Una noche de bodas muy canalla 4. Roni
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4. Roni

RONI

Era demasiado jodidamente dulce como para resistirse.

La venganza definitiva.

Cuando Jude se bajó la parte delantera del pantalón de chándal, dejando al descubierto su gran polla…

dura… tan absoluta y jodidamente dura e hinchada, por mí…

nunca había sentido nada parecido a aquella descarga.

Le observé estremecerse, tensarse de anticipación, hincharse aún más mientras esperaba.

Mientras pensaba en lo que estaba a punto de hacer.

Sí… una venganza dura, hinchada, tensa, deseosa de mi atención. ¿Qué podía haber mejor que el hombre que una vez te rechazó volviendo a desearte?

Podría haberme dado la vuelta y haberle dejado allí plantado, solo para restregárselo por la cara.

Pero ¿dónde estaba la gracia en eso?

No existía subidón más grande, nada que hubiera sentido jamás que fuese mejor, más delicioso, más intensamente excitante y al mismo tiempo tan jodidamente gratificante como la sensación de ponerme de rodillas delante de esa polla grande y dura… y probarle.

Despacio.

Mientras él gemía.

Mientras se removía y se agitaba y me ponía las manos en el pelo. Con suavidad.

Mierda. Estaba siendo tierno conmigo. Y eso no me lo esperaba.

No podía culparle por aceptar mi boca cuando se la ofrecí. Pero no tenía por qué ser tierno al respecto. No tenía por qué ser delicado con las manos, sujetándome la cabeza y dejándome llevar el control.

Podría haber sido un capullo arrogante de cojones.

Pero la verdad era que Jude nunca había sido un capullo.

Y cuando le provoqué recorriendo su grueso glande con una lamida lenta y tortuosa, y pasé la punta de la lengua por su hendidura, saboreando ese sabor delicioso, esa primera gota de su fluido salado… me golpeó con fuerza. Me hizo dar vueltas la cabeza con la pregunta…

¿Quién tenía realmente el control aquí?

Entonces me la llevé a la boca, rápido, sin molestarme con el preámbulo lento, la provocación.

Simplemente deslicé la lengua a lo largo de su tronco, una vez, para humedecerle, y luego le metí hasta el fondo, haciéndole gemir otra vez.

Se la chupé con fuerza y rapidez, envolviendo una mano alrededor de la base de su polla y apretando fuerte, estrangulándola, como sabía que le gustaba entonces, acariciándole los huevos y tirando de ellos con la otra mano.

—Dios, V… —gruñó.

Y entonces se apartó, arrancándome la polla de la boca.

Le miré desde abajo. Los dos jadeábamos.

Me cogió la cara entre las manos y me sostuvo la mirada.

—¿Vas a alegrarme la noche o qué? —preguntó, deslizando un pulgar suavemente por mi mejilla.

—Estaba a punto —dije, pasándome la lengua por el labio, todavía saboreándole.

—No me refería a eso.

Me levantó. Luego me cogió la cara de nuevo.

Se inclinó, y cuando su boca encontró la mía, fue extraño y tan familiar…

como si te besara un desconocido y alguien a quien conocías como la palma de tu propia mano, alguien a quien habías besado mil veces en sueños, o al borde del sueño, medio consciente mientras tus manos recorrían tu propio cuerpo…

mientras te corrías con el recuerdo borroso de su olor, la suavidad resbaladiza de sus labios, la ligera aspereza de su barba, el roce suave de sus dientes contra tu piel.

Me aparté, echándome atrás para respirar.

Me miró fijamente.

Luego me cogió de la mano. Me llevó con él, moviéndose hacia el pabellón.

Y fui con él, dejando que me llevara allí.

Dentro, me guió hasta el pequeño sofá de dos plazas y me colocó justo delante de él, cerca del fuego, y dijo:

—Quítate la ropa.

Luego se sentó en el centro del sofá, mirándome.

—¿No quieres hacerlo tú? —pregunté, todavía recuperando el aliento.

—Quiero mirar —dijo.

Pues vale.

Me desnudé, y lo hice despacio. Empecé por la cazadora.

Las botas, luego los calcetines. El jersey fue lo siguiente, deslizándose lentamente por encima de mi cabeza antes de lanzarlo a un lado.

La camiseta, luego los pantalones cargo.

Cada cremallera bajada despacio, cada botón desabrochado con una leve pausa.

Observando cómo sus ojos se oscurecían mientras devoraba las curvas de mi cuerpo, todas perfiladas por la luz del fuego.

Me desabroché el sujetador y dejé que se deslizara suelto por mis brazos, sujetándolo delante de mí, provocándole un poco antes de dejarlo caer.

Las bragas fueron lo siguiente, bajadas muy, muy despacio.

En cuanto estuve desnuda, se levantó y recorrió los dos pasos que le separaban de mí con aire depredador. Levantó una mano hasta mi pecho y lo acarició con suavidad, rozando el pulgar sobre mi pezón mientras se endurecía en respuesta.

Un delicioso escalofrío hormigueante me recorrió entera.

Y… no. Esto no era solo venganza.

Lo supe cuando se inclinó tan cerca de mí que podía sentir su calor, podía oler su olor limpio y masculino, podía sentir el vello de su brazo rozándome la piel… y todo mi cuerpo se tensó de anticipación, aunque yo me contuve.

Esto era por mí: conseguir lo que quería. Lo que siempre había querido, si era mínimamente sincera conmigo misma.

A saber, la belleza morena, la bestia que tenía justo delante.

