2. Roni
RONI
Al pasar por delante de la habitación de Jessa, me fijé en que tenía la luz encendida y me detuve. Pensé en llamar a su puerta, quizá quedarme toda la noche charlando como habíamos hecho la noche anterior, pero al final descarté la idea. Esa noche, de verdad, no me importaba estar sola.
Pero justo entonces, la puerta se abrió.
Y Brody salió como una tromba.
Brody Mason, alto, moreno y atormentado, el manager de Dirty y el tío por el que Jessa, al parecer, estaba coladísima. No es que me lo hubiera dicho con esas palabras. No hacía falta.
—Roni —gruñó mientras cerraba la puerta tras de sí. Parecía alterado, pasándose una mano crispada por el pelo; tenso como un muelle.
¿Acababa de echar un polvo?
No. Desde luego que no. Irradiaba demasiada tensión para eso.
—Eh —dije, preguntándome si debería ir a ver cómo estaba Jessa después de que él se fuera.
—Iba a llamar a tu puerta justo ahora —dijo, brusco—. Jessa está en la bañera. ¿Puedes echarle un ojo? Está borracha.
—Ah. Claro.
—Bien. —Y se largó, sin más.
Vaya, vaya…
Entré y llamé a la puerta del baño. Oí lo que parecían sollozos. Genial. Nunca se me habían dado bien las lloronas. Y Jessa Mayes siempre lo había sido. Por suerte para mí, conmigo no se ponía llorona muy a menudo.
—Nena. ¿Estás bien?
—¿Roni? —Sorbos de nariz y un pequeño chapoteo. Seguía en la bañera.
—Sí. ¿Entro? —Por favor, di que no.
—No. Estoy bien. Salgo en un rato. ¿Te puedes quedar?
—Sí. —Suspiré—. Me puedo quedar.
Cogí una botellita de Baileys de su minibar, la abrí y le di un sorbo. Luego me desplomé en su sofá, dejándome llevar por la música que tenía puesta. Arctic Monkeys. Una canción deprimente sobre arrastrarte de vuelta a alguien cuando has bebido demasiado…
Demasiado jodidamente apropiada para mi gusto.
La apagué.
Unos minutos después, Brody volvió a entrar como un vendaval, lanzó una prenda negra al sofá y se fue otra vez. Me dio en la bota y cayó al suelo.
¿Pero qué narices había sido eso?
La recogí. Una camiseta vieja de Led Zeppelin.
Cuando Jessa por fin salió del baño, tenía una pinta horrible. Los ojos hinchados y enrojecidos de beber y llorar.
—Guau —comenté—. Menos mal que no tienes sesión de fotos mañana. Te habrían despedido de forma espectacular.
A pesar de su aspecto actual, Jessa era modelo, pero nunca se había dado aires de ello. Soltó una risita burbujeante, como el pequeño Dumbo después de emborracharse en un cubo de alcohol en aquella vieja peli de Disney.
—Gracias. —Entonces parpadeó al ver la camiseta de Zeppelin que yo había dejado en el respaldo del sofá, y pareció despejarse un poco, y miró la puerta con expresión desolada—. ¿Se ha ido?
—¿Ves que esté aquí?
Se abrazó a sí misma y no respondió.
La llevé hasta una silla, le senté el culo y le sequé el pelo con el secador. Luego la arropé en la cama.
—Eres increíble, Roni —dijo, toda elogios mientras se acurrucaba contra la almohada.
Así que sí. Bastante borracha.
—¿Estás bien? —Le aparté el pelo de la cara—. ¿Quieres que le busque, que le pida que vuelva?
Levantó la mirada hacia mí con sus grandes ojos marrones.
—¿Por qué?
—Dímelo tú.
—Ya… —dijo. Luego—: No. —Y unos tres segundos después, se quedó dormida.
Esperé unos minutos para asegurarme de que Jessa estaba frita. Luego salí pitando de allí y llamé a la puerta de la habitación de Maggie, la de al lado.
Había un límite de cuidados maternales que podía aguantar, y acababa de agotar mi cuota anual al cepillarle el pelo a otra mujer.
Pero como subdirectora de Dirty, Maggie probablemente estaba acostumbrada a lidiar con el pelo de otras mujeres, como sujetárselo sobre retretes mientras vomitaban y esas cosas. Mucho más cualificada para el puesto.
Había fuego encendido en su habitación; lo veía a través de la cortina de la ventana. Pero ni movimiento ni ruido.
Volví a llamar. Quizá estaba dormida. ¿O…?
—¡ZANE, NO!
Oí unos pasos, luego la puerta se abrió y vi a Maggie, sentada en la cama al otro lado de la habitación. Estaba abrazando un cojín. Y allí estaba Zane Traynor, vocalista de Dirty, el precioso dios dorado del rock, en mis narices.
Desnudo.
Sonrió con suficiencia al verme y se apoyó con naturalidad en el marco de la puerta, como si su legendaria polla no estuviera colgando al aire.
—Wild Card —dijo—. ¿Qué tal cuelga todo?
Eché un vistazo abajo porque, la verdad, no pude evitarlo, dada la pregunta. Impresionante, sí, pero no estaba impresionada. Era consciente de que Jessa había asumido que Zane era la razón por la que yo quería venir a esta boda con ella. Pero se equivocaba.
Y mucho.
—No está mal —dije, impasible.
Cuando volví a mirar a Maggie, se estaba tapando la cara. Oí juramentos amortiguados contra el cojín.
La mirada de Zane se deslizó hasta mi escote, su sonrisilla ensanchándose en una sonrisa abierta.
—¿Sí? ¿Dylan y Ash te están tratando bien?
Maggie saltó de la cama como un resorte.
