1. Roni
RONI
—Co… condones —logré decir entre jadeos.
Me ardían los pulmones. Mucho. Bueno, me dolía todo. Porque hacía unos cinco minutos, bañarse en cueros a medianoche me había parecido una idea genial.
¿Y ahora? No tanto.
Acababa de llegar a la puerta de mi cabaña, pero me di la vuelta para mirar a Ash y Dylan, que estaban justo detrás de mí, tiritando. Los dos me miraban las tetas desnudas rebotar mientras yo daba saltitos para intentar entrar en calor.
—¿Tenéis… condones? —Mierda. Me castañeteaban los dientes.
—Eh… —Ash miró a Dylan y luego bajó la vista hacia su propio cuerpo desnudo—. Encima, no. —Los dos estaban en pelotas, así que dónde iban a llevar un condón, ni idea. Pero ese no era mi problema.
Los tres estábamos completamente desnudos y muertos de frío.
Los tíos se tapaban los huevos para protegerse del frío y bailoteaban de un pie a otro como en un striptease mal coreografiado.
Dylan, grandote, fornido y pelirrojo, y Ash, estilizado, con un punto canalla y el pelo negro azabache, con músculos y tatuajes reluciendo bajo la luz de la luna. Batería buenorro. Vocalista buenorro.
La materia prima de las fantasías adolescentes, ahí mismo, delante de mis narices.
Daba igual. No iban a poner un pie en mi habitación sin condones.
Que fuesen estrellas de rock buenísimas y que yo hubiese estado flirteando con ellos sin piedad —y ellos conmigo— desde que llegué al resort, ayer, para la boda del compañero de banda de Dylan en Dirty, Jesse Mayes, no significaba que les debiera nada.
Además, aprendí hace años a no ser yo quien cargara con los condones.
Si un tío no se molestaba en conseguir uno por su cuenta, no merecía ni mi puto tiempo ni, mucho menos, un sitio en mi cama.
Y si dos de ellos no eran capaces…
—Aquí hace un frío del carajo, Roni —propuso Dylan, jovial—. ¿Y si entramos a entrar en calor y luego solucionamos lo de los condones?
—Nanay —dije—. Sin condón, no hay acción.
—Eh… Uy. Perdón.
Miramos en la misma dirección al unísono cuando la bajista de Dirty, Elle, se materializó en la oscuridad, su melena rubia platino destellando entre las sombras de los árboles.
Pasó de largo por delante de nosotros, subiendo por la pasarela de madera que conectaba las distintas cabañas, con una bolsa de tela colgada del hombro y la mano en alto para taparse la vista de los tíos desnudos.
Me dedicó un breve gesto de cabeza, con una sonrisilla.
—No he visto nada. —Siguió caminando, despidiéndose con la mano por encima de la cabeza, de espaldas a nosotros—. Pasadlo bien, chicos y chica.
—Joder —murmuró Dylan, sin inmutarse lo más mínimo por la interrupción, pero asimilando poco a poco que iba en serio—. Voy a por los condones. —Me dio un beso rapidísimo en la mejilla y salió disparado, supuestamente en dirección a su cabaña.
Miré a Ash. Nuestros ojos se encontraron y, aun en la oscuridad casi total, pude ver la expresión de conflicto que le cruzaba los rasgos.
Una mirada ausente que le había vislumbrado en la cara a lo largo de la noche.
Se pasó una mano por el pelo negro azabache mientras botaba sobre la punta de los pies.
No sabía en qué estaba pensando, pero, curiosamente, no parecía ser en mí.
Curioso, teniendo en cuenta que estaba plantada delante de él, desnuda, y se suponía que estaba a punto de follarme.
Abrí la boca para hablar, pero no me dio tiempo.
—Yo también voy. —Me cogió la mano y la besó. Luego retrocedió y echó a correr por la pasarela.
¿Vale…?
Entré corriendo en la cabaña y me metí directa en la ducha, abrí el agua bien caliente y me descongelé. Mientras lo hacía, tuve una sensación extraña. Esa clase de sensación que no tienes motivos para sentir, sobre cosas que no tienes motivos para saber, y sin embargo sabes.
Ash no iba a volver.
Una pena.
Supongo que tendré que tirarme a Dylan dos veces.
Mientras me ponía un camisón cortito y vaporoso —con calentadores de punto y un jersey encima, al menos hasta que volviera Dylan—, me sequé el pelo con el secador a máxima potencia.
Me había quitado el maquillaje de la boda en la ducha, así que me retoqué un poco.
Natural, pero arreglada. Lista para follar.
Y esperé.
Mientras lo hacía, aquella mirada en la cara de Ash me volvió a la cabeza; como si estuviera mirando a través de mí, en vez de mirarme a mí. Y empezó a molestarme.
A molestarme de verdad.
A los cinco minutos de espera, decidí: Que le den a esperar.
¿Cuándo había esperado yo sentada a un tío? ¿Aunque estuviera bueno?
¿Aunque estuvieran buenos los dos?
Bueno, hubo una vez… Pero eso fue hace años. Y no contaba para nada. Todo el mundo tenía derecho a ser un poco imbécil a los dieciocho.
Yo ya no tenía dieciocho ni era imbécil en lo que a hombres se refería.
Era más que consciente de que estos, en particular, no me tomaban precisamente en serio; para los chicos de Dirty, yo era solo la Wild Card.
