Una noche de bodas muy canalla 1. Maggie
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1. Maggie

MAGGIE

Me eché hacia atrás y observé cómo mi buena amiga Jessa hacía algo que nunca pensé que haría: recorrió el muelle decidida, se desnudó hasta quedarse en ropa interior y se tiró a las aguas apenas por encima del punto de congelación de Cathedral Cove.

Me reí y aplaudí como una loca.

Segundos después, su cabeza asomó sobre el agua.

—¡Madre mía! —gritó—. ¡Joder, qué fría está! —Y yo seguí riéndome, desde mi asiento calentito y seco junto al fuego.

Era enero y aquello era Canadá; estábamos en plena costa del Pacífico de Vancouver Island, pero con el fuego —y varias capas de ropa— se estaba bien. Los locos desnudos del agua podían hacer lo que les diera la gana. Yo estaba más que contenta donde estaba.

Era medianoche pasada y llevábamos bebiendo, cantando canciones e improvisando alrededor de la hoguera —solo los miembros de Dirty, la banda de rock megaexitosa que llevaba cogestionando desde hacía casi siete años, y unos pocos amigos íntimos.

Era la noche de la boda de nuestro guitarrista principal; Jesse Mayes —el hermano de Jessa— se acababa de casar con su prometida, Katie Bloom.

La boda había sido increíble y la fiesta se había alargado, pero solo unos pocos habíamos aguantado tanto.

Jesse y Katie habían desaparecido a su lujosa cabaña de recién casados hacía un rato, y aunque en el fondo los envidiaba porque sin duda estaban follando como conejos en ese preciso momento…

como una tía que no había echado un polvo desde hacía mucho más tiempo del que le gustaba reconocer… bueno, intentaba no pensar en ello.

Probablemente, algunos seguíamos despiertos porque aún teníamos esperanzas de enrollarnos con alguien, mientras que el resto simplemente no estábamos preparados para que la fiesta acabase, por nuestras propias razones.

Yo estaba mirando directamente a la mía.

Zane Traynor, vocalista de Dirty; la definición en carne y hueso de un dios del rock.

El hombre con el ego más grande de todos los que había conocido, pero con la voz arrolladora, la cara preciosa y el cuerpo de otro mundo —pollón incluido— para respaldarlo.

No era de extrañar que fuera uno de los locos del agua.

De hecho, él había liderado la carga desnuda, más o menos.

Le observé rodear a Jessa con los brazos, el pelo rubio echado hacia atrás y reluciendo bajo la luz de la luna. No les veía con claridad en la casi oscuridad, solo sus cabezas flotando en el agua, pero de algún modo sabía que Zane me estaba mirando.

—¡Maggie! —bramó mientras abrazaba a Jessa—. ¡Mete el culo en el agua! —Durante una fracción de segundo me pregunté si se la habría tirado alguna vez; me lo preguntaba con casi todas las mujeres que se acercaban a Zane.

Al menos, con las que estaban buenas.

Pero no, concluí mientras daba un trago a mi cerveza. Zane y Jessa nunca habían follado, aunque ella estaba buenísima. Principalmente porque ella nunca me haría eso.

Gracias a Dios, por el bien de ambas.

—No dejes que el viejo te corte el rollo, Maggs —intervino Ash. El vocalista de la banda de rock alternativo Penny Pushers, Ash también estaba en el agua, junto con nuestro batería, Dylan, y Roni, una amiga de Jessa; todos iban bien cargados de valor líquido. Todos menos Zane, que no bebía.

A diferencia de los mortales corrientes, Zane no necesitaba alcohol para alimentar su locura.

Miré de reojo a mi jefe, Brody, el manager de siempre de Dirty y amigo íntimo, que estaba sentado a mi lado, y puse los ojos en blanco. ¿Viejo, decían?

Cuando hasta Dylan empezó a meterse con nosotros, supe que a todos se les estaba revelando lo imbéciles que eran, pasando un frío de cojones mientras Brody y yo nos relajábamos junto a la hoguera.

—¡Maggie May! —me atronó Zane, usando toda la potencia de sus pulmones de vocalista y ahogando a todos los demás—. ¡Mete el culo en el agua antes de que se me caiga la polla!

—Dios santo —refunfuñé, pero al final me levanté. Porque por lo visto yo también llevaba una imbécil dentro—. ¿Es que no se calla nunca? —Me acabé la cerveza de un trago y la dejé a un lado.

Brody ni se molestó en contestar; se limitó a sonreír con sorna y beber su cerveza.

Recorrí el muelle decidida e hice lo único que sabía con certeza que haría callar a Zane. Me quedé en ropa interior —rápido— entre un coro apreciativo de silbidos, y salté al agua.

Y joder, cómo dolió.

Como si mi cuerpo se estrellara contra el hielo.

Luché por volver a la superficie mientras la presión, a la vez entumecedora e increíblemente abrasadora, me apretaba por todas partes. Inspiré entrecortadamente. Luego grité —el grito más espeluznante y desgarrado que había oído en mi vida, y hasta ese momento ni siquiera sabía que podía emitirlo.

Mis amigos aullaban en el agua a mi alrededor.

Oí los dientes de Jessa castañeteando mientras decía:

—M-Maggie, ¡nos v-vamos a m-m-morir!

Sí. Tal cual.

Ash ya estaba saliendo, el muy crío, corriendo desnudo como vino al mundo por el muelle hacia los árboles; con todos esos tatuajes y piercings, una pensaría que el tío aguantaba un poco de dolor.

