Una palabra dada TREINTA MILLONES
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TREINTA MILLONES

Patrick permaneció inclinado hacia delante, con los codos apoyados en los muslos, mientras Christian lo observaba sin compartir la urgencia que él sentía y sin parecer preocupado porque, en algún lugar más allá de los gruesos muros de la celda, el horario del monasterio continuara sin el hombre que normalmente se encargaba de mantenerlo en orden.

La campana había enmudecido, los pasos en el pasillo eran cada vez menos frecuentes y por la estrecha ventana entraba una luz más baja que cuando habían empezado a hablar, suficiente para que Patrick advirtiera que las mangas de la camisa prestada le quedaban un poco cortas y que uno de los botones estaba cosido con un hilo de otro color.

—Me pidieron que siguiera cerca de Lucas —dijo—.

Que no lo provocara, que no me convirtiera de la noche a la mañana en su hombre de confianza, porque eso habría olido mal a un kilómetro, sino que siguiera haciendo exactamente lo que ya hacía y les avisara cada vez que surgiera algo que mereciera la pena seguir.

Christian movió la silla unos centímetros porque una de las patas había quedado sobre una irregularidad del suelo y empezaba a tambalearse.

—¿Morel sabía que Lucas ya trabajaba contigo?

—Sabía que nos conocíamos y que había negocios entre nosotros, pero no lo sabía todo.

Tampoco creo que yo supiera todo lo que sabía ella, y ese era uno de nuestros problemas.

Cada uno intentaba guardarse algo en el bolsillo y, al cabo de un tiempo, dejas de saber si la persona que tienes enfrente no te cuenta algo porque no puede, porque no confía en ti o porque no tiene ni idea.

—¿Qué te guardabas tú?

Patrick no apartó los ojos.

—Muchas cosas.

—Patrick.

—No, espera, ahora no intento mentirte. Intento no convertir esta conversación en un inventario de todos los delitos que he cometido durante los últimos veinte años, porque ni siquiera tú tienes suficientes galletas para eso.

Christian miró el paquete casi vacío que había sobre la mesa.

—Hay más en la cocina.

Patrick se tapó los ojos con una mano.

—Exactamente de eso estoy hablando.

No sabía si su hermano había hecho la broma a propósito y ya no tenía energía para averiguarlo. Se pasó una mano por la cara, notando la aspereza de la barba que le había crecido desde la mañana, y luego intentó ordenar las cosas según habían ocurrido, en vez de según parecían ahora inevitables.

Pocos días después de aceptar colaborar, Lucas llamó y propuso que se reunieran en uno de los casinos que Patrick controlaba mediante una estructura societaria lo bastante aburrida como para que a la mayoría de la gente no le interesara averiguar quién era exactamente propietario de qué.

No era ni el más grande ni el más rentable, pero tenía la ventaja de una dirección estable, empleados que sabían no convertir a los clientes adinerados en un espectáculo y una reputación limpia, en la medida en que un casino podía presumir de algo así.

Lucas llegó pasada la medianoche con dos hombres que se quedaron en el bar y una mujer a la que Patrick había visto una vez, sin llegar a averiguar nunca si trabajaba para él o simplemente lo toleraba.

Al principio no pidió una sala privada. En vez de eso, recorrió la zona de juego, jugó un rato, perdió varios miles de euros sin parecer molesto y habló con Patrick de la reforma del hotel junto al casino, de un restaurante en Mónaco y de un futbolista que, en su opinión, tenía más coches que neuronas.

—¿Estaba relajado? —preguntó Christian.

Patrick se encogió de hombros.

—Lucas sabe parecer relajado. A veces lo está de verdad. Creo que ese es uno de los errores que comete la gente con él: quieren que un hombre peligroso parezca peligroso todo el tiempo, porque de lo contrario no saben cuándo se supone que deben tener miedo.

Christian no hizo ningún comentario y Patrick continuó.

Solo al cabo de casi una hora Lucas propuso subir a un despacho, donde se sentó en el sofá, se quitó la chaqueta y pidió café.

Patrick recordó haber pensado entonces en Morel y haber sentido físicamente, por primera vez, las dos vidas superpuestas: en una era el propietario que hablaba de una oportunidad con un antiguo socio de negocios; en la otra, cada pregunta casual podía convertirse en información dentro de un expediente.

—Me dijo que tenía un problema de volumen —explicó Patrick—. Evidentemente, al principio no lo expresó así. Habló de dinero parado, costes, gente que cobraba demasiado por moverlo y de que necesitaba una solución más estable que la que estaba utilizando.

—¿Qué dinero?

—De varias actividades. Drogas, principalmente, pero no solo. No me entregó una contabilidad y yo no pregunté si cada euro venía con certificado de origen.

—¿Cuánto?

—Al principio no me lo dijo. Eso vino después.

Christian entrelazó las manos.

—¿Y tú qué le dijiste?

Patrick inclinó ligeramente la cabeza.

—Que no me interesaba.

—¿Por qué?

—Porque sí me interesaba.

Christian lo observó un instante y Patrick vio el momento exacto en que la respuesta le desagradó.

—Si aceptas algo de Lucas demasiado deprisa —continuó Patrick—, le dices que tú necesitas el trato más de lo que él te necesita a ti.

