Una noche de bodas muy canalla 2. Elle #2
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2. Elle #2

—¿Crees que yo tendré eso algún día? —le pregunté en voz baja, como si alguien pudiera oírnos—. Ya sabes, lo que tienen ellos. Cómo se miraban allí arriba en el altar…

Ash pareció considerarlo.

—¿Crees que yo lo tendré? —contraatacó.

—No lo sé. ¿Tú quieres eso?

Se encogió de hombros y me dedicó una especie de sonrisa. Esa sonrisa letal de soy-un-vocalista-increíblemente-bueno-y-sin-una-preocupación-en-el-mundo.

—No lo sé.

Asentí, como si lo entendiera. Pero la verdad es que no. Luego confesé:

—Yo sí.

—Entonces lo tendrás.

Probablemente tenía razón. Sabía que la tenía.

Pero ahora mismo, simplemente no podía sentirlo.

—Mira —dijo—, yo no tengo ni idea de esa mierda de plantarse ante el altar, Elle. Las bodas no son lo mío. Pero sí sé un par de cosas sobre mujeres y hombres en la cama.

—No me digas.

—Y a ti te llevaría a la cama antes que a Katie sin pensármelo, cualquier día de la semana.

No quería sentirme halagada por eso, pero…

—¿No es tu tipo?

—Ni de lejos.

—Dices eso porque está con Jesse y no está disponible de todas formas.

—Lo digo porque es verdad.

Puede. Pero aunque lo dijera en serio, solo estaba flirteando. Lo sabía. Y como todas las demás veces que lo había hecho, sabía que no podía tomármelo en serio.

No podía tomármelo a él en serio.

No quería nada más con Ash que amistad. Una estrella del rock alta, morena y complicada ya era suficiente para mí. Nada más de guitarristas; me lo había prometido a mí misma después de la ruptura con Jesse.

Y Ash no era solo guitarrista principal. Era cantante principal, lo cual era peor.

Doble de ego.

Doble de drama.

No lo que necesitaba en mi vida.

Lo que necesitaba, probablemente, era un contable.

Alguien lógico y fiable y predecible, sin un solo tatuaje, que no supiera tocar un instrumento musical ni para salvar la vida, que nunca hubiera estado de gira, nunca hubiera pisado un escenario, nunca hubiera tenido manadas de groupies suplicando por follárselo —y jodiéndole la cabeza.

Un tío normal, con una vida normal.

Sí. Probablemente por ahí iba mi vida amorosa, si tenía algo de sentido común.

Pero un poco de flirteo por el camino… sentaba bien.

Podía admitírmelo. Ash estaba increíblemente bueno, y sí, había tenido más que su ración de mujeres, pero ahora mismo solo tenía ojos para mí.

Quizá solo fuera durante unos minutos en mitad de la noche, cuando no había nadie más compitiendo por su atención, pero me quedaba con sus cumplidos.

—Gracias por decir eso. No debería gustarme, pero me gusta.

—Para eso lo digo —dijo, sin dejar de mirarme. Sin dejar de flirtear.

—Sí —dije, dando un sorbo a mi cerveza—. Supongo que hacía mucho que no oía suficiente de eso.

Se rio. Sus dientes eran blancos contra su piel a la luz de la luna, y se le iluminó la cara. Se le arrugaron los ojos en las comisuras. Y, joder…

¿Ash sentado sin más, con ese aire inquieto y atormentado? Guapísimo.

¿Pero Ash riéndose? Devastador.

—Veeenga —bromeó—. Me estás vacilando, ¿no?

Ojalá. —No.

—Imposible. Eres Elle Delacroix, joder. Como si no te lo dijeran todos los días. Gente diciéndote lo buena que estás.

—Pero es diferente. —Me encogí de hombros—. Diferente viniendo de un hombre. Ya sabes, un hombre… —Me quedé ahí, sin saber cómo terminar. Sin estar segura de querer hacerlo.

—Un hombre que quiere follarte —terminó por mí. Nuestras miradas se cruzaron—. De esos también debes de oír a diario.

Ojalá.

—Te sorprenderías —confesé—. Últimamente no dejo que los hombres se acerquen mucho. Ya sabes, puedo pasar días enteros sin hablar con nadie. Hacer que Joanie me filtre las llamadas. Encerrarme en algún sitio y aislarme de todo el mundo. Es un poco… patético.

Era verdad. Y lo había hecho, bastantes veces; que mi asistente filtrara a fondo mis llamadas personales, correos, todo.

—Ya —dijo, como si no me creyera—. Así que es verdad eso de que las chicas más buenas se quedan solas en casa el viernes por la noche.

—Qué quieres que te diga. Te sorprendería lo sola que se está en la cima. —Lo dije como si no fuera gran cosa. Pero en realidad, era lo más grande.

Sabía que seguía teniendo mi banda, mi carrera, mi familia y mis amigos. Probablemente siempre los tendría. Incluso seguía teniendo a Jesse, como compañero de banda.

Pero nunca me había sentido más sola, más aislada, que cuando cortó conmigo.

—No me sorprendería nada —dijo Ash.

Sacó un porro nuevo y lo encendió. Me lo ofreció, pero lo aparté con la mano.

No me apetecía fumar. El alcohol que había bebido esta noche ya era bastante malo; temía que, con esta boda, estuviera al borde de algún tipo de depresión profunda, fea y sin fondo, y las drogas difícilmente iban a ayudar.

Ash le dio una calada, mirándome.

