Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1) EPÍLOGO I
97%

EPÍLOGO I

Elowen

Seis meses después

Me estudio en el espejo, todavía sin acabar de creer que este día haya llegado por fin.

El vestido de novia me sienta a la perfección, ahora que me he recuperado del embarazo y del parto de hace seis meses.

Es un diseño sencillo pero elegante, de encaje delicado sobre seda marfil; nada recargado, sin adornos innecesarios.

—Estás absolutamente deslumbrante. —Amber aparece detrás de mí, con los ojos empañados de lágrimas—. Solo te falta un último detalle.

Saca una delicada tiara de la caja que lleva en las manos. Perteneció a nuestra madre, una de las pocas cosas que conseguimos conservar después del accidente.

—Oh, Amber... —Se me quiebra la voz mientras ella me la coloca con cuidado en el pelo.

—Estaría muy orgullosa de ti —susurra Amber, buscándome los ojos en el espejo—. Los dos lo estarían.

El momento emotivo se ve interrumpido por un alboroto fuera. Voces masculinas alzadas, seguidas de un golpe sordo y unas cuantas palabrotas de lo más creativas.

—¿Qué está pasando ahí fuera? —pregunto, encaminándome ya hacia la puerta.

Amber me agarra del brazo.

—¡No! Todavía no puedes salir. Deja que eche un vistazo.

Abre la puerta lo justo para asomarse y luego se echa a reír.

—Son sus hermanos. Al parecer, Kanidas ha decidido que el arreglo floral era «inadecuado» y ha intentado reorganizarlo. Por el camino ha tirado la mitad de las flores.

—¿Por qué no me sorprende? —Sonrío al imaginarme la escena. Los hermanos Thalassinos han sido una fuente constante de entretenimiento caótico durante todos los preparativos de la boda.

Kanidas se empeñó en revisar personalmente los contratos de todos los proveedores y encontró «cláusulas problemáticas» incluso en el alquiler de las sillas.

Andreas quería traer a todo un equipo médico «por si acaso», dados mis antecedentes recientes.

Mathis, que por fin volvió de sus misteriosos viajes, intentó convencer a Thaddeus de celebrar la ceremonia en un castillo medieval de Escocia.

Y Orion... bueno, Orion ha sido Orion: encantador, caótico y completamente impredecible.

—Marina está intentando controlar el caos —continúa Amber con su informe—. Pero creo que está a punto de encerrarlos a todos en un armario hasta que empiece la ceremonia.

Me río y noto que la tensión de los últimos días se desvanece. Esta es exactamente la familia que siempre quise: ruidosa, cariñosa, exasperante de vez en cuando, pero siempre presente.

Un llanto familiar resuena por el pasillo y se me enternece el corazón al instante.

—Camile se ha despertado —digo, y ya me dirijo hacia la puerta.

—¡Espera! —Amber vuelve a detenerme—. Deja que la traiga.

Unos instantes después, regresa con mi hija en brazos. Camile, que ya tiene seis meses, es una mezcla perfecta de Thaddeus y de mí: los ojos azules e intensos de él, el pelo oscuro como el mío y una determinación feroz que probablemente ha heredado de los dos.

—¡Mira quién ha venido a ver a mamá! —Amber me la entrega con cuidado.

Camile me agarra de inmediato un mechón de pelo y su expresión seria se transforma en una sonrisa que me derrite el corazón.

—Hola, mi amor —murmuro, besándole la frente.

Balbucea algo ininteligible, aunque claramente importante, en su propio idioma de bebé.

—Madame Beaumont ya está aquí. —Sophie aparece en el umbral con su elegante vestido de dama de honor—. Y está hecha una furia porque, al parecer, la música de entrada lleva «tres compases de retraso».

Suspiro, pero no puedo evitar sonreír. Hay cosas que nunca cambian.

—Hablaré con ella —se ofrece Sophie—. Tú termina de arreglarte.

Cuando se marcha, Amber vuelve a coger a Camile.

—Ha llegado el momento —dice con suavidad—. ¿Estás preparada?

Me miro en el espejo una última vez. La mujer que me devuelve la mirada ya no es la bailarina insegura que entró en The Velvet Lady aquella noche fatídica.

Ya no es la mujer que creía que solo le quedaban tres meses de vida.

Es alguien más fuerte, más completa y más viva de lo que nunca llegó a imaginar.

—Estoy preparada —confirmo.

La música empieza a sonar cuando llegamos a la entrada del jardín donde se ha preparado la ceremonia. Es una pieza clásica, elegida por Thaddeus. Insistió en que quería algo «atemporal, como nuestro amor». Palabras suyas, no mías, lo que demuestra cuánto ha cambiado.

