4. Zane
ZANE
Me follé a Maggie hasta llevarla justo al borde, y cuando la sentí tensarse, las uñas clavándoseme en el culo, la respiración volviéndose entrecortada y desesperada, le susurré:
—¿Y si no puedo soportarlo?
—¿Qué? —Maggie me miró parpadeando, aturdida y jadeante—. ¿Qué? ¿Por qué?
—Maggie. —Le recorrí la nariz con la punta de la mía, rocé mis labios contra los suyos, carnosos—. Porque te quie...
—¡NO! No, no. —Giró la cabeza y trató de apartarme—. Tenemos que parar.
Así que paré. Dejé de embestir e intenté recuperar el aliento.
—He dicho parar —dijo, empujándome—. Sal de mí.
Me quedé mirándola.
—¿Hablas en serio?
Me fulminó con la mirada.
—Maggie.
—Zane.
—Joder, Maggs. —Salí de ella—. Dime que me estás vacilando —dije, jadeando— y que estás a punto de tumbarme boca arriba y subirte encima para darme una buena cabalgada. Porque sé que te encanta cabalgar.
Me lanzó una mirada asesina, también jadeando, pero era verdad. A Maggie le encantaba ponerse encima. Quedarse boca arriba no era su estilo habitual.
Tampoco lo era decirme que saliera de ella segundos antes de tener un orgasmo salvaje y abrasador.
—Y si no —añadí—, eso ha sido lo más cabrón que me ha hecho una tía en la vida. Y una vez una tía me apuñaló.
—Un cepillo de pelo —dijo, sin una pizca de compasión.
—Era puntiagudo.
—Ya lo sé. ¿Quién te llevó al hospital? —Me empujó otra vez y suspiré, apartándome mientras ella se revolvía para separarse de mí en todos los sentidos posibles.
—¿Qué coño pasa, Maggie? —Me dejé caer en la cama a su lado—. Me deseas. No me deseas. ¿Y ahora decides que no me deseas justo en mitad de desearme? Pero qué cojones.
—Lo que yo quiero —dijo, todavía jadeando— es follar. Y tú acabas de joder un polvo perfectamente decente abriendo la boca.
—¿Sí? Pues perdona que te joda por compartir lo que siento contigo. No volveré a hacerlo.
—Sí que lo harás. Te mueres por compartir lo que sientes. Pero entérate de una cosa, Zane: no voy a empezar a fiarme de ti como por arte de magia solo porque me digas que me quieres.
—¿Y por qué coño no?
—Porque no me quieres.
Nos miramos fijamente como dos toros a punto de embestir, y me pregunté si debería quitarme el condón.
La polla me seguía palpitando, y ella estaba ahí tumbada, fulminándome con la mirada, reluciente de sudor a la luz del fuego, la respiración calmándose poco a poco, el pelo oscuro extendido sobre la almohada.
Me apoyé en un codo y la miré desde arriba.
—¿Y tú cómo cojones lo sabes?
—Porque —dijo, con expresión pétrea— no tienes ni puta idea de lo que significa esa palabra. —Pero sus ojos grises parecían tiernos y vulnerables. Estaba cabreada conmigo, pero tenía miedo. Eso era evidente.
Maggie y su puto muro de los cojones.
Mi mirada descendió por su garganta, donde el pulso le latía a un ritmo frenético. Mi mano se deslizó hacia ella, la yema del dedo trazando una línea a lo largo de su delicada clavícula.
—¿Esto es, por casualidad, por Dallas?
Se erizó, el cuerpo encogido en señal de protesta y la cara arrugada como si tuviera un sabor asqueroso en la boca. Pero no me apartó.
—No. No es por… —Se detuvo, incapaz de decir el nombre, al parecer, y tragó saliva. Tampoco me miraba a los ojos—. Las mujeres con nombre de ciudad ya tienen bastantes problemas. ¿Quién soy yo para criticar?
—Ajá. —Mi dedo siguió bajando hacia su pecho y rodeó la suave curva.
—O de flores —continuó—. Ya sabes, como tu amiguita Daisy. ¿Y cómo se llamaba la otra, la de Toronto? ¿Rosie? ¿O era Petunia? Quién puede llevar la cuenta. —Su tono era frío, pero sus ojos grises centellearon cuando por fin me miró.
