CAPÍTULO TREINTA Y DOS
Elowen
El reloj de la habitación del hospital marca las tres de la tarde.
Han pasado siete días, cuatro horas y cuarenta minutos desde que Thaddeus recibió dos balazos por mi culpa.
No es que lleve la cuenta. Los médicos dicen que está estable, pero sigue inconsciente después de la segunda operación.
Algo de que su cuerpo necesita tiempo para sanar.
Tiempo. Como si no hubiéramos perdido ya tanto.
Estoy sentada en el sillón junto a la ventana, mirando la lluvia fina que cae fuera y traza caminos sinuosos en el cristal. Las gotas resbalan como las lágrimas que ya no me permito derramar. ¿De qué serviría? Thaddeus no puede oírme llorar.
—¿Señorita Castellan?
La Dra. Hopkins entra en la habitación, seguida de una enfermera. Tiene esa expresión que he aprendido a reconocer en los últimos días: preocupación disfrazada de calma profesional.
Me incorporo en el sillón y, por instinto, me llevo una mano al enorme vientre.
—¿Hay noticias de Thaddeus?
Es siempre la primera pregunta que hago, sin importar quién entre por la puerta.
—No hay cambios —responde con suavidad mientras se acerca con mi historial en la mano—. Pero tenemos que hablar de ti y del bebé. Llevas doce horas con la tensión alta, sin que baje, y las pruebas muestran los primeros indicios de preeclampsia.
El corazón se me acelera.
—¿Y eso qué significa exactamente?
—Significa que hay que adelantar el parto a hoy, Elowen.
Me coge la mano con firmeza, pero con delicadeza.
—Treinta y dos semanas es prematuro, pero no es tan preocupante como hace una semana. Los pulmones de la niña están lo bastante desarrollados, y los corticoides que te pusimos han ayudado a eso. Seguir con el embarazo supone ya un riesgo mayor para ti y para ella.
Bajo la mirada hacia mi vientre y paso la mano por la curva donde descansa mi hija, todavía protegida, todavía unida a mí.
—Thaddeus quería estar presente.
La voz me sale débil, casi un susurro.
—Lo había planeado todo, ¿sabes? El hospital, la médica, hasta eligió la maldita habitación con meses de antelación. Tan meticuloso, tan... Thaddeus.
La Dra. Hopkins me aprieta la mano con suavidad.
—Sé que no es lo que habíais planeado, pero la situación ha cambiado. Ahora lo primero es vuestra salud, la tuya y la de ella.
Asiento y me trago el nudo de la garganta.
—¿Cuándo?
—Estamos preparando el quirófano. Dentro de una hora, más o menos.
La realidad me golpea como una ola. Dentro de una hora seré madre.
Dentro de una hora nuestra hija estará en el mundo, sin su padre despierto para verla.
Intento no pensar en lo peor, pero es imposible no recordar que la última vez que Thaddeus y yo hablamos de verdad nos dijimos cosas muy duras, nos lanzamos acusaciones.
Y ahora él lucha por su vida mientras yo estoy a punto de dar a luz a nuestra hija.
—De acuerdo —acepto al fin—. Pero ¿puedo pedirte algo?
—Por supuesto.
—Si... cuando Thaddeus despierte, quiero ser la primera en saberlo. Aunque sea en mitad del parto. ¿Me lo prometes?
La doctora asiente con solemnidad.
—Te lo prometo, Elowen.
Amber llega unos minutos después de que se marche el equipo médico, con un osito de peluche y cara de preocupación.
—Me han llamado —dice, y se apresura a abrazarme—. ¿Cómo estás?
—Aterrorizada —admito, y dejo escapar por fin las lágrimas—. Amber, ¿y si algo sale mal? ¿Y si es demasiado pequeña? ¿Y si Thaddeus nunca...?
—Shhh —me interrumpe y me sujeta la cara entre las manos—. Nada de «y si». Tu hija es mitad Castellan, mitad Thalassinos. Una combinación genética de pura testarudez. Va a estar bien.
Pese a todo, se me escapa una sonrisa débil.
—¿Y Thaddeus?
—Ese hombre se enfrentó a la muerte para encontrarte. ¿De verdad crees que va a rendirse ahora, justo cuando está a punto de conocer a su hija?
Me aparta un mechón de pelo de la cara.
—Los tres sois una familia. Y los Castellan no nos rendimos, ¿te acuerdas?
Me acuerdo del mantra que nuestros padres repetían siempre. Ahora el recuerdo me duele de otra manera, mezclado con la revelación de cómo murieron en realidad.
—Voy a estar a tu lado todo el tiempo —promete Amber, y me aprieta la mano.
Asiento, incapaz de hablar.