Si te niegas de inmediato y dejas que te convenza, descubres qué valor concede al problema, cuánta urgencia tiene y cuánto está dispuesto a ceder.

No es filosofía, Christian, es negociación.

Tú hacías lo mismo, solo que probablemente lo llamabas de otra manera.

—Probablemente.

—Además, tenía que hablar con Morel antes de aceptar.

En la siguiente reunión, Morel lo había dejado explicar la propuesta hasta el final, interrumpiéndolo solo cuando empezaba a describir mecanismos que ella consideraba secundarios.

No le impresionó la cantidad estimada ni el hecho de que Lucas hubiese acudido en persona; lo que llamó su atención fue la explicación de Patrick de que la operación exigiría contactos repetidos con personas del entorno de Lucas.

—¿Hasta qué punto repetidos? —había preguntado.

—Depende de cómo lo hagamos.

—No le he preguntado cómo.

—Si no sabe cómo, no puedo decirle con qué frecuencia.

Morel dejó el bolígrafo y lo miró con el cansancio de una profesora que acababa de descubrir que el alumno difícil era, por desgracia, demasiado inteligente para despacharlo deprisa.

—Patrick, no quiero lecciones sobre casinos. Quiero saber si la gente de Martin tendrá que presentarse físicamente en sus establecimientos, hablar con su personal o dejar rastros que nos ayuden a identificarlos.

Fue entonces cuando comprendió qué veía ella en la propuesta.

No el dinero.

Las personas.

Patrick le dijo que era posible, pero no seguro, y Morel empezó a preguntar quién podía acudir, quién tenía autoridad para hablar de cantidades, quién coordinaba los movimientos y con qué frecuencia delegaba Lucas.

Patrick respondió algunas preguntas, ignoraba otras y, cuando intentó rellenar un hueco con una suposición, Morel lo detuvo.

—¿Lo sabe o lo cree?

—Lo creo con un grado razonable de seguridad.

—Eso significa que no lo sabe.

—En el mundo real existen las probabilidades.

—En mi expediente hay una diferencia entre lo que usted vio y lo que dedujo. No me obligue a adivinar cuál es cuál.

Patrick le dijo que era un placer trabajar con ella.

Morel respondió que no era necesario que el sentimiento fuera mutuo.

—Cada vez me cae peor —dijo Christian.

Patrick lo observó con sorpresa.

—¿La has conocido alguna vez?

—No.

—Entonces quizá te caería bien. La gente se comporta mejor contigo.

—No todo el mundo.

Patrick estuvo tentado de preguntar en quién estaba pensando, pero Christian volvió inmediatamente al asunto y preguntó quién de la dirección del casino conocía la operación.

—Aquí es donde se complica —dijo Patrick—. Porque no podía hacerlo todo yo y tampoco podía contarle la verdad a todo el mundo.

—¿Cuántos?

—Depende de lo que signifique «sabían».

—¿Cuántos sabían que el dinero era de Lucas?

Patrick contó mentalmente a las personas, pero uno de los nombres dejó de parecerle tan seguro como había creído.

—Cuatro con seguridad. Quizá cinco.

Christian alzó los ojos.

—¿Quizá?

—Uno de los directores no debía conocer el origen, pero no era estúpido. Si ves durante dos meses a los mismos intermediarios y las mismas peticiones, empiezas a atar cabos.

—¿Nombres?

Patrick le dio los nombres de los cuatro y explicó brevemente sus funciones. Christian no hizo ningún gesto teatral para memorizarlos; pidió una hoja de papel, encontró en la mesa el reverso de una factura antigua y los anotó. Su letra era más pequeña de lo que Patrick recordaba y algo más rígida.

—¿Quién sabía que trabajabas con la policía?

—Ninguno.

—¿Nadie?

—Christian, si se lo hubiera contado, no habría sido un informante; habría estado organizando visitas guiadas a la cárcel.

—¿Morel?

—Ella lo sabía.

—Además de Morel.

Patrick vaciló.

—Mi abogado sabía que había cooperación, no todos los detalles. Por parte de ellos, no sé exactamente quién tenía la imagen completa, y no creo que me lo hubieran contado aunque lo hubiese pedido amablemente.

Christian trazó una línea bajo los cuatro nombres.

—Entonces tu gente creía que estaba ayudando a blanquear el dinero de Lucas.

Patrick sintió llegar la irritación antes de decidir si estaba justificada.

—Sí, porque eso era lo que estaban haciendo.

—Y los dejaste expuestos.

—No tenía la opción de explicárselo.

—No he dicho que la tuvieras.

—Pero lo has dicho de esa manera.

Christian levantó la vista de la hoja.

—Tampoco sé qué significa «de esa manera» esta vez.

Patrick abrió la boca y volvió a cerrarla. Al cabo de unos segundos se frotó la nuca y miró hacia la ventana.

—Vale. Quizá lo oigo porque me siento culpable.

Christian tampoco lo alivió esta vez con una negación.

—Es posible.

—Maravilloso. Dieciocho años en un monasterio y todavía no has aprendido cuándo se supone que debes mentir para consolar a tu familia.

—No creo que eso estuviera en el programa.

Patrick resopló y, a pesar de sí mismo, sintió que parte de la tensión abandonaba sus hombros.