CAPÍTULO TREINTA Y UNO
Elowen
El mundo se desmorona ante mis ojos a cámara lenta.
El sonido del segundo disparo aún retumba en la habitación cuando veo a Thaddeus tambalearse hacia atrás, con la sangre extendiéndose rápido como tinta roja sobre el papel.
Sus ojos se encuentran con los míos un instante, confundidos, llenos de algo que parece alivio, y veo cómo su cuerpo cede y cae al suelo con un ruido sordo.
—¡NO! ¡THADDEUS! —El grito me desgarra la garganta como cristal; las manos, aún atadas a la espalda, me impiden llegar hasta él.
Reid se acerca a mí al instante y corta las ataduras que me sujetan las muñecas, mientras otros hombres irrumpen en la habitación con las armas desenfundadas y toman el control de la situación.
Apenas percibo a Hayes tendido al otro lado, con un agujero en el pecho y los ojos abiertos, mirando a la nada.
Solo veo a Thaddeus, únicamente a Thaddeus, tendido inmóvil en un charco de su propia sangre cada vez más grande.
Me arrastro desesperada hacia él, con las manos por fin libres, que me tiemblan sin control cuando le toco la cara.
—¡Thaddeus, mírame! —le suplico, dándole palmaditas suaves en la cara—. ¡Por favor, abre los ojos! ¡No me hagas esto, no ahora!
Mantiene los ojos cerrados, los labios ligeramente entreabiertos, demasiado pálido. La sangre empapa el vestido rosa que Hayes me obligó a ponerme y lo tiñe todo de rojo mientras me inclino sobre él.
—¡NO TE ATREVAS A DEJARME! —grito, y presiono las manos sobre las heridas para intentar detener la hemorragia—. ¡Nuestra hija te necesita! ¡YO TE NECESITO!
Reid habla por teléfono y da órdenes a gritos, mientras otro hombre presiona unos vendajes improvisados contra el pecho de Thaddeus y me aparta con cuidado.
—Las constantes están débiles, pero está vivo —dice el hombre con los dedos en el cuello de Thaddeus—. Tenemos que evacuarlo de inmediato.
Un dolor agudo e inesperado me atraviesa el vientre y me arranca un jadeo. Instintivamente, me llevo la mano a la barriga. Otra contracción, más fuerte, me dobla en dos.
—Oh, no... Ahora no... ¡Es demasiado pronto! —susurro, y noto cómo el pánico me sube por la garganta.
El ruido de las hélices corta el aire fuera y se hace más fuerte a cada segundo. Un helicóptero. El equipo de Thaddeus trabaja con precisión mecánica, se mueve como si hubiera ensayado esta misma situación decenas de veces.
—Elowen. —La voz de Reid suena sorprendentemente dulce en medio del caos—. Tenemos que sacaros de aquí a ti y a Thaddeus ahora mismo. ¿Puedes caminar?
Otra contracción me golpea, más fuerte, y me arranca un gemido de dolor. Reid lo entiende al instante.
—¡Está de parto! —grita al equipo—. ¡Necesitamos dos camillas, AHORA!
Todo se vuelve un borrón de movimiento y ruido. Me levantan y me tumban en una camilla, mientras otros dos hombres cogen a Thaddeus con cuidado. Me mantienen a su lado mientras nos sacan de la habitación, bajamos las escaleras y atravesamos la mansión que ha sido mi prisión estas últimas horas.
Al salir al exterior, el viento del helicóptero me azota el pelo y la ropa. Potentes focos iluminan el cielo nocturno y los hombres corren en todas direcciones, montan perímetros y aseguran la zona.
—Thaddeus... —lo llamo y alargo la mano para alcanzarlo en la camilla de al lado. Tiene los dedos fríos, inmóviles bajo mi tacto—. Por favor, quédate conmigo. Por favor...
Nos meten en el helicóptero; los aparatos médicos pitan y la gente grita términos que no entiendo. Le colocan una mascarilla de oxígeno a Thaddeus mientras un hombre le corta la camisa y deja las heridas completamente al descubierto.
Es peor de lo que imaginaba. Dos orificios de bala, uno en el pecho y otro en el costado, y la sangre sale a borbotones rítmicos de los dos.
—¡Le está bajando la tensión! —grita alguien—. ¡Tenemos que estabilizarlo antes de llegar al hospital!
Otra contracción, más intensa que las anteriores, me hace gritar. El paramédico que tengo al lado se da cuenta de inmediato.
—¡Aquí tenemos a una embarazada de parto! —anuncia—. ¿De cuántas semanas está?
—De treinta y una —consigo decir entre respiraciones entrecortadas—. ¡Es demasiado pronto! ¡No puede nacer ahora!
—Vamos a hacer todo lo que podamos, señora. —Sus manos se mueven rápido: me toma la tensión y me conecta un monitor fetal—. Intente respirar despacio. Eso es.
