3. Katie
KATIE
Me quedé mirando el culo musculoso de mi marido mientras se agachaba, rebuscando algo en el bolsillo de los vaqueros que había tirado en el suelo junto a la cama.
Marido.
Madre mía… cómo sonaba eso.
Jesse Mayes era mi marido.
Mi marido era Jesse Mayes… ojos marrones, estrella del rock con un par… y el hombre más guapo que había conocido en mi vida, por dentro y por fuera.
Simplemente… madre mía.
Me pilló mirándole el culo y sonrió, todo chulería y sex appeal.
Luego me arrancó la ropa que me quedaba y se dejó caer en la cama a mi lado.
Los dos nos pusimos boca abajo, desnudos y juntos, tan pegados que su calor me irradiaba. El vello de su muslo me hacía cosquillas. En realidad picaba un poco, porque estaba toda sudada. Pero estaba deliciosamente agotada, con el pulso aún palpitando, y me daba pereza apartarme.
Así que suspiré y me relajé, con la cara aplastada contra la almohada. Olía a aire fresco del norte, a cabaña de lujo de cedro y a Jesse.
Estaba apoyado en los codos, y le observé desdoblar un trocito de papel.
—¿Qué es eso?
—Un regalito de noche de bodas. —Sus ojos oscuros como miel derretida encontraron los míos—. Te he escrito unos votos.
Sonreí como una boba enamorada, sin poder evitarlo.
—Eso ya lo hemos hecho. ¿Te acuerdas? Todo eso de «siempre te amaré y te honraré».
—Ya, pero esto es lo realmente importante. Votos privados. Demasiado importantes para compartirlos delante de todos esos putos mirones.
Me reí.
—¿Como qué?
—Como… —Sus ojos marrones me atravesaron, pura pasión sincera—. Siempre te pondré a ti por delante. Da igual lo que pase con la banda o con cualquier otra cosa, si me necesitas, aquí estoy.
Me incorporé y le besé.
—Eso ya lo sé, Jesse.
Y era verdad.
Jesse llevaba con Dirty desde que eran poco más que críos. Diez años. Y a algunos miembros de la banda y del equipo los conocía desde hacía aún más. Eran sus amigos y su familia.
Pero yo era ahora su mujer, y sabía lo que eso significaba para él.
—Necesitaba decirlo de todas formas —murmuró contra mis labios.
—Lo entiendo. Y no me importa compartirte —le dije—. Con Jessa. Quiero decir… sé que eres todo lo que tiene.
Sabía que la hermana de Jesse, aunque tan guapa, exitosa y aparentemente centrada por fuera, estaba sola. Le rezumaba esa soledad. Nunca había estado tan segura de ello como cuando apareció en nuestra boda, tan feliz por nosotros, y tan absolutamente perdida respecto a dónde encajaba ella.
—Si te necesita —dije—, jamás se lo reprocharía.
Lo decía en serio. Yo tenía toda una familia a la que recurrir si necesitaba apoyo; Jessa no.
Tenía a Jesse, y le había tenido mucho antes de que yo apareciera.
Me había prometido a mí misma, cuando acepté casarme con él, que nunca me interpondría en esa relación.
¿Cómo iba a hacerlo? Era un vínculo que se había forjado cuando Jessa nació y Jesse solo tenía cuatro años; cuando él le puso nombre, inspirándose en el suyo.
—Joder, cómo te quiero —dijo. Y me besó otra vez. Fue lento y caliente, y me abrí para él, recibiéndole a fondo.
Cuando se apartó, tenía las pupilas dilatadas. Se lamió el labio y soltó un pequeño gemido. Sonreí.
Luego volvió a su papelito.
—Ahora deja de distraerme. Me quedan más votos por leer.
Le aparté un ricito de pelo oscuro de la cara mientras hablaba, luego recorrí con las yemas de los dedos su hombro y bajé por su espalda, arañándole suavemente con las uñas, haciéndole estremecerse. No tenía ninguna intención de dejarlo; distraer a Jesse era uno de mis pasatiempos favoritos.
—Siempre me aseguraré de que tengas un sitio donde hacer tu arte. O lo que sea que quieras hacer.
—Qué bonito —dije. Y lo era. Sobre todo cuando ya me había regalado un estudio de arte increíble donde podía pintar, y además me había dejado montar un segundo estudio más pequeño en el solárium de su casa. Nuestra casa.
