Una palabra dada CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

Dentro, la temperatura descendía bruscamente y el olor cambiaba: piedra húmeda, madera, metal y vino.

Modernos depósitos de acero inoxidable ocupaban parte de un espacio donde, siglos atrás, los monjes habían trabajado con barriles que hoy no aprobaría ningún inspector.

Maurice pasó entre los depósitos, comprobó dos etiquetas y se detuvo ante el registro de producción.

Un hermano le entregó una hoja.

—Esta es la estimación definitiva.

Maurice la leyó de pie.

—¿Definitiva desde cuándo?

—Desde esta mañana.

—Ayer había casi cuatrocientos litros más.

—Ayer estaba mal.

Maurice alzó los ojos.

—¿Por qué?

—Incluí el lote que vamos a reservar para la tienda.

—Entonces la estimación de ayer era otra.

El hermano se encogió de hombros.

—El resultado es el mismo.

—Para mí no.

Sacó el lápiz.

Las cantidades disponibles para el contrato que estaban negociando eran suficientes, pero el margen se había reducido.

No tanto como para poner en peligro la entrega, aunque sí lo bastante para que Maurice repasara mentalmente varias cifras que había repetido tantas veces durante las últimas semanas que a veces se le aparecían cuando estaba a punto de dormirse.

Novecientos mil euros.

Ni beneficios. Ni salvación. Ni riqueza.

Un respiro.

Si el acuerdo salía adelante en las condiciones que habían hablado, podrían cubrir las obligaciones urgentes, impedir que siguieran acumulándose recargos y mantener el trabajo en marcha sin tener que elegir cada mes entre dos cosas que necesitaban pagarse por igual.

El tejado podía esperar un poco; el fresco, no.

La tubería podía repararse como era debido, pero solo si el muro oeste no requería una intervención inmediata.

La furgoneta podría tener su neumático nuevo antes del invierno, siempre que para entonces ninguna otra cosa decidiera estropearse.

Dobló la hoja y la guardó en la carpeta.

—Los compradores vienen a las dos.

—Lo sé.

—Quiero que a la una se vuelva a comprobar el inventario.

El hermano no pareció entusiasmado.

—Lo comprobé ayer.

—Y ayer teníamos cuatrocientos litros más.

—De acuerdo —dijo el hermano—. Lo comprobaré.

Maurice le dio las gracias y subió hacia el edificio administrativo.

Su despacho ocupaba una estancia que había servido para otros fines a lo largo de los siglos y que no había sido concebida para archivadores, impresoras y cables.

Bajo una ventana estrecha había un pesado escritorio de madera.

A su lado habían encajado una mesa moderna para el ordenador, dos teléfonos y una impresora que solo funcionaba cuando le daba la gana.

En la pared izquierda se alzaban estanterías llenas de antiguos libros de cuentas; enfrente, dentro de un armario metálico, estaban las facturas actuales, mucho menos hermosas y bastante más insistentes.

Maurice dejó la carpeta y abrió el expediente financiero.

Estaba a punto de cumplir cincuenta y ocho años, y la luz de la ventana destacaba las canas de su pelo cortado al ras y las arrugas de las comisuras de los ojos.

El hábito ocultaba casi todo su cuerpo, pero no su manera de moverse: sin prisas innecesarias, sin esa lentitud ceremonial que algunos visitantes atribuían a los monjes, economizando los gestos más por costumbre que por deseo de parecer tranquilo.

Sacó las facturas y las distribuyó en tres montones.

Las que había que pagar.

Las que podían esperar.

Las que tenía que averiguar si podían esperar.

El tercer montón se había convertido en el más grande.

El teléfono sonó antes de que terminara.

—¿Sí?

La voz del contable le pidió el número de una factura. Maurice lo encontró y siguió una conversación sobre un pago atrasado, una subvención que aún no había llegado y el dinero que debían a la empresa que había trabajado en el tejado de la galería norte.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—¿Oficialmente?

—Lo oficial me da igual.

—Entonces quizá dos semanas. Tres, si el hombre tiene paciencia.

—¿La tiene?

Hubo silencio al otro lado.

—No mucha.

Maurice acercó la factura.

—El viernes pagaremos una parte.

—¿Con qué?

La pregunta lo irritó porque era buena.

—Te lo diré después de la reunión de hoy.

—Maurice, una reunión no es un contrato.

—Lo sé.

—Y un contrato no significa que mañana haya dinero en la cuenta.

—Eso también lo sé.

El contable volvió a guardar silencio.

—De acuerdo. Llámame después.

Maurice colgó y mantuvo la mano sobre el teléfono unos segundos. Luego acercó la siguiente factura.

A mediodía comieron sopa, pan y verduras.

A los tres trabajadores de la empresa constructora les sirvieron tortillas después de que el cocinero descubriera, con una satisfacción que no hizo el menor esfuerzo por disimular, que uno de ellos no comía lentejas.

Maurice se sentó cerca de un extremo de la mesa, escuchó la lectura durante la comida y terminó su ración sin darse cuenta hasta casi el final de que la sopa se había enfriado.

