2. Maggie
MAGGIE
Suspiré frustrada y apoyé las manos en la pared de la ducha para no tocar nada más —ni a Zane ni a mí misma. ¿Y lo peor? Él ya ni siquiera me estaba tocando.
Se había echado un par de centímetros atrás para que su polla dejara de rozarme. Pero estaba completamente erecta, apuntándome como una acusación cuando eché un vistazo atrás. Pesada, hinchada, larga y totalmente impúdica. No había nada educado en esa polla.
Él lo sabía, y no se molestó en taparla.
Joder, cómo le quería dentro.
—Mira… —dije, con cierto esfuerzo—. Sabes perfectamente lo que puedes hacer con eso. Lo que les haces a las mujeres. No voy a ponerme en plan superior ni fingir que soy inmune, pero…
—¿Mujeres? —dijo, fingiendo confusión—. ¿Como Jessa?
Fruncí el ceño.
—No, no como Jessa, pero…
—¿Elle?
Claro. Como bajista de Dirty y compañera de banda de Zane desde hacía años, Elle probablemente no se follaría a Zane ni aunque fuera el último hombre sobre la faz de la Tierra.
Habían sido amigos demasiado tiempo, socios demasiado tiempo, se habían sacado de quicio el uno al otro durante demasiado tiempo.
—Bueno, no. Elle no. Solo…
—¿Katie?
Le fulminé con la mirada. La flamante esposa de Jesse estaba tan fuera del alcance de Zane que ni siquiera tenía gracia. Y él lo sabía. Jesse le mataría mientras dormía si intentara algo serio con ella.
—Katie no. Ni de coña digas eso.
—Eh, solo intento seguirte, Maggs. Has dicho que les hago algo a las mujeres. Que soy peligroso. O mi polla lo es. Pero acabo de nombrar a tres mujeres en un segundo a las que mi polla les suda.
Dios, el tío era irritante.
—Vale, a lo mejor no a todas las mujeres…
—Entonces solo a ti.
—Exacto. Solo a mí —dije en mi tono más sarcástico—. Venga, hazte el inocente. Échame toda la culpa. Me da igual. Solo llévate tu pollón y tus abdominales y tus ojos azules y tu sonrisa del demonio de mi puta ducha, y vete a acosar a otra.
—¿Acosar? —Se rio con su risa chulesca—. Solo me estoy duchando, nena. Entrando en calor. La que está obsesionada con mi polla eres tú.
—Está dura, Zane.
—Es una función biológica —dijo, bajando los párpados. Estaba disfrutando muchísimo de esto—. No siempre puedo controlarla.
—Ya lo sé —dije, despacio y con todo el hielo que pude reunir en medio de tanto vapor—. Ese es justo el puto problema.
La sonrisa se le borró, y entornó los ojos.
—¿Cuál es?
Me giré para encararle, tapándome como pude con las manos. No lo suficiente. Su mirada cayó, manoseando cada centímetro de piel expuesta.
—Tú y tu polla —dije sin inflexión, haciendo lo posible por ignorar el latido entre las piernas, la pesadez de mis pechos, el puto dolor de los pezones y mi respiración cada vez más agitada y desigual.
Porque sabía exactamente lo que podía hacerme, en cuestión de segundos, si le dejaba, y ya estaba tambaleándome en ese precipicio entre el control y el abandono total, entre importarme y no importarme una mierda si follarme a Zane hasta reventar, aquí y ahora, era buena idea—.
Los dos sois hierba gatera para un coño caliente y lo sabes de sobra.
Sus ojos se encontraron con los míos. Parpadeó una vez. Luego se rio, su infame carcajada vikinga, grande, atrevida y conquistadora, en toda mi cara.
Y solo durante esa fracción de segundo, el control ganó.
—Sí, me voy.
Me escabullí por el hueco estrecho entre su corpachón y la mampara de la ducha.
No llegué lejos.
Me agarró por la cintura y me hizo girar, presionándome la espalda contra la pared de azulejos. Fue fácil. Él era grande, yo era pequeña.
Además, en realidad no quería irme. Mi control se evaporó tan rápido que fue surrealista; la cabeza me daba vueltas mientras me inmovilizaba allí. Pero no luché.
