Una noche de bodas muy canalla 2. Roni #2
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2. Roni #2

Yo seguía riéndome, doblada por la mitad. En realidad, estaba llorando. Las lágrimas se me escapaban por las comisuras de los ojos, brillando a la luz del fuego. Él se me desdibujaba, pero todavía podía verle mirándome con el ceño fruncido.

—Guau. Ay, mierda. No me había reído así… Bueno, desde la despedida de soltera de anoche. —Me sequé las lágrimas.

—Me alegro de cojones de poder proporcionarte tu entretenimiento nocturno.

—Ay, no me hagas morros. —Me erguí y crucé los brazos bajo el pecho—.

Es tan patético cuando los tíos hacen morros.

Y por favor, no dejes que te detenga. —En contra de mi sentido común, me acerqué contoneándome y me posé en el reposabrazos del sofá de dos plazas, totalmente encantada de haberle pillado en un momento vulnerable, aunque apenas pareció inmutarse. Porque, evidentemente, no se inmutó.

A pesar de que se había guardado la polla —más o menos—, el chándal seguía tan bajo que podía ver la sombra de su caminito de vello recortado, la camiseta a medio subir por los abdominales mientras se repantingaba. El tío era jodidamente sexy. El tío más sexy que yo había…

Pero no pensaba dejar que eso me inmutara a mí tampoco.

—Por favor, continúa. No se me ocurriría dejar a un hombre colgado.

Bueno, díselo a Dylan…

—Estoy bien —dijo, pero su polla no parecía menos indignada. Podía ver la gruesa cabeza claramente marcada contra la tela de su chándal oscuro.

Joder…

Jude tenía una polla descomunal cuando tenía veintiún años.

Por lo visto, eso no había cambiado. En mis fantasías sobre él a lo largo de los años, desde luego que sí; como que se había puesto a tomar esteroides para inflar su cuerpazo y la polla se le había encogido al tamaño de una pasa y su vida se había ido a la mierda.

Sí; ese tipo de fantasías.

Le miré a los ojos. Oscuros, abrasadores y absolutamente peligrosos.

Así que esos tampoco habían cambiado.

Jude estaba bueno por aquel entonces, pero ahora tenía un cuerpazo a juego con su polla, y de verdad había crecido hasta llenar esa pinta de duro y guapo.

Tenía muchos más tatuajes, también. Básicamente vivía la vida de una estrella de rock, llevando la seguridad de una de las bandas más grandes del mundo, trabajando codo con codo con sus mejores amigos, y por si fuera poco, era miembro con parche de un poderoso club de moteros fuera de la ley, junto con su hermano.

Todo lo cual significaba que iba forrado y podía elegir el coño que le apeteciera de entre los que se le acercaban.

Así que no, la vida de Jude no se había ido a la mierda. Lo más probable era que cada fantasía de juventud que hubiera tenido se hubiese hecho realidad.

Porque la vida era así de justa.

—¿Puedo preguntar por qué te estás haciendo una paja? —inquirí, tocándole un poco los cojones—. Sabes que hay mujeres aquí, ¿verdad?

Se encogió de hombros, pero la mirada en sus ojos, que seguían clavados en mí, no era casual. Era turbia de sexo, ruda y lista para la acción.

—Me apetecía. —Se desplazó un poco hacia un lado, su mirada bajando para demorarse en mis tetas, tan a propósito que ni podía fingir no darme cuenta. Dio unas palmaditas en el cojín de al lado—. Siéntate.

Claro.

Había unos doce centímetros entre él y el extremo del diminuto sofá de dos plazas, y mi culo no era tan pequeño.

Y desde luego no pensaba sentarme en ese monstruo de su regazo.

Aunque, claramente, me lo estaba ofreciendo…

mientras abría un poco más los muslos, el brazo echado sobre el respaldo del sofá.

Casual, no casual. Simplemente poniéndolo ahí para ver si yo picaba.

Y me pregunté… Si otra mujer hubiera entrado y le hubiera pillado con la polla fuera, y ella llevara escotazo, ¿también le habría pedido que se sentara?

Sí.

Bueno, puede.

—Estoy bien —dije.

Hice amago de levantarme, pero me detuve. Le miré ahí sentado, mirándome fijamente.

Me volví a sentar.

—¿Quieres fumarte un porro? —Saqué uno del bolsillo de mi chaqueta—. Yo iba a hacerlo.

Estúpido.

