3. Jude
JUDE
Roni. La puta Veronica Webber.
Un fantasma del puto pasado.
Intenté no pensar en eso. En su lugar, pensé en lo mal que olían las zapatillas de Dylan después de tocar la batería toda la noche, en todas las veces que entré en algún baño compartido de gira que apestaba a vómito…
en aquella vez que Brody y yo tuvimos que sacarle cristales rotos a Zane de un tajo asqueroso que tenía en el culo…
Sí, funcionó.
Cuando se me bajó el empalme, me puse la sudadera con capucha y fui a por la llave. Cogí un par de vasos de chupito y una botella de tequila. Luego me acerqué a la puerta y miré fuera. La observé ahí de pie, apoyada contra la barandilla de la terraza, de perfil, mirando el agua oscura de abajo.
Menos mal que no dije ninguna gilipollez mientras tenía toda la sangre en la polla.
Sí, básicamente le había ofrecido mi polla, empalmado a tope y con ella sentada ahí mismo, todavía riéndose de mí. Pero todo eso eran gilipolleces de calentón y bravuconería.
La verdad era que una mujer con los talentos de Roni se merecía algo mejor que un polvo rápido. Y rápido era lo que habría sido. Estaba a unos diez segundos de correrme cuando me interrumpió.
Y menos mal.
Habían pasado muchas tías por mi vida. Por mi cama.
Era así para muchos tíos que conocía en el mundo del rock.
En el mundo del MC. Pero para algunos, para bien o para mal, había esa tía que recordabas, diferente a todas las demás.
En la que a veces pensabas de repente, sin venir a cuento, daba igual cuánto tiempo hubiese pasado desde la última vez que te la tiraste.
Y te preguntabas: ¿Estaría igual de buena si me la tirase otra vez? Porque era así de increíble.
Sexy, obviamente.
Guapa.
Tenía otras cualidades, como una risa grande y contagiosa y una ausencia total de inhibición, una libertad que podías admirar y que no veías mucho en otras mujeres.
Y algo más. Algo que no sabías definir, y quizá ahí estaba la atracción. Esa cualidad desconocida que se te metía bajo la piel y se quedaba contigo.
Ese algo diferente.
Más que solo su sabor o los ruidos salvajes que hacía. La sensación de ella, desnuda y suave, contra tu piel… Lo caliente y húmedo que tenía el coño. Lo prieto que tenía el culo. Lo bien que te la chupaba.
No era solo follártela.
No era solo que ella te follara.
Más.
Una locura que te daba vueltas en la cabeza, una especie de magia que creabais cuando vuestros cuerpos chocaban.
Mientras la observaba ahí de pie, la curva de su espalda ligeramente arqueada al apoyarse en la barandilla, cómo los pantalones le ceñían el culo redondo, cómo su pelo negro y espeso le caía por la espalda y le enmarcaba el perfil, lo recordé.
Como un tirón en el estómago. Más abajo… como un impulso.
Como una cuchilla diminuta retorciéndose cuando miró hacia mí. Solo uno de sus ojos verdes brillantes centelleando.
Ven aquí de una puta vez, decía ese ojo.
Abrí la puerta. Fui hacia ella y le serví un chupito. Ella encendió su porro y me lo pasó.
—¿Has liado tú este pepino? —pregunté, impresionado.
—Es un talento.
Se lo devolví.
—Las damas primero.
Negó con la cabeza.
—Insisto.
Así que le di una calada y se lo devolví. Me serví un chupito. Luego chocamos vasos y ella dijo:
—Por los buenos tiempos.
—Por los tiempos épicos —dije, y nos lo echamos al coleto, el oro líquido.
Sonrió, pero era una sonrisa cautelosa, como si aún no hubiera decidido si estaba contenta o no.
—¿Qué tal ha ido? —preguntó.
—¿Qué tal ha ido el qué? —Me apoyé en la barandilla a su lado.
—Ya sabes. —Movió una ceja hacia el pabellón—. Ahí dentro. ¿Has visto las estrellas? ¿O ha sido más bien una paja utilitaria?
Solté una risita.
—¿Cómo dices?
—Tu sesión de manivela —dijo, y le dio una calada al porro—. ¿Qué tipo de orgasmo ha sido?
—Del tipo inexistente.
Ahora me enarcó una ceja a mí.
—Pensaba que habías acabado.
Me reí otra vez.
—¿Estando tú aquí fuera esperándome? —Cogí el porro cuando me lo pasó y le di una calada.