Joder. ¿Maggie, celosa?
Me puso cachondo que flipas.
No debería. Lo sabía. Pero mi polla nunca me mentía.
Maggie estaba buenísima cuando estaba celosa.
Lentamente, le rodeé el pezón rosado con la yema del dedo, y se endureció, duro como una piedra y suplicando que lo lamieran.
—Nunca te puse los cuernos, Maggie.
Soltó un bufido.
Le sostuve la mirada gris.
—Lo has dicho tú misma. No eres mi mujer.
—No lo soy.
—Bueno, pues no puedes tenerlo todo, nena. Si no eres mi mujer, entonces yo no soy tu marido. —Mi dedo le rodeó el pezón otra vez, despacio—. Y si es así, ¿no convierte eso a mi polla en agente libre?
—Tu polla puede hacer lo que le salga del coño —refunfuñó.
—Bien. Porque mi polla te quiere a ti. —Me incliné para pasarle la lengua por el pezón. Mientras la lamía, se removió y emitió una especie de gruñido gutural.
Así que le cogí la mano y se la puse en la polla. Me la acaricié con ella, despacio, arriba y abajo. Entonces ella apretó la mano a mi alrededor, con una fuerza brutal. Probablemente pretendía hacerme daño.
No funcionó.
La miré.
—¿Quieres esto o no? —le pregunté con la voz ronca y áspera.
Se relamió el labio, despacio.
—Quiero tu polla. —Sus ojos grises sostuvieron los míos, fríos y controlados. Esos ojos que decían: No te quiero a ti.
Pero yo no me lo creía.
Nunca me lo creí.
Así que la agarré por las caderas y le di la vuelta. Soltó un chillido de sorpresa pero no opuso resistencia.
No me dijo que parase.
Me puse a horcajadas sobre ella, las rodillas a cada lado de sus caderas, y le levanté el culo hacia mí.
—¿Quieres esto? —Le deslicé la polla entre las piernas, resbaladiza contra su coño.
—Sí —exhaló.
Así que se la metí de golpe. Sus manos arañaron la sábana, retorciéndola a puñados mientras me hundía en ella. Me incliné contra su espalda, la curva de su cuerpo contra mi pecho, y le clavé las caderas contra el culo. Jadeó al sentirme dentro, al notar cómo me abría paso más adentro.
Le agarré el cuello y la sujeté con fuerza.
—¿Esto es todo lo que quieres? —pregunté mientras gemía con cada embestida.
—Sí…
Me la follé más fuerte, estirando la mano para frotarle el clítoris con los dedos. Maggie hundió la cara en la almohada, temblando y gimiendo.
—Pues suplica —le dije.
—Ung… Zane —gimió.
La embestí otra vez, y otra, hasta que supe que tenían que estar poniéndosele los ojos en blanco.
—Suplícamelo.
—No…
—Joder, Maggie.
Salí de ella. Le di la vuelta y me metí entre sus muslos. Sus piernas se enroscaron en mi cintura, sus brazos en mi espalda mientras me dejaba caer sobre ella. Entonces me la follé como más quería follármela; de la forma que siempre era la más difícil de follármela: cara a cara.
Porque, como de costumbre, Maggie esquivaba esa mierda.
Enterró la cara en mi cuello. Se negó a mirarme, daba igual cómo se lo diera. Fuerte o rápido o despacio, me daba igual.
No me miraba a los ojos.
Así que salí casi del todo, hasta que solo la punta de la polla quedó dentro, provocándola. Su cuerpo protestó, sus muslos apretándose a mi alrededor, sus uñas clavándose en mi espalda.
—Suplícame, Maggie —dije.
—Por favor —escupió.
Se lo di, fuerte pero no rápido, y me incorporé un poco para poder verla. Para que no pudiera esconderse.
Tenía los ojos cerrados. Pero se estaba tensando, la respiración entrecortándose, superficial y rápida.
Me incliné y le besé el cuello, le lamí el camino hasta la oreja. Se estremeció debajo de mí.
