1. Ash #3
Sus ojos se clavaron en mí y se suavizó un poco más, dejando por fin de estar cabreada conmigo.
—¿Quieres fumar? —ofrecí. Me puse de pie para coger uno, porque no podía estarme quieto. Una energía inquieta y frustrada me revolvía por dentro, retorciéndome las tripas.
Y poniéndome la polla dura.
Deseo. Estaba totalmente ciego de deseo por Elle. Por muy irritada que estuviera conmigo, a mi polla le daba igual.
Pero esto no era exactamente un descubrimiento nuevo.
—No, gracias —dijo, sin mirarme—. Solo una cerveza, si vas a salir.
Salté de la poza y cogí una cerveza de su bolso, la abrí y se la pasé; luego saqué un porro de una pitillera de mi cazadora, junto con un mechero.
Lo encendí y me quedé allí un momento, mirando la luna, inhalando el humo de la hierba y el aire helador, dejando que los pulmones me ardieran y se estremecieran mientras los músculos me temblaban de frío.
Dejando que la incomodidad de aquella otra mierda me atravesara.
Te gusta Dylan.
Le di otra calada, y a medida que la hierba hacía su efecto, me relajé.
Me puse el porro entre los labios y volví al agua, dejando la pitillera, con hierba de sobra, sobre una roca cercana.
Elle me miró cuando me hundí a su lado.
—Para que conste —dijo en voz baja—, y para que quede claro, y no tengas que preguntármelo nunca más, Jesse siempre me va a gustar.
—Me parece justo.
—Pero —añadió— ya no le quiero.
Ya.
—Bueno, a mí siempre me va a gustar Dylan.
—Se me escapó antes de estar seguro de querer decirlo en voz alta, pero aquí con Elle, ¿qué más daba?
Probablemente le contaría lo que quisiera saber, si preguntaba.
Y tampoco es que fuera información nueva—.
Pero como le digas algo, voy a tener que matarte. Lo sabes, ¿no?
—¿Crees que él no lo sabe? —dijo simplemente.
No contesté a eso.
—No es tonto, Ash.
—No quiero hablar de esto, Elle.
No quería. Admitirlo delante de ella era una cosa. No significaba que quisiera un debate abierto. Me la sudaba lo que Elle o cualquier otro pensara al respecto.
Se quedó callada. Y noté que se sentía un poco mal por haberlo sacado. Nunca lo había hecho antes, aunque evidentemente se había dado cuenta.
Quizá el mundo entero se había dado cuenta a estas alturas.
Me importaba un carajo.
Mientras no incomodara a Dylan y jodiera las cosas con el mejor amigo que había tenido nunca.
—Sabes que yo nunca diría nada —dijo Elle con un pequeño suspiro—.
Tú siempre te has portado de puta madre con mi mierda con Jesse.
—Me miró—. Todos los demás se ponen tensos y van de puntillas.
Incluso Dylan. Zane. «¿Cómo estás, cielo?
» Me hablan como si fuera una víctima de un accidente de coche recuperándose, demasiado despacio, en el hospital.
Como si solo pudieran acercarse a mí en el horario de visitas y hablar en voz baja.
Como si estuvieran esperando a que alguien apareciera mágicamente y les diera un parte sobre mi pronóstico.
—Las cosas pintan bien —dije, poniendo mi mejor voz de médico charlatán—. Ha superado esa última crisis de diarrea explosiva como una campeona. Es una luchadora.
Se le curvaron un poco los labios en una ligera sonrisa. La primera que le veía en toda la noche.
—¿Ves? A eso me refiero. No te asusta.
—¿El qué?
Se quedó callada un largo momento. Luego dijo:
—Mi corazón roto.
Me quedé mirándola, intentando procesar aquello. Lo jodidamente equivocada que estaba.
—Me da un canguelo tremendo, Elle —le dije—. Por eso hago bromas.
Y por alguna razón, eso la hizo sonreír.
—¿Cuándo te has convertido en tan buen amigo mío? —reflexionó, dando un sorbo a su cerveza. Sonó como una acusación.
—Quién sabe. —Le di una calada al porro—. Tú eres amiga de Dylan. Yo soy amigo de Dylan. Supongo que venía incluido en el pack.
—Ya. —Entrecerró los ojos mirándome—. Eres muy sigiloso con eso, ¿sabes? Un minuto, entro en mi camerino entre bastidores y te encuentro tirándote a un puñado de groupies sobre mi mesa de maquillaje… Asqueroso, por cierto.
Me encogí de hombros, como diciendo Gajes del oficio.
—Y al siguiente… me preparas una tarta de cinco pisos para mi cumpleaños.
—Culpable de los cargos.
Me estaba atravesando con esos ojos grises y fríos, pero a mí no me engañaba. Elle podía hacerse la reina de hielo todo lo que quisiera, pero yo sabía que por dentro era toda gatita cálida y blandita.
Solo había que saber cómo acariciarla a favor del pelo.
—Eres un espécimen muy desconcertante, Ashley Player.
—Ah, pero aburrir, no aburro jamás.
—Eso te lo concedo. Eres probablemente lo más alejado de aburrido que puedo imaginar.
Me lo tomé como un cumplido.
—Solo sigo el consejo de mi madre —dije, usando ese mismo humor que usaba para desviar todo lo que había estado a punto de hacerme daño—. «Hagas lo que hagas, no aburras nunca a las mujeres.»
Elle medio sonrió, pero pareció frenarse antes de comprometerse con algo parecido a una risa.
—Mentira. Tu madre nunca dijo eso.
—Sí que lo dijo. Justo antes de irse. —Le di una calada al porro y la miré a los ojos—. Resulta que las mujeres que se aburren se van.