JUEVES, 23 DE ABRIL #2
Condujo casi diez minutos, cambió una vez de dirección porque creyó que un coche seguía detrás de él y se maldijo cuando resultó ser simplemente un conductor que lo adelantó en el siguiente semáforo.
Solo después de aparcar en un lugar que había utilizado antes sacó el teléfono reservado para contactar con Morel.
Ella respondió al cabo de unos segundos, con una voz que no sonaba como si hubiese estado dormida.
—Sí.
—Tengo algo para ti.
—Adelante.
—Por teléfono no. No todo.
—Patrick, si me has llamado a las cinco de la mañana para decirme que no vas a contarme…
—Hoy llegan casi trescientas personas. Lucas las va a dispersar por cinco ciudades y creo que el punto principal está en el puerto.
Al otro lado se hizo el silencio, y Patrick comprobó instintivamente los retrovisores.
—Repítelo —dijo Morel.
Lo repitió, esta vez más despacio, y después le dio la hora, la zona y la información que podía confirmar, separando cuidadosamente lo que había oído de Lucas de lo que había deducido de las conversaciones de los demás.
Morel lo interrumpió dos veces para aclarar un detalle y una tercera porque Patrick había empezado a explicar por qué creía que uno de los vehículos iría a Lyon.
—Dígame lo que sabe, no lo que cree que quedaría elegante si fuese verdad.
—A las cinco de la mañana estás aún más encantadora de lo habitual.
—¿Estará Lucas allí?
Patrick recordó cómo lo había formulado Lucas y respondió:
—Sí. Por lo que me dijo, sí.
Fue uno de los datos que dio con certeza y que resultó ser falso.
A las 5:30, Patrick no vio el comienzo de la operación porque Morel le había ordenado abandonar la zona y, tras una breve discusión en la que él le recordó que no trabajaba para ella y ella respondió que precisamente por eso no tenía ningún deseo de explicarle qué podía ocurrirle si se quedaba, cedió y se retiró.
Las primeras señales llegaron por teléfono.
Un director llamó para decirle que la policía había entrado en un despacho utilizado por una de las empresas que Patrick había visto en los documentos de Lucas y, antes de terminar aquella conversación, recibió una segunda llamada y después una tercera.
En menos de diez minutos quedó claro que aquello no era una intervención en el puerto, sino algo mucho mayor.
Treinta y tres objetivos.
Viviendas, oficinas, almacenes, empresas, personas detenidas casi simultáneamente, mientras que en la zona portuaria los vehículos preparados para dispersar a los migrantes quedaron bloqueados antes de que la operación pudiera extenderse por todo el país.
Patrick permaneció sentado en el coche escuchando cómo el mundo de Lucas se desmoronaba a través de las voces de otras personas.
A las 5:47, Morel lo llamó.
—Váyase a casa y no cambie nada de su agenda.
Patrick casi se rio.
—Acaban de detener a mi agenda.
—Ahora no haga bromas.
—Hablo en serio. Lucas va a llamarme.
—Entonces responda con normalidad.
—Jacqueline, han golpeado más de treinta lugares en menos de veinte minutos. Después de esto no existe la «normalidad».
—No sabemos qué sabe Martin.
—Yo sé lo que va a calcular.
Morel guardó silencio un momento.
—No suponga.
Patrick golpeó el volante con la base de la mano, no muy fuerte, pero sí lo suficiente para hacerse daño.
—No me digas que no suponga cuando acabas de desmantelar media organización utilizando información que yo te di.
—Ni la mitad. Y no solo gracias a su información.
—Ah, perfecto. Eso me tranquiliza muchísimo.
—Patrick, escúcheme. Vaya a un lugar donde sea natural que esté, mantenga el teléfono encendido y no intente averiguar por su cuenta qué ha ocurrido.
Quiso decirle que sabía cuidarse solo, pero la frase le pareció de repente demasiado estúpida para pronunciarla.
—¿Lucas estaba en los muelles? —preguntó.
La pausa fue breve.
Demasiado breve para cualquier otra persona; no para él.
—No.
Patrick cerró los ojos.
—¿Dónde estaba?
—No lo sabemos exactamente.
—Me dijo que estaría allí.
—Entonces le mintió.
—Gracias, Jacqueline. Esa parte ya había conseguido deducirla yo solo.
Mar adentro, lo bastante lejos para no quedar atrapado en la operación, Lucas recibió las primeras llamadas a bordo del yate antes del amanecer.
Un almacén no respondía, después habían detenido a un hombre en Marsella y, a continuación, dos teléfonos quedaron fuera de servicio casi al mismo tiempo.
Cuando le llegaron noticias del puerto y otros tres puntos desaparecieron de la red, ya no necesitó la confirmación que había esperado no recibir.
André tenía razón.
Patrick no se había limitado a proporcionar la información de aquella mañana; la magnitud de la intervención mostraba meses de trabajo, conexiones reconstruidas y personas identificadas más allá de lo que la policía podía haber averiguado a partir de un solo cargamento.
Lucas permaneció varios minutos en la cubierta de popa, contemplando cómo la costa se alejaba mientras uno de sus hombres intentaba determinar qué rutas seguían siendo seguras. Sintió el impulso de romper algo simplemente para no tener que quedarse quieto.
El miedo lo detuvo.