Una noche de bodas muy canalla
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1. Jesse
JESSE
El fuego bañaba el rostro de Katie con una luz dorada y ondulante. Estaba sentada justo a mi lado y era tan jodidamente guapa, con su piel de porcelana, sus rasgos dulces y su pelo oscuro… se rio de algo que dijo Zane y el estómago me dio un vuelco.
Mariposas. Esa chica me provocaba mariposas de verdad.
Cuando se llevó la copa de champán a los labios, con la mirada perdida en el fuego, vi de refilón la alianza de platino que le había puesto en el dedo esa misma noche; brilló en la oscuridad, reflejando las llamas, y me dio un subidón brutal.
Aquella alianza reluciente marcaba a Katie Bloom como casada. Como mía.
Y esa mierda me estaba poniendo duro.
Tenía las mejillas y la punta de la nariz sonrosadas; hacía frío, pero ese rubor también podía ser del alcohol.
Estaba un poco borracha, sí, pero era una borrachera mona.
Se había ido dosificando a lo largo de la noche.
Me había encargado yo de eso. Porque a veces, cuando Katie se pasaba de copas, no podía correrse, y eso no iba a colar de ninguna puta manera.
No en nuestra noche de bodas.
No cuando me moría por verla correrse; por sentirla correrse.
Varias veces.
Me pilló devorándola con la mirada y sonrió. Sus grandes ojos azul verdoso se abrieron de par en par a la luz del fuego, y esa expresión dulcemente sorprendida me fue directa a la polla. Como siempre.
No ayudaba precisamente que no me hubiese dejado follármela en dos largos y dolorosos días.
Guárdatelo para la noche de bodas, me había dicho, apartando mis manos errantes cuando llegamos aquí, al resort, la mañana del ensayo de la boda. Será mejor si esperamos.
Lo cual sonó muy bonito en su momento. Romántico. Caliente.
Pero eso fue ayer. Antes de que se dedicara a bailar conmigo, a flirtear conmigo, a morrearse conmigo en su despedida de soltera —con una parte de arriba de bikini finísima y unos shorts vaqueros minúsculos— y luego me mandara a dormir a una cama separada.
Hoy volvió a bailar conmigo, flirteó conmigo un poco más, se casó conmigo con un vestido que me dejó con la boca abierta y, en el banquete, me dejó quitarle el liguero con la lengua. Sin darle a mi polla dolorida ni una sola pajita de consolación.
Si llego a saber que con «noche de bodas» se refería en realidad a casi el amanecer del día siguiente, me la habría tirado hasta dejarla sin sentido a cada paso del camino.
Porque que le jodan a esperar.
Le sostuve la mirada mientras bebía de mi cerveza, con la lengua jugueteando distraídamente con el cuello de la botella, pensando en todo lo que iba a hacerle en cuanto la tuviera a solas… hasta que su sonrisa se derritió en otra cosa, y sus dientes atraparon ese labio inferior carnoso.
Entonces mi mirada se deslizó deliberadamente hacia abajo…
hasta el asomo de escote y ese tentador hueco entre sus pechos, al descubierto por la cremallera medio bajada de su plumas…
hasta sus piernas curvas y sexys, cruzadas, enfundadas en unos vaqueros ajustados…
hasta sus botas peludas. Eran nuevas, y todavía no me la había tirado con ellas puestas.
Iba a tener que remediarlo. Pronto.
—Hostia puta. Deja de devorar a la novia con los ojos y ve a hacerlo de una vez.
Miré a Zane, mi vocalista y uno de mis padrinos de boda. Tuve que parpadear un par de veces para enfocarle, de lo bizco que estaba de pura calentura.
Estaba sentado al otro lado de Katie, con una sonrisa sucia y chulesca en la cara. La que solía usar con las mujeres a las que planeaba tirarse. Como me la estaba dedicando a mí en ese momento, pretendía cabrearme, y encima tenía el brazo alrededor de mi mujer.
—Ya sabes, ahora estás casado —continuó, con las yemas de los dedos rozando el hombro de Katie—.
Ya no es pecado. —El contacto era tan sutil que ella probablemente ni lo notó a través de la chaqueta acolchada.
Pero no iba dirigido a ella. Iba dirigido a mí, porque así era como Zane se entretenía cuando mi mujer andaba cerca—.
A no ser que estés esperando a que alguien te dé indicaciones…
—Zane, no le provoques —le regañó Katie, pero seguía sonriendo. Le caían bien mis amigos; eso me gustaba. Incluso aguantaba el flirteo de Zane, lo cual era guay y molesto a partes iguales.
—Sí, tío. ¿A qué cojones estás esperando? —añadió Dylan. Mi batería me sonreía ahora con una sonrisota desde el otro lado de la hoguera.
Mal asunto.
Que Zane y Dylan se aliaran contra mí nunca era buena señal. A diferencia de Zane, Dylan rara vez me tocaba los cojones con el tema Katie… lo cual significaba claramente que los recién casados ya estábamos de más junto al fuego.