—Siempre escucharé tus problemas —dijo—, y te sujetaré el pelo cuando vomites, y tendré paciencia con tus cambios de humor. —Me miró de reojo—. Incluso cuando tengas la regla y te pongas llorona.
—Increíble —dije, con una adoración medio fingida—. Qué caballero, cielo.
—Gracias. Lo intento.
—Entonces, ¿eso significa que comerás helado conmigo y me escucharás quejarme de los retortijones? ¿Y no me juzgarás cuando llore con los anuncios monos de comida para cachorros?
Vi los engranajes girando en su cabeza mientras buscaba una salida.
—Siempre llamaré a alguien para que haga lo que a mí no me apetezca, así se hará igualmente —dijo con cuidado.
Intenté echar un vistazo a su papel, pero lo puso fuera de mi alcance.
—¡Eso ni siquiera está ahí escrito!
—¿Y? Lo digo en serio, nena. Tienes el síndrome premenstrual, llamo a Devi en un segundo.
—Vale. Eso es justo. —Mi mejor amiga sería mucho más empática en esas circunstancias, de todas formas.
—Prometo hacer que te corras casi todos los días…
—¿¡Casi!? —Le hice cosquillas en ese huequecito sensible de la base de la columna, haciéndole dar un respingo. Se le puso la carne de gallina.
Se le oscurecieron los ojos mientras me miraba desde arriba.
—No puedo dejar que te acostumbres demasiado a esa mierda y lo des por sentado. Te volverás vaga.
—Qué halagador, cariño —dije con alegría.
—Además… —Se inclinó y me besó la sien, con los labios demorándose—. Los dos sabemos que normalmente te corres más de una vez cuando follamos. Así que a la larga vas con superávit.
—Me gustan esas cuentas.
Fue besándome por la mejilla hacia la boca.
—Prometo mantenerte abastecida con un suministro de tangas para toda la vida… esos de encaje hechos de hilo dental caro…
—Puaj. —Me metió la lengua en la boca, y durante un buen rato me perdí en su beso. Cuando se apartó y sonrió, dejándome un poco sin aliento, le acusé—: Ese voto es para ti, no para mí. Esas cosas son asquerosas. Se me meten por el culo.
—Ya, pero tienes un culo de infarto. —Repasó su papel, quizá buscando algo para compensar—. ¿Prometo contratarte un entrenador personal si empiezas a engordar?
Le pellizqué la nalga. Fuerte.
—¡Penoso! Y motivo de divorcio. —Sonrió con una sonrisa perversa, haciéndome dudar de si eso estaba siquiera escrito—. A no ser que sea idea mía. Si no, engordaré lo que me dé la gana.
Entornó los párpados y me dedicó el mismo descarado devorar-con-la-mirada que me había lanzado la primera vez que nos conocimos… e incontables veces desde entonces.
—Prometo tirármete aunque engordes.
—Bueno, gracias. Supongo.
—Eso ni estaba escrito. He improvisado.
Le apreté el culo y le regalé una sonrisa exageradamente dulce.
—Y yo prometo tirármete, aunque engordes y te quedes calvo.
—Ohhh. No me hagas llorar. —Puso los ojos un poco vidriosos, y como siempre, no sabía si estaba fingiendo o no. El hombre era un artista nato—. Prometo recoger la mierda de Max aunque no quiera.
Sonreí ante eso; una sonrisa de verdad.
—Bueno, Max y yo te damos las gracias. —Una cosa que Jesse sabía: el camino directo a mi corazón pasaba sin duda por mi perro. Le tracé circulitos distraídamente en el culo—. Sabes —reflexioné—, si él no te hubiese aprobado, probablemente no me habría casado contigo…
Arqueó una ceja escéptica.
—Prometo probar cualquier cosa que quieras en la cama al menos una vez.
—¿Cualquier cosa…? —Mis dedos se arrastraron hacia la raya del culo.
—Cualquier cosa. —Me apartó la mano de un manotazo—. No abuses. Ah, este es clave. Prometo que si te aburres de mí —dijo con solemnidad— me haré más interesante.
Me reí con ganas.
—Eso es… joder. Ni sé qué decir a eso. ¿Gracias?
—De nada.
Mi mano había vuelto a encontrar el camino a su culo, y la punta de mi dedo se coló otra vez entre sus nalgas. Es que me encantaba hacerle retorcerse…
—Prometo no tirarme pedos en la cama a no ser que de verdad, de verdad no me quede otra —dijo, con cara seria.
Retiré la mano de golpe.
—Qué asco.
—¿Qué? Así de mucho te respeto. —Se inclinó y me dio un beso rápido y suave que no le devolví.
