2. Jesse
JESSE
—Me voy a morir si no me meto entre tus piernas…
Ni siquiera llegamos a nuestra cabaña.
Tenía a Katie contra la barandilla de la pasarela de madera que serpenteaba entre los árboles centenarios.
Oía las olas de la cala rompiendo contra las rocas en algún punto debajo de nosotros.
Le había bajado los vaqueros hasta las rodillas y le estaba besando el pecho, abriéndole la cremallera de la chaqueta mientras iba descendiendo.
Rápido. Luego le subí el jersey de un tirón y fui besándole el estómago hacia abajo.
Jadeó y resopló en respuesta, arañándome el cuello.
—Jesse… ¿y si viene alguien?
—No va a venir nadie.
Probablemente era cierto. Estábamos en un tramo de la pasarela entre la hoguera y la cabaña más grande, la nuestra, y nadie tenía motivos para pasar por aquí.
Aparte de quizá mi mejor amigo, Jude, mi padrino y jefe de seguridad de Dirty, que andaba merodeando por algún sitio, siempre vigilante.
Como si algún paparazzo chalado fuera a tirarse en paracaídas sobre este resort remoto en la costa del Pacífico, en la punta de Vancouver Island, en plena noche.
Bueno, era posible.
—Estamos solos —le dije mientras me ponía de rodillas y, bajándole las bragas blancas de un tirón, le metí la lengua entre las piernas.
—Oh… Jesse… —gimoteó Katie, expectante. Me agarró el pelo a puñados como si fueran riendas, como si pudiera frenarme, pero y una mierda. Yo me zambullía de cabeza…
—Oh… mierda.
Elle. Conocía esa voz, pero no me cuadraba del todo.
Mi lengua se congeló a un suspiro del clítoris de Katie.
Elle. La bajista de Dirty, y mi exnovia.
—¡Oh… Perdón!
Esa era Katie. Mi mujer, intentando taparse frenéticamente, sin puto éxito, ya que sus vaqueros pitillo estaban por las rodillas, enredados con las bragas.
Me levanté para cubrirla y me giré.
Elle estaba ahí, a mitad de las escaleras que subían a la terraza perimetral de nuestra cabaña. Estaba bastante oscuro, pero era ella, sin duda. Su pelo rubio platino era imposible de pasar por alto.
Puede que no hubiese visto nada del todo… pero toda aquella piel cremosa y pálida de Katie bajo la luz de la luna probablemente también era difícil de pasar por alto, incluso casi a oscuras. Y, de todas formas, Elle no era idiota.
—Estaba en el mirador —dijo, señalando por encima del hombro.
Claro… La pasarela continuaba al otro lado de nuestra cabaña, trepando por los acantilados hasta un mirador sobre la cala. Casi se me había olvidado mientras intentaba meterle la lengua en el coño a Katie.
—Bonito ahí arriba —añadió Elle, incómoda.
—Bonito —asentí. La sangre no me estaba llegando exactamente al cerebro.
—Voy a… solo tengo que pasar. Para ir a mi cabaña…
—Adelante —dijo Katie, agarrada a mí y asomándose por detrás de mi hombro—. Eh… espero que hayas pasado buena noche.
Estaba oscuro, pero vi la mirada de Elle pasar de mi cara a la de Katie.
—Sí —dijo tras un momento. Luego bajó las escaleras y pasó de largo. Desapareció en la oscuridad, sin dedicarnos otra mirada.
Katie me pegó en el brazo.
—¿«Bonito»? ¿Eso es todo lo que se te ocurre?
Me giré hacia ella.
—¿«Espero que hayas pasado buena noche»?
—Bueno, lo espero de verdad.
—Katie. Se mire como se mire, joder, nuestra boda no ha sido agradable para ella.
—¡Ya lo sé!
—Nena. —La cogí de la cintura desnuda y suavicé la voz—. No te preocupes por eso. —Pero ya lo veía. Para Katie, el momento se había jodido.