Amber me ajusta el velo por última vez, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas.

—Estás preciosa, El —dice.

—Gracias —respondo, apretándole la mano—. Te quiero, hermanita.

—Y yo a ti, pesada —dice, sonriendo a pesar de la emoción.

Después de todo lo que hemos pasado, el diagnóstico falso, el embarazo inesperado, el secuestro, el parto sin Thaddeus y el día en que estuvo a punto de morir, este momento no va de elegir: va de amor. De construir algo nuevo con las cenizas del pasado.

Las puertas se abren y veo el pasillo de pétalos de rosa que se extiende hasta el altar. Los invitados se ponen en pie, pero mis ojos solo encuentran a una persona.

Thaddeus espera de pie ante el altar, impecable con su traje hecho a medida, pero es la expresión de su rostro lo que me atrapa. No hay máscara de control ni eficiencia calculada. Solo admiración pura, amor sin filtros, vulnerabilidad al descubierto.

Amber se coge de mi brazo y echamos a andar.

Cada paso es una afirmación; cada instante, una promesa.

Veo a Marina en primera fila, con Camile en brazos, vestida con un diminuto traje blanco.

Los hermanos de Thaddeus están alineados junto a él: Orion, serio y digno; Andreas, emocionado; Kanidas, guiñándome un ojo con una sonrisa traviesa; y Mathis, observándolo todo con su intensidad característica.

Cuando llegamos al altar, Amber se vuelve hacia mí. Este es el momento del que habíamos hablado, el símbolo de la confianza y la aceptación.

—Cuida de ella —le dice a Thaddeus, con una voz que carga con años de protección y amor de hermana—. Te entrego mi tesoro más preciado.

—Cuidaré de ella con mi vida —responde Thaddeus con solemnidad, y sé que lo dice en serio, porque ya lo ha hecho.

Amber me besa en la frente antes de ocupar su lugar entre las damas de honor. Thaddeus me coge de la mano y entrelaza los dedos con los míos en un gesto que se ha vuelto tan natural como respirar.

Comienza la ceremonia, pero apenas oigo las palabras del pastor. Estoy demasiado pendiente del hombre que tengo al lado, de cómo sus ojos no se apartan de los míos, de cómo su pulgar traza suaves círculos sobre mi mano.

Cuando llega el momento de los votos, Thaddeus se aclara la garganta. Antes de empezar a hablar, le veo un destello de nervios, algo rarísimo en él.

—Elowen. —Tiene la voz firme, pero cargada de emoción—.

Cuando nos conocimos, yo era un hombre que creía que el control significaba seguridad.

Que, si podía anticipar todas las variables y calcular todos los riesgos, nunca volvería a sufrir una pérdida.

Tú hiciste pedazos esa ilusión de la manera más hermosa posible.

Hace una pausa y respira hondo.

—Me enseñaste que la vida no se puede controlar; solo se puede vivir. Que el amor no es una ecuación que haya que resolver, sino un misterio que hay que abrazar. Que la vulnerabilidad no es una debilidad, sino la mayor fortaleza que existe.

Ahora las lágrimas me corren libres por la cara.

—No prometo ser perfecto —continúa—. No prometo no cometer errores ni fracasar jamás...

Pero prometo estar presente. Prometo intentarlo cada día, sin excepción: ser el hombre que tú ves en mí.

Prometo amaros a ti y a Camile con cada fibra de mi ser, incluso cuando, o especialmente cuando, no pueda controlar el resultado.

La voz le vacila un poco en la última frase, y veo lágrimas en sus ojos.

—Prometo ser tu compañero, tu apoyo, no tu solución. Tu amor, no tu obligación. Todos los días que me sean dados.

El silencio que sigue solo lo rompen los discretos sollozos de los invitados. Hasta Mathis parece conmovido, lo cual es todo un logro.

—Thaddeus. —Empiezo mis propios votos con la voz un poco temblorosa—.

Cuando entré en aquel bar, creyendo que solo me quedaban tres meses de vida, jamás imaginé que encontraría mi para siempre en una sola noche.

Me enseñaste que el tiempo no se mide en días ni en años, sino en momentos que nos transforman por completo.

Le aprieto la mano y me aferro a su presencia.

—No prometo ser fácil. No prometo no asustarte nunca con mi terquedad ni con mi necesidad de independencia.

Pero prometo amarte con la misma intensidad con la que bailo: con todo mi cuerpo, toda mi alma, todo mi ser.

Prometo ser tu compañera en cada desafío, tu alegría en cada victoria, tu puerto seguro en cada tormenta.

Hago una pausa y recuerdo todo lo que hemos vivido.

—Prometo ayudarte a encontrar la belleza en el caos, la paz en la imperfección, la vida más allá del control. Todos nuestros días.