Pero no consigo concentrarme en sus instrucciones. Tengo los ojos clavados en Thaddeus, en los movimientos frenéticos del equipo médico a su alrededor, en las manchas de sangre que se extienden por las gasas que le aprietan contra las heridas.
—¿Va a sobrevivir? —pregunto con la voz casi inaudible bajo el estruendo de las hélices.
El paramédico no responde; está demasiado ocupado revisando el monitor fetal.
—El ritmo cardíaco del bebé es alto, pero estable —informa—. Hay que vigilarlo de cerca.
Quiero gritar que yo no importo, que lo único que quiero saber es si Thaddeus va a vivir, pero otra contracción me desgarra el vientre, me roba las palabras y solo deja un grito.
El helicóptero aterriza en el helipuerto de un hospital y al instante nos rodean médicos y enfermeros. A Thaddeus se lo llevan primero y su camilla desaparece enseguida tras unas puertas dobles. Intento seguirlo con la mirada, pero a mí me llevan en otra dirección, a la unidad de obstetricia.
—¡Por favor, necesito quedarme con él! —suplico, y agarro del brazo al médico más cercano—. ¡Le han disparado dos veces por mi culpa!
—Señora, ahora mismo tenemos que ocuparnos de usted y del bebé —responde una doctora con voz firme, pero amable—. Sus amigos nos han dicho que está de parto prematuro.
—¡Todavía no es el momento! —sollozo, y siento que el pánico me crece dentro—. ¡Mi hija no puede nacer aún! ¡Y Thaddeus tiene que estar aquí!
—Vamos a hacer todo lo posible para retrasar el parto —me asegura mientras me pasan a una cama de hospital—. Pero tenemos que examinarla ahora mismo.
Las horas siguientes son una pesadilla de dolor e incertidumbre. Me administran medicación para intentar detener las contracciones. Los monitores pitan sin parar a mi alrededor y registran mis constantes vitales y las del bebé. Médicos y enfermeros entran y salen, con el rostro serio y la voz baja.
Y de Thaddeus, ninguna noticia.
—Por favor —le suplico por enésima vez a la enfermera que me ajusta la vía—. Necesito saber cómo está.
Me mira con compasión.
—Su prometido está en quirófano, cariño —dice al fin—. Los médicos están haciendo todo lo que pueden.
—Tiene que vivir —murmuro con las lágrimas corriéndome sin parar por las mejillas—. Todavía no conoce a nuestra hija.
La enfermera me aprieta la mano con suavidad.
—Intenta tranquilizarte. Todo este estrés no es bueno para el bebé.
Como si respondiera a sus palabras, otra contracción me sacude y me arranca un gemido ahogado. Intento respirar como me han enseñado, pero resulta casi imposible con la imagen de Thaddeus desangrándose grabada a fuego en la memoria.
La puerta se abre y entra un obstetra, acompañado de otro médico al que no reconozco.
—Señorita Castellan —empieza mientras revisa mi historial—. La medicación parece estar funcionando. Las contracciones son cada vez menos frecuentes y menos intensas.
Un alivio momentáneo me recorre por dentro.
—¿Entonces la niña no va a nacer ya?
—Somos cautelosamente optimistas. Si seguimos así, quizá podamos ganar unas semanas más para que su bebé se desarrolle como debe.
—¿Y Thaddeus? —pregunto, y me vuelvo hacia el otro médico—. ¿Está…? ¿Tiene noticias?
El médico da un paso al frente.
—Soy el Dr. Mercer, del equipo de cirugía. El señor Thalassinos sigue en el quirófano. Sus heridas son graves, pero está recibiendo los mejores cuidados posibles.
—¿Va a sobrevivir? —La pregunta me sale convertida en un susurro desesperado.
—Estamos haciendo todo lo posible —responde con una neutralidad calculada—. El señor Thalassinos ha perdido mucha sangre y una de las balas ha pasado peligrosamente cerca del corazón. Pero es joven y fuerte.
No es la respuesta que quiero, pero es lo único que tengo.
Amber llega un poco después, con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar. Se apresura a abrazarme, con cuidado con los tubos y los monitores.
—Gracias a Dios que estás bien —solloza contra mi hombro—. Dios, tenía unas ganas enormes de volver a ver esa carita bonita tuya… ¿Y el bebé? ¿El parto?
—Han conseguido detenerlo —le explico mientras le sujeto las manos temblorosas—. De momento.
—¿Y Thaddeus? —pregunta con indecisión.
Niego con la cabeza, incapaz de hablar. Las lágrimas vuelven a brotar y Amber me atrae hacia sí y me mece como hacía cuando éramos pequeñas.
—Va a salir adelante, El —susurra—. Ese hombre es demasiado fuerte para dejarte ahora.
—Todo esto es culpa mía —murmuro contra su hombro—. Si le hubiera hecho caso, si no hubiera salido de aquel apartamento…
—No. —La voz de Amber es firme—. La culpa es de ese monstruo, de Hayes. No tuya.
—Pero Thaddeus intentó advertirme. Sabía que había peligro y no le creí.