—Pues has tardado bastante.
Dejé que mi mirada se deslizara por su chaqueta abierta, su camiseta escotada. Podía ver las curvas llenas de sus tetas jugosas, burlándose de mí.
—¿Qué quieres que te diga? Estás muy buena con esos cargos. —La miré mientras nos servía otro chupito a los dos—. Tardé un rato en enfriarme.
—Qué detalle —dijo, como si no fuera ningún detalle—. Pero no han sido mis cargos los que te han puesto así. Así que no hace falta que me metas en esto. No soy tan frágil.
—Nunca pensé que lo fueras. —Un mechón de su pelo negro le había caído sobre la mejilla. Levanté la mano y se lo aparté de la cara para poder verle esos ojos verdes—. Pero sí que habrían sido tus cargos los que habrían rematado la faena.
Sonrió un poco, otra vez, pero de esa forma displicente que significaba que no me creía. Levantó su chupito en un brindis.
—Por… ¿tiempos aún mejores? Lo que sea que sea mejor que épico. —Ladeó la cabeza hacia mí—. ¿Existe algo así? —Y como siempre, no sabía si estaba flirteando conmigo o riéndose de mí. Provocándome solo porque podía.
—Por los mejores tiempos —dije.
Chocamos y nos bebimos el chupito.
Le pasé el porro. Ella miró abajo, hacia el agua, y se asomó sobre la barandilla mientras fumaba.
Observé su pelo oscuro bailar con la brisa suave.
Dejé que mi mirada vagara por la curva de su espalda, hasta ese culo redondo y prieto.
Hasta el golpe del recuerdo: Roni inclinada delante de mí, mis manos clavándose en sus caderas, ese arco elegante de su espalda desnuda, brillando de sudor.
Aparté la mirada, hacia el agua.
—Este sitio es una locura —dijo con un pequeño suspiro.
—Sí.
Me incliné más sobre la barandilla, igual que ella, para verle la cara. Tenía una expresión dulce y soñadora mientras le daba otra calada al porro, y luego me lo pasó.
—¿Me vas a invitar cuando te cases aquí algún día? —le pregunté.
Roni me miró fijamente. Luego volvió a mirar al agua, con los ojos desenfocados, como si no la estuviera viendo realmente.
—Un joven me dijo, hace años, que no soy de las que se casan.
Le di una calada lenta al porro, pensando en eso.
—Debía de ser un auténtico capullo. ¿Y le hiciste caso a esa mierda?
—No. En realidad, nunca hice caso a ninguna de las mierdas que decías. Decías muchas mierdas por aquel entonces.
Bastante cierto.
—Sí que me cabreó durante un tiempo —admitió.
—¿Sigues cabreada, preciosa?
Nos sirvió otro chupito.
—Estoy aquí, ¿no? —Esos ojos verdes indescifrables sostuvieron los míos—. Además, ya no me cabreo. Cabrearse implica apego a los resultados, y yo no tengo de esos. Salud.
Esta vez, bebimos sin brindar por nada.
—¿No? —Me lamí el tequila de los labios. A pesar del frío, empezaba a entrar en calor por dentro.
—No.
—¿Nunca?
—Normalmente no.
—¿Y esta noche? —pregunté, devolviéndole el porro. Porque la vi en el banquete de boda con ese vestido rojo jodidamente sexy, hecha un incendio en toda regla, esperando a que Ash se fijara—. ¿Tienes resultados para esta noche?
—No —dijo.
—Entonces, ¿Ashley Player no es un resultado?
Volvió a mirar al agua mientras fumaba.
—No.
Me acerqué más a ella y le di un toquecito en el hombro, suave.
—Pensaba que ibas a liarte con él esta noche.
Me miró, sin girar del todo la cabeza, solo echando un vistazo por la curva de su pelo. Luego sonrió, apenas, con los ojos verdes chispeando. La tía sabía jugar duro.
La tía más difícil de leer que había conocido en mi vida.
—Dylan también —añadí.
Me pasó el porro.
—¿Eso es lo que parece?
—Lo que parecía. En realidad, si quieres mi opinión, parecía un coño maullando al árbol equivocado.
Se rio.
—¿Perdona? ¿Un coño qué?
—Ash —dije—. El chaval tiene la cabeza en otro sitio.
—Ya me he dado cuenta. —Nos sirvió otro chupito y me pasó uno—. ¿Me quieres decir dónde?
—No. No me corresponde.
Chocamos y bebimos.