Ella siempre está a mi lado. Siempre.
A partir de ahí, el tiempo se vuelve borroso.
Las enfermeras van y vienen y me preparan para la operación.
Firmas en formularios, explicaciones de los procedimientos, una sucesión de rostros y voces que apenas registro.
Tengo la cabeza dividida entre dos lugares: el quirófano que me espera y la habitación donde Thaddeus yace inmóvil, conectado a las máquinas.
Cuando por fin me llevan al quirófano, siento como si estuviera fuera de mi cuerpo. Las luces son demasiado brillantes y las voces parecen llegar de muy lejos. Me ponen la anestesia y enseguida noto ese extraño entumecimiento de cintura para abajo.
Amber, con el pijama de quirófano puesto, me aprieta la mano con fuerza.
—Lo estás haciendo genial, El —susurra.
La Dra. Hopkins aparece en mi campo de visión, ya con la bata quirúrgica puesta.
—Estamos listos, Elowen. Vamos a traer a tu hija al mundo.
Cierro los ojos un instante e imagino a Thaddeus aquí. Nervioso y orgulloso, susurrando palabras de ánimo. Después de todo lo que hemos pasado, se merecía estar presente.
Noto presión, movimiento, voces que intercambian información técnica que no entiendo del todo. Y entonces llega el llanto. Agudo, indignado, perfecto.
Sencillamente perfecto.
—¡Ya está aquí! —anuncia la Dra. Hopkins—. ¡Una niña preciosa y fuerte!
Las lágrimas me resbalan por la cara mientras levanto la cabeza para intentar verla. Una enfermera se acerca con un pequeño bulto que se retuerce y emite ese sonido milagroso.
—¿Quieres cogerla en brazos?
Asiento frenéticamente, incapaz de articular palabra. Y entonces la tengo en mis brazos, tan diminuta, tan perfecta. La carita roja, los ojos hinchados que apenas consigue abrir, los puñitos cerrados como si estuviera lista para pelearse con el mundo.
—Hola, cariño—susurro—. Soy tu mamá.
Amber llora a mi lado, alternando la sonrisa con el gesto de secarse sus propias lágrimas.
—Es perfecta, El. Absolutamente perfecta.
Lo es. De verdad que lo es. Aunque haya nacido antes de tiempo, incluso después de todo lo que hemos pasado, está aquí, respirando, viva. Parte de mí, parte de Thaddeus. Nuestro futuro, pase lo que pase.
Tras las primeras atenciones, me llevan de vuelta a la sala de recuperación. La enfermera me asegura que está bien y que la llevarán a la UCIN para tenerla en observación. Mi cuerpo está exhausto, pero mi alma... mi alma está llena.
—¿Señorita Castellan?—El Dr. Mercer, el cirujano a cargo de Thaddeus, aparece en la puerta y se me para el corazón un segundo.
—¿Está...?—Ni siquiera consigo terminar la frase.
Una sonrisa se dibuja en el rostro del médico.
—Está despierto, Elowen. Desde hace unos veinte minutos. Sigue desorientado, pero está consciente y estable.
El alivio que siento es tan intenso que me deja sin aliento. A mi lado, Amber deja escapar un pequeño grito de alegría.
—¿Puedo verlo?—pregunto de inmediato—. ¿Podemos verlo?
El médico vacila un instante, pero luego asiente.
—Normalmente le diría que necesita descansar después de una cesárea, pero...—Mira a mi hija, a la que la enfermera acaba de traer dentro de una pequeña incubadora portátil—. Creo que algunas normas se pueden saltar. Le traeré una silla de ruedas.
Unos minutos después, avanzo por el pasillo en la silla de ruedas. Mi hija va delante, empujada con cuidado por el equipo de neonatología. Amber lleva mi silla, con una mano firme en mi hombro. El corazón me late con tanta fuerza que parece resonar por todo el hospital.
Nos detenemos ante la puerta de la habitación de Thaddeus. El Dr. Mercer entra primero y oigo su voz grave mientras explica la situación. Después vuelve y abre la puerta por completo.
—Está esperando—dice con una sonrisa amable.
Amber empuja la silla hacia dentro y, por fin, después de unos días que me han parecido una eternidad, veo a Thaddeus.
Tiene el rostro pálido, pero sigue pareciendo fuerte como un toro, incluso tumbado en esa cama, y sus ojos, esos intensos ojos azules que me cautivaron desde el primer día, están abiertos.
Y cuando me ve, se iluminan con algo que solo puedo describir como amor puro.
—Elowen...—Su voz no es más que un susurro ronco.
—Hola, cariño—respondo, con la visión nublada por las lágrimas, mientras Amber acerca la silla de ruedas a la cama.