En realidad… muy, muy estúpido.

¿Cuándo narices me había vuelto tan estúpida?

Como no respondió enseguida, me levanté para irme de verdad. Como si me importara un carajo. Solo estaba siendo educada, ¿no?

—Estoy de servicio —dijo. Su tono era serio, pero era difícil tomarle en serio con la polla todavía empinada.

Empecé a retroceder mientras hablaba.

—O sea que… ¿te haces una paja de servicio, pero no fumas?

La más mínima insinuación de una sonrisilla curvó sus labios gruesos.

—Un hombre tiene que tener su ética.

—Tú mismo. —Me di la vuelta antes de que sus hoyuelos hicieran acto de presencia y yo me volviera aún más estúpida. Pero mientras me alejaba, sentía sus ojos recorriéndome todo el culo.

—Roni.

Me paré, con el corazón palpitándome en el pecho al oír mi nombre en ese gruñido bajo y suave.

—Solo te estoy vacilando, preciosa.

Madre mía. ¿Preciosa, ahora?

Me di la vuelta.

—¿Sabes? —reflexioné—, estar «de servicio» no te habría frenado antes.

Me acuerdo de ti, con veinte años, trabajando con la banda…

—Mierda. ¿Qué estaba haciendo? ¿Flirteando?

—. Un simple roadie por aquel entonces, echando a la gente de las fiestas y cargando equipos, pero de fiesta tan duro como cualquiera.

—Sí. Estaba flirteando totalmente—. Más duro, seguro.

Me miró fijamente con esa mirada en los ojos.

Fuego infernal.

Los ojos de Jude siempre me habían recordado al fuego infernal. Un marrón profundo y fundido que te quemaba por dentro. No era una mirada que te atravesara, hacia todas las demás mujeres que podrías haber sido pero no eras… como la de Ash.

Jude me miraba como si de verdad me viera.

Siempre me había mirado así.

—Yo también me acuerdo de ti —dijo.

Y con eso, debería haberme dado la vuelta y haberme ido. Dejarlo en ese punto álgido.

En vez de eso, seguí flirteando.

Porque las viejas costumbres cuesta mucho dejarlas.

—¿Así que ahora es todo trabajo y nada de diversión para el pobre Jude?

Esbozó una sonrisa poco frecuente, los hoyuelos profundos asomando en sus mejillas. Y sentí la más mínima punzada de victoria, incluso mientras esa sonrisa me golpeaba justo entre las piernas.

—Juego cuando me da la gana.

—¿Y? —le reté—. ¿No pueden relevarte algunos de tus chicos? No veo ninguna amenaza de seguridad inminente por aquí.

—Mis chicos libran esta noche. Tienen fiesta en mi cabaña. La cosa con los chicos es que… —Sus ojos me recorrieron el cuerpo mientras hablaba—. Hay que dejarles desahogarse de vez en cuando.

Planté la mano en mi cadera ladeada y examiné la escena.

—O sea que… tú te has escapado para desahogarte tú solito, delante de un fuego crepitante.

Enarcó una ceja oscura, con los hoyuelos todavía a la vista.

—¿Te estás riendo de mí, V?

Le miré, con el corazón latiendo demasiado fuerte en el pecho.

Me ha llamado V.

Lo cual me dio un inesperado —y sí, estúpido— subidón de esperanza de que todavía tuviera debilidad por mí.

Bueno, no es que la hubiera tenido exactamente. No exactamente.

Más bien una dureza…

—No —dije—. Es muy romántico, Jude. —Me aseguré de mirarle directamente a esos ojos de fuego infernal y sostenerle la mirada cuando dije—: Es solo que nunca te vi de esa manera. Ya sabes, como un romántico.

Luego me di la vuelta y me fui, sin ninguna prisa, dándole tiempo de sobra para apreciar mi culo en los pantalones cargo ceñidos… y reflexionar sobre lo que se había estado perdiendo.

—V —dijo.

Y no pude resistirme. Me paré y me volví hacia él, otra vez.

Señaló hacia su entrepierna, hacia el bulto tieso de su polla en el chándal.

—Solo tienes que darme un minutito, preciosa.

—Ajá. —Giré sobre mis talones—. Hay una llave de los armarios del bar en el cajón del fregadero —le dije por encima del hombro mientras me alejaba—. A mí me gusta el tequila.

—Lo sé —dijo, y pude oír la sonrisa en su voz mientras yo salía por la puerta.