—No contestes a eso. No es asunto suyo. —Le arrebató la puerta a Zane, apartándole de un codazo—.
¿Cómo estás? —me preguntó, con demasiado entusiasmo para esas horas de la noche.
De cerca, tenía una pinta horrible. Llevaba la camiseta más fea del mundo, una especie de tienda de campaña verde vómito, sin pantalones, y el pelo hecho un desastre.
Nunca había visto a esa chica con un pelo fuera de sitio.
En realidad, parecía recién follada.
Yo sabía qué aspecto tenía una mujer bien follada.
—Eh… bien —dije—. Me preguntaba si podrías pasarte a ver cómo está Jessa.
Ya sabes, asegurarte de que sigue respirando.
Ha estado empinando el codo como una universitaria de hermandad y se ha quedado frita, pero yo quería dar un paseo.
O sea, si no estás ocupada… —Eché un vistazo a Zane, que seguía con su sonrisa.
—Sí. Claro —dijo Maggie. Otra vez demasiado entusiasmo—. Estamos despiertos. Estoy despierta. Solo estábamos hablando. Zane me estaba ayudando con una cosa. Podemos ir a verla. Puedo ir a verla. Puedo ir a quedarme con ella. Porque yo no me quedo aquí. O sea, esta es mi habitación. Él no se queda…
Su torpe balbuceo se fue apagando. No conocía a Maggie lo suficiente para saber si ese tipo de balbuceo era normal en ella o no, pero desde luego no parecía sano soltar tantas palabras sin respirar.
—Vale —dije cuando pareció haber terminado—. Gracias.
Y me fui.
Oí a Zane reírse y a Maggie soltar un taco al cerrar la puerta.
Ni idea de qué iba todo eso, pero al menos todo el mundo menos yo estaba echando un polvo esa noche. Y daba la casualidad de que sabía de primera mano que Zane Traynor era un polvo increíble.
Así que chapó, Maggie.
Al menos, era un polvo increíble hacía cinco años… cuando yo tenía veintiuno y tirarte a estrellas de rock parecía la mejor idea del mundo.
Sobre todo si eran amigos de Jude Grayson.
El pabellón principal resplandecía tenuemente en la noche, su terraza perimetral bordeada de faroles dorados, las lámparas de araña tras las ventanas atenuadas, un fuego bajo crepitando en la chimenea.
Todo lo demás estaba oscuro, quieto y en silencio cuando me acerqué.
No vi a una sola persona. Hasta el personal se había esfumado.
Perfecto.
Encontré una de las puertas de cristal a lo largo de la terraza sin cerrar y la deslicé para abrirla, entrando.
Dylan dijo que el bar estaba cerrado con llave, pero yo me había asegurado de flirtear con el barman en el banquete de boda y averiguar dónde guardaba la llave. No es que me lo hubiera dicho; le vi esconderla en un cajón. Nunca se sabía cuándo esa clase de información podía venir bien, ¿verdad?
Fui directa hacia la barra, cruzando el gran salón.
Y entonces le vi.
Un hombre, sentado a solas frente a la chimenea, en un pequeño sofá de dos plazas de cara al fuego. Vi su cabeza morena echada hacia atrás, apoyada en el respaldo. Dormido, quizás. Ojalá.
Solo tenía que escabullirme antes de que me viera…
Pero al acercarme a la barra, su perfil entró en mi campo de visión… esa cara inconfundible.
Era Jude.
De entre todas las putas personas del mundo.
El padrino de Jesse. El jefe de seguridad de Dirty.
El peor error de mi vida.
Su cuerpazo entró en mi campo de visión. Y cuerpazo era definitivamente la palabra. Estaba repantingado en el sofá de dos plazas, los muslos bien abiertos, y lo vi.
Lo vi todo.
Me paré en seco… y tardé un momento de más en procesar lo que estaba viendo.
Estaba viendo la polla de Jude.
Tenía la camiseta oscura subida, dejando ver sus abdominales gruesos como tabletas de chocolate, el pantalón de chándal bajado para dejarse al descubierto, y su polla larga e hinchada estaba en su mano.
Se estaba haciendo una paja.
Miré alrededor, pero no había nadie más. Casi esperé que alguna tía buena, joven y tonta saliera gateando de detrás del sofá en cualquier momento.
Pero no. No había nadie más que él.
Y ahora, yo.
No podía saber si tenía los ojos cerrados, pero sus pestañas oscuras estaban bajadas. Su brazo lleno de tatuajes se tensaba mientras bombeaba. Tenía la boca ligeramente abierta y le oía respirar, bajo y entrecortado, mientras se trabajaba…
Y una oleada de calor me recorrió entera.
Tragué saliva.
Vaya… Algo que nunca pensé que volvería a ver.
Me quedé allí plantada, mirando. Con ganas de reírme, con ganas de salir corriendo, con ganas de ir pavoneándome hasta él y echarle una mano… todo a partes iguales. En vez de eso, hice otra cosa.
Me puse a cantar, a grito pelado.
—HEEEYYY JUDE…
—¡Joder! —Se incorporó como un resorte—. ¡Hostia puta! No me cantes la puta canción.
Me reí. Me descojoné viva de risa.
—¡Tendrías que verte la cara!
—Mierda. Me canta los putos Beatles con la polla en la mano. —Sin ninguna prisa en particular, se metió la polla dura dentro del chándal, que se levantó de forma obscena—. ¿Te crees que no he oído esa puta canción bastantes veces en mi puta vida?
—Pues échale la culpa a tus padres.
—Se la echo. Putos hippies. —Se pasó una mano por el pelo espeso, casi negro, y se dejó caer en el sofá, soltando un suspiro—. Y ahora me viene a hablar de mis padres. Dios.