La chica fiestera. Así me llamaban desde que tenía dieciséis años, cuando conocí a la hermana de Jesse, Jessa, en el instituto y nos hicimos amigas.
Roni «Wild Card» Webber. Traducción: un polvo fácil.
Así que no me sorprendía lo más mínimo que Dylan, el batería de Dirty, y su mejor amigo, Ash, vocalista de los Penny Pushers, pasaran de mí.
Por muy buenos que estuvieran los dos, a mí me daba igual.
Yo también podía pasar de ellos.
Dylan era guapo, pero no era mi rollo. Demasiado limpio. Demasiado sano. Demasiado… intacto.
¿Y Ash? Le había conocido por primera vez en la boda.
Sabía quién era, pero nunca me había fijado especialmente, por así decirlo, hasta que le conocí en persona.
Ojos azules abrasadores, tatuajes y piercings y un desasosiego inquietante bajo la piel.
Difícil de descifrar. Probablemente más mi estilo, pero no tenía ni idea de qué iba.
El tío era de calor y frío. La noche anterior, en la despedida de soltera de Katie, se me pegaba como una lapa, pero luego desapareció sin más, y Jessa estaba tan insoportable —es decir, loca por Brody, el manager de Dirty, pero demasiado cabezota para admitirlo— que ella y yo acabamos quedándonos despiertas juntas, bebiendo hasta el amanecer.
Y esta noche, en el banquete de boda… Ash, con su aire permanentemente distraído, apenas había parecido fijarse en mí con mi vestido rojo sexy.
Bueno, pues que le dieran. Pérdida de tiempo.
Y el tiempo era limitado, ¿no? Yo, personalmente, no tenía ni un minuto que desperdiciar.
Así que me levanté y me vestí. Me puse un tanga y unos pantalones cargo ajustados y sexys, color arena, con calcetines gorditos y mis botitas de senderismo; estilo montañero-chic total.
Levanté a las chicas con uno de mis sujetadores de realce más antigravedad, porque yo nunca hacía las cosas a medias.
Aunque ningún otro tío me viese esa noche, yo tenía que verme, y eso contaba totalmente.
La gente que me echaba un vistazo y asumía que me vestía así para los hombres asumía mal. No necesitaba a un tío —ni una polla dura— para sentirme bien conmigo misma.
Entonces, ¿por qué me sentía tan mal?
Decidí, inmediatamente, no darle vueltas a eso.
Lo que hacía falta era una maniobra evasiva.
El frío glacial de aquel baño en cueros me había quitado de golpe el puntillo bastante decente que llevaba, y era hora de ponerle remedio.
Y daba la casualidad de que sabía dónde podía encontrar algo de beber.
Me puse capa sobre capa: una camiseta con un escote de infarto, un jersey de cachemira con otro escote de infarto, mi bonita cazadora bomber acolchada de satén, y salí por la puerta… directa contra Dylan. Un metro noventa y pico de tío. De hecho, me estampé de cara contra su pecho duro.
—Eh —dije, rebotando hacia atrás.
Su pelo ondulado rojizo se había secado casi del todo y se había vestido. Vaqueros, jersey calentito, camisa de leñador de cuadros verdes. Montañero-chic-jodidamente-delicioso.
—Perdona que haya tardado tanto, joder —dijo—.
No me quedaba alcohol en la cabaña. Pensé que encontraría algo en el pabellón principal, pero nada.
El bar estaba cerrado con llave. Al final asalté una fiesta en la cabaña de Jude.
—Levantó los dos puños, uno con una botella de vodka y el otro con una jarra de zumo de naranja—.
¿Destornillador? —Enarcó una ceja y su mirada de ojos verdes se deslizó hasta mi boca mientras yo esbozaba una sonrisa—.
También he traído condones. Con relieve… para tu placer.
—Me gustan los hombres con recursos —dije.
Pero… ¿la cabaña de Jude…?
Entonces noté el latido de la música a lo lejos, amortiguado por la espesura de los árboles, haciéndose eco del extraño latido de mi corazón. Era, inconfundiblemente, Nine Inch Nails. Closer. Una canción densa, agresiva, jodidamente sexy. Sí; sonaba apropiado.
Los ojos de Dylan pasaron por encima de mí, hacia el interior de la cabaña, a través de la puerta que estaba a punto de cerrar.
—¿Dónde está Ash? —Luego su mirada me recorrió lentamente el cuerpo, con la pregunta tácita en los ojos: ¿Y por qué cojones estás vestida?
—Ni idea. Pero… oye, siento que la cosa no haya salido. —Cerré la puerta a mi espalda, con decisión.
Dylan bajó las botellas.
—O sea, mira, eres un encanto…
Se le curvaron los labios en una media sonrisa.
—Mierda. No me vengas con el discurso de «eres un encanto»…
Me reí un poco.
—Vale. ¿Qué tal esto? Me caes bien. ¿Amigos?
—Claro. Porque seguro que ninguno de los dos tiene suficientes de esos.
Le devolví la sonrisa, de verdad esta vez. Dylan Cope tenía un encanto natural y relajado contra el que era imposible no sonreír. Añádele un cuerpazo que solía lucir con falda escocesa; incluso había oído que estaba a punto de añadir «modelo de ropa interior» a su larguísima lista de talentos.
Entonces, ¿qué cojones estaba haciendo?
¿Por qué me molestaba tanto que Ash se hubiera largado? Porque sí, de verdad me molestaba.
Y no por Ash.