¿Así que quizá solo quería protestar un poco antes de ceder?
Mierda. ¿Eso me hacía estar enferma? Parecía enfermizo.
Pero quizá no de la mala manera…
Sus dedos se clavaron en mis caderas y me sujetaron fuerte mientras se apretaba contra mí, y un escalofrío de anticipación nerviosa me recorrió entera.
—¿Coño caliente…?
Ya no se reía. Su mirada recorrió mi cara despacio, de los ojos a los labios entreabiertos, como si me estuviera leyendo. Y me sentí totalmente expuesta. Probablemente podía oler mi excitación. El tío era un sabueso total en lo tocante al sexo y a mi incomodidad.
Y cuando Zane y yo teníamos sexo, la incomodidad siempre era una parte —para mí.
Peor aún, había aprendido que mi incomodidad le excitaba. Igual que mis protestas cada vez más débiles.
Quizá para él todo esto no era más que un juego largo, lento, a veces doloroso, que iba ganando poco a poco.
Pero es que no podía evitarlo. Las protestas. La resistencia. El ceder.
Le deseaba como no había deseado a nadie en mi vida.
Y… deseaba no desearle.
Respiraba demasiado fuerte, aferrada a un hilo. Apoyé las manos en la pared detrás de mí, extendiendo los dedos e intentando agarrarme, como si pudiera pegarme al azulejo. Pero las caderas se me movieron inquietas entre sus manos, y me mordí el labio, retorciéndolo entre los dientes, fuerte.
—¿Me estás diciendo que estás cachonda, Maggs? —preguntó despacio, con su voz ahumada bajando a un tono peligroso. La lengua le asomó para lamerse el labio.
Tragué saliva.
—Decirme que estás cachonda es un movimiento muy, muy malo, Maggie May —insistió, con la boca tan cerca de la mía que sentía su aliento en la cara. Casi podía saborearle—. Si quieres que salga de esta ducha…
—Baja de las nubes —conseguí decir. Pero la voz me salió toda jadeante y patética.
—¿Por qué no dejas que me encargue de eso…? —dijo, como quien no quiere la cosa, como si se ofreciera a rascarte donde te pica—. Sabes que puedo encargarme… —Sus pulgares acariciaron las hendiduras entre mis huesos de la cadera y la ingle, despacio.
Y sabía que me estaba mojando ahí abajo, de una forma que no tenía nada que ver con la ducha. Todo mi cuerpo palpitaba, dolía, hambriento de él.
Tan jodidamente lista.
Tan jodidamente harta de esperar.
Tan jodidamente asustada de ceder.
—Pero es que de verdad… no… —Mierda. Respiraba cada vez más rápido, más fuerte, mientras las palabras me fallaban. Y las palabras rara vez me fallaban.
Su mirada cayó a mi pecho, que se agitaba.
—Claro que sí —murmuró.
Y sí. Claro que puñetera sí.
Él lo sabía, y la puta verdad era que yo había querido que lo supiera.
Cada una de las cosas que le había dicho esta noche —en realidad, durante todo el evento— le había dicho Ni hablar… Pero el hambre detrás de cada palabra, cada mirada robada, le había dicho Sí.
En realidad, le había dicho Por favor.
Joder, por favor.
Dámelo.
Lo quiero.
Fuerte. Rápido. Solo dámelo…
Y él sabía que podía dármelo, que yo lo aceptaría, que en realidad no le pararía si lo intentaba. Pero no lo había intentado; al menos, no fuerte y rápido.
En lugar de eso, se estaba tomando su tiempo, alargando esto; saboreándolo.
Mi incomodidad. Mi resistencia. Mi lucha interior…
Tócame.
No me toques.
Tócame de una puta vez.
—Estabas guapa esta noche, Maggie —susurró. Luego sonrió un poco, la comisura de la boca curvándose hacia arriba de esa forma pícara e infantil que tenía cuando se ponía mono. No mono coqueto y no mono falso, no mono de peloteo-porque-quiero-tirármela. Solo mono.
Y me derretí por dentro como una imbécil.