—¿Y ahora? —preguntó, mirando otra vez al agua mientras se lamía el tequila del labio—. ¿Dónde está maullando mi coño?
Mi mirada se detuvo en sus labios carnosos, encendidos y húmedos de tequila. Me quedé mirándola tanto rato que al final se giró a mirarme, y sus ojos encontraron los míos.
Levanté el porro hasta sus labios y se lo sujeté mientras ella le daba una calada suave.
—Depende de ti, V.
Se quedó mirándome mientras exhalaba el humo.
—Tal como yo lo veo —añadí—, podrías estar con Dylan o con Ash ahora mismo. Pero no estás. Y por mi experiencia, preciosa, cuando eliges entre dos opciones, incluso dos buenas, siempre hay una tercera.
—Hmm —dijo, como si le pareciera vagamente interesante.
Pero no preguntó cuál era esa tercera opción.
Le di una calada larga y profunda al porro, llenándome la boca de humo pero sin tragarlo. Luego dejé que mi mirada le recorriera la cara otra vez, hasta esos labios hinchados de comepollas.
—Ven —murmuré.
No vino, pero tampoco se apartó cuando me incliné. Sus labios se entreabrieron, y encajé mi boca contra la suya, casi… sin llegar a tocarle los labios mientras le soplaba el humo dentro de la boca.
Ella lo aspiró.
Luego mis labios rozaron los suyos, ligeramente, suspendidos.
Ella se apartó un centímetro.
—Todavía me llamas V —dijo en voz baja. Sus ojos también eran suaves. Quizá el porro se le estaba subiendo a la cabeza.
—Es tu nombre, ¿no? —Me lamí el labio sin querer—. Jodida Veronica.
—Sí —dijo—. Nadie más parece acordarse de él. —Luego hizo ademán de servirnos otro chupito.
La detuve.
—No más alcohol.
Me echó un vistazo, luego apartó la mirada, soltando la botella. La puse a un lado. La observé mirar el agua correr sobre las rocas de abajo.
—¿No te gusta Roni?
—Roni está bien —dijo.
Le di una calada a lo que quedaba del porro, dándole vueltas.
—No te gusta cuando los chicos te llaman Wild Card.
—Ni de coña. Podrían llamarme directamente zorrón y acabar con ello. Para ser estrellas de rock, son unos putos mojigatos.
Solté una risita.
—Zorrón sería un piropo. Créeme. Cuando dicen Wild Card, lo dicen como uno.
—No, no lo dicen.
—Te sorprenderías.
Enarcó una ceja y me incliné más hacia ella.
—Críos en un patio de colegio. Todos están celosos de lo que no tienen. Juguetes brillantes… Todos los niños los quieren, aunque se supone que no deben.
Sonrió un poco.
—¿Acabas de llamarme juguete?
—Solo si te ha gustado.
Sonrió de nuevo. Una sonrisa genuina, por una vez. Le iluminó la cara, las mejillas con una especie de brillo por el frío. Pero esos ojos verdes seguían alerta.
—¿Y yo qué? —pregunté, como si tal cosa—. ¿Soy un mojigato?
—Tú nunca fuiste un mojigato. Solo… selectivo.
—¿Eso crees? —Miré abajo, observando las olas lamer las rocas.
Dejé caer la colilla al agua, vi la brasa centellear al bajar y apagarse—.
¿He mencionado que estás muy buena con esos cargos?
—Giré el cuerpo para mirarla de frente, dejando que mi mirada le recorriera las curvas despacio—.
También estabas muy buena con ese vestido rojo.
—No sabía que te habías fijado.
—Me fijo en muchas cosas, preciosa.
Se volvió hacia mí, su mirada bajando por mi cuerpo.
—Yo también.
Estaba empalmado en el chándal, otra vez, y sabía que ella se daba cuenta. No había manera de esconder un empalme de ese tamaño, ni siquiera casi a oscuras.
Me miró y vi las opciones ahí, fluctuando detrás de sus ojos.
Volver a su cabaña, sola.
Vagabundear por el bosque el resto de la noche, sola.
Pero siempre estaba esa tercera opción…
—Entonces… —le pregunté—, ¿vas a portarte bien, V? ¿O me vas a hacer currar para conseguirlo?
Entornó un poco los ojos mientras lo sopesaba.
—Yo nunca me porto bien. —Echó otro vistazo a mi polla antes de encontrar mis ojos—. Pero ¿por qué no te la sacas, y el trabajo lo hago yo?