4. Jesse
JESSE
Estaba tumbado en la cama, despatarrado, desnudo, esperando a Katie. Mirándome en el espejo del techo.
¿Qué tenía verte a ti mismo, desnudo y abierto de piernas en una cama, desde arriba, que resultaba tan… erótico? No de un modo chulesco, pero había algo… Algo en esa vista.
Tú mismo, sumiso.
Quizá era vislumbrarte tal y como debía verte tu amante. Cuando te tenía tendido, a su merced…
La polla me dio un tirón con ese pensamiento, y le fruncí el ceño, ahí tumbada a medio gas.
—Nena, date prisa —grité, mientras me la sacudía un par de veces—. Me voy a quedar dormido.
No era verdad. Estaba demasiado acelerado para dormir. Solo quería que trajera su precioso culo de vuelta para poder follármela otra vez antes de que se distrajera y perdiera el momento. Una vez con Katie nunca era suficiente. Y menos después de esperar dos putos días.
Segundos después, la puerta del baño se abrió de golpe.
—Eh —dijo, con una sonrisa en esa voz suya, ligeramente ronca—, deja de tocarte.
Me di la vuelta para mirarla.
—¿Por qué? ¿Quieres toda esta po…? Hostia.
Katie estaba en la puerta del baño, ataviada con lencería blanca; una especie de novia guarrilla.
El pack completo.
Un corsé de encaje transparente y escotadísimo, con apenas tela pero la ingeniería justa para empujarle las tetas hacia arriba —muy arriba—; tirantes de liguero enganchados a medias transparentes; unas bragas mínimas de cojones.
Y cómo no fijarse en los zapatos de fóllameyaporDios…
artilugios de tiras y tacón alto hechos para el sexo, porque desde luego no estaban hechos para la comodidad.
Le añadían unos doce centímetros extra a su cuerpo menudo.
—Dios santísimo.
Me puse de rodillas en la cama para mirarla.
Katie siempre llevaba cosas sexis, pero nada como esto.
Braguitas de algodón pequeñitas, sexis de cojones con ella puesta, y un sujetador de realce o ningún sujetador eran más lo suyo.
Nunca la había visto con tanto encaje transparente.
Y todo ese blanco contra su piel cremosa, sus mejillas naturalmente sonrosadas, su pelo oscuro… absolutamente impresionante.
Me levanté y fui a su encuentro a medio camino de la cama, la agarré por la cintura y la atraje hacia mí.
Entonces la besé. Su boca, tan caliente y sedosa, que me recordó a su coño resbaladizo y mojado, me deshizo.
La polla ya me dolía por ella otra vez, dura.
Necesitaba follármela, ya. No podía pensar en nada que no fuera la mejor postura para tirármela con toda esa ropa sexy puesta.
¿Tumbarla boca abajo?
¿Boca arriba?
Doblarla sobre…
Mis manos le recorrieron los costados y la sentí estremecerse bajo el encaje. Respiraba superficial y rápido mientras nos besábamos; sus pechos se agitaban contra mí. El corsé le apretaba de cojones. Una camisa de fuerza transparente.
Me puso las manos en el pecho, clavándome las uñas mientras el beso se hacía más profundo. Luego sus manos bajaron, bajaron… y me acariciaron la polla. Una sacudida lenta y provocadora…
Y desaparecieron.
La sentí trastear ahí abajo. Rompió el beso y miró hacia abajo. Estaba peleándose con los enganches que sujetaban las medias.
—¡Quiero quitarme estas bragas de mierda! —jadeó, frustrada—. Ya mismo. ¿Cómo se supone que follas con todo esto puesto? Es como un cinturón de castidad…
La observé forcejear y maldecir, divertido.
Consiguió soltar uno de los enganches de una media, rasgándola en el proceso.
—Ay, mierda. No sabía que sería tan difícil de quitar… —Se mordió un poco el labio, mirándome—. Quería hacerte un numerito de striptease.
Arqueé una ceja. Me gustaba la idea.
—¿Un numerito de striptease?
—Sí. Como un espectáculo. Ya sabes, ir quitándomelo todo de forma sexy y con estilo. —Se le pusieron las mejillas rosas—. Nunca he hecho esto. Supongo que la clave es que la ropa sea fácil de quitar.
—Ya. Por eso los tíos llevan esos pantalones de velcro. —La besé otra vez—. Eres adorable, nena. Pero no te lo quites. Quiero follarte con todo puesto.
—¿Con todo?
—Con casi todo. —Le deslicé la mano entre las piernas, acariciándola por encima de las bragas de encaje—. Y para futuras referencias… hay lencería que te pones para desnudarte delante de un tío, y hay lencería que te pones para que te follen. Esta es lencería para que te follen.
—Ah. Vale. Fue una tortura ponérmela…
—Katie —le dije, besándola otra vez y llevándola hacia la cama—, no tienes que ponerte estas cosas por mí. —No es que no lo apreciara…—. Lo sabes, ¿verdad?
—Solo quería que fuera especial —murmuró mientras me besaba el cuello, rodeándome con los brazos—. O sea, ya hemos hecho todo lo que se puede hacer…
—¿Todo?
Se ruborizó mirándome.
—Quizá no todo. Casi.
—Vale. —La coloqué junto a la cama y me puse de rodillas—. Voy a enseñarte lo que podemos hacer…
Entonces le fui besando el cuerpo hacia abajo. Las partes cubiertas de encaje. Las partes desnudas. La lamí a lo largo del borde de las bragas. Rocé su clítoris con la nariz, provocándola, luego deslicé un dedo dentro del encaje y aparté la tela de la entrepierna.