—No —dije—. No hagas eso.
Letal. Zane siendo dulce conmigo; era tan peligroso como su polla dura meneándose delante de mí en una ducha caliente.
En realidad, era peor.
—¿Hacer qué?
—No seas majo —dije.
—Vale. Como quieras. —Se acercó, aplastándose contra mí—. Tengo más práctica siendo gilipollas, de todas formas.
Me agarró las manos y me las empujó por encima de la cabeza, inmovilizándome contra la pared.
Sentí cada centímetro de su polla larga y dura apretada contra mi estómago…
tan resbaladiza y mojada. Le sentí latir contra mí mientras el deseo le crecía, mientras se apoyaba en mí con su peso.
Sus huevos, llenos, pesados y firmes, presionaban contra mi clítoris.
Su piercing del pezón se me clavaba en el pecho.
Y fue una especie de alivio.
Exhalé, como si hubiera estado conteniendo la respiración toda la puta noche.
Entonces dijo:
—Pero sí que estabas guapa —sus ojos azules en los míos—. Con ese vestidito negro, con el pelo todo recogido…
—Cállate ya, Zane.
—No dejaba de imaginarme lo que llevabas debajo —continuó, con los dedos clavándose en mis muñecas mientras movía las caderas, restregando su polla resbaladiza contra mí—.
Y cómo estarías con el vestido todo subido hasta la cintura…
mientras te doblaba y te follaba hasta hacerte gritar.
—Entonces inclinó la cara como para besarme.
Pero no lo hizo.
En vez de eso, se tomó su puñetero tiempo.
—Me encanta cuando gritas… —murmuró.
Entonces encajó su boca en la mía.
Y encajó tan jodidamente bien, como si hubiera nacido para besarme. Como si yo hubiera nacido para que él me besara.
Lo hizo despacio, además, solo para restregármelo. Para darme toda la oportunidad del mundo de apartarme, de empujarle, de decir que no, de abofetearle.
No hice ninguna de esas cosas.
Me abrí al deslizamiento de sus labios mojados, resbaladizos y cálidos, y gemí desesperadamente cuando deslizó la lengua dentro de mi boca, caliente y agresiva pero lenta… lamiéndose contra la mía en una danza tortuosa que hizo que todo mi cuerpo se enroscara contra él.
Luego retiró la boca igual de despacio, haciéndome gemir.
—¿Más? —preguntó con una media sonrisa. Pero esta vez era una sonrisa feliz, no una sonrisa chulesca, con los ojos azules brillándole.
Alegría, no victoria.
Peor.
—Sí, más —dije, medio desesperada, medio enfadada mientras luchaba por inclinarme hacia él. Pero me mantuvo clavada contra la pared mientras me besaba; mientras yo le devolvía el beso.
Y cerré los ojos, para no tener que ver esa terrible alegría en su cara.
Me pasó las dos muñecas a una sola mano y, manteniéndolas sujetas, deslizó la otra mano hacia abajo, entre mis piernas.
Jadeé cuando me tocó, mi cuerpo respondiendo de esa manera que solo él podía provocar, acariciando todos mis puntos con la presión exacta…
provocándome al principio, dejándome acostumbrarme a su tacto, y hundiendo los dedos gradualmente… haciéndome desear solo un poquito más.
—Más… —susurré cuando me besó el cuello hacia abajo, su dedo deslizándose dentro de mí. Le mordí el hombro y gemí cuando un segundo dedo se unió al primero.
—Joder… Necesitamos un condón —murmuró—. Necesito estar dentro de ti…
Suspiré, estremeciéndome mientras sus dedos se movían dentro de mí.
—Tengo.
—¿Tienes?
Abrí los ojos y le encontré mirándome. Una sonrisa le jugaba en los labios, pero noté que intentaba contenerla. Y me puso borde; la sonrisa y la contención.
—Sí —dije, apartándome de su mano—. ¿Y qué?
Me soltó las muñecas y me crucé de brazos sobre el pecho, pero él deslizó la mano de vuelta entre mis piernas, imperturbable.
—Maggie May —dijo, acariciándome despacio—, ¿estabas planeando echar un polvo en la boda de Jesse y Katie?
