Una noche de bodas muy canalla 2. Elle
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2. Elle

ELLE

Bueno, mierda.

Ash nunca me había contado eso antes; que su madre le había dejado. No sabía los detalles. Solo sabía que ella no formaba parte de su vida.

Nunca había sido la clase de amigo que hablaba de esas cosas. Como muchos hombres que había conocido, tendía a huir de los temas emocionales. O a bromear sobre ellos.

Al menos, sobre sus propios temas emocionales.

Los míos… eran otra historia. Ash no se andaba con rodeos cuando se trataba de mis mierdas. Y resultó que era justo la clase de amigo que había necesitado este último año.

Alguien que pudiera mirarme a los ojos y tratarme como una persona normal y entera en vez de como una víctima desastrosa y rota.

Alguien divertido, que me hacía sonreír cuando ni siquiera recordaba cómo.

Alguien que mantenía la fiesta en marcha. Que mantenía la vida en marcha.

Que se tomaba la molestia de prepararme una tarta de chocolate de cinco pisos con crema pastelera en el centro y cerezas por encima.

No porque yo fuera una superfan de la tarta de chocolate, sino porque sabía que apreciaría la fiesta sorpresa que organizó con ella, con solo unas pocas de las personas más importantes de mi vida presentes, y que ellos —mis amigos y mi familia— sí disfrutarían la tarta.

Que les haría felices, lo cual significaba hacerme feliz a mí, en un momento en que casi había olvidado cómo ser feliz.

Cuando estaba tan absorta en otras cosas que casi había olvidado que era mi cumpleaños.

Esa clase de amigo.

Pero fue más o menos por esa fiesta cuando empecé a tener la sensación de que a Ash le gustaba como algo más que una amiga. Es decir, se hizo evidente que quería follarme.

Muy poco después de conocerle, Ashley, el legendario Player, fue y se echó novia.

Mi amiga Summer, de hecho. Entonces no era mi amiga.

No la conocía. Pero cuando mi banda conoció a la suya en un festival, hacía más de cinco años, y Dylan y Ash se hicieron amigos al instante, la banda de Ash, los Penny Pushers, se convirtió rápidamente en una presencia fija en nuestras giras.

Conocí a Summer a través de Ash, y ella y yo nos habíamos hecho muy buenas amigas con los años.

En algún momento, Ash y Summer cortaron. Él siguió a lo suyo. Yo entré y salí de unas cuantas relaciones.

Luego estuve con Jesse.

Luego Jesse cortó conmigo.

Y Ash me organizó una fiesta de cumpleaños increíble.

Y empecé a tener esa sensación cuando me miraba. Especialmente cuando estábamos solos.

La sensación que tenía ahora mismo.

—¿Cuándo se fue tu madre? —pregunté, con cuidado, medio esperando que se lo quitara de encima con una broma.

Pero se quedó mirando la noche mientras fumaba su porro y pareció pensarlo.

—Tenía trece años. Nunca fue la madre del año, ni siquiera cuando estaba —añadió con ligereza—. Así que no te sientas demasiado mal. Tengo una tía que es genial, así que todo se compensa.

—La tía Ginny —dije—. La recuerdo. ¿La de Montana?

—Colorado.

—Cierto.

Se hizo un silencio, no incómodo, aunque todavía podía sentir esa mirada que me lanzaba, incluso cuando no se la devolvía. Especialmente cuando no le miraba.

Imposible ignorar ese interés ardiente, abrasándome.

Ash era todo calor abrasador e intensidad atormentada, y aunque conocía su lado más ligero —su lado ridículo, el que Dylan sacaba de él más que nadie—, podía imaginar la clase de bestia en llamas que sería en la cama. Todo fibrado y definido y tatuado…

No es que me hubiera permitido recrearme realmente en esos pensamientos.

Era demasiado… raro. Era un amigo. Tantos de nuestros amigos eran amigos que él se sentía, extrañamente, como de la familia.

Aunque Jesse también se sentía como de la familia, y aun así me había enamorado de él.

Ash, sin embargo… simplemente no era mi tipo.

Excepto que, en cierto modo, sí lo era.

Le eché un vistazo a hurtadillas. Pelo negro azabache, cara preciosa.

Pómulos altos, nariz recta, todo ángulos cincelados y fascinantes, de esos en los que una chica podría perderse.

Cejas oscuras fruncidas sobre unos ojos azules, azulísimos.

Tatuajes visibles en los hombros, y cuerpo de surfista, aunque la mayor parte estaba escondida bajo el agua ahora mismo.

No es que no le hubiera echado un buen vistazo largo —o cien— antes. Era bastante espectacular, en lo que a cuerpos masculinos se refería.

Ashley Player era una belleza.

Así que quizá simplemente no tenía del todo claro por qué no me le había lanzado ya. O por qué no había dejado que se me lanzara él…

Aparte del hecho de que nunca me había parecido del todo correcto.

O quizá era porque no se había ganado su apellido, su nombre artístico —Player—, únicamente porque tocara la guitarra.

O quizá, solo quizá, era porque una pequeña parte de mí le estaba comparando con Jesse Mayes… y ningún varón humano vivo había alcanzado aún ese listón en mi cabeza.

Ya. Esa gilipollez.

—¿Te acuerdas de aquella vez en Colorado?

—preguntó, algo soñador, lo que significaba que la hierba probablemente se le estaba subiendo—.