Lo cual me parecía de puta madre.
Me había sentido un poco obligado a quedarme con los invitados, aunque el banquete había acabado hacía rato, y sabía que Katie sentía lo mismo.
Al fin y al cabo, habían venido hasta aquí, horas al norte de la ciudad, en hidroavión, solo para asistir a nuestra boda —en un resort remoto en plena naturaleza que ni siquiera tenía Wi-Fi— pese a que muchos de ellos eran estrellas del rock, o gente que trabajaba con estrellas del rock, y por tanto tenían otras cosas que hacer.
Me pareció que lo mínimo que podíamos hacer era tenerlos bien alimentados, con copas y entretenidos.
Aun así; si no conseguía meterle la polla a mi flamante esposa pronto, iba a explotar. Quizá literalmente. Había estado empalmado todo el puto día.
Bueno, no todo el día. Pero cada vez que Katie me besaba, o se rozaba contra mí, o me miraba como lo estaba haciendo ahora mismo…
Empalmado a tope.
Me recoloqué un poco dentro de los vaqueros, pensando en el acogedor calor del coño de Katie, resbaladizo, húmedo e hinchado… todo caliente por mí y tan dulce y apretado…
Joder.
Le di un trago a la cerveza para refrescarme.
Hora de largarse de una puta vez.
Un solo problema menor. A saber, que no me hacía gracia dejar a mi hermana pequeña con los lobos.
Solo quedaban unas pocas personas junto al fuego, y mi hermana era una de ellas.
Después de que el banquete fuera apagándose y la mayoría de los invitados se largaran a la cama dando tumbos, mi banda, Dirty, y algunos de nuestros amigos más cercanos habíamos salido a la hoguera en uno de los acantilados bajos sobre la cala para hacer una jam.
Habíamos estado bebiendo y tocando canciones, y había sido increíble.
Con mi hermana, Jessa, allí, era como en los viejos tiempos.
Como cuando estábamos todos juntos y ella seguía con la banda. Los mejores tiempos.
Pero ahora la música se había apagado y todos se habían emparejado más o menos para charlar.
Jessa y su amiga Roni estaban acurrucadas juntas, cuchicheando en voz baja con aire conspirativo, lanzando miradas hacia Dylan y su colega, Ash.
Ni quería saber de qué iba aquello, aunque estaba bastante seguro de que era por Roni, no por Jessa.
Dylan y Ash bebían y hacían el tonto, como siempre.
Brody, nuestro manager y otro de mis padrinos, estaba sentado en silencio al lado de Maggie, nuestra subdirectora, con cara de tenso, igual que durante toda la boda. Al menos, siempre que mi hermana andaba cerca.
Y ahí estaba Zane, con el brazo alrededor de mi mujer y esa infame sonrisa mojabragitas en la cara.
—A no ser, claro, que no estés a la altura.
—Hostia; ¿todavía seguía dando la puta chapa?
¿A mí?—. Igual necesitas una siestecita, ¿no?
Ha sido un día muy largo, y te estás haciendo viejo.
Casi treinta. Y has estado bebiendo… Igual necesitas que alguien te sustituya. Ya sabes, que vaya calentando motores…
—Ese tipo de comentarios no colaban cuando salía con ella —le dije, manteniendo un tono casual.
Ni de coña iba a dejar que Zane me jodiera esta noche, y que él fuera un alcohólico recuperado y por tanto estuviera sobrio no significaba que tuviese derecho a ganar un concurso imaginario de pollas.
Yo estaba más que capacitado para follarme a mi mujer.
Daba igual lo tarde que se hiciera o cuántas cervezas se repartieran; yo también me había dosificado—.
Y desde luego no van a colar ahora que me he casado con ella.
Zane se limitó a reírse.
Puto tío.
No veía la hora de que se enamorara. Me lo iba a pasar de puta madre con eso. El tío siempre estaba tocándole los cojones a todo el mundo; se merecía un poco de su propia medicina.
Claro que no iba a contener la respiración esperando a que Zane se pusiera serio con una mujer. Ir de lío en lío era básicamente su razón de vivir.
Ejemplo perfecto: acabábamos de terminar una jam con una versión acústica de Brown Eyed Girl —idea de Zane.
Se la había cantado a mi hermana de ojos marrones como una serenata, en parte probablemente porque estaba contento de que estuviera allí —todos lo estábamos; hacía un montón de putos años que no venía a vernos— pero también en parte para cabrear a Brody.
Porque nada disparaba los instintos metomentodo de Zane como un tío que estaba claramente coladito por una chica y, sin embargo, no movía ficha.
—Siento decirlo, pero tiene razón —me dijo Brody en voz baja, para que Zane no le oyera, mientras se sentaba a mi lado; yo observaba al capullo chulesco susurrarle algo a Katie al oído, haciéndola reír—.
Volveos a vuestra cabaña y yo me encargo del resto.
Son más de las tres. A este paso, vuestra noche de bodas habrá terminado antes de que la consuméis.