—Si esto es todo lo que quieres… —le susurré mientras la embestía— entonces no quieres que pare… no cuando estás justo al borde. Lo noto, nena. Sé cómo te pones justo antes de explotar.
Abrió los ojos entonces, solo un poco, mirándome bajo las pestañas. Esos ojos grises… Joder, esos ojos.
No era la única al borde.
—Di mi nombre, Maggie —le ordené, con la voz ronca y rota.
—No… —dijo, con un jadeo entrecortado.
—Dilo. Quiero oírlo cuando te corras.
La embestí, lento y profundo, clavando las caderas hacia arriba, arrastrando la pelvis contra la suya, para que no pudiera resistirse aunque quisiera.
Aunque se quedara ahí tumbada sin mover un músculo, se correría.
Porque yo sabía exactamente dónde darle, y con cuánta fuerza, y en qué ángulo, y cuántas putas veces.
Puede que no nos hubiéramos acostado más que un puñado de veces, pero yo prestaba atención.
Cuando empezó a correrse, dijo: «Zane… por favor…», y una llamarada de victoria me estalló en las entrañas, extendiendo calor por todo mi interior, mientras yo temblaba por la fuerza de contenerme… esperando a que ella llegara primero.
—Sí, nena… —La sujeté mientras gritaba. Mientras su coño se contraía, estrangulándome la polla. Mientras el placer le recorría el cuerpo… me recorría el mío—. Voy a correrme de cojones. Dime que lo quieres.
Sus ojos grises, nublados, me miraron.
—Lo quiero.
—Joder… sí… Maggie… voy a dártelo…
Y entonces me perdí del todo mientras me corría dentro de ella. Lo único que veía era su cara. Esos ojos grises… solo Maggie, mirándome, mientras le daba todo lo que tenía.
Tres putos meses de todo…
Solo para ella.
—Contémoselo a todo el mundo.
—¿Contar el qué a todo el mundo? —Maggie me miró mientras me desplomaba en la cama a su lado.
Había ido a tirar el condón y había descubierto que las piernas me temblaban bastante. Follar con Maggie no solo me había dejado flojo de rodillas, como siempre, sino que la hora de la noche empezaba a hacer mella de verdad. Estaba jodidamente agotado.
—Ya sabes qué —dije, cerrando los ojos. La idea se me había ocurrido en el baño, y era jodidamente brillante, a mi parecer—.
Podemos hacerlo hoy, en el brunch. Nuestros amigos más íntimos están aquí, y no hay prensa, no hay internet.
El sitio perfecto para contárselo a todos y pedirles que lo mantengan en secreto mientras aclaramos nuestras mierdas.
—Me estás vacilando, ¿no?
Abrí los ojos y la miré. La luz del fuego parpadeaba sobre su cara bonita, sus labios carnosos fruncidos en un mohín enfadado. Tenía la sábana enroscada como un capullo, con la cabeza y los brazos como única piel a la vista.
—Nunca he vacilado con esto —le dije.
Negó con la cabeza, despacio, haciendo un ruido irritado con la garganta. Del tipo que normalmente me ponía duro como una piedra, pero toda la pelea y el follón a las cuatro de la mañana me habían dejado hecho polvo.
—Déjalo —murmuré, cerrando los ojos otra vez. Adiós a la puta idea brillante—. Solo era una sugerencia, Maggs.
—Ajá. Y déjame adivinar. Se te ha ocurrido hace unos dos segundos.
—¿Y?
—¿Y te parece apropiado anunciarle a todo el mundo, en la boda de Jesse y Katie, que nos casamos en secreto en Vegas hace casi un año?
—Y yo qué coño sé.
—Zane. —Me empujó el hombro y entreabrí los ojos—. No les vamos a hacer eso. Este es su evento, no el nuestro.
—Vale. Lo que sea.
Pero Maggie no había hecho más que empezar.
—¿Tienes la más mínima idea de cuánto trabajo ha costado esta boda?
¿Cuánto se han gastado? ¿Cuánta gente con otras cosas que hacer ha volado hasta aquí, solo por ellos?
Porque yo sí. Puedo decirte lo que ha costado y cuánto trabajo ha llevado.
Mucho. Porque cuando la gente de verdad quiere casarse, eso es lo que hace.