En el jacuzzi. —Sus ojos ligeramente entornados me recorrieron la cara mientras hablaba—.

Estabas toda sofocada, como ahora, con ese bikini plateado tan sexy que tienes…

—Se perdió por ahí, y me incomodó un poco imaginar dónde tenía la cabeza—.

Estabas borrachísima —continuó— y feliz, y aquel pijo imbécil intentó ligarte.

No tenía ni idea de quién eras. Estaba fascinado con tu pelo platino y tu piercing en el ombligo.

Como si fueras una criatura exótica salida de sus sueños húmedos y no pudiera creerse que existieras de verdad.

—Si no recuerdo mal —dije con sequedad—, tú me emborrachaste.

—Me acordaba de aquella noche perfectamente, con demasiada claridad.

Ash y sus ideas brillantes. El tío podía competir con el mejor camarero, y decidió preparar Baileys casero.

Estaba tan bueno que cometí el error de beberme yo sola casi una jarra entera.

Estuve épicamente fatal al día siguiente—.

No recuerdo haberme sentido nunca tan asquerosa.

—Estabas hecha un desastre —convino—. Te perdiste buscando hielo y acabaste en mi habitación de hotel a medianoche.

—Me acuerdo.

—Te habría retenido allí, te habría arropado y te habría guardado para mí, si Jesse no hubiera venido a recogerte. —Me miró fijamente con esa mirada suya abrasadora, de cien grados—. Lo sabes, ¿no?

Sí, más o menos lo sabía.

También sabía que estaba flirteando conmigo, y no era esa clase de flirteo inofensivo que los amigos hacen a veces, que en realidad no significa nada.

Había calor detrás.

Y un desafío nada sutil.

En realidad, estaba siendo descaradamente seguro de sí mismo. Lo que significaba que estaba siendo su Ashley Player habitual, pero por alguna razón resultaba más halagador de lo normal. Más bienvenido.

Normalmente dejaba que los intentos de Ash de flirtear conmigo me resbalaran. Él los lanzaba, yo los ignoraba.

Esta vez, sonreí. Había que admitir que a Ash parecía importarle mucho hacerme sonreír.

Demasiado, quizá.

Pero ahora mismo, me lo quedaba. Porque ¿cuándo se había vuelto aceptable que yo pasara por la vida sin sonreír?

Sonreír era algo que solía hacer con facilidad, y a menudo.

¿Por qué no? Tenía una vida increíble. Tenía la banda, mi carrera.

Tenía la música. A diferencia de muchas otras estrellas del rock que conocía, también tenía una familia sólida.

Dos padres cariñosos, y crecí con dinero.

Nunca me faltó de nada en realidad, incluido el amor.

Pero luego estaba Jesse.

Y todo el mundo sabía cómo acabó aquello.

Le di un trago a mi cerveza e intenté sentirme agradecida por todo lo que tenía. Intenté sentirme, sentirme de verdad, en lo más profundo, feliz por Jesse y por el amor que había encontrado.

Pero igual que todas las demás veces que había intentado hacer eso desde que cortamos, y él conoció a Katie… simplemente no podía.

Sentí las lágrimas asomárseme a los ojos antes de poder evitarlo.

Y Ash dijo:

—Está bien seguir cabreada. Y dolida. Y jodidamente triste. O lo que coño sientas, Elle. Puede que nadie te lo haya dicho. Pero está bien.

—Summer me lo ha dicho —dije—. Y Jessa, y Maggie. Y ahora tú. Pero creo que todos los demás están esperando a poder soltar el aire cuando yo deje de sentir lo que siento, para que todos podamos volver a la vida normal.

—Pues que les den —dijo—. No hay «vida normal». La vida es lo que coño sea, ahora mismo. Y si es tú con el corazón roto sentada aquí conmigo bebiendo cerveza la noche de la boda de Jesse mientras él se folla a su novia en la cabaña, pues que así sea.

Sí. No era de los que se andaban con rodeos.

Pero eso me encantaba de Ash. La verdad era que estaba rodeada de pelotas, hombres y mujeres, todo el santo día. Prefería que la gente me dijera las cosas a la cara. Más que nunca desde que Jesse cortó conmigo y me dijo que, en realidad, nunca había sido del todo feliz conmigo.

Porque ¿quién necesitaba eso?

No quería estar en esa situación nunca más. Creyendo que las cosas eran algo que no eran en absoluto.

—Vale —dije, y levanté mi cerveza, sorbiendo las lágrimas a medio formar—. Brindo por mí y mi corazón roto. Y por Jesse y su novia.

Ash levantó lo que le quedaba de porro y lo chocó contra el cuello de mi botella de cerveza. Yo le di un trago y él le dio una calada.

—Se llama Katie —dijo, en el silencio que siguió.

—Ajá.

¿Cómo iba a olvidarlo? Su nombre era tan mono como el resto de ella. Y ahora su nombre era Katie Mayes. Así que no había manera de escapar de ello.

—Si usas su nombre, la humanizas, y se hace más difícil odiarla.

—Gracias por el consejo.

—Si necesitas alguno más —ofreció—, tengo unos cuantos.

—Lo tendré en cuenta.

Seguía mirándome. De hecho, no creo que hubiera apartado los ojos de mí más de una o dos veces desde que se metió conmigo en la poza.

Y ahora mismo, era más que halagador.

Pero aún no era suficiente.