Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1) EPÍLOGO II
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EPÍLOGO II

Thaddeus

Cinco años después

Observo cómo la luz de la mañana se filtra por las ventanas de nuestro dormitorio y dibuja formas doradas sobre las sábanas blancas.

Han pasado cinco años desde nuestra boda y todavía me despierto cada mañana maravillado de tener a Elowen a mi lado.

Duerme plácidamente, con el rostro relajado y el cabello negro extendido sobre la almohada como una obra de arte que ningún museo podría albergar.

Camile, con sus cinco años y medio, tiene la terrible costumbre de despertarse al amanecer. Oigo sus pasitos en el pasillo, seguidos del inconfundible maullido de Chalk, que protesta por haber sido despertado también.

La puerta se abre con un chirrido y nuestro pequeño huracán irrumpe en la habitación.

—¡Papá! —susurra, demasiado alto para que aquello cuente como susurro—. ¡Estás despierto!

Me río y le hago una seña para que calle mientras señalo a Elowen, que sigue dormida. Camile se tapa la boca con las manitas y abre mucho los ojos azules, tan parecidos a los míos, en una exagerada demostración de silencio.

Me levanto con cuidado, la cojo en brazos y la saco de la habitación antes de que Elowen se despierte. En el pasillo, Chalk nos observa con su habitual aire de superioridad felina.

—¿Qué vamos a hacer hoy, papá? —pregunta Camile mientras bajamos las escaleras.

—Después del colegio tienes clase de danza con mamá —le recuerdo—. Y yo tengo reuniones hasta el mediodía.

Hace una mueca.

—Las reuniones son aburridas.

Me río en voz baja. Si mis accionistas pudieran oírla...

—A veces hacen falta —le explico mientras le preparo el desayuno—. Como tus ejercicios de ballet.

—¡Pero el ballet es divertido! —protesta, y da vueltas torpemente por la cocina—. ¡Mira, papá! ¡Soy una bailarina como mamá!

En sus movimientos hay más entusiasmo que técnica: una caótica mezcla de saltos y giros que me hace sonreír. Ha heredado mi falta de coordinación para el baile, pero la pasión de Elowen por el arte de la danza.

—Precioso, mi princesa —la elogio mientras le sirvo su cereal favorito—. Pero dejemos los grand jetés para después del desayuno, ¿vale?

Mientras Camile ataca el desayuno con la misma energía que pone en todo, reviso el correo en la tableta. Lauren ya me ha enviado la agenda del día, con un recordatorio incluido sobre la sorpresa que he preparado para Elowen.

—Buenos días, familia —nos interrumpe la voz aún adormilada de Elowen.

Entra en la cocina con uno de mis pijamas y el pelo recogido en un moño desordenado, y aún así consigue dejarme sin aliento, igual que el primer día.

—¡Mamá! —Camile salta de la silla y corre a abrazarla—. ¡Papá ha dicho que hoy tengo clase de danza!

—Así es, mi amor. —Elowen le besa la frente antes de acercarse a mí.

Nuestro beso de buenos días queda interrumpido por un:

—¡Puaj! ¡Besarse es asqueroso!

Nos reímos, acostumbrados a los comentarios de nuestra pequeña crítica.

La mañana sigue su ritmo habitual: el desayuno, los preparativos para el colegio, esas prisas controladas que ya son nuestra normalidad. Mientras Elowen ayuda a Camile a vestirse, reviso por última vez los documentos que tengo que firmar hoy.

Hace cinco años habría pasado la noche entera en la oficina, repasando obsesivamente cada detalle. Ahora he aprendido a delegar, a confiar en mi equipo y a dar prioridad a lo que de verdad importa.

—¡Lista! —Camile baja las escaleras con el uniforme del colegio y la mochila a la espalda.

—¿Nos vamos? —pregunta Elowen, y coge las llaves del coche.

—En realidad —intervengo—, había pensado llevarla yo hoy. Tengo una reunión cerca del colegio.

Elowen me dedica esa mirada que dice que sabe que estoy tramando algo, pero no insiste.

—De acuerdo. ¿Nos vemos en el estudio a las tres?

—No me lo perdería por nada del mundo.

Después de dejar a Camile en el colegio, me voy a la oficina. Thalassinos Holdings sigue prosperando, pero mi implicación en el día a día ha bajado bastante. Orion ha asumido más responsabilidades operativas, lo que me permite mantener un verdadero equilibrio entre el trabajo y la familia.

Lauren me recibe con su profesionalidad habitual.

—Buenos días, señor Thalassinos. Los documentos del traspaso del estudio están listos para que los firme.

—Excelente —respondo con una sonrisa, imaginando la reacción de Elowen.

Llevo meses trabajando en este proyecto en secreto. Un estudio de danza comunitario en el barrio donde ella creció, completamente equipado y con becas para niños sin recursos. Su sueño de hacer el ballet accesible para todos va a cumplirse por fin.

Las reuniones de la mañana pasan volando. Aprobar una adquisición por aquí, revisar informes trimestrales por allá. Mi cabeza, sin embargo, sigue en el regalo que voy a darle a Elowen esta tarde.

A las dos y media salgo de la oficina y me dirijo a la Academia Swan.

El programa de mentoría que creó Elowen se ha convertido en uno de los más respetados de la ciudad.