—Vale… ¿Entonces me seguirás respetando si yo tengo que hacerlo?
—No permitido.
—¿Qué?
—Motivo de ruptura.
Me reí, empujándole.
—¿Y qué se supone que haga? ¿Y si estoy enferma o algo?
—Te arrastras hasta el baño y cierras la puerta.
—Eres un cerdo.
Me besó otra vez, con sus labios demorándose, sugerentes, sobre los míos mientras su lengua jugueteaba con la piel sensible del interior de mi labio superior.
—Tú te has casado conmigo.
Luché contra el impulso de abrirle la boca a su beso… y succionarle la lengua entera, como a él le gustaba.
—¿Has terminado ya?
—¿No te gustan tus votos especiales? —Me mordisqueó el labio inferior con los dientes y un cosquilleo se extendió por mi estómago, hasta el centro de mi cuerpo. Me estaba mojando. Calentándome… ablandándome hacia él.
Deseándole otra vez.
—Me encantan. —Me recoloqué de lado para poder rodearle el cuello con los brazos y acurrucarme contra su oreja—.
Pero son muchos, cariño. Y quiero poder recordarlos todos, por si incumples alguno.
—Le lamí el lóbulo de la oreja y me lo metí en la boca, arañándolo suavemente con los dientes porque sabía que le volvía loco.
—Muy bien. —Se aclaró la garganta, agitando su papelito—. Quedan… eh… un montón de cosas sexuales más aquí. —Sus ojos se clavaron en los míos—. ¿O me las salto y te las enseño directamente?
Me mordí el labio.
Arrugó el papel y lo tiró a un lado.
Me besó, profundo, su cuerpo fundiéndose con el mío hasta que estábamos pegados, mis pezones duros y hormigueantes contra su pecho, su polla dura y palpitante contra mi estómago, mi sexo palpitando con un deseo que despertaba de nuevo…
Fue besándome por el cuello y cerré los ojos. Parte de la urgencia, esa tensión que había acompañado el primer polvo posboda, se había liberado, y ahora podía simplemente abandonarme a su contacto… lento, explorador, deliciosamente paciente… y hambriento, como siempre era el tacto de Jesse.
Siguió bajando, cerrando sus labios cálidos alrededor de un pezón, mordiendo suavemente, luego dándole un lengüetazo. Jadeé y me arqueé hacia él, queriendo más, pero soltó el pezón, solo provocando, dejando besos suaves como plumas sobre mi piel.
—Prometo no dejarte —murmuró contra mi otro pecho mientras besaba la suave curva de piel. Sus ojos se alzaron hasta los míos bajo sus pestañas oscuras y espesas—. A no ser que tú quieras.
—Eso no va a pasar —susurré mientras se metía ese pezón en la boca y chupaba—. A no ser que… al final te canses de mí… y quieras sustituirme por un modelo más nuevo.
—Eso no va a pasar. Y, por cierto, aunque quisieras que te dejara —añadió, besando su camino vientre abajo—, probablemente me quedaría un tiempo. Ya sabes, hasta que la cosa se volviera realmente patética…
—Ni hablar. —Le cogí la cara entre las manos y le levanté la barbilla—. Te quiero, Jesse Mayes —susurré, sosteniendo su mirada.
Sus ojos marrones se suavizaron mientras me miraba.
—Yo también te quiero… —murmuró contra mi piel— … señora Mayes.
Fruncí el ceño.
—Te he dicho que no me llames así. Es nombre de vieja.
—Eres mi parienta —murmuró, besando en círculos alrededor de mi ombligo.
Me removí, inquieta y necesitada por sus caricias lentas y provocadoras.
—Jesse… no empieces con esas ñoñerías…
Se metió en mi ombligo con la lengua, haciéndome retorcerme. Sabía que ese punto estaba conectado directamente a mi clítoris; además, me hacía cosquillas. Luego hizo aletear su lengua vientre abajo por mi piel desnuda, directo hacia mi…
—¡Ay, mierda! —Me incorporé de golpe, empujándole, y me escabullí de debajo de él.
—¿Adónde cojones vas? —Intentó agarrarme pero me escurrí, saliendo de la cama.
—¡Yo también tengo un regalo de noche de bodas para ti! —Salí corriendo hacia el baño de la habitación; no me podía creer que casi se me olvidara.
—Si tienes que tirarte un pedo —me gritó—, solo dilo.
Puse los ojos en blanco y cerré la puerta de un portazo.