Una palabra dada CAPÍTULO 1
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Una palabra dada

Una palabra dada

Por Norbert Gal

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CAPÍTULO 1

ORDEN

Cuando el sol terminó de rebasar el muro oriental y se derramó por el patio interior, la piedra del monasterio aún conservaba el frío de la noche.

Las sombras bajo los arcos se retiraban despacio de las losas, pulidas por el paso de los pies, dejando manchas irregulares de luz donde el polvo levantado por las escobas de los hermanos quedaba suspendido un instante antes de desaparecer.

De la cocina llegaba el olor del pan en el horno y de las cebollas puestas al fuego; del taller, a intervalos desiguales, el estrépito metálico de una llave que caía sobre el cemento.

Más allá, detrás de los edificios bajos que cerraban el patio por el sur, el viñedo ascendía por la suave pendiente en hileras que nunca habían sido todo lo rectas que al hermano Maurice le habría gustado.

Se detuvo bajo el arco y miró hacia el campanario.

La campana había sonado hacía casi veinte minutos, lo que significaba que el hermano destinado al viñedo llevaba ya un retraso que no podía achacarse a una herramienta olvidada ni a una conversación durante el desayuno que se hubiera alargado más de la cuenta.

Maurice se acomodó bajo el brazo la carpeta de cartón y cruzó el patio sin apresurarse, saludando con un gesto a dos hermanos que llevaban cajas vacías hacia la cocina en sendos carros.

—¿Habéis visto al hermano que tenía que ir a la parcela de arriba?

Uno de ellos detuvo el carro y se lo pensó antes de contestar.

—En la enfermería, creo. Esta mañana cojeaba.

—¿Lo crees o lo has visto?

—Lo he visto cojear. En la enfermería no.

Maurice asintió, más satisfecho por la corrección que por la información.

—Bien. Seguid.

En el taller, la Renault Trafic del monasterio estaba con el capó levantado y la rueda delantera derecha desmontada, apoyada sobre dos borriquetas que inspiraban menos confianza a Maurice que al hermano tumbado de espaldas debajo de la furgoneta.

Un par de piernas sobresalían casi hasta la puerta.

A su lado había llaves, trapos, un bidón y una caja de tornillos que alguien había dejado justo donde más fácil era darle una patada.

Maurice apartó la caja con la punta de la sandalia.

—¿Has pedido la pieza?

Desde debajo de la furgoneta llegó un suspiro.

—Buenos días a ti también.

—Nos hemos visto en las oraciones.

—Eso no significa que no podamos darnos los buenos días.

Maurice se inclinó un poco, intentando sin éxito verle la cara.

—Buenos días. ¿Has pedido la pieza?

—Sí.

—¿Cuál?

Los pies dejaron de moverse.

—La que necesito.

—Entonces supongo que sabes cuánto cuesta.

El hermano salió despacio de debajo de la furgoneta, con el pelo gris pegado a la frente y una mancha negra de grasa cruzándole una mejilla.

Era mayor que Maurice y consideraba la mecánica del automóvil una disciplina en la que la autoridad espiritual de cualquier otra persona terminaba en la puerta del taller.

—Ciento ochenta y siete.

Maurice le mantuvo la mirada.

—¿Con el envío?

—No.

—Entonces no cuesta ciento ochenta y siete.

—Maurice, si quieres que sigamos teniendo furgoneta…

—Quiero.

—Entonces déjame arreglarla.

—Te estoy dejando. Precisamente por eso te pregunto cuánto cuesta.

El viejo mecánico se limpió las manos con el trapo sin conseguir quitarse gran cosa y señaló con la barbilla la mesa del fondo.

—Doscientos diecisiete con el envío. Quizá doscientos veinte y pico si el proveedor cambia la tarifa. Lo he apuntado ahí.

—Eso es lo que quería saber.

—Podrías haberlo preguntado así desde el principio.

Maurice abrió la carpeta, encontró la hoja que buscaba y anotó la cantidad con un lápiz gastado.

—Eso he hecho.

Antes de que llegara a la puerta, el hermano lo llamó.

—Y hay que cambiar el neumático trasero antes del invierno.

Maurice se volvió.

—Estamos en abril.

—Precisamente por eso te lo digo ahora.

—Apúntamelo.

—Te lo estoy diciendo.

—Si me lo dices, se me olvidará.

El anciano sonrió.

—¿A ti?

Maurice bajó la vista hacia la carpeta, de la que sobresalían torcidas dos hojas.

—Sí. A mí.

Fuera, el sol había alcanzado la fuente y el calor creciente arrancaba de la piedra ese olor mineral que Maurice solo advertía después de la lluvia o cuando regresaba al monasterio tras pasar varios días fuera.

Llevaba allí casi dieciocho años y conocía los edificios no por su belleza, sino por las cosas que se estropeaban.

Había que rejuntar el muro norte en dos puntos.

El tejado sobre el antiguo dormitorio común tenía goteras cuando llovía con fuerza.

Una de las ventanas de la biblioteca no cerraba bien.

La tubería que abastecía la cocina había recibido tres reparaciones provisionales, lo que, a su juicio, convertía la palabra provisional en una forma de optimismo.

Sobre el papel, el conjunto tenía mejor aspecto.