Jóvenes bailarines de todos los orígenes tienen la oportunidad de aprender no solo técnica, sino también sobre la vida más allá del escenario.

Llego al estudio principal justo a tiempo de ver a Elowen mientras demuestra una secuencia a sus alumnos. Conserva la gracia y la precisión que siempre la han definido. Ahora sus movimientos son más medidos, más deliberados, pero no menos hermosos.

Camile está en primera fila e intenta imitar cada uno de los movimientos de su madre con feroz determinación y una ejecución más que cuestionable. Se me encoge el pecho de ternura al verla.

—¡Papá! —Me ve y me saluda con entusiasmo, a punto de tirar al suelo a la niña que tiene al lado.

Elowen se vuelve y su rostro se ilumina con esa sonrisa que todavía me acelera el corazón.

—Has llegado temprano —observa mientras se acerca.

—No quería perderme el espectáculo —respondo, y le robo un beso rápido.

La clase se alarga otra media hora. Observo fascinado cómo Elowen trabaja individualmente con cada alumno, corrige posturas, da ánimos y comparte su pasión.

Cuando termina la clase y los alumnos empiezan a marcharse, me acerco con el sobre en la mano.

—Tengo algo para ti.

Elowen me mira con curiosidad mientras abre el sobre. Sus ojos recorren los documentos y se le agrandan al comprender de qué se trata.

—Thaddeus... esto es...

—La escritura del viejo almacén de la calle Maple. Ya lo están reformando para convertirlo en el Centro Comunitario de Danza Elowen Castellan-Thalassinos.

Se le llenan los ojos de lágrimas mientras me abraza con fuerza.

—Es perfecto —susurra contra mi pecho—. Absolutamente perfecto.

—Hay espacio para tres estudios, vestuarios, una pequeña sala de espectáculos... —empiezo a enumerar las características y vuelvo por un momento al modo ejecutivo.

Me silencia con un beso.

—Te quiero —dice sin más—. Muchísimo.

—Yo también te quiero —respondo, todavía maravillado de poder pronunciar esas palabras con tanta facilidad.

El momento se ve interrumpido por Camile, que me tira del bajo del pantalón.

—Papá, ¿me enseñas a bailar como mamá?

Elowen se ríe, porque conoce de sobra mis limitaciones en ese terreno.

—Princesa, papá tiene muchos talentos, pero bailar no es uno de ellos.

—¡Pero yo quiero aprender! —insiste Camile, con esa determinación que sin duda ha heredado de mí.

Suspiro con mucho teatro y le arranco otra carcajada a Elowen.

—De acuerdo, vamos a intentarlo —acepto mientras me coloco torpemente en primera posición.

Lo que sigue es, probablemente, el intento de ballet más patético que se haya visto jamás. Las piernas se niegan a cooperar, los brazos parecen tener voluntad propia y mi sentido del ritmo es inexistente.

Camile se ríe tanto que acaba dejándose caer al suelo; a Elowen le saltan las lágrimas de tanto reír y hasta unos cuantos alumnos que aún no se han marchado sueltan risitas educadas.

—Creo que me quedaré con mi trabajo de siempre —declaro tras un intento de pirueta especialmente desastroso.

—Buena idea —coincide Elowen, todavía riéndose.

El resto de la tarde transcurre entre una bruma feliz de planes para el nuevo estudio, juegos con Camile y momentos robados con Elowen entre una cosa y otra.

Esa noche, después de acostar a Camile —con tres cuentos y dos canciones de cuna—, por fin tenemos un momento para nosotros. Elowen está duchándose y aprovecho para preparar algunas cosas en el dormitorio.

Es entonces cuando veo su diario sobre la mesita de noche, abierto por una página concreta. Normalmente respetaría su intimidad, pero algo me llama la atención. Es una lista, con varios puntos marcados.

Me acerco y reconozco la lista: «Cosas que hacer antes de irme». La misma que hizo cuando creía que solo le quedaban tres meses de vida. Todos los puntos están marcados, incluidos algunos que no figuraban en la lista original.

Pero es la nueva lista, al dorso de la página, la que me para el corazón: «Nueva lista para vivir». Y el primer punto, ya marcado: «Tener otro bebé».

Me quedo mirando las palabras, intentando asimilar lo que significan. Ya lo ha marcado. Eso quiere decir que...

—Iba a decírtelo esta noche.

La voz de Elowen me sobresalta.

Me vuelvo y la encuentro de pie en la puerta del baño, envuelta en un albornoz, con una mano apoyada inconscientemente sobre el vientre.

—¿Es verdad? —Mi voz sale más ronca de lo habitual.

Sonríe, con esa sonrisa que ilumina toda la habitación.

—Seis semanas. Me lo confirmó la Dra. Hopkins esta mañana.

En dos zancadas cruzo la habitación, la rodeo con los brazos y la hago girar en el aire como un adolescente enamorado.

—La Dra. Hopkins ha dicho que todo va bien.

La alegría que siento es abrumadora. Otro hijo. Otra oportunidad de vivir cada momento, cada hito, cada milagro.

La beso. Al principio con suavidad, con reverencia, como si aún intentara creer que esto es real. Después el beso se vuelve más profundo, urgente. La aprieto contra mí con una necesidad casi desesperada y siento el calor de su cuerpo a través de la fina tela del albornoz.