde durante un instante y luego volvió a mirarlo.

—No, Patrick. Sabes quién era.