Thaddeus intenta moverse, como si quisiera llegar hasta mí, pero su cuerpo aún está débil.
—No te muevas—digo con suavidad, y le cojo la mano—. Hemos traído a alguien para que te conozca.
La enfermera acerca la incubadora portátil al lado de la cama, donde Camile duerme protegida por la cúpula transparente, con diminutos sensores adheridos a la piel frágil.
Observo el rostro de Thaddeus mientras ve a nuestra hija por primera vez. Abre mucho los ojos, que brillan por las lágrimas contenidas, como si el mundo entero se hubiera detenido en ese instante.
—¿Es ella?—pregunta, incrédulo—. ¿Nuestra... nuestra hija?
—Camile Castellan Thalassinos—la presento, con la voz temblorosa por la emoción—. Ha decidido que ya no podía esperar más para conocerte.
Thaddeus no dice nada durante un momento. Se limita a mirar. Como si intentara memorizar cada detalle de aquel diminuto ser que tiene delante. Sus ojos recorren la carita minúscula, los finos mechones de pelo oscuro, los bracitos frágiles que se agitan un poco bajo la manta.
Veo cómo traga saliva. Parpadea despacio, una vez, dos veces, como si luchara por mantener el control. Pero no puede. Se le escapa una sola lágrima, que resbala por el costado de la cara.
—Es... es perfecta—murmura, y la voz se le quiebra.
Camile se mueve un poco dentro de la incubadora, como si reconociera la presencia de su padre. Vuelve la carita, con un movimiento suave e instintivo, y de sus labios escapa un sonido diminuto. Un murmullo frágil, pero lleno de vida.
Thaddeus levanta despacio la mano hacia la cúpula de la incubadora. Roza el acrílico con los dedos, con reverencia, como si fuera un cristal sagrado.
—Hola, pequeñita—susurra—. Soy tu papá.
La emoción me atraviesa como una cuchilla afilada. No sé cómo he conseguido guardarme todo esto dentro estos últimos días. Todo el dolor, el miedo, la culpa. Ahora, al ver a Thaddeus despierto, al verlo hablar con nuestra hija, todo se desborda.
Lloro en silencio, porque este momento —este instante imposible y milagroso— es mucho más de lo que jamás me permití soñar.
—Te lo prometo...—continúa Thaddeus, con la voz temblorosa y los ojos fijos en ella—. Te prometo que te protegeré. Que os protegeré a las dos. Siempre. Y seré el mejor hombre que pueda ser para vosotras.
Pronuncia las palabras como si fueran un juramento solemne.
La puerta vuelve a abrirse con un leve chirrido y cinco figuras entran despacio.
Los hermanos de Thaddeus, junto con su madre.
Kanidas lleva un ramo arrugado, claramente robado de la recepción del hospital, y Orion tiene los ojos rojos, aunque se mantiene erguido con orgullo, como si hubiera llorado más de lo que estaría dispuesto a admitir.
Mathis y Andreas se esfuerzan visiblemente por contener la emoción.
Marina tiene la misma expresión que Amber: una mezcla de lágrimas y felicidad.
—¿Podemos...?—pregunta Kanidas, que se detiene junto a la cama con la voz cargada de emoción.
Thaddeus consigue esbozar una sonrisa, todavía débil, pero llena de calidez.
—Por supuesto. Os presento a Camile.
Se acercan a la incubadora con reverencia, como si estuvieran ante algo sagrado. Orion mira a la bebé y después a mí, con los ojos brillantes.
—Tiene los ojos de Thaddeus—dice casi en un susurro.
—Y la nariz de Elowen—añade Andreas con una sonrisa.
Thaddeus suelta una risa ronca.
—Tiene lo mejor de los dos.
—¿Y tú, hermano?—pregunta Kanidas, y le pone una mano en el hombro—. Has vuelto de verdad.
—He vuelto. Y no pienso irme a ninguna parte.
Marina tiene los ojos llenos de lágrimas que le ruedan por el dulce rostro.
—Parece un ángel —dice.
Sonrío al oírla y no podría estar más de acuerdo. Uno de esos silencios que dicen más que mil palabras se instala entre nosotros. Y me doy cuenta de que esta es toda nuestra familia.
Amber, de pie detrás de mí, se seca una lágrima con discreción. La enfermera no dice nada y respeta la intimidad del momento.
Y yo me limito a mirar, con el corazón desbordado.
Lo hemos conseguido.
Después de todo lo vivido. Después de las balas, las operaciones, el miedo y la soledad.
Aquí estamos.
Una familia.
Una que estuvo incompleta durante tanto tiempo y que ahora, por fin, está completa.