1. Ash #2
—Vale —ofrecí, intentando mantener un tono ligero—, empiezo yo. Me gustan las chicas tímidas y virginales que se convierten en ninfómanas cuando me las llevo a la cama.
Bufó por lo bajo.
—Eso es mentira cochina, Ash.
—¿Sí? —la reté, impasible—. También me gustan los chicos tímidos y virginales que se convierten en ninfómanos cuando me los llevo a la cama.
—Eso es una mentira todavía más gorda.
—¿Por qué?
Miró al cielo y soltó un pequeño suspiro.
—Porque he visto a las chicas, y a los chicos, con los que te lías. —Empezaba a sonar realmente irritada. Aunque por qué mis preferencias de ligue la irritaban, ni idea.
Aparte de echarme un vistazo de vez en cuando cuando creía que yo no miraba, Elle nunca había expresado interés en liarse conmigo.
Pero estaba de un humor de perros. Necesitaba un saco de boxeo, podía desahogarse conmigo todo lo que quisiera. No me importaba.
—Dato verídico… —Me recosté contra las rocas, hundiéndome más en el agua—. Me gustan los feligreses a los que puedo corromper. Cuanto más virtuosos, mejor.
—Y una mierda.
—En realidad tengo debilidad por las monjas.
Negó con la cabeza.
—Eres una mentira con patas.
—Monjes…
Me lanzó una de sus miradas de ojos de acero. Del tipo que haría salir corriendo a cualquier hombre inferior, con el rabo entre las piernas.
—Lo digo en serio.
—No intentes colármela, Ashley Player —dijo—. Te gustan las chicas malas y los chicos malos. Cuanto peor, mejor.
Me encogí de hombros.
—Que me líe con ellos no significa que me gusten.
Por alguna razón, eso pareció sentarle mal. Prácticamente podía sentir la noche congelarse entre nosotros. Me habría sorprendido que el agua no se convirtiera en hielo.
—Te gusta la gente guapa y fiestera, Ash. Admítelo.
—Una vez tuve un lío con un cura —reflexioné, mientras ella resoplaba con fastidio—. Bueno, en realidad era un cura en formación, o algo así.
—Te gusta Dylan.
Sus palabras crepitaron en la noche, como un disparo salido de la nada.
No me lo esperaba.
Me miró fijamente, y yo le devolví la mirada.
Se hizo el silencio.
En realidad, me abofeteó.
Durante un momento largo e intensamente doloroso, no pude respirar.
No es que lo que había dicho me pillara por sorpresa, exactamente. Es que me sorprendía que lo dijera. Porque la verdad es que no era asunto suyo lo que yo sentía por Dylan. Era su batería y su amigo. Pero era mi mejor amigo.
Y no es que pudiera elegir lo que sentía por él.
Cuando recuperé la voz, dije, lo más tranquilo que pude:
—¿Cuándo va a dejar de gustarte Jesse? ¿Va a pasar en algún momento de este maldito siglo?
Se puso de pie con un chapoteo brusco. El agua le chorreaba por el cuerpo. Y debía de estar realmente cabreada, porque estaba desnuda.
O sea, completamente desnuda.
Ni rastro de bragas.
Elle era famosa. Ya era bastante famosa cuando la conocí, como bajista de Dirty, pero a estas alturas era prácticamente un imperio unipersonal, con una carrera musical en solitario, una estrella en ascenso en Hollywood, una fundación benéfica y una línea de maquillaje increíble, por citar lo más destacado.
Lo que significaba que era increíblemente famosa; mucho más famosa que yo.
También era celosa de su intimidad a más no poder.
Lo que significaba que nunca la encontrarías enseñando sus encantos en una playa «privada» para los paparazzi ni haciéndose fotos en pelotas para Rolling Stone ni filtrando «accidentalmente» un vídeo sexual a los medios.
No se bañaba en cueros cuando el resto nos desnudábamos y nos tirábamos de cabeza.
No iba corriendo desnuda por las fiestas ni follándose a desconocidos en el autobús de la gira a la vista de todos.
Lo que significaba que en los cinco años que la conocía, y nuestras bandas habían girado juntas, nunca la había visto desnuda.
Ahora la estaba viendo.
Toda esbelta y tonificada y bronceada y mojada.
Le vi las tetas. De tamaño medio y esa forma perfecta de lágrima. Los pezones tensos y enrojecidos por el frío. Las curvas delgadas de su cintura. La piedra de su piercing en el ombligo brillando a la luz de la luna.
Le vi el coño. Cuidadosamente arreglado, con solo una franja delicada de vello rubio… justo delante de mi cara.
Le habría echado un vistazo más de cerca si hubiera tenido la oportunidad, pero estaba a punto de salirse de la poza, así que le agarré del brazo, la detuve y la miré a los ojos.
—Lo siento —dije, con sinceridad—. Olvida que he dicho eso. Ahora retrae las garras y quédate. No es conmigo con quien estás realmente cabreada.
Se quedó ahí plantada con terquedad durante un largo y tenso minuto mientras le sostenía la mirada, obligándome a no mirarle el resto del cuerpo.
Entonces cedió y se hundió en el agua, soltándose de mi mano.
La dejé ir.
Pero el corazón me latía desbocado.
Elle se recostó contra una roca, a un brazo de distancia de mí, y se quedó en silencio.
Podría haber alargado la mano y tocarla.
No lo hice.
Después de un rato, dijo:
—No es asunto tuyo, Ashley.
—Lo sé.
—No eres de mi banda.
—Soy dolorosamente consciente de ello.