Una noche de bodas muy canalla 1. Maggie #2
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1. Maggie #2

No podías culpar a un tío por intentarlo, ¿verdad?

Pues sí.

Esquivé y me escabullí, soltándome de su agarre, y puse distancia entre los dos.

—Ya puedes irte —dije, abrazándome y dando saltitos. Le sostuve la mirada, evitando cuidadosamente su polla. Porque sí, estaba completamente desnudo. Y no necesitaba ver eso.

Aunque en el fondo me moría de ganas…

—Hostia, Maggs, al menos déjame entrar en calor. —Se frotó los brazos de arriba abajo y pasó por delante de mí, temblando.

—Estoy demasiado helada para pelearme contigo, Zane —espeté, aún dando saltitos.

—Pues no pelees.

—¡Ni se te ocurra meterte en esa cama todo mojado!

Corrí al baño mientras él se dirigía a mi cama, salí con una toalla y se la tiré. Se puso a secarse, rápido, intentando entrar en calor mientras se frotaba el cuerpo con la toalla. No es que estuviera mirando…

Dios, sin embargo. Había mujeres que pagarían por este espectáculo privado.

Con encogimiento o sin él, el tío era impresionante. Esbelto, alto y rubio, su cuerpo esculpido todo tenso y temblando de frío, los músculos contrayéndose y flexionándose mientras pasaba la toalla por sus muslos largos y duros…

Vídeo: Zane Traynor se seca después de un baño en cueros a medianoche.

Viral instantáneo.

—Tienes que irte, antes de que me muera —dije apretando los dientes, aún dando saltitos mientras me daba la vuelta.

Me ignoró, yendo hacia la chimenea. Intenté no mirar mientras se agachaba, con el culo al aire mientras rebuscaba entre los troncos disponibles, claramente con intención de encender un fuego. Bueno, mierda. No iba a ser yo quien se lo impidiera.

—Hostia puta —maldije, rindiéndome.

Entonces corrí al baño, cerré la puerta de un portazo y abrí la ducha a tope de caliente.

Temblando, me metí directa, y fui quitándome poco a poco las bragas y el sujetador mojados.

Hacía tanto frío que pasaron varios minutos antes de que el calor calara de verdad y mi cuerpo empezara a registrarlo. Pero cuando lo hizo…

Puro éxtasis.

—Será mejor que dejes de soltar esos gemidos sexis… —Zane abrió la mampara de la ducha y se metió en el chorro, apretujándose contra mí— si esperas que mantenga las manos quietas.

Le di la espalda, rápido.

—¡Zane! ¡Fuera de aquí!

—¿Qué? Estoy entrando en calor. ¿Quieres que me muera?

Puse los ojos en blanco e intenté ignorarle. Lo cual era total y absolutamente imposible. Me adelanté todo lo que pude sin dejar de pillar algo de chorro, pero él estaba justo detrás. La masa de su cuerpo —sus pectorales, sus muslos, su puta polla— rozándome.

Al menos no estaba empalmado. Todavía.

—Deja de acaparar el agua, Maggs —dijo, apretándose más por detrás, y me tensé cuando más de su cuerpo entró en contacto con el mío…

apenas, presionando contra mí. Tembló violentamente, desatando una oleada de piel de gallina sobre mi piel recién calentada.

Luego gimió, largo y grave, cuando el calor le caló—. Dios… joder, qué gusto…

Hostia puta.

Era como escuchar un porno en directo, calibrado al milímetro a mis fantasías, a escasos centímetros detrás de mí.

Peor aún, sus palabras me recordaron las cosas que me había dicho, y cómo me las había dicho, aquella primera noche que pasamos juntos.

Nuestra noche de bodas.

—Entra en calor y vete, Zane —dije, con un tono frío y distante. Era un tono bien ensayado, cultivado a lo largo de muchos años en presencia de Zane Traynor. El que decía: No me trago tu numerito, cuando me lo estaba tragando entero.

Porque esta era la única defensa que conocía: la negación.

Mi cuerpo estaba en las antípodas del frío mientras el agua caliente y el creciente calor corporal de Zane empezaban a asfixiarme.

Mi cerebro tampoco ayudaba. Los pensamientos se me disparaban, a toda máquina, imaginando todas las cosas que mi cuerpo podría estar haciendo con el suyo, ahora mismo.

Me regañé a mí misma, sin mucha convicción, por no haber echado el cerrojo del baño.

Pero la verdad era que lo había dejado abierto a propósito.

Porque por lo visto esa imbécil que llevaba dentro adoraba tentar al destino.

Así que quizá ya no tenía sentido ni intentar negarlo. Era más que oficial: era masoquista, pura y dura.

Con Zane, quizá siempre lo había sido.

Quizá siempre lo sería.

Suspiró entrecortadamente, un sonido de profunda satisfacción. Y ni siquiera podía fingir que no me gustaba oírle satisfecho.

Porque otra vez, masoquista.

