3. Zane
ZANE
Había exactamente seis, en una tira. Con estrías, y la talla era XL. Lo cual me produjo un perverso subidón de satisfacción.
Porque estaba claro que los condones que había traído eran para mí.
A no ser que Maggie esperara que algún otro tío con polla XL se la cepillara ese fin de semana…
Pero eso ni de coña.
Si era así, tendría que follármela hasta que se le olvidara la idea.
Cuando salió del baño unos minutos después, yo estaba tumbado en la cama con el fuego encendido y las luces apagadas. Se quedó allí, en la puerta, mirándome. Tenía el pelo oscuro medio seco, las puntas todavía húmedas, y lo llevaba alisado con cuidado alrededor de la cara.
Del cuello a las rodillas iba tapada con una camiseta térmica verde militar horrorosa que le sentaba como una tienda de campaña.
Me reí.
Maggie me fulminó con la mirada.
—¿Otra vez con la camiseta de otro tío, Maggs?
Se cruzó de brazos a la altura de la cintura y casi pude distinguir sus curvas.
—¿Celoso?
—Me transporta al pasado. Ya sabes, a nuestra noche de bodas, cuando casi te tiraste a Coop antes de casarte conmigo…
—Es de Dylan —dijo apretando los dientes—. Porque algunos hombres son lo bastante atentos como para prestarme una camiseta de más cuando estoy ayudando al personal a montarlo todo, con el frío. Ya sabes, mientras otros hombres se pasan medio día durmiendo.
Bueno, eso explicaría la talla. Dylan medía casi dos metros, era un batería maníaco hecho de puro músculo, y Maggie apenas llegaba al metro cincuenta y pesaba lo mismo que un pajarito empapado.
—Qué detalle. Si lo que intentaba era evitar que echaras un polvo.
—No voy a echar ningún polvo.
—Déjame adivinar —dije, deslizándome el brazo detrás de la cabeza a modo de almohada—. Has cambiado de opinión.
—Es prerrogativa de una mujer.
—Bueno, es prerrogativa de un hombre volver a intentarlo.
No se movió de la puerta.
—¿Sabes? Tu cabaña es mucho más bonita que la mía. Lo sé porque yo hice la distribución de habitaciones. Lo cual también explica por qué está lejísimos, en la otra punta del resort.
—La geografía no puede separarnos, nena.
—Pues sí que puede. Tu polla no es tan larga.
Me reí otra vez.
—Deberías habernos puesto en la misma habitación y ahorrarte la molestia.
—¿Y por qué iba a hacer eso?
—Porque sabes que voy a acabar aquí de todas formas.
—¿Y eso cómo lo calculas?
—Porque estamos casados.
Puso los ojos en blanco.
—Es plena noche. Quiero dormir, Zane.
—Pues duerme. Hay sitio. —Eché un vistazo a la cama. Era de matrimonio, no enorme, pero suficiente… si yo no estuviera desparramado ocupando tres cuartas partes—. Si no cabes, podemos acurrucarnos.
Suspiró profundamente, se acercó y se quedó de pie junto a la cama. Dudó allí, mirándome. Totalmente jodidamente insegura.
—Zane. De verdad creo que no deberíamos hacer esto.
—Vale. —Me aparté para dejarla entrar y me tapé con la sábana—. Manos quietas. —Y lo decía en serio. Si de verdad no quería que la tocara, yo no iba a ser ese tipo de tío.
Pero acabaría cediendo.
Se demoró, toqueteando la manta de su lado y ahuecando la almohada.
Luego se metió en la cama. Se arropó bajo las mantas, tumbada tiesa como un palo boca arriba, y cerró los ojos.
—Lo digo en serio —dijo—. Me voy a dormir.
—Ni se me ocurriría molestarte —le dije—. Ni te toco. Prometido. —Entonces agarré las mantas y se las fui quitando de encima, despacio.
Todas.
Abrió los ojos y me miró mientras yo tiraba la ropa de cama detrás de mí, al suelo.
Levanté las manos.
—No te estoy tocando.
—Por el amor de Dios, Zane. Madura de una vez.
—En ello estoy.
Mi mano reptó hacia ella y le subió la tienda de campaña de camiseta por el muslo. Sin tocarla a ella, solo la camiseta. Debajo, se había puesto lo que probablemente pensaba que eran bragas discretas. Unas negras lisas, como pantaloncitos cortos.