—Igual no deberíamos…
—¿No deberíamos? Ni de coña. Ni de puta coña. —La agarré del cuello y la atraje hacia mí, apoyando mi frente contra la suya—. No vas a pisarme el freno en nuestra noche de bodas. Para empezar, estoy bastante seguro de que es ilegal.
—¿Qué?
—Tenemos que consumar el matrimonio o no es válido, ¿no?
Se soltó de mí y se apartó.
—No lo sé. ¿Eso es verdad siquiera?
—¿Qué más da? Vamos a follar. —Le cogí el brazo y tiré de ella hacia las escaleras, pero se resistió.
—Jesse… no seas tan frío.
—No estoy frío, créeme. Estoy ardiendo.
Cuando se plantó, me giré y la cogí en brazos. Me la eché al hombro otra vez, con los pantalones aún bajados.
—¡Jesse! Bájame.
No la bajé. La llevé hacia las escaleras, tanteando la barandilla casi a oscuras.
Ella me daba manotazos en el culo.
—¿En serio estamos discutiendo en nuestra noche de bodas?
La dejé en las escaleras y me coloqué encima de ella, mirándola fijamente a los ojos.
—¿Vas a sentirte culpable cada vez que la veas, solo porque somos felices?
—¿Tú no? —Sus grandes ojos azul verdoso parpadearon mirándome y me ablandé, suspirando. Ella también suspiró—. Vale. Lo trabajaré —susurró.
—Yo también. —Le besé el cuello.
—¿Vas a trabajar en sentirte culpable?
—Voy a trabajar en ser más compasivo. Es difícil, ¿sabes?
La mayor parte del tiempo estoy demasiado pillado con lo feliz que soy como para que me importe una mierda nadie más.
—Mis manos se deslizaron bajo su culo desnudo y apretaron, atrayéndola contra mí.
Restregué mi polla dura contra ella para darle énfasis.
—Eso ni siquiera es verdad —dijo ella—. Sé que te importa la gente. Si no fuera así, me habrías sacado de allí como un cavernícola en cuanto dijimos los votos.
—Casi lo hice.
Mis labios encontraron los suyos y la besé, suave, hambriento, con la urgencia creciendo al sentir su lengua bailar tímidamente contra la mía. Se estaba conteniendo.
Me aparté.
—Katie, sé que tienes sentimientos muy grandes. Sientes cosas por Elle. Eso es parte de lo que me encanta de ti. Pero ¿podrías ahora mismo poner lo que sientes por mí y por mi polla por delante de esos otros sentimientos? Estamos sufriendo bastante por aquí.
Le cogí la mano y se la froté contra el paquete para darle énfasis. Joder, qué bien sentó… y qué tortura. Los vaqueros me apretaban de cojones, y eran de corte holgado. No recordaba la última vez que había pasado dos días sin correrme.
Desde antes de conocer a Katie, seguro.
—¿Estás sufriendo? —preguntó, poniendo ojitos. Medio en broma, medio compadeciéndose.
—Joder, sí. Quiero enrollarme con mi mujer.
Sonrió.
—Vale —dijo en voz baja—. Vamos a enrollarnos.
Tenía a Katie tumbada boca arriba en las escaleras que subían a nuestra cabaña, gimiendo, con mi cara entre sus piernas y mi lengua en su coño, cuando lo oí.
—Hostia, buscaos una habitación.
Katie saltó; en realidad, soltó un grito de la hostia.
Me giré y encontré una figura grande y morena —mi mejor amigo— asomándose en la pasarela, con una puta sonrisota chulesca y creída de cojones.
Me di la vuelta y me senté, tapando a Katie otra vez. Ella se hizo una bola avergonzada detrás de mí.
—¿Sabéis que la suite nupcial está como a tres metros en esa dirección? —dijo Jude arrastrando las palabras, señalando escaleras arriba.
—Sí —dije, con mi mejor tono de vete-a-tomar-por-culo—. Somos conscientes. ¿Qué te trae por aquí?