Se inclinó para rozar los labios contra mi cuello, respirando en mi oído.

—Túmbate boca arriba —murmuró. Me estremecí de nuevo cuando sus labios se deslizaron por mi mandíbula y se detuvieron brevemente sobre mi boca.

Le besé entonces, suavemente, mis labios apenas rozando los suyos, haciéndole parar. La sensación de él, el calor de él, me fue directa entre las piernas. Me sentía aturdida de deseo e inquieta de necesidad. Le chupé un poco el labio inferior, antes de que se apartara.

Sus ojos de fuego infernal me fulminaron.

—Boca arriba —dijo.

—Quiero hacerte correr —susurré.

—Lo harás. —Se inclinó y deslizó los labios por mi mejilla, hasta mi oído otra vez—. Te quiero boca arriba —dijo, sus dientes atrapando mi lóbulo. Mi coño palpitó… dolió cuando mordió, suavemente—. Quiero sujetarte y dártelo mientras me suplicas que te dé más.

Eso no va a pasar.

Eso es lo que le habría dicho a cualquier otro hombre.

A él, solo le dije:

—¿Dónde?

—Donde tú quieras.

Miré a mi alrededor. El sofá de dos plazas era demasiado pequeño para los dos, si me quería boca arriba. Por lo demás, no había sofás grandes, solo sillones.

Por supuesto, siempre estaba el suelo…

Pero fui hasta el sofá y me subí al respaldo tapizado de terciopelo.

Me recliné sobre él, manteniéndome apoyada en los codos, de momento, para poder observarle mientras se quitaba la sudadera con capucha, se quitaba las zapatillas a patadas y se sacaba la camiseta por la cabeza, luego se quitaba los calcetines y el pantalón de chándal. No llevaba ropa interior.

Cuando mi mirada aterrizó en su polla desnuda, caí en la cuenta.

—Oh, mierda. Condón —dije, incorporándome.

—Tengo. —Se acercó a la sudadera y rebuscó en los bolsillos, y solté una risita.

—¿Siempre llevas condones cuando te vas a hacer una paja?

Sonrió con suficiencia.

—Siempre voy preparado.

—¿Eso es de los Boy Scouts o qué? —le pinché.

—Es de ser listo —dijo, recorriendo con la mirada mi cuerpo desnudo—, evidentemente.

Apoyé los pies en el respaldo del sofá, con las rodillas dobladas, puse los pies en punta y arqueé la espalda, como una pinup.

—Bueno, pues ven a por ello —dije, mientras se ponía un condón sobre su erección.

—Esa es la idea.

Desnudo y jodidamente espectacular, vino hacia mí con paso felino.

Me tumbé mientras me levantaba las piernas.

Sin vacilar, se montó a horcajadas sobre el respaldo del sofá, un pie en el asiento y el otro en el suelo, y me envolvió las piernas alrededor de su cintura.

Entonces encajó la cabeza hinchada de su polla en mi coño.

Ya estaba mojada y lista para recibirle; me preparé para su embestida mientras el corazón me martilleaba en el pecho.

Pero vaciló.

—¿Quieres preliminares, preciosa? —me preguntó—. Porque la cara que tienes dice que no.

—Que le den a los preliminares —dije.

Sonrió un poco. Me recorrió el cuerpo con las manos y me agarró los pechos, apretando fuerte… luego movió las caderas hacia delante, deslizándose dentro de mí.

Y Dios… esa sensación.

Polla.

Gran polla.

La polla de Jude…

Me dejó jodidamente destrozada.

Esto. Dios, quería esto…

Me retorcí, arqueando la espalda mientras le recibía, mientras me ensanchaba hasta el límite con esa embestida larga y lenta…

No paró hasta llenarme del todo. Entonces se detuvo, cerrando los ojos mientras tomaba aliento, saboreando la sensación.

Y me dio un vuelco el estómago. Se me apretó el pecho. Un montón de sensaciones desconocidas, jodidamente perturbadoras, me atravesaron mientras le miraba la cara.

Abrió los ojos, clavándolos en los míos, y se retiró… luego embistió de nuevo, todavía apretándome los pechos. Más fuerte esta vez. Más rápido.

Y yo simplemente intenté quedarme quieta.

Mantener la calma.

Embistió dentro de mí una y otra vez mientras yo estaba tumbada boca arriba, con los muslos envueltos alrededor de sus caderas, agarrándome al sofá con ambas manos. No porque tuviera miedo de caerme. Jude nunca me dejaría caer.

Porque no quería tocarle con las manos.

No quería sentir su piel cálida y sedosa y el bulto de sus músculos debajo, flexionándose mientras me penetraba. No quería pellizcarle y provocarle los pezones rígidos y oírle gruñir.

Sobre todo, no quería agarrarle y atraerle hacia mí para poder besarle de nuevo.

Si hacía eso, iba a perder el control. A empezar a gimotear y jadear y montar un jodido numerito que no podría retirar. La cara de Jude en mi cara, su boca sobre mí otra vez… es que no podía soportarlo mientras su polla estaba dentro de mí. Sabía que no podía.

Me folló más fuerte, pero bajando el ritmo, agarrándome los pechos para sujetarme donde me quería mientras sus caderas hacían el resto. Las giró mientras profundizaba, trabajando la cabeza de su polla contra mi pared frontal, estudiándome todo el rato, incluso mientras yo permanecía quieta.

Entonces estampó su hueso pélvico contra mi clítoris.

Grité. No pude evitarlo.