—Porque no confíaba en ti lo suficiente para contarte la verdad —replica—. Los dos cometisteis errores, pero lo que importa ahora es que te encontró. Y que estás a salvo.
—Espera… ¿Hayes? —empiezo, confundida—. Ese nombre…
Amber respira hondo, con los ojos llenos de lágrimas, y traga saliva antes de responder.
Se sienta junto a la cama y me sujeta las manos con fuerza, como si se preparara para evitar que me derrumbe.
—¿Te acuerdas del cabrón que atropelló a nuestros padres aquella noche? —empieza en voz baja, casi en un susurro—. ¿Harrison Hayes?
Asiento despacio y se me encoge el estómago al recordarlo. Fue el peor día de mi vida. El dolor, la confusión, el vacío.
—Ocurrió el mismo día que el accidente de coche de Helena y Thaddeus —revela Amber—. El mismo día, casi a la misma hora, y los dos iban al mismo sitio.
La cabeza me empieza a dar vueltas.
—¿Estás diciendo que… que los dos accidentes ocurrieron a la vez?
Amber asiente sin apartar los ojos de los míos.
Me aprieta las manos con más fuerza. Un torbellino de emociones le cruza el rostro mientras busca las palabras adecuadas.
—El, no fue una coincidencia —empieza, con voz baja pero firme—. Hayes, el hombre que mató a nuestros padres, iba al mismo hospital de maternidad que Thaddeus y Helena. Solo que él iba porque… porque el bebé que esperaba Helena era suyo, no de Thaddeus.
Es como si alguien hubiera succionado todo el aire de la habitación.
—¿Qué?
—Helena tenía una aventura con Hayes —continúa Amber, sin apartar la mirada de mí—.
Al parecer, desde hacía meses. Thaddeus no se enteró hasta hace poco, cuando empezó a investigar las amenazas.
Hayes creía que Thaddeus sabía lo de la aventura y que había provocado a propósito el accidente en el que murió Helena.
—Pero eso es absurdo —susurro, intentando asimilarlo—. Fue un accidente.
—Sí, pero Hayes se volvió loco de dolor.
Se convenció de que Thaddeus era el responsable, de que, de algún modo, le había arrebatado a Helena y al bebé…
—Amber respira hondo—. Así que, cuando se enteró de tu existencia, de tu embarazo, decidió hacer que Thaddeus pasara por el mismo dolor. Ojo por ojo.
—Nuestros padres… —Se me quiebra la voz—. ¿Murieron porque estaban en medio?
Amber asiente y las lágrimas le resbalan en silencio por el rostro.
—Hayes conducía borracho y a toda velocidad, intentando llegar al hospital de maternidad. Nuestros padres estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado. Y después utilizó su dinero y su influencia para echarle la culpa a papá.
—Dios mío. —Es lo único que consigo decir.
—Thaddeus ha estado recibiendo amenazas estas últimas semanas —explica Amber—. Intentaba protegerte y te mantuvo al margen mientras investigaba. Pensó que, si lo sabías y te asustabas, podía afectar al embarazo.
—Entonces, cuando salí de aquel apartamento…
—Caíste de lleno en la trampa que Hayes estaba esperando tender. Tenía hombres vigilando el edificio desde hacía semanas, esperando una oportunidad.
Cierro los ojos y siento cómo el peso de esa verdad me aplasta. Hayes destruyó mi familia hace seis años. Y ahora ha estado a punto de destruir mi nueva familia antes de que tuviera siquiera la oportunidad de empezar.
—Ahora está muerto —susurra Amber sin soltarme las manos—. Thaddeus se ha asegurado de que no vuelva a hacerle daño a nadie.
Las lágrimas me caen por la cara. Thaddeus... mi protector testarudo y controlador, el hombre al que acusé de manipular mi vida cuando lo único que pretendía era salvarme. El hombre que quizá haya dado la suya para que yo conservara la mía.
—Tiene que salir de esta, Amber —le suplico mientras le aprieto la mano—. Tiene que conocer a nuestra hija.
El monitor que hay junto a la cama se pone a pitar y marca un pico en mi frecuencia cardíaca. Una enfermera entra a toda prisa y comprueba los aparatos.
—Señorita Castellan, necesita calmarse —me dice con suavidad—. Acuérdese del bebé.
Respiro hondo e intento recomponerme. Por ella. Por nuestra hija. Por la posibilidad de que Thaddeus despierte y tenga a nuestra niña en brazos.
La enfermera ajusta algo en el gotero y una sensación de calma empieza a extenderse por mi cuerpo. Algo para tranquilizarme, supongo.
—Descansa —susurra Amber y me besa la frente—. Estaré aquí cuando despiertes. Y me mantendré al tanto de Thaddeus.
Mientras la consciencia se me escapa, mi último pensamiento es para él. Tendido en algún rincón de este mismo hospital, luchando por su vida después de haber luchado por la mía.
—Por favor, vuelve conmigo —murmuro antes de rendirme al sueño inducido—. Por favor...