Roni fue la siguiente, luego Dylan, también en cueros.

Corrieron por la pasarela de madera y se metieron en el bosque primigenio, dejando su ropa atrás.

Yo ya estaba nadando a lo perrito de vuelta al muelle a toda prisa —nunca había sido la mejor nadadora del mundo— cuando Jessa, toda piernas largas y agilidad, me adelantó deslizándose y se izó por la escalerilla, el agua resbalando por su cuerpo de modelo de bañadores.

Iba justo detrás, temblando tanto que pensé que mis manos agarrotadas podrían resbalarse del raíl metálico, pero conseguí subir al muelle, jadeando. Nunca había sentido nada tan brutalmente frío. Y ahora el dolor realmente estaba calando.

Sí; a la mierda la ropa.

Corrí por el muelle tan rápido como me atreví, con miedo a resbalar en la casi oscuridad, abrazándome tan fuerte que pensé que se me iban a romper las costillas. Brody estaba en el muelle con Jessa, envolviéndola en una manta, pero no vi otra manta por ningún lado y no me detuve.

Oí a Zane detrás de mí, rugiendo mientras enfilaba el muelle a toda velocidad.

—¡Hostia puta! Se me han subido los huevos detrás de los ojos… —Me agarró por la cintura, me hizo girar y me echó sobre su hombro, como un puto neandertal.

Un grito me desgarró los pulmones, en parte de alivio. Debería haberle dicho que me soltara de una puta vez, en ese mismo instante, pero Dios santísimo.

Nunca había tenido tanto frío en mi vida.

En vez de eso, mientras me cargaba por la pasarela de madera, le di una palmada en el culo desnudo con todas mis fuerzas. Mi mano en su nalga mojada hizo un satisfactorio chasquido; esperaba que le hubiera dolido, pero probablemente estaba demasiado entumecido para notarlo.

—No me sueltes —dije—. ¡Me estoy congelando! —Entonces la oscuridad más profunda del bosque nos engulló… y me golpeó una oleada nauseabunda de vértigo—. ¡Dios mío, para!

Zane aminoró, pero no paró.

—Tranquila, Maggs —dijo, con los dientes castañeteando. ¿Era eso señal de hipotermia?—. Te llevo a tu cabaña.

—Solo b-baja el ritmo —ordené, con mis propios dientes empezando a castañetear, y él redujo un poco más—. Está tan oscuro… No veo una mierda salvo tu culo y tus p-pies asomando entre la oscuridad. Es asqueroso.

—Cállate y dime dónde está tu cabaña.

—Tengo una h-habitación —dije— en uno de los edificios gr-grandes, al este del pabellón principal.

—¿Dónde coño queda el este?

Intenté levantar la cabeza, mirando alrededor, pero no veía nada.

Todo me llegaba en fogonazos desorientadores.

Retazos de árboles y la barandilla de la pasarela captando la luz de la luna; charcos de luz derramándose desde las ventanas de cabañas o las pequeñas luces amarillas sobre las puertas.

Oscuridad; luz de luna; luz amarilla; oscuridad.

Y música. Debían de ser casi las cuatro de la mañana, pero no éramos los únicos que seguían despiertos.

—Jude —observó Zane al pasar junto a la cabaña de la que salía el «Sex Type Thing» de Stone Temple Pilots palpitando en la noche—. El tío no duerme nunca. Seguro que tiene a todas las solteras acorraladas ahí dentro…

No toqué el tema. Pero claramente «todas las solteras» no me incluía a mí.

Y debería.

Solo que yo no estaba soltera, no técnicamente, y Zane era el único que lo sabía.

Pero tenía razón sobre Jude. De todos los tíos dentro y alrededor de la banda últimamente, era Jude, nuestro jefe de seguridad, el más capaz de destrozar una habitación de hotel —o en este caso, una cabaña de resort de lujo.

No me molestaba demasiado, siempre que aflojara una generosa suma para cubrir los daños por la mañana, junto con una buena propina.

—Da igual —dije—. Solo ll-llévame a mi cabaña para que me p-ponga unos pantalones antes de que alguien más me v-vea.

Porque a pesar de lo que acababa de hacer, no necesitaba que un montón de compañeros de trabajo me vieran en ropa interior mojada.

De algún modo, conseguí guiar a Zane hasta mi puerta, aunque nos perdimos en el laberinto de árboles varias veces y tuvimos que dar marcha atrás.

Me llevó dentro, y trastabillé un poco cuando me dejó en el suelo, algo mareada por el trayecto mientras recuperaba el equilibrio.

No estaba borracha; ya había cometido ese error con Zane una vez, y acabé con una resaca en forma de su cuerpo desnudo en mi cama, un asalto de sexo matutino electrizante y un anillo de compromiso con una piedra del tamaño de Gibraltar.

Pero había sido un día larguísimo —especialmente para mí, ya que había ayudado a organizar la boda— y me temblaban las piernas de agotamiento y del dolor lacerante del frío en los huesos.

Zane me sujetó, estabilizándome con las manos en las caderas.

Por reflejo, mis manos se aferraron a sus brazos. Los dos temblábamos mientras nos quedábamos allí, inmóviles, enganchados el uno al otro.

Y entonces, como era previsible, él se acercó.

Estábamos solos, él estaba desnudo, yo estaba casi desnuda; no hacía falta mucho. Y definitivamente iba a besarme.