Sexis.
Pasé la yema del dedo por el borde de las bragas, sobre la curva de su cadera, la tela como una fina barrera entre su piel y la mía.
—Me pregunto lo cachonda que puedo ponerte sin siquiera tocarte…
—Tocar mis bragas cuenta como tocarme, Zane.
—Venga ya, Maggie. ¿Dónde queda la gracia? —Me acerqué más a ella, y mi polla desnuda le tocó el muslo. Por accidente—. ¿Tocarte con la polla cuenta?
Me lanzó una mirada envenenada.
—Zane. Te lo he dicho. Esto no es buena idea, ¿vale?
Le pasé el dedo otra vez por encima de las bragas, y hacia abajo entre las piernas, acariciándole el coño a través de la tela suave. Se removió, pero de una forma perezosa y cansada, como si no tuviera voluntad para luchar —al menos, no físicamente.
Como siempre, el cuerpo de Maggie estaba en total contradicción con su mente tozuda.
Le deslicé la mano hacia arriba y le bajé las bragas con cuidado, enganchando los dedos por dentro… deslizándoselas despacio sobre las caderas… sin que mi piel rozara la suya en ningún momento.
—Zane…
—Fíate de mí, Maggie.
Frunció el ceño.
—Ya.
—Vale… no te fíes. Pero dame una oportunidad. Dos minutos. —Le deslicé las bragas por las piernas y se las quité de los pies—. Si no consigo hacerte cambiar de opinión en dos minutos, sin tocarte, te pones las bragas y la camiseta tienda de campaña y te dejo en paz.
Entonces le subí la camiseta y se la quité por la cabeza, con la semicooperación de Maggie. Se desplomó desnuda y medio resistente debajo de mí, tensa y suave, iluminada por el fuego y preciosa.
Puse las manos en la cama, a cada lado de su cintura, y me incliné, más cerca… desplazándome sobre ella… tan cerca que podía sentir mi aliento en su piel. Me cerní sobre un pezón, luego sobre el otro, como si fuera a besarla ahí, pero no lo hice.
Se arqueó un poco y se removió debajo de mí, respirando cada vez más rápido.
Entonces bajé… hasta quedar en posición para lamerle el coño. No lo hice. Le soplé encima, lento y caliente, y simplemente la dejé desearlo.
Cuando le miré la cara, se estaba mordiendo el labio.
—Esto es ridículo… —dijo. El tono era aburrido y tenso de desprecio, pero las palabras le salían sin aliento de necesidad.
Y era ridículo. Los latidos desbocados de mi corazón eran ridículos.
El latido incesante de mi polla era peor.
Me levanté y fui al ramo de flores que había en la mesa junto a la puerta.
Ya había leído la tarjeta mientras ella se secaba el pelo.
Era de Jesse y Katie, dándole las gracias por ayudar con la boda.
Era enorme, varias docenas de flores. No tenía ni idea de qué eran, pero arranqué una de las grandes flores rosas y esponjosas, con todos esos pétalos revoloteantes y sedosos. Luego la llevé de vuelta a la cama.
Maggie me siguió con la mirada paso a paso, con los ojos muy abiertos.
Estaba tan joven y dulce y perfecta tumbada allí a la luz del fuego, que me detuve junto a la cama para mirarla.
Todas las líneas duras y acusadoras de su cara se habían suavizado, sus ojos y su boca, normalmente tensos cuando me miraba, más relajados de lo habitual.
Me arrodillé sobre ella en la cama, sin tocarla en absoluto, y bajé la cabeza de la flor entre sus piernas.
Se retorció el labio inferior, carnoso, entre los dientes.
Justo antes de que los pétalos le rozaran el clítoris como un susurro, la aparté. Gimió un poco, aferrando la sábana debajo de ella, y mi polla dio un tirón.
Solo esperaba que mis dos minutos fueran suficientes.
Deslicé la flor sobre su pecho izquierdo, haciéndola girar despacio para que los pétalos revolotearan sobre su pezón tenso. Luego hice lo mismo con el otro pezón. A Maggie se le abrió la boca y el cuerpo se le arqueó hacia el contacto ligero, justo antes de que lo retirara.