Los folletos para los visitantes mostraban las murallas medievales, el arco del antiguo claustro, el fresco restaurado de la capilla lateral y las casi nueve hectáreas de viñedo que descendían hacia el valle.

No mostraban los cubos colocados bajo las goteras, las facturas de electricidad, el seguro de la furgoneta, los sueldos de los tres empleados seglares, el coste de los tratamientos de los cultivos, el gasóleo del tractor ni los doscientos diecisiete euros que acababa de añadir a una lista que no necesitaba ayuda para crecer.

Atravesó el pasadizo hasta la cocina, donde lo recibió el calor.

Dos ollas grandes hervían a fuego lento sobre los fogones, las hogazas recién sacadas del horno se enfriaban en rejillas y un hermano joven cortaba zanahorias con una concentración exagerada, como si cada trozo tuviera que pasar una inspección.

Maurice levantó una tapa.

—No.

El cocinero, que trabajaba en la otra mesa, lo miró.

—¿No qué?

—No hay suficiente.

—Sí que hay.

—¿Cuántos somos para comer?

—Veintiséis.

—Veintinueve.

El cuchillo del hermano joven se detuvo.

—¿Quién viene?

—Tres hombres de la empresa que está inspeccionando el muro oeste.

El cocinero miró dentro de la olla y luego a Maurice.

—No me lo habías dicho.

Maurice mantuvo la mano sobre la tapa.

Recordó que había tenido intención de decírselo después de las oraciones de la mañana, pero lo había detenido el problema con la bomba del huerto y, después, una llamada de contabilidad.

—No te lo había dicho.

—No.

—Creía que sí.

—Pues no.

Maurice volvió a poner la tapa.

—Entonces ha sido culpa mía.

El cocinero cruzó los brazos, casi decepcionado de que la discusión hubiera terminado tan pronto.

—¿Y qué esperas que haga?

Maurice miró hacia las estanterías de la despensa.

—¿Quedan lentejas?

—Sí, pero no están cocidas.

—¿Huevos?

—De sobra.

—Entonces hazles tortillas a los tres.

—¿Y si no comen huevos?

—Pregúntales.

—¿Cuándo?

Maurice miró el reloj.

—Dentro de veinte minutos, cuando lleguen.

El cocinero negó con la cabeza y volvió a la mesa.

—La próxima vez, me lo dices.

—La próxima vez, lo apuntaré.

El hermano joven volvió a las zanahorias intentando ocultar una sonrisa, y Maurice salió antes de que le diera tiempo a preguntarle qué le hacía tanta gracia.

El camino hacia el viñedo pasaba junto al huerto, donde dos figuras encorvadas ataban plantas jóvenes a tutores; luego descendía unos metros antes de subir hacia las parcelas recuperadas en los últimos años.

Cuando Maurice llegó por primera vez al monasterio, parte de aquellas tierras pertenecían a la comunidad solo en documentos antiguos y en la memoria de unos pocos monjes.

Los límites habían ido desplazándose poco a poco, los contratos se habían interpretado en beneficio de otros y parcelas que habían alimentado al monasterio durante generaciones habían pasado, a fuerza de escrituras y firmas sucesivas, a manos de personas convencidas de que nadie volvería a comprobar nada.

Maurice lo había comprobado.

No solo, y tampoco deprisa. Habían hecho falta archivos, abogados, registros de la propiedad, reuniones en ayuntamientos, meses de correspondencia y varias conversaciones en las que quienes se sentaban al otro lado de la mesa se habían vuelto extraordinariamente corteses en cuanto comprendieron que el monasterio no iba a rendirse.

Recuperar las tierras había llevado años, y la primera cosecha lo bastante grande como para marcar una diferencia había llegado mucho después de lo que esperaban.

Ahora las hileras de vides estaban allí, reales y caras.

Encontró al hombre que buscaba en el borde de la parcela inferior, no en la enfermería. Estaba sentado en una silla de plástico, con la pernera del pantalón subida por debajo de la rodilla y el tobillo hinchado.

Maurice se acercó.

—¿Por qué no estás en la enfermería?

—Porque no estoy enfermo.

—No te he preguntado si estás enfermo.

—He pisado mal.

—Ya lo veo.

—Puedo trabajar.

Maurice miró el tobillo y luego la pendiente que el hombre habría tenido que subir decenas de veces antes del mediodía.

—Hoy no.

—Tenemos que terminar las hileras.

—Lo sé.

—Si perdemos el día…

—No vamos a perder el día.

Maurice se volvió hacia los otros dos hermanos, unos metros más arriba, y los llamó.

Les indicó que trasladaran a uno de los hombres a la parcela que llevaba retraso; luego calculó rápidamente qué trabajos del huerto podían aplazarse sin consecuencias y mandó avisar a otro hermano para que acudiera después de comer.

El hombre del tobillo hinchado lo miraba con disgusto.

—¿Y yo?

—Tú vas a la enfermería.

—Puedo quedarme sentado aquí atando.

—Puedes, pero no lo vas a hacer.

—Maurice…

—Si mañana no puedes apoyar el pie, perderemos más de un día.

El hombre masculló algo que Maurice no oyó, o decidió no oír.

—Coge el carrito eléctrico.

—Es para los visitantes.

—Hoy es para ti.

—Puedo andar.

Maurice volvió a mirar el tobillo.

—Acabamos de establecer que no.

Lo dejó protestando y siguió hacia la bodega.