Cuando terminamos los votos, no queda un solo ojo seco entre los invitados. El pastor, visiblemente conmovido, despacha a toda prisa las formalidades finales.

—Os declaro marido y mujer. Ya puedes besar a la novia.

Thaddeus me atrae hacia él con una urgencia que contradice su contención de siempre. El beso es profundo, apasionado, una promesa en sí mismo. Cuando nos separamos, su sonrisa es radiante.

—Señora Thalassinos —murmura, como si probara las palabras.

—Señor Thalassinos —le devuelvo la broma.

Se ríe, con una risa cálida y genuina que, por lo infrecuente, aún me sorprende.

No tardamos en llegar al banquete, un torbellino de felicitaciones, abrazos y brindis.

Thaddeus apenas se separa de mí; su mano siempre encuentra la mía o descansa posesivamente en mi cintura.

Resulta reconfortante esta necesidad de contacto constante, tan ajena al hombre distante que conocí al principio.

Durante la cena, observo a nuestra familia reunida.

Marina charla animadamente con Amber, probablemente conspirando para decorar la habitación de Camile en la mansión familiar.

Los hermanos de Thaddeus están enfrascados en un acalorado debate que parece mezclar la física cuántica y la mejor manera de preparar un martini.

Mi mente vuela hacia las revelaciones de los últimos meses. El descubrimiento sobre Helena y Hayes. La verdad tras el accidente de mis padres. Lo entrelazadas que estaban nuestras vidas por obra del destino mucho antes de que nos conociéramos.

En cuanto a la traición de Helena... parece haber hecho las paces con ella.

—El pasado es pasado —me dijo una noche, mientras veíamos dormir a Camile—. En mi corazón solo hay sitio para nuestro presente y nuestro futuro.

Resulta extraño pensar que fue la tragedia la que nos unió. Que lo peor que nos ha pasado en la vida nos condujo hasta este momento. El destino tiene un sentido del humor retorcido: entreteje el dolor y la alegría de maneras que desafían toda comprensión.

—¿En qué piensas? —pregunta Thaddeus en voz baja, rozándome la oreja con los labios.

—En que estar a punto de morir me enseñó a vivir —respondo con sinceridad.

Me aprieta la mano; lo comprende al instante.

—Y en que estar a punto de perderte me enseñó que el control es una ilusión —concluye.

Sonrío y me inclino para besarlo con suavidad.

—¡Miraos los dos, dando mal ejemplo en plena cena! —grita Kanidas desde el otro lado de la mesa, y todos se echan a reír.

—Los celos no te sientan bien, hermanito —responde Thaddeus, y sorprende a todos con su humor.

La noche continúa con los discursos: emotivos los de Orion, desternillantes los de Kanidas y sorprendentemente profundos los de Mathis. Amber hace llorar a todo el mundo con sus recuerdos de nuestra infancia y su agradecimiento por ver tan feliz a su «hermanita».

Cuando por fin llega nuestro primer baile, elijo una canción con un significado especial: «Clair de Lune», la misma pieza que sonaba cuando bailé para Thaddeus por primera vez en el estudio que construyó para mí.

—¿Te acuerdas? —pregunto mientras nos movemos despacio.

—De cada segundo —confirma—. Fue entonces cuando supe que estaba completamente perdido por ti.

—Has recorrido un largo camino, señor Thalassinos.

—Gracias a ti, señora Thalassinos.

El resto de la noche pasa en una bruma feliz de bailes, risas y amor. Cuando por fin nos retiramos a nuestra suite nupcial, agotados pero increíblemente felices, me encuentro un sobre esperándome.

—¿Qué es esto? —pregunto mientras Thaddeus me ayuda a quitarme las horquillas.

—Ábrelo y lo verás —responde con misterio.

Dentro hay una invitación formal. Para participar en una gala benéfica en el Lincoln Center. Como artista invitada.

—Thaddeus... —empiezo, conmovida y temerosa a la vez.

—No he sido yo —me interrumpe con suavidad—. Ha sido Madame Beaumont. Cree que estás preparada. Los médicos están de acuerdo, siempre y cuando no te excedas.

Miro la invitación con el corazón desbocado ante la posibilidad.

—No sé si podré...

—Sí que puedes —dice con convicción—. Eres la bailarina más extraordinaria que he visto en mi vida.

Sus palabras me llenan de calidez por dentro.

—Me lo pensaré —prometo.

Pero ya sé cuál será mi respuesta. Volveré a bailar. No como antes, ni con la misma intensidad autodestructiva, sino con una nueva forma de entender lo que el baile significa para mí.

Y no podría sentirme más feliz ni más completa con ese pensamiento, con esta vida, con este momento.