Pasé la punta de la lengua por su suavidad, haciéndola estremecerse. Podía comerle el coño a Katie toda la puta noche. Ya que se acababa de casar conmigo, iba a tener que aguantar mi fijación oral.
No es que no lo supiera desde nuestra primera cita.
—Sabes que no me voy a quejar de eso… —dijo sin aliento, mientras me acariciaba el pelo—. Pero ¿qué hay de nuevo? Tenemos que hacer algo nuevo en nuestra noche de bodas, Jesse.
A pesar de sus protestas a medias, sentía la tensión y el calor creciendo entre sus piernas. Gemí mientras la respiraba. Estaba más almizclada ahora, su olor aún más embriagador, como siempre que mi polla había estado entre sus piernas.
—Hemos hecho cosas nuevas…
Se removió, inquieta contra mí mientras hundía la lengua más profundo. Le chupé los labios delicados y jadeó como si no hubiera querido hacerlo, meciéndose contra mí.
—¿Como qué? —susurró.
—Como… —La provoqué con la lengua entre mis palabras—. Te he comido el coño en una escalera… Eso era nuevo… Te he hecho correrte bajo una lámpara de araña de cuernas de ciervo… Eso sin duda era nuevo.
—Eso es solo decoración nueva —dijo sin aliento—. No cuenta.
La miré. Tenía la cara sonrojada y los ojos un poco entornados. Le brillaban de deseo mientras me miraba desde arriba.
Me levanté, mi pecho rozando el suyo. La agarré por la nuca y la atraje hacia mí, rozando mis labios contra los suyos.
—Eres mi mujer. Eso es nuevo. Y es más que suficiente para hacerme correr.
Era verdad.
Katie Bloom —Katie Mayes— excitada… ¿Había algo más sexy en el puto mundo?
No.
Mi mujer.
Joder…
La besé, profundo, llenándole la boca con la lengua como si fuera mía… hundiéndome en su sabor. La respiré… ese aroma familiar y dulce a vainilla, a cerezas con nata.
Ese olor que siempre me ponía tan jodidamente duro.
Katie Mayes, joder.
Le deslicé la mano hacia abajo, dentro de las bragas.
—Déjame que te ayude con esto. —Y metí el dedo a través del encaje fino, arrancándole la entrepierna.
—Oh —jadeó, mirando hacia abajo—. Así es como lo haces sin quitarte lo demás.
—Ajá…
La tumbé en la cama, trepando encima de ella, y le envolví las piernas enfundadas en medias sedosas alrededor de mí. El tacón de aguja se me clavó en el culo y gruñí.
—¡Oh! Puedo quitarme los zapatos si…
—Ni de coña. Déjate los zapatos. Me encanta cómo estás con zapatos… —Me puse a besarle el cuello, lamiendo y chupando, perdido en su olor—. Katie… hagas lo que hagas para oler tan jodidamente bien… no lo cambies nunca.
—Jesse —suspiró, con las manos recorriéndome la espalda—. Tu culo se ve… Madre mía. Tienes un culo precioso. —Me apretó el culo con las dos manos mientras me observaba en el espejo del techo.
Le besé camino abajo, entre las tetas, que seguían empujadas hacia arriba por el corsé, desafiando la gravedad.
—Deja de cosificarme… —murmuré, con la voz amortiguada por su escote. Katie tenía unas tetas épicas. No enormes, pero llenas y respingonas en su cuerpo menudo y curvilíneo. Una vez le dije que eran gorditas, como piropo, pero no le gustó. Vete tú a saber.
Se arqueó contra mis besos.
—¿Desde cuándo te molesta que te cosifiquen?
—Desde que te distrae de esto. —Deslicé la lengua dentro de la copa del corsé y le saqué el pezón chupando.
Torturé la punta rosada y dura con los dientes hasta que jadeó, retorciéndose de deseo debajo de mí.
Katie nunca podía estarse quieta cuando le tocaba las tetas; casi podía hacerla correrse solo chupándoselas.
Estaba bastante empeñado en conseguirlo algún día.
—Se me acaba de ocurrir un voto más —le dije—. Y este te va a gustar.
—¿Sí? —suspiró.
—Sí. —Le chupé el pezón y lo torturé bien con la lengua, y luego lo solté con un pop.
—Ungghh… —gimió, que era la forma incoherente de Katie de decir Hazlo otra vez.
Pasé al otro pezón, sacándolo del corsé y provocándolo con lengüetazos rápidos, intercalados con besos suaves y delicados.
—Te prometo —le dije mientras jadeaba debajo de mí— que seguiré encontrando nuevas formas de follarte. Para que siempre se sienta como nuestra noche de bodas.
Se rio, pero le salió como un suspiro entrecortado.
—Eres un verdadero romántico, Jesse.
—¿Dudas de mi creatividad, nena?
—Bueno, no. Es solo que…
Entonces le abrí los muslos y me hundí en ella.
La vi morderse el labio para no gritar mientras empezaba a moverme, dentro y fuera, pero no demasiado profundo…
—O sea, en serio… —dijo, con la voz toda suave y ronca—. ¿De cuántas formas distintas puedes follarte a una tía?
Le lancé una mirada cargada de intención antes de volver mi atención a sus tetas.
—¿Si eres tú, nena? —Dejé que la barba incipiente le raspara el pecho; no me había dejado afeitarme del todo ni para nuestra boda. Decía que le encantaba con barba de varios días. Yo estaba bastante seguro de que le encantaba cómo se sentía entre las piernas—. Joder… posibilidades infinitas…
—Puede que sea lo más guarro que me has dicho nunca, Jesse —dijo con dulzura.
—Solo lo parece porque tengo la polla dentro de ti…