—Haciendo la ronda. He pensado que mejor me hacía notar al veros ahí. Si no, igual no digo nada, me escabullo sin más, pero Katie abre los ojos en el último momento y me ve, y piensa que me estoy largando como un pervertido.
—Claro. Bueno, se agradece. —Y era verdad—. Ahora lárgate.
Jude se rio. Luego le dedicó un saludo con un sombrero imaginario a mi mujer.
—Buenas noches, preciosa. —Se dio la vuelta y se fue hacia la oscuridad.
—¡Buenas noches, Jude! —le gritó Katie con dulzura. Cuando se hubo ido, me pegó en el hombro—. Dios mío. ¡Sácame de aquí!
Sonreí un poco.
—¿Te da vergüenza, nena?
—¡Sí! ¡Méteme dentro antes de que todos los putos miembros de tu séquito te vean comiéndome el coño!
—¿Séquito? No sabía que tuviera un séquito…
—Ya sabes. Tu séquito de estrella del rock.
—Creo que se le llama entourage.
—Da igual. No necesitan verte con la cara entre mis piernas. Vámonos.
Intentaba subir las escaleras con los pantalones bajados y subírselos a la vez. Me lancé a por ella y la cogí en brazos. Crucé con ella el umbral de nuestra enorme cabaña de lujo, en plan recién casados.
Luego la tumbé sobre la mesa del comedor.
Parecía una ofrenda a algún dios primitivo del amor, desparramada ahí toda revuelta y sexy sobre ese gran tablón de madera, con los pantalones por las rodillas. Una gigantesca lámpara de araña de tres niveles hecha de cuernas de ciervo brillaba sobre ella, salpicándola de luz.
—¿Qué? —preguntó, un poco sin aliento.
—Solo quiero recordar este momento —dije, admirándola.
—Pues recuérdalo después como el momento en que echaste un polvo. —Se estiró para manotearme, enganchando un pasador del cinturón y atrayéndome—. No me hagas esperar más.
—¿Yo? Tú eres la que nos ha infligido a los dos esta puta tortura de esperar.
—Da igual —dijo, trepando por mi camisa y quitándome la chaqueta—. Pues castígame.
Antes de que pudiera besarme, la agarré de las caderas y le di la vuelta, tirando de ella hacia el borde de la mesa.
La puse de pie frente a mí y la doblé hacia delante, empujándole el pecho contra la mesa.
Le bajé los vaqueros todo lo que daban, apelmazándolos contra las botas.
Luego me arrodillé y terminé lo que había empezado, comiéndoselo desde atrás. Solo el coño de Katie y mi cara…
Sin más interrupciones.
Joder.
Ese sabor dulce, ligeramente almizclado, embriagador… El sexo de Katie. Era un puto adicto total. Se lo comí con pasión, con ganas de revancha, con una puta furia. Le trabajé el clítoris con la lengua, se lo chupé, hasta llevarla justo al borde.
—Dilo —le ordené mientras se corría, sin dejar de comérselo—. Dime que me quieres.
—Ah… Jesse… Te quiero con locura…
—Joder, sí —murmuré, follándomela con la lengua mientras temblaba y se estremecía.
Cuando no quedó nada de ella más que un charco jadeante sobre la mesa, me levanté y la giré hacia mí, atrayéndola a mis brazos mientras se desplomaba contra mi cuerpo. Luego la besé, fuerte y bien.
—Ven. —La cogí y me la eché al hombro por última vez, haciéndola chillar.
—¿No vamos a follar? —protestó, sonando aturdida y confusa mientras la llevaba escaleras arriba al altillo: el dormitorio principal.
—Todavía no —dije.
—Dios… qué insatisfactorio ha sido eso.
Me reí mientras la tiraba sobre la cama king size.