Me ericé, intentando que lo que estaba haciendo ahí abajo no me afectara, pero mierda. No era tan buena actriz.
—No. No planeándolo. Solo… estando preparada.
—Preparada. —Pareció darle vueltas a la palabra en la boca, mientras me hacía círculos en el clítoris con las yemas de los dedos—. Porque… sabías… que en cuanto me vieras subir por el pasillo con mi traje, no podrías resistirte.
Le aparté la mano y miré hacia otro lado, por encima de su hombro, cuando dije:
—Porque sé que no puedo fiarme de ti.
Y era verdad.
Dicho simplemente, no sabía si alguna vez podría fiarme de un hombre que se parecía tanto a mi padre.
Ese hombre ausente, egocéntrico e irresponsable que, por desgracia, me había moldeado, que había proyectado una sombra de abandono sobre toda mi vida, pero que nunca había sido realmente real para mí.
Nunca había estado ahí de verdad cuando le necesitaba.
Zane, en cambio, siempre había estado ahí para mí.
Y sin embargo se parecía tanto, tantísimo, a mi padre.
Estrella del rock.
Ególatra.
Mujeriego.
Mi padre incluso era duro y rubio. Al menos, lo era de joven.
En cuanto fui consciente del parecido —en nuestra boda— se me había metido en los huesos y había echado raíces, atrapándome con zarcillos irritantes de resentimiento.
Era un picor terrible que no podía rascar, del que no podía librarme, porque —a diferencia de mi padre— Zane siempre estaba aquí.
En mi cara. En mi vida. En todo lo que hacía. Mi jefe. Mi amigo.
Mi peor miedo.
No, definitivamente no podía fiarme de un putero chulito que trataba tirarse a mujeres como un pasatiempo cualquiera. Levantarte por la mañana, rascarte el culo, tomarte un café, ir a follarte a alguien.
Mi padre había vivido así, nunca me había puesto por delante de las necesidades de su propia libido y su ego inflado, y yo no quería otro hombre así en mi corazón.
Jamás.
Pero sí quería, por desgracia, el resto. El resto de Zane.
Un hombre cariñoso, apasionado y que estaba ahí para mí. Un hombre que probablemente mataría por mí.
Sexy. Con talento. Y sí, un poco peligroso.
Simplemente el tío más guay que había conocido.
A ese Zane, sabía que le deseaba.
Pero no podías quedarte con uno sin aceptar al otro.
Me tocó la barbilla suavemente, girándome la cara hacia la suya. Sus ojos azules sostuvieron los míos, y había un desafío en ellos.
—Lo que quieres decir es que no te fías de ti misma conmigo.
Eso también era verdad.
Y sentí cómo me cerraba por ello.
—Están en mi bolso —le dije—. En la cremallera del lateral. Ve a por ellos y ahora voy.
—O puedo traerlos aquí…
—Fuera —dije—. Quiero secarme el pelo o me voy a helar.
—Yo te caliento —dijo, deslizando las manos hacia abajo alrededor de mi culo y apretando, los dedos hundiéndose profundo, enviándome escalofríos de deseo por todo el cuerpo. Luego me besó otra vez, caliente y profundo.
Le devolví el beso, con movimientos que me parecían forzados incluso a mí. Sentía cómo me replegaba, cómo guardaba mis emociones detrás de mi muro pulcro y ordenado —el que Zane siempre me acusaba de levantar entre nosotros.
Se apartó, con los ojos entornados en los míos. Seguro que lo sentía, ese muro subiendo.
Siempre lo sentía.
Desde su punto de vista, mi muro era probablemente la raíz de todos nuestros problemas.
—Te veo fuera —dijo, dándome un último apretón persistente en el culo. Me sostuvo la mirada hasta que asentí.
Luego se fue, y respiré hondo.
Me giré y apoyé la frente contra la pared de azulejos.
Solo necesitaba respirar un aire que no fuera el suyo, un espacio donde él no estuviera apretujado. Un momento para dejar que mi cuerpo se enfriara. Para poder pensar con claridad…
Y averiguar cómo salir de esta.