Suspiré y cerré los ojos. Allá vamos otra vez. —Bonita puñalada, Maggs.
—También puedo decirte lo que significa para Jesse y Katie —continuó—.
Mucho. —Me pinchó en las costillas con su dedo diminuto—.
Y como, a diferencia de ti, yo no creo que el universo entero gire a mi alrededor y mis impulsos, te aseguro que, a pesar de lo que puedas pensar, mear encima de su fiesta con nuestros trapos sucios no es un regalo de boda apropiado.
Así que espero de verdad que les hayas comprado otra jodida cosa.
Cuando por fin terminó, se dejó caer sobre la almohada.
—Pues claro. Una mesa de billar. —Abrí un ojo—. Ya sabes, para tener algo que hacer en su casa cuando desaparecen para echar un jodido rapidito, que siempre lo hacen.
—O sea que es un regalo para ti mismo.
Abrí el otro ojo y me giré hacia ella.
—Ellos la pueden usar cuando yo no estoy.
—Qué detallista, Zane.
—Ya lo sé.
—Y de todos modos, no le vamos a contar a nadie lo de Vegas —dijo, sin mirarme—, porque no estamos casados.
Me senté, frotándome los ojos. La música de la habitación de al lado se cortó de repente, y el silencio era demasiado jodidamente fuerte. No me había dado cuenta de lo alta que estaba la música, en realidad, hasta que llegó el silencio.
—Madre de Dios —murmuré—. Ya basta de gilipolleces.
—Primero la boda, para la que me había aguantado llevar un puto traje con corbata, después el concierto de casi dos horas que había tocado tras la boda, muchas más horas de fiesta e improvisación, un baño en cueros helado, y sexo con Maggie —que era como hacer doce asaltos en una jaula con un gato salvaje— y estaba jodidamente hecho polvo—. Sí —le dije—, lo estamos.
—No si nos divorciamos.
Me incliné y la miré directamente a los ojos y le dije, igual que ya le había dicho, varias veces:
—No me voy a divorciar.
—¿Porque…? —dijo—. ¿Va en contra de tus principios o algo así? —Y soltó un bufido, como si yo no tuviera ninguno.
—Sí. Nos casamos. Asumámoslo de una puta vez.
Puso los ojos en blanco. Y yo odiaba con toda mi alma cuando ponía los ojos en blanco.
—¿A esto lo llamas matrimonio?
—Podría serlo.
—Que haya habido una boda no significa que haya un matrimonio, Zane.
Me pasé una mano por la cara.
—Pues puede que no tenga ni puta idea de lo que es un matrimonio. Puede que no sepa cómo tener uno.
—Puede que no.
—Puede que quiera intentarlo. —¿De verdad era tan jodidamente difícil de creer?
—Bueno, perdona si no me interesa jugar a las casitas contigo —dijo, incorporándose de golpe y quitándose la sábana.
—¿Y qué coño significa eso?
La observé ponerse a tirones la camiseta gigante de Dylan. Entonces me lanzó una mirada acusadora.
—Significa que si quieres hacer un experimento social de monogamia y compromiso, hazlo con otra.
Me la quedé mirando.
—O sea, que mimos y charla de almohada, descartados, ¿no?
Alguien llamó a la puerta y Maggie se puso rígida. Susurró:
—¡Cállate!
Yo ni había dicho nada.
—No digas una palabra —siseó, agarrando una almohada y abrazándola, como si pudiera hacerla desaparecer—. No hagas un solo ruido. —Entonces alargó la mano y me agarró la muñeca.
Me miró, con los ojos grises muy abiertos, como si la idea de que quien estuviera al otro lado de esa puerta me viera aquí, con ella, fuera lo más espantoso que pudiera ocurrir jamás.
Lo cual me jodió pero bien. Sobre todo teniendo en cuenta que se acababa de correr encima de mi polla.
Volvieron a llamar.
Que le den.
Me levanté. Porque en ese momento me importaba una mierda quién estuviera al otro lado de esa puerta.
—ZANE —gritó—, ¡NO!
Pero lo hice. Fui directo a la puerta de Maggie y la abrí.
En pelotas.