—Nena —dijo, con la voz relajada y ronca en mi oído, su aliento y su endemoniada barba rubia haciéndome cosquillas en el cuello—, si crees que darme la espalda te hace menos tentadora, eres más tonta de lo que pensaba.

—¡¿Cómo?! —Giré la cabeza para fulminarle con la mirada.

Me dedicó la sonrisa más encantadora —y perversa— del mundo. Porque se estaba cachondeando de mí. Y yo estaba cayendo.

Y a Zane le encantaba eso.

—Da igual —refunfuñé.

Joder, sin embargo. ¿Qué narices me pasaba?

¿Iba a una boda con Zane —bueno, aparte de la nuestra— y me convertía en una masa inútil y cachonda por dentro?

Me había prometido a mí misma, me lo había prometido con meñique incluido, después de la última vez que le dejé meterme su pollón y follarme hasta la estratosfera, que era la última puta vez.

Que a partir de ese día, él no sería para mí más que un compañero de trabajo.

Un colega asexuado y aburrido de cojones, aquejado de alguna ETS asquerosa y purulenta.

Sí, lo de la ETS me lo había inventado totalmente, para engañarme a mí misma y creer que Zane Traynor era mucho menos atractivo de lo que realmente era.

Incluso me había convencido —mientras bajaba, sudando y temblando, de aquel último orgasmo demoledor y alucinante— de que el autoengaño podía funcionar.

Porque estaba lo bastante desesperada como para creerlo.

Me habría creído cualquier cosa, si pensaba que podía salvarme de acabar desnuda con él otra vez.

Y aquí estaba.

Desnuda.

Con él.

Otra vez.

—Coge tu «tentación» y vete, Zane —dije—. Solo quiero estar sola.

—No, no quieres —dijo, su lengua rozándome casualmente el cuello mientras hablaba, lenta y perezosa, casi como si fuera un accidente. Lo cual quizá lo era. A Zane le costaba mantener la polla en los pantalones o la lengua en la boca cuando había coño desnudo y mojado al alcance.

—Sí —dije con firmeza—, quiero.

—Vale, qué te parece esto… —Se acercó más.

Su polla, que ahora estaba definitivamente dura, se apretó contra mi culo—.

Entramos en calor juntos, y luego me voy.

Si sigues queriendo que me vaya. —Lo dijo como si no creyera ni por un puto segundo que, si le dejaba calentarme, fuese a querer que se largara.

Probablemente tenía razón.

Y me jodía muchísimo que tuviera razón.

—Mantén eso alejado de mí —refunfuñé, mientras la tensión familiar crecía, ardiente en mi centro, el deseo por él surgiendo con una urgencia que siempre me desequilibraba.

Arrollador.

Irresistible…

—¿El qué? —provocó, sin siquiera fingir inocencia.

Le lancé una mirada asesina por encima del hombro y aquella ceja perversa con piercing se arqueó.

Gotas de agua brillaban en su cara cincelada de dios y sus pestañas oscuras, puntiagudas y mojadas, hacían que sus ojos azul hielo, ya de por sí preciosos, resultaran aún más impactantes.

Me recordó totalmente a cómo se veía en el escenario hacia el final de un concierto —la ropa empapada, su piel dorada goteando sudor…

Era completamente injusto que estuviera aún más bueno chorreando.

Yo probablemente parecía una rata ahogada. O un mapache ahogado; ni siquiera me había quitado el maquillaje.

—Tu polla, gilipollas. Guárdatela en los pantalones.

—¿Por qué? —preguntó, con la polla todavía apretada contra mí mientras se pasaba las manos perezosamente por el pelo mojado.

—Porque es peligrosa de cojones.

—¿Peligrosa? —Me di la vuelta, pero aún podía oír la sonrisa en su voz petulante—. Piensa en ella como un arma cargada, nena. Solo es peligrosa si aprietas el gatillo. Y, cielo… tienes las manos en las tetas.

Bajé las manos. Mierda… Lo hacía sonar guarrísimo, como si me estuviera sobando, cuando lo único que hacía era intentar taparme de él.

No podía evitar que los pezones hubieran empezado a palpitarme cuando su polla se apretó contra mí, mi cuerpo volviéndose completamente loco en respuesta a su proximidad… como siempre que Zane me pillaba a solas.

Y no podía más.

Tres meses. Eso era lo que llevaba sin tener sexo con un hombre.

Tres. Largos. Meses.

Desde la última vez que dejé que Zane Traynor, mi marido pero no realmente mi marido, me follara de ida y vuelta al infierno.

Mi último brote de locura. Aunque probablemente no el último.

Porque tenía algún tipo de enfermedad. Una incapacidad para resistirle más de noventa días. Una debilidad incapacitante por su voz arrebatadora, su chulería, sus ojos azules y su pollón.

Por nombrar solo unos pocos.

Sí; miré esos ojos azules suyos, y lo supe.

Si no salía de esta ducha, ahora mismo… estaba jodida.