Después de las oraciones, los trabajadores lo detuvieron en el patio.

El problema del muro era peor de lo que había esperado y mejor de lo que había temido.

La explicación duró casi diez minutos. Maurice preguntó por el drenaje, las juntas de mortero, la piedra y los costes hasta que el mayor de los trabajadores empezó a mirarlo con cierta sorpresa.

—¿Ha trabajado antes en la construcción?

—No.

—Parece que sabe bastante.

Maurice miró el muro.

—He pagado bastante.

La estimación preliminar era de setenta y dos mil euros si las obras comenzaban antes de que avanzara el deterioro. Más adelante podía ser mucho más.

—¿Cuánto más adelante?

—¿Un año? ¿Dos? No puedo asegurárselo. Si viene un invierno malo, quizá antes.

Maurice anotó la cantidad.

Los setenta y dos mil se sumaron a los doscientos diecisiete de la furgoneta, a la factura del tejado, a la tubería de la cocina y a todas las demás cifras; por un instante, la imagen de los novecientos mil euros adquirió tal concreción que casi le resultó desagradable.

—Envíeme el informe por escrito.

—Para el lunes.

—Mañana.

El hombre se echó a reír, convencido de que bromeaba, y luego reparó en que Maurice seguía mirándolo.

—Puedo intentar tenerlo mañana por la tarde.

—Gracias.

A la una y media, el ritmo del monasterio había cambiado de forma casi imperceptible.

Los visitantes de la mañana se habían marchado, la tienda junto a la entrada seguía abierta y, en la sala preparada para la reunión, habían dispuesto copas, agua, varias muestras y los documentos necesarios.

Maurice revisó la mesa, vio que faltaba una copia de la ficha técnica y mandó a alguien a buscarla.

No le gustaba negociar con prisas ni entrar en una sala sin saber exactamente qué podía prometer.

Durante las últimas semanas había rehecho los cálculos varias veces, hablado con la gente de la bodega, comprobado la capacidad de embotellado y transporte, pedido confirmación de los plazos y se había negado a incluir en la oferta cantidades que solo podrían producir en un año perfecto.

Un año perfecto era una unidad de medida inútil.

A la una y cincuenta bajó otra vez al patio.

Un grupo de turistas fotografiaba los arcos mientras el guía explicaba algo sobre la restauración de la fachada.

En el huerto, alguien había conseguido poner en marcha la bomba que se había negado a funcionar por la mañana.

Del taller llegaba el motor de la Renault.

Arrancó mal, tosió dos veces y luego se estabilizó en un ralentí irregular.

Maurice aminoró el paso.

El mecánico apareció en la puerta y levantó el pulgar.

Maurice señaló el motor.

—No suena bien.

—Suena.

—Suena mal.

—Pero funciona.

—No es lo mismo.

—En una furgoneta de esta edad, casi.

Maurice habría contestado, pero se abrió el portón principal.

Un coche oscuro entró despacio en el patio exterior y se detuvo en la zona reservada a los visitantes.

Bajaron tres personas, dos mujeres y un hombre, vestidos para una reunión de negocios, aunque con el cuidado suficiente para no desentonar en un monasterio.

Uno de los hermanos de administración salió a recibirlos.

Maurice miró el reloj.

Faltaban tres minutos para las dos.

Miró una vez hacia el edificio de la bodega y después hacia el muro oeste, donde los tres trabajadores recogían las herramientas.

Todo lo que había visto aquel día pareció existir a la vez: el tobillo hinchado en el viñedo, la pieza de la furgoneta, los cuatrocientos litros que habían desaparecido de una estimación, la factura del tejado, la tubería de la cocina, la piedra que necesitaba reparación antes de otro invierno y las cifras del expediente sobre su escritorio.

El monasterio había tenido problemas de dinero antes y probablemente volvería a tenerlos.

La comunidad había sobrevivido a guerras, cambios de régimen, confiscaciones, abandono y épocas en las que apenas quedaban unos pocos ancianos en las celdas.

Maurice conocía la historia. El banco, los proveedores y las empresas constructoras, sin embargo, no tenían obligación alguna de esperar otro año solo porque aquellos muros llevaran siglos en pie.

Se alisó la manga del hábito y subió los escalones.

El hermano de administración lo alcanzó.

—Ya están los tres. Quieren ver la bodega después de hablar.

—Bien.

—Han preguntado si podemos garantizar la cantidad de la oferta.

Maurice siguió andando.

—Podemos.

—¿Incluso después de la corrección de hoy?

Al llegar al final del pasillo, hizo una pausa.

—Sí. Pero no les prometemos nada por encima de la cantidad que figura por escrito.

—Puede que lo pidan.

—Puede.

El hermano lo miró un momento.

—¿Y si insisten?

Maurice abrió la carpeta, comprobó una vez más la hoja con las cifras definitivas y la cerró.

—Entonces les decimos que no.

—¿Por novecientos mil?

Maurice miró hacia la puerta de la sala de reuniones, al otro lado de la cual se oían las voces de los tres visitantes.

—Sobre todo por novecientos mil.

Puso la mano en el picaporte y entró.