Puede que tuviese razón, pero no me gustaba que me dijeran cuándo, cómo o dónde follarme a mi propia mujer. No era culpa de Brody; simplemente había nacido mandón. Normalmente no me importaba.
—¿Y tú qué? —Arqueé una ceja—. ¿Amanda?
Le dio un trago a su cerveza con cara de funeral.
—Luego.
Lo dudaba.
Brody se había traído a su última «novia» a la boda, pero eso no significaba gran cosa.
Nunca significaba nada. Siempre eran perfectamente agradables y perfectamente guapas, con nombres perfectamente agradables como Amanda o Jennifer o Michelle, y siempre se aburría de ellas antes de que aquello empezara siquiera.
Las probabilidades de que se acostara con esta esa noche parecían escasas, dado cómo se había comportado con mi hermana todo el día…
evitándola a toda costa, y luego mirándola desde lejos como un acosador enamorado.
Mi hermana pequeña era guapísima; eso lo entendía.
Hacía que los tíos volvieran la cabeza allá donde fuera, y no solo porque fuera modelo de lencería y lo pareciera.
Había algo en ella que a los tíos siempre les había vuelto locos, incluso cuando era una cría torpona; lo había tenido que presenciar toda mi vida.
Era esa especie de dulzura torpe que tenía, una especie de magia atrapa-pollas que hacía que los niños la siguieran a casa desde el colegio y convertía a hombres hechos y derechos en idiotas.
Hacía que todos —niños y hombres por igual— quisieran plantarse delante de ella, picarla; arrancarle una sonrisa en su dirección para sentirse mejor consigo mismos.
Nadie más que Brody.
No tenía ni idea de lo que había pasado de verdad entre ellos dos, aunque aquello que una vez di por hecho que era una atracción más o menos mutua se había torcido claramente, y ahora ninguno de los dos parecía capaz de ignorar del todo al otro ni de soportarlo.
Miré a mi hermana al otro lado de la hoguera.
Jessa me pilló mirando y me lanzó a toda velocidad su infame cara de borde —la que le había ganado el mote de «carademona» entre mis amigos, hacía años, cuando todos estaban coladitos por ella pero no lo admitían delante de mí; era la cara que me ponía de pequeña cuando la cabreaba.
Ni siquiera sabía que todavía fuera capaz de poner esa cara, y sin embargo bastaron unas pocas horas cerca de Brody para que ahí estuviera otra vez.
No me encantaba, pero poco podía hacer. No era precisamente un experto en relaciones.
El hecho de que hubiera conseguido llevar a Katie al altar todavía me dejaba flipado.
Miré a Brody. Fingió no ver a Jessa enfurruñada y me clavó una mirada gris.
—Deja de hacerte el puto héroe y llévate a tu mujer a la cama —murmuró.
—Ajá. —Le miré fijamente, calibrando su reacción a mis palabras—. Supongo que alguien debería echar un polvo esta noche.
Ni tocó el tema. Se limitó a dar un trago a su cerveza y hacer como que no me había oído. Pero seguía sin mirar a mi hermana.
—No te preocupes por eso —dijo finalmente, cuando notó que le estaba taladrando con la mirada.
Y me di cuenta de que no tenía por qué preocuparme.
No de verdad. Brody era de los buenos. Si alguna vez había tenido reparos con la idea de que alguno de mis amigos se liara con mi hermana —y los tenía—, con Brody no era el caso.
Aun así; si no se sacaba la cabeza del culo y dejaba de provocarle esa cara de borde, iba a tener que decirle algo al respecto… en algún momento.
Mi noche de bodas, sin embargo, no era ese momento.
Pero al menos una cosa sabía seguro: Brody no iba a dejar que Zane ni nadie más se pasara con Jessa.
Suspiré.
—Nena —dije, poniéndome de pie y tendiéndole una mano a Katie—. Vámonos.
Katie me dedicó su sonrisa dulce desde abajo, como si llevara toda la noche esperando esas palabras. Cogió mi mano y tiré de ella para ponerla en pie. Se chocó contra mí, sus tetas aplastándose contra mi pecho, justo como yo quería.
La rodeé con los brazos por la cintura y me incliné para darle un beso. Fue suave y lento, y nos ganó una oleada de aullidos y gruñidos de los tíos.
Así que quizá estaba faroleando. Un poco.
Luego hicimos la ronda obligatoria de abrazos de buenas noches, besos y palmadas en la espalda. Nos felicitaron, otra vez. Después cogí a mi flamante esposa y me la eché al hombro, pese a sus tibias protestas, y por fin nos largamos de allí de una puta vez.
—¡No volváis hasta que te haya desvirgado! —nos gritó Zane mientras desaparecíamos en la oscuridad de los árboles.
—¡Sé blanda con él, Katie! —añadió Dylan—. ¡Es nuevo en esto!
Y entonces mis amigos se echaron a reír, lo cual era comprensible. Estaban, al fin y al cabo, celosos.
No podía culparles por eso.