Me quité las botas a patadas y me arranqué los calcetines. Me desabroché el cinturón y me bajé la cremallera de los vaqueros, pelándolos hacia abajo, liberando la polla, pesada y gruesa de necesidad. Dejando que la mirara. Se le oscurecieron los ojos y se pasó su lengüecita rosa por el labio.
—No te preocupes. Tengo algo para satisfacerte…
Me quité los vaqueros, y Katie se quitó la chaqueta y el jersey.
Apenas me había sacado la camisa por la cabeza y ya estaba encima de ella, desnudo.
Abriéndome paso entre sus piernas. Los vaqueros y las botas se quedaron puestos.
Aún llevaba una camiseta de tirantes, pero le subí esa mierda.
Le subí el sujetador con ella, dejando que sus tetas saltaran libres.
—¡Ay! —dijo—. El aro…
—Aguántate.
Y entonces estaba por todas partes, la cara hundida en sus tetas, la mano entre sus piernas, el dedo en su clítoris.
Me dio un manotazo en el culo, pero gimió cuando la acaricié.
Suave y rápido… solo para asegurarme de que seguía conmigo.
Su coño estaba empapado y resbaladizo —de su excitación, de su orgasmo, de mi saliva.
Le chupé un pezón, metiéndomelo en la boca, y le abrí los muslos de par en par.
Luego la penetré, mi polla como un misil teledirigido, preprogramado para dar en el blanco.
No tenía que pensar. Solo tenía que follar.
Tenía que follármela, con esas botas peludas clavándoseme en el culo.
Enterrarme en Katie.
No fue romántico.
Fue frenético.
Fue hambriento y fue un desastre y fue rápido. Le mordí el labio. Ella me pellizcó los huevos con las uñas mientras nos agarrábamos y nos manoseábamos.
Dolió un poco.
Acabó medio encima, maniatada a mí por los vaqueros, y luego debajo otra vez. Me la follé más fuerte de lo que había intentado follármela jamás. En un momento, susurré: «¿Esto está bien?», ella asintió y seguí a lo mío. Pero en realidad nunca paré.
Sí, susurró ella, una vez.
Dos.
Sííí…
Hizo sonidos que nunca le había oído hacer. Sílabas cortadas que se suponía que eran palabras, jadeos roncos y a medio formar, desgarrados de deseo. Su voz se hizo jirones en la penumbra.
—Jesse, no pares —me suplicó mientras la embestía, cuando supo que estaba cerca.
Conocía todas las señales. Lo oía en mi respiración.
Lo sentía en mi polla, como un poste de acero, rígida dentro de ella.
Hinchada… los huevos tirantes. Un gatillo sensible pidiendo a gritos liberarse mientras la penetraba. Pero yo tenía control. Podía aguantar.
No quería.
Estaba total y jodidamente borracho de sexo.
Estaba borracho de Katie.
Y quería ahogarme en ello.
—No voy a parar —conseguí decir—. Hasta que explote. ¿Vas a ganarme…?
Mi pregunta quedó flotando entre nosotros como una provocación. Como un juego.
Ya estaba cerca. Su cuerpo se tensaba a mi alrededor, apretando, enroscándose… succionándome…
—Eres increíble —susurró, los párpados aleteando mientras la besaba, y entonces suspiró. Empujé hacia arriba dentro de ella. Restregué la pelvis contra la suya.
Se le cortó la respiración.
Y entonces se corrió.
La cabalgué, fuerte, precipitándonos juntos, los dos desmoronándonos.
Sus uñas se hundían medio centímetro en mi carne.
Su bota peluda se me metía por el culo.
Y me reí un poco.
Porque eso es lo que haces cuando estás borracho de éxtasis y la mujer de tus sueños te tiene entre sus brazos, envuelto entre sus muslos húmedos… perdido dentro de su cuerpo. Cuando te bebe entero.
Me derrumbé ahí entre sus brazos, resollando, intentando recuperar el aliento, y me reí.
—¿De qué te ríes? —jadeó después de un rato.
—De nada —dije con un suspiro—. Por eso me río.