Entonces bajé la flor, hacia abajo, hacia abajo… hacia su coño. Me detuve, encontrándome con sus ojos. Me estaba mirando, y estaba perdiendo el control. Podía verlo… su muro se desmoronaba, como siempre lo hacía antes de que cediera ante mí, antes de que se lanzara al vacío.
Bajé la flor y revoloteé los pétalos sedosos sobre su clítoris.
Maggie jadeó y abrió las piernas. Su muslo chocó contra el mío.
—Eso no ha contado, joder —la provoqué, haciendo girar la flor y deslizándola entre sus piernas—. Tú me has tocado a mí.
—Zane —susurró, sin aliento—, tus dos minutos se han acabado, ¿vale? —Se sacudió debajo de mí cuando levanté la flor.
—¿Quieres que pare?
—No —dijo, prácticamente jadeando—. No quiero que pares.
Se me extendió una sonrisa por la cara. No pude evitarlo.
Bajé la flor otra vez, provocándola… deslizándola sobre su coño, sobre la cara interna de los muslos, mientras se retorcía.
—Zane…
Entonces me puse serio. Me bajé entre sus piernas y pasé la lengua suavemente sobre su carne dulce, lamiéndole el clítoris.
Luego deslicé la flor sobre ella otra vez.
Sus manos se hundieron en mi pelo, intentando sujetarme abajo, intentando que le diera más.
Se sacudía y gemía. Pero me tomé mi tiempo, conteniéndome…
aunque me estaba volviendo loco. Mi lengua, la flor… Los gemidos de Maggie.
Luego mi lengua bien dentro de ella… Luego la flor susurrando sobre su clítoris.
Luego mi boca en su clítoris y sus gemidos subiendo de volumen.
El clítoris se le endureció bajo mi lengua, su coño hinchándose, jugoso y mojado mientras la yema de mi dedo le acariciaba la entrada.
—¿Quieres que pare? —susurré, besándole el coño, luego acariciándola con la flor.
—Ni se te ocurra parar, joder…
Me levanté, y lo más rápido que pude me puse un condón. Luego volví a por ella… mi boca, la flor… mis dedos… Los gemidos de Maggie.
Cuando no pude más, me desplacé hacia arriba por su cuerpo.
—Sé que me deseas, Maggie —dije, mientras le besaba el cuello. Mi mano se hundió entre sus piernas y ella se sacudió contra mí; sus brazos volaron a mi cuello y me apretó fuerte—. ¿Por qué luchas tanto contra ello? —Le lamí la garganta hacia arriba—. Sabes que somos buenos juntos…
—No estamos juntos —protestó.
—¿No? —Le abrí más los muslos y bajé las caderas. Empujé la polla dentro de ella, hundiéndome profundo. Estaba tan mojada… me acogió, caliente y rápido—. A mí me parece que sí…
Gimió, pero no dijo nada.
—Voy a follarte toda la noche si hace falta… hasta que te entre en la cabeza…
—La noche casi se ha acabado —dijo, sin aliento, jadeando mientras la embestía.
—Entonces te follaré toda la mañana. Te vas a quedar en esta habitación, conmigo, y vas a acoger mi polla, de todas las formas que quiera dártela… hasta que veas la puta luz…
La respiración se le hizo más ronca mientras la follaba, más fuerte, mis embestidas acelerando gradualmente hasta que gritaba. Casi me perdí en esos gritos suyos, desgarrados y entrecortados…
Llegaba música a través de una pared. Alta. Arctic Monkeys… Me pregunté vagamente si alguien la había puesto para ahogar los gritos de Maggie.
En ese momento, a ella parecía sudarle completamente.
A mí también.
Estaba cerca y lo único que me importaba, ahora mismo, era llevarla hasta allí. Así que frené. Porque sabía que, con Maggie, eso solo la llevaría más rápido…
Le puse la mano en la cara, agarrándole la barbilla, y la obligué a mirarme.
—¿Segura de que puedes con esto? —la desafié mientras la miraba a los ojos grises… mientras le abría los muslos con las caderas y se la daba despacio. Casi me quedaba sin aliento mientras me contenía, tan jodidamente envuelto en ella que se me olvidaba respirar.
—¿Y tú? —dijo, mirándome desde abajo, su voz apenas un susurro en la oscuridad.
Y la respuesta era que no. No podía con esto.
No había nada en esto con lo que pudiera.
Lo que pasaba conmigo era que… lo haría de todas formas.