—Joanie siempre me pasa mis llamadas —dijo después de un momento.

—Sí —admití—. Lo hace.

—¿Y eso por qué?

—Porque… —Me detuve ahí. Porque me gusta hablar contigo no parecía lo más apropiado. Sonaba demasiado a devolverle el flirteo, o a darle luz verde para meterme mano—. Porque eres mi amigo.

—Zane también lo es —contraatacó—. Apuesto a que a él le has filtrado las llamadas unas cuantas veces.

—Puede —admití—. Alguna que otra vez, a lo largo de los años.

—¿Y Jesse? —preguntó—. ¿Le coges todas las llamadas últimamente?

—La mayoría —murmuré dentro de mi cerveza.

—Ajá. Entonces, ¿por qué me coges las mías?

—Porque… Tú nunca me haces sentir mal conmigo misma por estar tan… jodidamente rota.

Porque hablar contigo siempre me hace sentir mejor.

Esa era toda la verdad, pero eso tampoco lo dije.

—¿Y ahora? —insistió—. ¿Te arrepientes de haberme dejado meterme aquí contigo?

—Las termas no tienen puerta, que yo sepa —dije con sequedad—. No es que pudiera impedírtelo exactamente.

—Claro que podrías. Quieres que me vaya, solo tienes que decirlo.

No dije nada.

Y el agua pareció calentarse varios grados más con la mirada que me lanzó.

Madre mía…

Ni siquiera estaba segura de qué pensar sobre el hecho de que los ojos de sexo de mi amigo me estuvieran golpeando tan fuerte entre las piernas.

Pero desde luego no los estaba ignorando como hacía normalmente.

—¿Cómo es que ningún hombre te ha dicho últimamente que quiere follarte? —preguntó.

Lo consideré. Consideré hasta dónde quería llevar esa respuesta.

Pero estaba empezando a sentirme un poco atrevida aquí.

Disfrutando del flirteo de Ash un poco demasiado.

Porque me estaba haciendo sentir algo que no había sentido en mucho tiempo.

Que no me había permitido sentir, quizá, desde que Jesse me rechazó.

Deseada.

—No lo sé. A lo mejor lo hicieron y yo simplemente no escuchaba.

—Eso suena muchísimo más probable —dijo.

Entonces decidí hacer una confesión atrevida, que definitivamente entraba en el terreno del exceso de información.

—No he estado con nadie desde Jesse.

Ash me miró fijamente. El porro se detuvo a medio camino de su boca.

—¿Con nadie?

—No.

—Pero… cortasteis en, qué, ¿marzo?

—Abril —dije.

Lo que significaba que llevaba exactamente nueve meses sin nada.

Bueno, en realidad… habían sido unos diez meses. Porque esas últimas semanas entre Jesse y yo no fueron buenas. Y apenas me había tocado.

Me encogí al recordar aquello tan horrible. Como hacía cada vez que recordaba lo mal que se pusieron las cosas entre nosotros hacia el final. Lo rápido que pasé de estar en una nube a aterrorizada de que me fuera a dejar.

Nunca había temido perder a nadie ni nada tanto. Y nunca había estado tan destrozada por una pérdida. Era como intentar superar una muerte; así de doloroso. Y así de casi imposible.

Ash seguía mirándome, y de repente me sentí incómoda exponiendo mi absoluta falta de vida sexual ante él, una estrella del rock. Una estrella del rock guapísima y sexualmente promiscua.

En otras palabras, un tío que probablemente follaba a los pocos minutos, si no segundos, de cualquier momento en que le apeteciera.

—¿Y todos los tíos con los que te veo? —preguntó—. Todo el puñetero rato. Tienes, como, un harén de tíos revoloteando a tu alrededor vayas donde vayas.

—Claro. Se llaman escoltas. Y roadies. Y publicistas, y entrenadores personales, y masajistas…

—Y fans cachondos —concluyó, claramente sin tragarse mis excusas.

Me encogí de hombros.

—No lo sé. Supongo que nunca cierro el trato. —Di un sorbo a mi cerveza, tragándome la verdad del asunto—. Paso de ellos, o hago que Jude o alguien lo haga por mí.

—Vaya. —Pareció ir digiriendo aquello, poco a poco—. Bueno, sabes que podrías arreglarlo cuando quisieras, ¿no? Al menos tienes opciones.

—Puede que no quiera opciones —dije, y la verdad de eso era dolorosa.

Vergonzosa.

Porque aunque sabía que no debería, aunque era una gilipollez y era doloroso y masoquista y él estaba total y jodidamente pillado por otra, había una parte de mí que todavía se agarraba.

Una parte realmente estúpida de mí, que no había recibido el mensaje aún.

Que simplemente no podía jodidamente procesar el hecho de que mi oportunidad con Jesse Mayes había pasado, y que nunca volvería a ser mío.

Que nunca fue realmente mío.

Porque nunca me quiso de esa manera.

De la manera en que yo le quise.

—Entonces… —dijo Ash—. Ya no le quieres, pero le sigues deseando. ¿Es eso?

Esperó, mirándome, hasta que pude obligarme a contestar.

—¿Eso me hace patética? —pregunté, con la voz pequeña en la noche, rindiéndome al hecho—. Por favor, dime que soy jodidamente patética. Puede que me ayude a espabilar de una vez por todas.

—No, Elle —dijo, con la voz baja e inusualmente seria. En realidad, estaba llena de compasión, y enronquecida por el más leve borde de envidia—. Te hace humana.